Crisis social en Chile y la educación: poca humanidad y mucha fluoxetina (o clonazepam)

Una crisis inminente, porque muchos y muchas para poder funcionar en un sistema como el chileno tenían que refugiarse en los antidepresivos y antipsicóticos.

Una crisis inminente, porque muchos y muchas para poder funcionar en un sistema como el chileno tenían que refugiarse en los antidepresivos y antipsicóticos.
Una crisis inminente, porque muchos y muchas para poder funcionar en un sistema como el chileno tenían que refugiarse en los antidepresivos y antipsicóticos.

Chile, entre otras cosas, es reconocido a nivel mundial por ser uno de los países en donde se aplicó el neoliberalismo “puro”, es decir, con un Estado mínimo y una desregulación total del mercado, dejando en manos de privados todos los bienes estatales y sociales.

La verdad sea dicha, nunca fue un neoliberalismo “puro”, el que se aplicó en Chile, porque desde la teoría económica, los mercados deberían regularse solos, sin la intervención del Estado o de otros agentes. Sin embargo, esto sucede cuando existe libre competencia y libre elección entre los consumidores. Esto en Chile, no se ha cumplido, porque los mercados no han funcionando democráticamente como lo planteaba el economista Keynes, sino que más bien, se ha encontrado en manos de unos pocos empresarios, siendo los mercados coaptados por unas pocas manos, denominadas como “las 7 familias”.

Entre los servicios sociales y derechos básicos que se privatizaron, se encuentra la educación. La educación comprendida como un bien de mercado, desfinanciada por el Estado y desregulada, fue aprovechada por visionarios, como una oportunidad de emprendimiento y negocio. Para otros, significó aplicar los principios de mercado a un bien que antes fue público, de tal forma de comprobar si es que la hipótesis de que la competencia por ofrecer una educación de mejor calidad, generaría en las escuelas una mejor gestión de los recursos, una mayor eficacia y eficiencia docente y con ello, un aumento sostenido en el capital humano avanzado en Chile, lo que aún no se ha cumplido.

A lo anterior, hay que sumar, que se les entregó a las familias la libertad de matricular a su hijo/a en la escuela que quisieran (más bien la que pudieran pagar). Después de más de 3 décadas del “gran experimento” como lo titula el sociólogo chileno, Cristian Bellei (2015), las consecuencias nocivas o “efectos no deseados” se han manifestado con fuerza y contundencia: el sistema generó mayor inequidad, menor calidad educativa, segregación por nivel socioeconómico y una gigantesca brecha entre los niños y jóvenes que se educan en el sistema municipal y el particular pagado, emergiendo verdaderos “guetos educativos”.

En este sistema de educación fui formado, como también gran parte de mis compatriotas: una escuela, en la que los valores más importantes que nos inculcaron, son los del mercado: competencia, individualismo, meritocracia y el ya famoso “el fin justifica los medios”.

En esta educación instrumental, centrada en la formación de “capital humano”, poco importaba la emocionalidad, el desarrollo de valores, la colaboración, la solidaridad, la justicia social y el valorar las diferencias del otro. Al contrario, había que sobresalir, había que obtener las calificaciones más altas, había que demostrar la inteligencia y el esfuerzo por medio de las notas y había que pisotear al compañero/a para ganar una beca, para que precisamente esta beca que entregaba dinero y distinción, fuese el boleto de salida de la pobreza.

Esta educación, produjo subjetividades tensas, en donde el horizonte ideal de persona exitosa era el “gerente de empresa”, siempre en formación, en constante competencia con el vecino, con la mirada puesta en comprar bienes y servicios que nos dieran más prestigio social, y el de trabajar duro para salir adelante. Esta “mentalidad” generó miedos constantes frustraciones, ansiedades y el estrés constante por no llegar nunca a ser lo que en la escuela nos enseñaron que debíamos “ser”.

En este país, tenso, cansado de competir y hastiado de la promesa que nunca llega, es el que se dio la “crisis social”. Una crisis inminente, porque muchos y muchas para poder funcionar en un sistema como el chileno tenían que refugiarse en los antidepresivos y antipsicóticos. Por algo, una de las causas más comunes de ausentismo laboral en Chile, son los diagnósticos de estrés, ansiedad y depresión. Y los fármacos de mayor consumo en este tiempo, junto con los antihipertensivos, son los antidepresivos, por tanto, palabras como clonazepam, fluoxetina y diazepam son vocablos que son parte del habla cotidiana.

En este sentido, no es difícil, correlacionar el malestar social, la educación de mercado esquizoide que se nos ofreció en la primera infancia y la emergencia de las enfermedades psíquicas que hoy nos aquejan, con las manifestaciones que buscan lograr un equilibrio, entre el trabajo y la vida social, entre la realización personal y la alienación en el trabajo, una educación integral y una orientada al trabajo y la productividad, entre otras.

Esperamos que estas lecciones sean aprendidas, para que en la educación del futuro de Chile, no se enseñe a leer y a escribir con un silabario que contenga las palabras Clonazepam y Fluoxetina, como parte del vocabulario cotidiano de niños y jóvenes.

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Profesor de educación primaria, Magíster en educación mención dificultades del aprendizaje, Doctor (c) en Educación.

Temáticas de interés: Políticas educativas, Sociología de la educación, inclusión escolar, justicia social, derechos y desarrollo del profesorado.

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