Confrontar la pandemia desde la Educación Ambiental, acaso un puente entre el negacionismo naturalizado y la conciencia del posible colapso

Me invitaron a reflexionar expresamente sobre las enseñanzas de la pandemia, sobre sus impactos y las posibilidades de nuevas construcciones colectivas para un retorno seguro al trabajo presencial educativo en la universidad, y una relación armónica con la naturaleza y los desafíos de la EA.

Me invitaron a reflexionar expresamente sobre las enseñanzas de la pandemia, sobre sus impactos y las posibilidades de nuevas construcciones colectivas para un retorno seguro al trabajo presencial educativo en la universidad, y una relación armónica con la naturaleza y los desafíos de la EA. 1

Lo primero a decir es que realmente tengo dudas de que la pandemia deje enseñanzas, con seguridad dejara huellas especialmente en el plano individual, pero como otras grandes tragedias de la historia humana, para convertirla en aprendizaje, es decir para cambiar la sociedad y que no se vuelva a repetir, se requiere la mediación de un proceso pedagógico de algún tipo y sabemos que hay sectores sociales poderosos que desprecian la educación y abogan por la domesticación y también, de otro lado, que los sectores populares no logran sistematizar en propuesta político pedagógica sus  ópticas alternas de mundo. 2

Con seguridad la pandemia dejara enormes impactos en todos los planos, y en ese  trajín tampoco creo que podamos retomar la presencialidad en forma segura rápidamente y desde luego, mucho menos que armonicemos la relación con la naturaleza. Todo lo cual abre a la educación en general enormes desafíos, desafíos que no son nuevos pero emergen con nueva urgencia y expectativa, especialmente a la Educación Ambiental.

Hablo desde la Argentina cuya condición ambiental es extremadamente grave y las promesas ambientalizadoras del llamado gobierno popular no trascienden el plano discursivo y están generando grandes contradicciones y controversias por entrar en colisión con la necesidad de divisas y el poder de las corporaciones y con las promesas incluidas en la plataforma política con que se gano el gobierno, lo cual podría ser cobrado en las próximas elecciones. En el plano educativo tanto frente a la cuestión ambiental como lo referido a la pandemia, la respuesta de la comunidad educativa toda ha sido pura perplejidad e inoperancia. Lo único que se discute es si virtualidad o presencialidad y encima no hay acuerdo y hasta la precariedad de los recursos o virtuales disponibles para asistir una virtualidad transitoria ha pasado a segundo plano: la inequidad deberá esperar. La pandemia apenas se ha incorporado como tópico significativo en los contenidos y ello librado a la espontaneidad de los docentes. Ninguna revisión se vislumbra en la estructura temática de la enseñanza como reflejo de la crisis. Nada que reflexionar. Parece que no hay nada que cambiar. Solo se aspira a volver a la normalidad. Y pese a que la relación entre pandemia y crisis ambiental ha sido sobradamente probada y mencionada, la EA tampoco a modificado su estatus marginal. Salvo quizás por la reciente aprobación de una Ley de Educación Ambiental, nuevo emblema gubernamental sobre el cual se han generado exageradas expectativas transformadoras por las cuales habrá mucho que luchar.

La pandemia no ha terminado y en lugar de debatir como y sobre todo en qué educar durante la pandemia, es decir aprovechar la pandemia para formular nuevas preguntas y elaborar reflexiones sobre lo que nos pasa, porqué nos pasa y cuál ha sido la responsabilidad de los distintos sectores sociales (porque en la pandemia también hay victimas y victimarios) ocupamos el tiempo de la crisis en pensar que haremos en la postpandemia o sea, cómo sostenemos los rasgos de la que, antes, considerábamos normalidad: todo lo cual evidencia una actitud desesperada por evitar que se instale en forma permanente una situación de ruptura del statu-cuo. Un statu-cuo o “normalidad” que en rigor de verdad es un “estado de excepción” hace mucho tiempo.  Todos le temen a la desestabilización necesaria que precede a una transformación profunda.

