De la conciencia y otros

Dada la urgencia, no se deben tomar medidas a largo plazo como se plantean en muchos de los casos; se requieren medidas y acciones urgentes y drásticas para mañana mismo.

crisis climática-ecológica
crisis climática-ecológica

¿Dónde está la complejidad de la actual crisis climática-ecológica? Sin duda alguna la actual crisis es el mayor reto que enfrenta la humanidad. Y es el mayor reto porque, a pesar de todo el conocimiento disponible y los avances tecnológicos, de momento no hay una solución concreta, socialmente acordada y a escala global, y son más las incertidumbres y los propios conflictos de su resolución que afloran. Como bien señala Riechmann (2016) en su libro, la solución no pasa precisamente por el desarrollo de más tecnología sino más bien por hacer simbiosis con Gaia.

Por otra parte, a raíz de las predicciones y conclusiones de las investigaciones académicas y científicas (IPCC, 2018; Ripple et al., 2019), un sin número de huelgas y protestas lideradas por nuevos movimientos sociales (como Rebelión contra la Extinción, XR) han tenido lugar en los últimos dos años alrededor del mundo. El mensaje es claro y conciso: que se tomen las acciones concretas para solucionar la actual crisis y evitar el colapso ecosocial. El rostro más representativo y ya bien conocido es el de Greta Thunberg, quien desde el 2018 decidió dejar de asistir a clases para hacer huelga por el clima todos los viernes en la ciudad de Estocolmo frente al parlamento (Jonathan Watts, 2019).

Aquellos nuevos movimientos sociales en conjunto con las protestas y acciones coyunturales se suman a las ya existentes realizadas por movimientos sociales que vienen luchando desde el siglo pasado en el mismo ámbito. Parecería, por tanto, que existe un gran apoyo y empatía social-global con las protestas y demandas. No obstante, la solución de la crisis va más allá de empatizar (o no) con protestas y salir a las calles, de las acciones individuales tradicionalmente impulsadas como el reciclar y ahorrar, y de apostar por una u otra tecnología. Dadas la forma en la que ha evolucionado nuestras sociedades, existen varios elementos y/o factores ocultos de vital importancia para encaminarnos a solucionar globalmente la crisis. Son precisamente dichos elementos y/o factores a los que se les debería prestar mayor atención pero que sin embargo no son comúnmente discutidos ni considerados. Aquí se abordará un análisis desde una perspectiva psico-social-histórica-filosófica de varios elementos y/o factores claves, con la finalidad de indagar en la pregunta inicialmente planteada. De esta manera, se ahondará en las raíces de las soluciones futuras en el ámbito señalado, así como también en la complejidad de las mismas.

Abordando conceptos

Es necesario tener en cuenta conceptos de una manera general que permita comprender el análisis que se expone. Los conceptos son: conciencia, miedo, límite, normal. De acuerdo a la Real Academia de la Lengua Española, la conciencia es “conocimiento claro y reflexivo de la realidad”, “conocimiento del bien y del mal que permite a la persona enjuiciar moralmente la realidad y los actos, especialmente los propios”, y “conocimiento espontáneo y más o menos vago de una realidad”. En este concepto, vemos que la palabra “conocimiento” está en primer plano. En efecto, para comprender lo que es la conciencia, hay que remitirse a lo que señalaban los empiristas como Hume y Locke en el siglo XVII, contrarios a los racionalistas tales como Descartes y Spinoza. Los empiristas parten de lo expresado por Aristóteles, y señalaban que no tenemos ninguna idea innata sobre este mundo; no es posible saber algo sobre este mundo sin antes haberlo visto. Además, indicaban que toda idea que no se haya podido conectar con algún hecho experimentado, no es más que una idea falsa, por ejemplo, la idea de Dios (Gaarder, 2010). Aquello por supuesto no imposibilita el “mundo de las ideas” propuesto por Platón.