Esta actitud es la negación misma de una situación que podría incluso no terminar. Y de hecho, vista en términos de riesgo no comenzó ahora y no terminará. Baste recordar “La sociedad del riesgo”, aquel conocido trabajo de Ulrik Beck del año 1986 en el que preanuncia hechos como los actuales. Y ha habido en lo que va de la pandemia numerosas referencias a voces (ecologistas, científicos, filósofos, empresarios) que anticipaban la posibilidad cierta de lo que estamos atravesando, pese a lo cual tratamos la pandemia en todos los ordenes (científico, social, político, educativo) como una sorpresa, algo inesperado, cual si fuera un fenómeno natural imprevisible, cuando en realidad es el resultado de algo que se viene cocinando hace medio siglo bajo la lógica mecanicista, instrumental y mercantilizada de la vida, lógica ecocida y terricida denunciada desde el ecologismo, los pueblos originarios y los habitantes de muchos territorios, que hoy mas que nunca siguen siendo estigmatizados y criminalizados especialmente en América latina.

De manera tal, amigos, que hay pandemia pero no hay postpandemia, lo que hay es crisis civilizatoria y sus emergentes no deberían concentrar y distraer la atención, especialmente en el plano educativo, de las transformaciones de fondo que debemos realizar. Enfrentar éticamente la pandemia no supone superarla para volver a la normalidad, sino cuestionar la normalidad en el transito mismo de la superación. Lo positivo es que felizmente ya esta pasando, pues la pandemia ha hecho visibles los engranajes del mecanismo perverso de la sociedad productivista. Y el numero de reuniones virtuales en las cuales la temática es de una u otra forma el centro del debate esta resultando enorme y las redes comunicativas resultantes superan fronteras de todo tipo, amplifican las voces contrahegemónicas y visibilizan realidades. Al menos en eso las tecnologías de la información han sido un factor coadyuvante de gran utilidad. También han surgido iniciativas globales y regionales como la Internacional Progresista, los nuevos acuerdos verdes o el Pacto Ecosocial del Sur. Muchos pueblos están movilizados. Todo ello es muy alentador, pero no mueve las agujas en los procesos eleccionarios y no sera suficiente.

Como consecuencia de la pandemia seguramente veremos también una moderación de la arrogancia del poder del proyecto civilizatorio hegemónico, por que efectivamente está en decadencia y típicamente radicaliza sus ultimas defensas mostrando su cruel naturaleza depredadora, racista, colonialista, aporofóbica y patriarcal, sin ambaje alguno. Ahí están ahora mismo Colombia, Libano, Guatemala, y los terricidios constates de nuestra Abya Yala. Pero el rey ha quedado desnudo. Chile es un ejemplo. Como dice Naomi Klein “la ideología de libre mercado se está desvaneciendo” en su lugar está surgiendo “una nueva visión de lo que la humanidad puede llegar a ser”.

Pero se trata de una misión que demanda militancia y alto compromiso social y en la cual la educación es pieza clave.

Y habrá hechos innegables a partir de la pandemia, por ejemplo:

1) que los países ricos y desarrollados no son invulnerables;

2) que los límites biológicos y físicos del planeta son cada vez mas evidentes, al igual que su violación por parte de la humanidad.

3) que los problemas generados por la humanidad son materia de abordaje global, porque cada vez más lo que sucede en un lugar, por remoto que sea, seguramente nos afectará a todos, más pronto que tarde 3 ,pero sabemos que la gestión global viene siendo un fracaso tras otro.

4) por eso, las soluciones endógenas- es decir de cada país, de cada lugar, ciudad, pueblo para si mismo, representa la única posibilidad concreta de encaminarse hacia mejores y mas autónomos y sustentables escenarios de vida.

 Ahora bien, análogamente a lo que ocurre con el cambio climático, todas estas evidencias innegables (extinción masiva, catástrofes naturales, derretimiento de hielos, crisis del agua dulce, desastres nucleares, decadencia de la vida urbana, democracias fallidas, pobreza extrema, guerras, pandemias…) no garantizan que el conjunto de la sociedad tome conciencia y mucho menos posición y menos aun posición unificada frente a los hechos. El poder seguirá alimentando el imaginario productivista del progreso indefinido, los recursos infinitos, y la idolatría tecnológica, mientras pueda y en paralelo el ecologismo popular, un ambientalismo clasemediero más comprometido y las diversas visiones culturales alternas, crecerán en sus diferentes manifestaciones contrahegemónicas en un escenario confluyente casi permanente de rebelión social que se alterna geográficamente.