El británico J. Locke planteó la pregunta que de dónde obtenemos nuestras ideas y conceptos, y si en efecto podernos fiarnos de nuestros sentidos. Locke argumenta que la conciencia es como una pizarra vacía la cual llenamos con ideas simples a través de los sentidos. Dichas ideas luego son ordenadas y elaboradas, por ejemplo, aplicando el razonamiento, la duda, el sentir. Es decir, tomamos conocimiento simple y lo convertimos en algo compuesto. Esa repetida acción nos permite posteriormente estar consciente de lo que hacemos, etc. Por lo tanto, lo que se capta con los sentidos son sensaciones simples, que sólo luego de su transformación pueden dar lugar a la consciencia. No obstante, Locke también trató de contestar a la pregunta ¿nos podemos fiar de nuestros sentidos? Para ello, el filósofo separa entre cualidades primarias y secundarias de los sentidos. Mientras las primeras son objetivas (e.g., el peso de un elemento), las segundas subjetivas (e.g., el olor de ese elemento). Respecto a las primeras, todos podemos estar de acuerdo, pero no en el caso de las segundas. A ojos cerrados, se puede probar tanto una lima como una naranja. Si ambas son muy parecidas en su acidez (cualidad secundaria), no podremos distinguirlas. Sin embargo, las distinguiremos mejor no solo en relación a su acidez, sino también por su tamaño y peso (cualidad primaria).

Por su parte, Hume creía que el hombre tiene dos tipos de percepciones: impresiones e ideas. Las primeras son las percepciones inmediatas de la realidad, mientras que las ideas son el recuerdo de las impresiones, i.e., quemarse genera una impresión a partir de la cual se genera una idea de la misma. Siendo la idea una copia de la impresión, es ésta última la que forma la conciencia según Hume. Él también señalaba que tanto las impresiones como las ideas pueden ser simples o compuestas. Hume coincidía con Descartes en que nuestras ideas pueden llegan a ser compuestas (desde un racionamiento de abajo hacia arriba) sin necesidad de estar representadas en la realidad, e-g-, un ángel, el cual es una idea compuesta de la impresión simple del hombre y de algún ave de alas grandes. Partiendo de lo explicado por Hume y Locke, es claro que el ser humano es capaz de crear un mundo ficticio a partir de impresiones que revelan la realidad y que dan lugar a la conciencia.

El otro concepto a tener en cuenta es el miedo. Éste está determinado como “angustia por un riesgo o daño real o imaginario”, según la RAE. El miedo, como un estado emocional tiene orígenes en el cerebro reptiliano y límbico, es un producto o resultado del mismo cerebro. Para que se origine el miedo es necesario tener conciencia de la realidad. Sin embargo, no sólo tenemos miedo a aquello de lo que estamos consciente, sino también a lo desconocido o bien a aquello de lo cual no somos conscientes. Si ya se tuvo la impresión de que el fuego quema, se es consciente de aquello, lo que se traduce en un miedo al fuego a partir de la idea remanente del daño que causó. No obstante, cuando ya se tiene cierto grado de consciencia y a partir del razonamiento, es posible así mismo sentir miedo. Por ejemplo, al encontrarnos en sitios altos y con riesgo a caer. No tenemos la impresión de caer y golpearnos, pero es en este caso que el razonamiento a partir de impresiones e ideas (simples como compuestas) da lugar a una idea final, que a su vez deriva en conciencia, activando de esta forma las partes del cerebro que controlan nuestras emociones.

La RAE define límite como “extremo que pueden alcanzar lo físico y lo anímico”, entre otros. Como se expone más adelante, esta palabra tiene un importante uso y connotación diferente a partir de finales del siglo XX hasta la actualidad. Por último, está la palabra normal. En este caso en particular, se hará uso de dicho término a partir de la normalización del filósofo historiador francés Michael Foucault. Pero aquí también debemos tener en cuenta algo más de este filósofo quien buscaba comprender cómo el saber se articula para convertirse en poder. La persona o grupo quien ejerce poder es aquella que en uso del mismo se arroga la capacidad para determinar la verdad. Y es a partir de ésta que se define, por ejemplo, lo que es en primera instancia lo anormal para luego definir lo normal. Foucault sostenía que para saber que es normal, primero hay que definir su opuesto. De esta manera, se ejerce control sobre el pensamiento de un grupo de personas, para el cual se hace uso de un lenguaje característico que define finalmente el discurso. A este proceso de determinar la verdad, disciplinar y controlar el pensamiento, Foucault lo denomina como proceso de normalización. Este proceso es el que seguidamente permite que se ejerza micropoderes en todo el espectro del cuerpo social, entre unos y otros, ya sea en instituciones del Estado como en una escuela privada. Por ejemplo, el siquiatra con su conocimiento y controlado por leyes civiles dispuestas por el estado, es quien tiene el poder de determinar quién está loco. Un profesor en una escuela, tiene poder para determinar quién es el alumno más inteligente.