 Y aquí una pregunta clave: ¿en este escenario, que hacen las instituciones de educación, especialmente las de educación superior? ¿Se plantean transformaciones de fondo o realmente no?

Una respuesta precipitada diría que no, al menos no en los tiempos requeridos por la urgencia y – en mi opinión- no con el compromiso correctamente ubicado.

Pero para aproximar algunas reflexiones posibles en busca de indicios de una hoja de ruta, comento tres aspectos críticos que veo sobre el papel de las instituciones de educación superior, asumiendo siempre que el interlocutor de esas instituciones debe ser toda la sociedad y no solo la academia (otra deuda a saldar).

  1. Cuando se habla de estas instituciones y de ciencia, el sentido común social o el pensamiento simple, según lo plantea Edgar Morin, tiende a pensar en ciencias duras, ingenierías, tecnología, economía, acaso biología, pero si convenimos que el cambio que se requiere es fundamentalmente cultural, mas que técnico, el rol de las ciencias sociales deviene central igual que su compromiso, la educación incluida. Un indicio del tipo de transformaciones e involucramientos, agenciamientos y diálogos, que la universidad se debe a si misma y hacia la sociedad.
  2. El debate sobre la pandemia, sobre el cambio climático, sobre la cuestión ambiental, el trabajo, la tecnología, la pobreza…el desarrollo en definitiva, se da no solo en el plano académico sino sobre todo en el plano político, donde finalmente se toman las decisiones. La pandemia es un claro ejemplo donde la política destaca como instrumento decisorio en coincidencia o en disidencia con la ciencia y el aporte docto pero en directa relación con la gobernabilidad, y por eso la transformación necesaria es fundamentalmente ética y epistémica. Otro indicio de la necesidad de perfeccionamiento y armonización de la relación entre políticas publicas, participación y universidades, estas deben identificar su propósito con las necesidades de los pueblos y no con las demandas de la corporaciones, y la llamada extensión o divulgación universitaria debería dejar de ser una instancia de asesoría y convertirse en un espacio de co-creación con la sociedad.
  3. La tercera cuestión es que, como se dijo, la crisis climática es mucho mas que eso, es crisis de civilización y por eso resulta fallido pensarla y abordarla solo desde sus fragmentos como es el habito instituido y como se propone últimamente por ej. con la educación climática o la educación para los ODS. Que no son sino nuevas variantes de la receta globalizante de los organismos internacionales, que pretenden bajar, promover e imponer modelos educativos uniformizadores tal como lo hace la EDS ignorando la pluriversidad de realidades socioambientales y culturales que forman el mundo real y sin cuestionar el modelo social, económico y productivo en sus fundamentos, en sus conceptos, sino pretendiendo apenas promover una cosmética de contención sin atacar las causas….fíjense que nunca se hablo de detener el cambio climático sino de mitigar y adaptarse, remitiendo a un mundo que se cierra sobre si mismo, se achica y aunque de hecho no esta claro que sea exactamente posible; pensar en detenerlo, habilita conceptualmente un horizonte de posibildades abiertas.

En este sentido, la propuesta de Fontwicks y Ravets,  sobre la ciencia postnormal, revitalizada en la pandemia, que considera la insertidumbre, los valores en disputa,  los altos riesgos y las decisiones urgentes podría ser otro indicio de un camino virtuoso para encarar estos desafíos desde la educación superior.

En cuanto a la EA en específico, poco que decir, ya que poco ha cambiado su condición, quizás la pandemia ponga de relieve su importancia estratégica, pues como ninguna otra modalidad o corriente educativa puede ser y es de hecho, el ariete que permite abrir las grietas en las lógicas hegemónicas de comprender el mundo, la vida, los ecosistemas, revelar los limites infranqueables que la naturaleza impone física y éticamente y contribuir a reincorporar a la humanidad al concierto de la reproducción de la vida. Pero insistimos, no cualquier EA, sino fundamentalmente aquella que desde una mirada situada se proponga deconstruir los fundamentos de las lógicas que han construido el edifico jurídico, científico-técnico y económico que es hoy verdugo de sociedades, culturas y naturaleza, verdugo de la vida en definitiva.

Y aquí abrimos nuevas preguntas, que en verdad no son nuevas, pero son mas urgentes.

Si la educación ha sido (y es) parte del problema, pero no ha dejado de ser parte de la solución ¿cual es el rol, el lugar de los educadores, aquellos que voluntariamente eligieron ser un eslabón en la cadena de producción y reproducción del conocimiento?

¿Acaso podemos confiar en que los sistemas educativos globalizados, el sistema educativo argentino o mexicano, español, podrán contribuir a cambiar la mentalidad insustentable que inherentemente promueve, para parir sujetos con subjetividades ecologisadas que es lo que necesitamos?

De no ser así, y no lo es, cómo hacemos, qué hacemos, para formar urgentemente generaciones de personas que aspiren a construir una vida dentro de la ética de lo suficiente, la ética de la vida, la ética de la convivencialidad? ¿Dónde lo hacemos, con quienes?

¿Qué hacer como educadores cuando educar para la sustentabilidad de la vida equivale a deconstruir el sistema educativo, el currículum, la practica en sus fundamentos mismos y cuando deconstruir implica subvertir las reglas que rigen los formatos institucionales?

¿Cuál deberá ser el rol de las instituciones de educación superior en este escenario en el cual han sido mas protagonistas de problema que de las soluciones?

¿Cuál el compromiso ético de cada uno de nosotros frente al ineludible presente?

Obviamente no tengo respuestas para esto pero es evidente que el propósito educativo debería ser repensado del todo y en su sentido mismo y desde una perspectiva cada vez mas situada, al servicio de una buena vida colectiva y no del éxito individual. Las versiones mainstream de la educación necesaria deberían se abandonadas, ya que en tanto alineadas con una mirada globalizante del mundo son incapaces de reconocer que el cambio posible radica y comienza en lo local y crece comunitariamente de abajo hacia arriba. Las necesidades educativas de la gente vistas en contextos locales suelen ser mucho mas modestas y diversas que como son presentadas en el imaginario de un mundo que tiende a igualarlo, conectarlo y mercantilizarlo todo. Las propuestas educativas presuntamente transformadoras globalizantes han demostrado ser un fracaso, una ficción, un engaño y tan lentas respecto a la tecnología y el avasallamiento del capital, que resultan obsoletas.

Tenemos una educación al servicio de las lógicas de la superideología del productivismo, como la llama Carlos Merenson 4,  que ha contribuido a generar la crisis socioambiental, de la cual la pandemia es un emergente. El optimismo creacional propio de esta superideología progresista que oblitera la reflexión sobre lo que va haciendo y proyecta todo hacia adelante, ha sido uno de los mayores virtudes del progreso de la humanidad pero también una de sus debilidades mas peligrosas. Y de hecho la debilidad se ha impuesto. Porque el pensamiento occidentalocéntrico que rige los diiseños educativos globalmente carga una insustentabilidad de origen. Si la educación que sigue no se pone al servicio de la reversión del escenario de catástrofe que tiene fecha de irreversibilidad en 30 años, o 50 da lo mismo, la educación carece de sentido. ¿Pues de que sirve formar intelectos y capacidades en las mismas lógicas causantes de la crisis, para un mundo que por ese camino solo incrementará su deterioro?

La educación en todos sus niveles esta desacoplada de la realidad en tiempo y en buena medida en contenidos. Hasta tal punto llega la negación, que ha pasado por irrelevante que el movimiento mundial de jóvenes defensores del clima haya elegido como acto fundacional abandonar la institución educativa bajo el argumento de que nada aportaría esta educación en un mundo al borde del colapso. Es cierto que en América latina el eco de este movimiento ha adoptado formas particulares con un sesgo de clase incluso, y el optimismo en la educación no parece tan impactado. Razones para otro debate. Pero en modo alguno invalidan la negación persistente, que incluso dada la condición de nuestros países podría ser peor.