Confluencia y análisis 

Con los conceptos antes expuestos, se tomará como punto de partida la consciencia, para el análisis de la crisis climática y ecológica. Valdría primero identificar los elementos puntuales generales de la realidad física de ciertas sociedades. Por ejemplo, aquellos países denominados como desarrollados poseen una buena infraestructura, servicios básicos y tienen seguridad. Por el contrario, en países subdesarrollados o pobres (en África, Latinoamérica), hace falta infraestructura, servicios básicos, etc. Es decir, no tienen todo aquello que sí tienen los desarrollados, en términos comparativos. Dicha realidad concreta es percibida por los individuos de cada una de las sociedades existentes. Incluso dentro de un mismo país, lo que se percibe difiere entre grupos sociales.

Retomando lo señalado por Locke y Hume, cada individuo entonces le da forma a la consciencia en base a las impresiones e ideas, ya sean simples o compuestas. Un ciudadano de Dinamarca al nunca haber vivido por una situación de hambre, no tiene la impresión de lo que es tener hambre y no poder comer. No obstante, ese mismo ciudadano puede tener una idea de esa misma situación, a partir del razonamiento y de la idea simple de hambre-comida-satisfacción. En este sentido, para dicho ciudadano la hambruna no es parte de su realidad inmediata por lo que su conciencia no se sujeta a ésta. Por el contrario, un ciudadano indígena boliviano, quien no tiene garantizado el alimento básico diario y que además él mismo tiene que generarlo (a través de la agricultura, como forma de trabajo y suministro de alimento), tiene impresiones e ideas que difieren considerablemente con las del ciudadano de Dinamarca. En condiciones de pobreza, es muy probable que dicho ciudadano boliviano haya pasado periodos de hambruna, lo que le habría permitido estar consciente sobre ello. Por lo tanto, sus grados de consciencia no son comparables. A ello se suma la brecha de educación (a todos los niveles) entre ambos, que como bien se ha expuesto, incide sobre la formación de la consciencia.

Con el ejemplo citado, al poseer conciencia podemos por tanto tomar decisiones en una u otra dirección. El ciudadano boliviano no solo está consciente de que, si no se levanta muy temprano a trabajar la tierra, no tendrá su alimento diario, sino que además está consciente de que necesita herramientas, satisfacer otras necesidades, y todas las implicaciones que tiene el conseguir alimento diario. Por supuesto, el ciudadano danés no tendría porque tener consciencia de aquello. Este aspecto de tener conciencia es sin duda el punto clave dentro de la crisis climática ecológica. Por lo tanto, en este punto hay que considerar lo siguiente: Greta Thunberg pide que entremos en pánico, muchos activistas emiten discursos fatalistas, ciertos políticos expresan la gravedad de la situación, el mensaje de los científicos es que estamos matando toda forma de vida en el planeta, etc. No está en cuestión el mensaje que se quiere transmitir más allá de sus formas. Sin embargo, el punto de quiebre es que dichos mensajes, aunque pudieran sonar aterradores, no permean en la conciencia de las personas. Tal como se ha explicado, la conciencia de cada individuo está formada por las impresiones e ideas con respecto a la realidad inmediata. Sabiendo que cada sociedad es distinta, que la escala de la crisis climática-ecológica es global, que es sistémica, y que la asociación directa de un fenómeno natural (e.g., inundaciones que siempre han ocurrido) con la crisis actual es de difícil comprensión, es muy complejo que la gran parte de la población mundial adquiera consciencia de lo que está ocurriendo y por consiguiente que tomen acciones tanto individuales como colectivas al respecto.

De lo dicho, se puede citar un ejemplo claro. Desde el siglo pasado, se han realizados alrededor de mundo campañas ambientales para concientizar a la población. Dichas campañas han tenido lugar en instituciones, escuelas y colegios, instituciones de educación superior, etc., y han apuntado a todos los espectros de la sociedad. Si dichas campañas de concienciación hubieran tenido algún efecto, es probable que a la fecha no se tuviera que ahondar en esfuerzos por conseguir que las y los individuos de cada una de las sociedades exijan un cambio del modelo socioeconómico, causante de la crisis. Sin embargo, ese no es el caso, sino lo contrario: el extractivismo-consumismo se ha reforzado. La cuestión aquí es que se estaba (y se sigue intentando) crear, formar, hacer conciencia a través de ideas simples que se contradicen con cada una de las impresiones mencionadas por Hume y sus cualidades (Locke) de cada uno de los individuos. De esta manera, ¿cómo puede un individuo, que vive en la ciudad de Barcelona (España), con un trabajo y salario mensual, que le permite satisfacer sus necesidades básicas y sus comodidades, que cuenta con una excelente infraestructura y buenos servicios públicos, tener conciencia de la crisis climática-ecológica si sus impresiones no se ajustan a dicha crisis?