No hay adaptación posible al mundo y la realidad presente, no es razonable aceptar pasivamente un destino tal, cual es adaptarse a la catástrofe ecosocial. Para los educadores que creemos que la educación aun tiene un propósito genuino, solo cabe luchar contra el colapso, abrir las ventanas hacia otros mundos posibles y construir herramientas que nos conduzcan a ellos. Y ello solo sera posible abrevando en otras fuentes, poniendo en práctica otra formas, tejiendo vínculos diferentes, promoviendo contracultura. Subvirtiendo desde nuestras practicas los espacios educativos y las instituciones. La conciencia de las generaciones de jóvenes que transitan el nivel educativo secundario ha dejado de ser ingenua para ubicarse mas cerca de un esceptisismo creativo y algo hedonista: el mundo que viven, máximamente urbano y evidentemente marcado por la destruccion, no ofrece nada particularmente esperanzador, que no sea, tal vez, el consuelo del arte; el currículum institucionalizado en términos generales ha devenido obsoleto en relación con los saberes que demanda la salvación de la vida y funciona como instrumento de dominación e inmovilismo; nunca la educación estuvo mas lejos del desafío civilizatorio, y tan cerca – por acción u omisión- de contribuir a la barbarie que representa la hipertrófica inteligencia humana; toca a los educadores especialmente los ambientales descartar lo que no se corresponda a un enfoque contra hegemónico, rescatar de aquel lo que convenga, que no sera poco, reformularlo y hacer que sirva para motivar la emergencia de saberes  que contribuyan a restituir al menos escenarios educativos donde dar debates y promover compromisos, y gestar la seguridad de que vale la pena, y el único camino es el de regenerar éticamente la sociedad y proteger los espacios que nos quedan donde la naturaleza aún encuentra posibilidades regenerativas. Todo lo demás no importa. Los jóvenes son nuestro mas preciado tesoro y solo, quienes dejamos de serlo, inmolándonos si es necesario en la transformación total de la educación, corresponderemos a sus legítimos derechos a proyectar una buena-vida con futuro, haciéndonos cargo del mundo que les dejamos, de la herencia cultural que a través de la educación transmitimos. Además de tratar de mejorar nuestro propio mundo presente.

Sobra recordar que la crisis climática, la mayor fuente de injusticias social y ambiental de todos los tiempos se ha convertido en la crisis existencial de la especie humana y la paradoja reside en que también contamos con la mayor capacidad científica y técnica de todos los tiempos para solucionarlo. Lo que revela que la verdadera naturaleza del problema  es ética, la ética del genero humano.

 Noam Chomski presento un reciente trabajo al que llamo “Cooperación o Extinción”y el filosofo Jakes Attali, dicho sea de paso un progresista liberal y europeo, acaba de publicar un libro con el titulo Economía de la vida o Economía de la muerte. Por definición la educación nunca sera educación para la muerte, sin embargo, dados los plazos, y las lógicas en disputa no resulta inverosímil pensar en ella también entre esos extremos. De hecho es lo que plantean los pueblos originarios, la ecología política y la pedagogía critica radical: seguir educando según el modelo de dominación imperial y eurocentrado que condujo a la actual crisis civilizatoria, equivale a seguir bailando en la cubierta del titánic.  Hay que descolonializar el diseño universitario, generar un modelo propio o muchos, ambientalizar la totalidad de la formación universitaria. Abrirse a la interculturalidad y al dialogo de saberes. Situarse epistémicamente en el sur y pensar para el sur. La educación debe producir una migración cultural hacia formas de organización social y relación con la naturaleza verdaderamente sustentables.

Pero volviendo a las universidades y su compromiso, ahora en términos prácticos, retomo las palabras de Rodolfo García Galván 5, un investigador de la UAM, que en un articulo reciente en portal Otras Voces en Educación titulado “Una mirada crítica a la responsabilidad social de las instituciones de educación superior”, apuntaba:

En primer lugar, habría que reconocer a la universidad como un ente performativo o transformador. Es preciso decir que la universidad no está para recibir órdenes e instrucciones sino para suministrar conocimientos, propuestas, soluciones a los otros (sociedad, gobierno, empresas).