En la otra cara de la moneda, están las multitudinarias protestas climáticas alrededor de mundo. En efecto, la movilización de miles de personas refleja la empatía por la causa. Empero ¿cuál es la realidad de cada uno de esos individuos? ¿Qué tanta conciencia se tiene sobre la presente crisis? Y aquí una cuestión que puede ser contraproducente de cara al futuro, sabiendo que para lograr cambios sociopolíticos hace falta la decisión y voluntad de las masas. Muchas de las personas, al carecer de una comprensión sistémica y, sobre todo, al haber construido una idea simple o bien falsa de lo que implicaría solucionar la crisis mundial, pueden posteriormente tener reacciones negativas hacia las posibles soluciones, que son a priori de carácter drástico. Justamente, la mayoría de personas se han movilizado en las sociedades más desarrolladas, donde existe un aparente estado de bienestar, etc. Incluso están reclamando, con justa razón, por el futuro que se avecina. Y aquí otra cuestión. Muchos reclaman y/o protestan por algo futuro, por una realidad totalmente desconocida, aunque solo tengan una idea simple o compuesta de aquello. Cabría entonces preguntarse ¿qué idea de futuro tienen? ¿De ser el caso, cómo se puede reclamar por lo que no se es consciente? ¿Estarán acaso conscientes los jóvenes de 16 años o quienes ya tienen 50 años, que deberán de privarse materialmente de lo que hoy poseen para que otros puedan tenerlo, y de esa manera reestablecer la igualdad social y justicia ecológica mundial?

Abarcar el análisis de lo que significa tener conciencia y sus implicaciones en las decisiones individuales, nos conecta con los otros dos términos indicados: miedo y límites. Respecto al primero, existen dos premisas: 1) se puede tener miedo a lo desconocido y 2) se puede tener miedo a lo conocido. En términos prácticos, si un individuo va por primera vez a vivir a un nuevo sitio (e.g., Tailandia), o a subirse en un avión, la reacción natural es sentir miedo, el cual se puede manifestar de diferentes maneras e intensidades. También es cierto que, en base a una idea podemos sentir miedo, por ejemplo, a la muerte o a volar en aviones (a partir del razonamiento de que si el avión se cae uno puede morir). ¿Podríamos sentir miedo por el futuro climático-ecológico a partir de una idea compuesta? ¿Y si esa idea compuesta es falsa? El problema aquí es que nuevamente, la idea que molda nuestra consciencia no nos permite sentir dicho miedo. La crisis climática-ecológica es, en resumen, el camino a la extinción de la vida, por lo que todos deberíamos por tanto tener miedo a lo que está aconteciendo. No obstante, la realidad inmediata es otra. Colectivamente, no estamos reaccionando porque no hay consciencia, y porque la que poseemos se encuentra ceñida a nuestras impresiones que a su vez están condicionadas por la sociedad y/o el entorno en el que nos movemos.

¿Y sentir miedo sobre lo conocido? Pues sí, de la misma manera que una persona puede tener miedo a los perros (por la impresión de haber sido mordida antes o la idea misma de aquello), deberíamos ahora mismo tener miedo por lo que esta aconteciendo. Pero tampoco es así. En este punto volvemos nuevamente al mismo sitio: todo se reduce al grado de consciencia que tengamos en función de la sociedad y/o el entorno en el que nos movemos. Si extendemos la visión entre quienes viven en países desarrollados y no desarrollados, surge otra cuestión. Para el caso de quien vive en Dinamarca, el miedo puede tener lugar en cuanto sus comodidades y su estilo de vida se vean amenazados. Ya sabemos que el miedo no es más que una alerta de nuestro cuerpo ante una amenaza o riesgo. Aquí cabe resaltar que el miedo se daría por ir de mas a menos, es decir, decrecer. Por el contrario, quien vive en la República Democrática del Congo es consciente de su realidad: pobreza, falta de servicios básicos, viviendas inadecuadas, inseguridad, extractivismo, explotación, contaminación, hambruna, etc. Con ello, la consciencia de dicho ciudadano congolés está moldeada por las impresiones de su realidad, que a su vez generan los miedos del caso. En consecuencia, estas impresiones se sobreponen a cualquier otra relacionada con la actual crisis mundial, aun siendo los países no desarrollados los más vulnerables ante la desestabilización del sistema climático.

A este punto, se desencadena otra cuestión que nos lleva indudablemente a la normalización definida por Foucault en conjunto con el concepto límite. En la década de los 90´s en Ecuador, como parte de la publicidad televisiva del sistema financiero mundial aparecía el siguiente mensaje audiovisual: imágenes que simulaban la felicidad y el paraíso, en el cual se acababa diciendo “DinersClub, un mundo sin límites” o bien “Mastercard, el mundo en tus manos”. De la mano de los largos periodos neoliberales, dichos mensajes permeaban con facilidad en el pensamiento social dado que se encontraban en una situación psico-social y económica muy vulnerable (incertidumbre de trabajo, posibilidad de subsistencia, educación, inestabilidad política, etc.). No sólo que dichos mensajes manipulaban la idea de felicidad misma, sino aún peor: fortalecieron la idea de lo ilimitado, todo en razón de la lógica de trabajar más para conseguir con honestidad lo que tu quisieras, lo que se vinculaba a su vez con la idea de libertad. De hecho, muchos crecimos bajo ese pensamiento hegemónico. Claro está que no había (ni hay) consciencia de nuestra alienación con el trabajo.

Es justamente aquí dónde la normalización y la idea de lo ilimitado confluyen. Fue necesario controlar el pensamiento social a partir de la verdad de que hay que trabajar incansablemente para conseguir lo deseable (definido así mismo por el sistema socioeconómico); que tienes que vender tu fuerza laboral a fin de ser libre, feliz y tener aquello mismo que el sistema financiero mostraba a través de la televisión día y noche. Y aún más importante: se hegemonizó la idea de que nada es limitado, que todo es posible siempre y cuando trabajes (mientras más, mejor) y que siempre tienes que avanzar, no solo hacia adelante, sino también hacia arriba, como sinónimo de crecimiento y desarrollo. Efectivamente, dicha descripción se asemeja a la curva que tiene el crecimiento económico de un país. Y tal como sostenía Foucault, al disciplinar y normalizar tanto el desarrollo como lo ilimitado, cualquier individuo quien pensara diferente era automáticamente definido como un no-normal y por tanto sujeto a un constante control entre los diferentes cuerpos de la sociedad. De esta manera, tanto individuos como grupos dentro de la sociedad ejercían micropoderes, lo cual no solo perpetuaba y mantenía las ideas hegemónicas, sino que además permitía la perpetuación del sistema capitalista.

De lo expresado en el párrafo anterior pasamos nuevamente a consciencia y miedo. Al existir, por una parte, un control del pensamiento colectivo que no se contrasta con las impresiones que moldan nuestra consciencia y, por otra parte, propuestas de acciones drásticas como decrecer económicamente o bien detener la industria petrolera, toda idea fuera de ese normal es inmediatamente temida y rechazada. Es decir, como hemos interiorizado una verdad como absoluta sin ser cuestionada, todo aquello por fuera de dicha verdad genera miedo. En este caso, dicha emoción se vincula al riesgo de perder lo que materialmente se posee (en el caso de un habitante en cualquiera de los países desarrollados) ¿Y cómo es posible que las ideas falsas se posicionen? Es posible ya que en el momento que un grupo de individuos deja de razonar (acción recurrente para formar consciencia), no hay posibilidad de que aquellas ideas al menos puedan ser contrastadas con la realidad (inmediata). Por consiguiente, al no existir contraste y al existir una verdad predefinida a través de quien(es) ejerce poder (superestructura), es complejo revertir la voluntad y decisión social. Si a ello se suma el miedo que podría surgir, se tiene una condición más a favor de quienes dominan y controlan que quienes pretender dar un giro radical de la situación.

¿Y qué sucede con quienes nos gobiernan?

Aquellos quienes ejercen poder, otorgado por vía democrática, están en la misma situación como cualquier otro individuo de la sociedad. Tienen una consciencia sujeta a sus impresiones, han sido normalizados, tienen emociones y han crecido con la idea de lo ilimitado. Tomando como ejemplo la Unión Europea, es posible que los diferentes gobernantes de cada uno de los países, así como quienes representan a los ciudadanos de la Unión en el Parlamento Europeo, estén conscientes de la grave situación en la que nos encontramos. Sin embargo, ellos mismos se enfrentarían con otra situación de la que se puede estar consciente a través del razonamiento y que a priori les generaría un mayor miedo: el caos. Seguramente, esta fuera de lugar el “desbaratar” el orden socioeconómico y político, así como el estado de bienestar que con tanto esmero han logrado todos (o la mayoría) de los países de la Unión Europea. Lo que está claro es que los logros que se exponen han sido (y son aún) gracias al histórico saqueo, empobrecimiento y las injusticias sociales y ecológicas del sur global (Hickel, 2018).