En segundo lugar, como universitarios, hay que hacer nuestra una agenda social de avanzada, al respecto, García-Galván y Lindquist (2020) proponen una agenda mínima para el siglo XXI, los puntos nodales de ésta son: evitar o mitigar a su mínima expresión el cambio climático y el calentamiento global antropogénicos; exigir el desmantelamiento de los arsenales de armas nucleares de las potencias atómicas; persuadir a los gobiernos y a los empresarios inversionistas para la desfinanciarización especulativa de la economía; combatir la excesiva concentración de la riqueza y la desigualdad extrema en América Latina; impulsar el avance científico-tecnológico como base del desarrollo sostenible y socialmente sustentable; impulsar Estados de bienestar de última generación; persuadir por políticas migratorias incluyentes y que respeten los derechos humanos y; finalmente, impulsar debates científico-tecnológicos en conjunto con las discusiones éticas y filosóficas en cuanto a la manipulación y conducción de la modelación de los procesos biológicos.Otros problemas, más específicos, que destacan García-Galván y Lindquist (2020) y que requieren de una atención prioritaria universitaria son: el desempleo masivo, la precarización laboral y la pobreza; la creciente sensación de inseguridad de las personas; la corrupción y la impunidad; la escasez generalizada de agua dulce; el rezago educativo, especialmente en los niveles superiores; y la baja inversión pública  en ciencia, tecnología e innovación.

En mi opinión es una agenda reformista todavía, pero podría ser un buen comienzo.

Le agregaría, la soberanía alimentaria, el abandono de la energía nuclear, la regeneración de biomas, la deconstrucción de las megaciudades y la reconcepción del urbanismo, la repoblación del campo, la salvaguarda de las culturas todas, la despatriarcalización de la sociedad, la erradicación de la riqueza extrema, el cooperativismo…..y seguramente habrá más temas sobre los cuales toda una educación puede ser re-edificada.

Es una agenda fuertemente política, claro esta, y el desafío consiste precisamente en convertirla en agenda educativa. Otro compromiso para la educación superior. Es una agenda para la vida, para traducir en desafíos pedagógicos. Una agenda educativa contrahegemónica debe poder amenazar, y finalmente desterrar, la lógica de los negocios como fundamento de lo social y reemplazarla por la convivencialidad y comienza con la convergencia de miradas, experiencias, sensibilidades y saberes subalternizados, otras formas de epistémicas que en consenso impulsen un proceso de deconstrucción.

Pero antes de arriesgar respuestas, se trata quizás de volver a plantear las preguntas necesarias y fundamentales.

Y en realidad creo que la tarea comienza antes, en la escuela secundaria, ese es el nivel clave del inicio de la transformación urgente.

 

 

 

 

Notas

Notas
1Estas reflexiones fueron presentadas en la 2 Jornada Académica por la Sustentabilidad. Estrategias comunitarias de retorno al trabajo presencial en pandemia por Covid 19. Desafíos de la EADS ante las enseñanzas de la pandemia. Organizadas por el Cuerpo Académico de educación y trabajo de la Universidad Veracruzana, ocurridas el 26 de mayo de 2021.
2Bien se recuerda en  https://laereverde.com/2020/03/31/zizek-han-illich-tiene-la-pandemia-de-coronavirus-el-potencial-de-cambio-necesario/ que para Iván Illich tres son los requisitos para que un gran suceso de magnitud, un hecho social total podríamos decir, genere un cambio radical del modelo social vigente: que detenga el crecimiento, que provoque la desconfianza en las instituciones y que motive una decidida voluntad cambio. No parece que la pandemia del COVID-19 vaya a provocar tales rupturas.
3 (Diamond, 2019) (Gaudiano/De Alba 2020 http://perfileseducativos.unam.mx/iisue_pe/index.php/perfiles/article/view/60181/52575)
4https://laereverde.com/carlos-merenson/
5Es doctor en ciencias económicas por la Universidad Autónoma Metropolitana, Investigador Cátedra-Conacyt adscrito al Instituto de Investigación y Desarrollo Educativo de la Universidad Autónoma de Baja California, y miembro del Sistema Nacional de Investigadores.http://otrasvoceseneducacion.org/archivos/377770

mm

Educador ambiental.

Especialista en Políticas Publicas ambientales INAP_Mexico. Especialista en Auditoría Ambiental Empresarial - IIE - UICN - Colegio de Aparejadores y Arquitectos Técnicos de Málaga. Especialista en gestión ambiental Metroplitana -FADU-UBA. Diplomado en Transformación educativa - Multiversidad Edgar Morín.

Coordino la Catedra Libre Virtual de Educación Ambiental y Ecología Politica, en facebook.

¿Qué te ha parecido?