Dada la urgencia, no se deben tomar medidas a largo plazo como se plantean en muchos de los casos (2050); se requieren medidas y acciones urgentes y drásticas para mañana mismo. Sólo así se tendría mayor probabilidad de evitar el colapso civilizatorio. ¿Se exagera cuando se indica caos? No. Pero esta idea de caos sumado a la incapacidad de visualizar sociedades no-capitalistas, serían quizás las razones que contrarrestarían cualquier posibilidad de acción inmediata por parte de los gobernantes y/o políticos. De esta manera, quienes nos gobiernan se encontrarían en una situación compleja de dirimir. ¿Cómo se organiza, controla y moviliza toda una sociedad normalizada, de la mejor manera sin que se tenga que recurrir a la fuerza física? ¿Cómo se hace para que todos los individuos comprendan mejor lo que esta ocurriendo y lo que habría que hacer? ¿Y si tomamos a la ciencia y sus resultados como verdad absoluta? ¿Cuán útil es la democracia en tiempos de crisis climática-ecológica y de a-consciencia?

Problema complejo, solución compleja.

¿Una nueva normalización? Si bien es cierto que, por una parte, las formas de producción deberán de cambiar, y por otra, que requeriremos de tecnología, lo abordado en este análisis revela que la posible solución de la crisis global es de mayor complejidad que la de decidir por qué tecnología aplicar, qué y cómo consumir, etc. Aunque pudiera sonar utópico, dicha solución empieza por lograr un gran cambio colectivo a nivel global de la consciencia humana.  A ello se suma, el factor tiempo, elemento que nos condiciona. Por consiguiente, es preciso y urgente que a quienes nos gobiernan no sólo que digan la verdad sobre la situación, sino que además enfoquen sus políticas públicas en la transmisión de información que junto a la capacidad de razonamiento colectiva permita el desarrollo de consciencia. Y por supuesto, de la mano de dichas políticas, se deberá incluir valores como la cooperación, además de acabar con la dicotomía hombre-naturaleza como si fuésemos dos elementos ajenos y distintos; pasar del antropocentrismo al ecocentrismo (el hombre como parte de la naturaleza). Muchos autores ya han expresado que se requiere de un nuevo orden socioecológico, lo cual no está en duda. No obstante, habría que centrarse en responder la pregunta planteada. Debemos procurar una nueva normalización, que nos permita hacer simbiosis con la Naturaleza en la que nos integremos a sus ciclos y procesos, a la par que revolucionamos el imaginario y representaciones culturales.

Bibliografía

Riechmann, J. (2016). Ecosocialismo descalzo. Tentativas. Editorial Icaria. 1era edición. Barcelona, España.

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Foucault, M. (2012) Vigilar y Castigar. Editorial Siglo XXI. 1era edición. México.

Strathern, P. (2000) Foucault en 90 minutos. Editorial Siglo XXI – España editores, S.A. Madrid.

Gaarder, J. (2010) El mundo de Sofía. 20th edn. España: Siruela.

Hickel, J. (2018) The Divide. First. London: Windmill Books.

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Jonathan Watts (2019) ‘Greta Thunberg, schoolgirl climate change warrior: “Some people can let things go. I can’t” | Environment | The Guardian’, The Guardian. Available at: https://www.theguardian.com/world/2019/mar/11/greta-thunberg-schoolgirl-climate-change-warrior-some-people-can-let-things-go-i-cant.

Riechmann, J. (2017) ‘Ecosocialismo Descalzo En El Siglo De La Gran Prueba’, Viento Sur #150, pp. 49–57. Available at: ISSN 1133-5637.

Ripple, W. J. et al. (2019) ‘World Scientists’ Warning of a Climate Emergency’, Bioscience Magazine, XX(X), pp. 1–5. doi: https://doi.org/10.1093/biosci/biz088.

mm

PhD (c) en Eficiencia energética y Energías renovables.

CIRCE-Universidad de Zaragoza-España.

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