Colombia al límite: Un grito social por cambios

Las manifestaciones que se vienen presentando en el año de 2021 no obedecen a un hecho aislado, sino a un proceso estructural de violencia sistemática sobre la población que primero se dio en lo rural y que paulatinamente se ha trasladado a las ciudades.

DescargarJosé Fernando Valencia Grajales.
Universidad Autónoma Latinoamericana, Medellín, Colombia.
jose.valenciagr@unaula.edu.co

Alfonso Insuasty Rodríguez.
Universidad de San Buenaventura, Medellín, Colombia.
alfonso.insuasty@gmail.com

 

El pasado 28 de abril de 2021, el Comité Nacional de Paro (CNP) integrado por sindicatos y algunas organizaciones sociales, convocaron a un Paro Nacional, se trató de una movilización sin precedentes, masiva, multitudinaria, juvenil, alegre. Le siguió a este paro un gran movimiento social, étnico, campesinos, obrero, colectivos artísticos, juveniles, entre muchas expresiones sociales vinculadas a una sola voz a un gran grito exigiendo cambios por vida digna. Un reclamo contundente, que creció y no se detuvo en el tempo creciendo en expresiones locales, más de 600 ciudades levantadas se fueron sumando expresiones territoriales que a su manera generaron procesos de resistencia que a la fecha de este escrito (1.06.2021) que lleva 34 días hasta el 2 de junio de 2021 con acciones cotidianas sin parar, una manifestación sin precedente en la historia del país.

Una situación social crítica y al límite

La sociedad colombiana se encuentra asfixiada, como resultado de decisiones de sucesivos gobiernos de derecha, con aplicación violenta de un modelo económico neoliberal nefasto para el pueblo en general. En 2020 la pobreza monetaria fue 42,5% y la monetaria extrema 15,1% (Dane, 2021). Colocando a la población en una situación de indignidad general que crece, porque hay más de 26 millones de habitantes sin empleo de un total aproximado de 50 millones de habitantes. A lo que se suma que según el programa de alimentación de la ONU, en Colombia 11.3 millones de personas no comen lo suficiente (NoticiasUno, 2021), y 2,7 millones de colombianos sufren de hambre crónica (Infobae, 2020). La situación es aún más compleja para los jóvenes, porque su futuro es incierto o nulo,  el 33% de jóvenes colombianos son población “ninis” (ni estudian, ni trabajan) que sube aceleradamente en relación a los años anteriores, colocando el desempleo juvenil en el 29,7% entre mayo y julio de 2020 (360Radio, 2020).

Al panorama anterior se suma como se ha venido haciendo trizas los acuerdos de Paz,  cuya ruta de transformación territorial para el país no se ha cumplido por parte del Gobierno. Es por ello que hoy la Corte Constitucional se encuentra estudiando si declara una vulneración masiva (Estado de Cosas Inconstitucional) del Acuerdo de Paz, porque entre otras, ya van más de 276 excombatientes de las Farc asesinados y cientos de ellos sin medidas de protección, eliminando la sustitución voluntaria de cultivos ilícitos, entre otros (Moreles Sierra, 2021). Otro factor que está influenciando los hechos acaecidos se debe a una economía de corte neoliberal que en su aplicación decidió privatizar, desindustrializar el país, abrir la puerta a la globalización sin protección de la producción local y transitar hacia una economía rentista sin valor agregado, lo que generó de entrada cierre de empresas locales, menos puestos de trabajo, precarización laboral y alto índice de informalidad (trabajo sin seguridad social, salario justo o permanente) ocultando dichas condiciones con una retórica de autoayuda y superación personal como el emprendimiento, innovación, o economía naranja, entre otras.

Es por ello que nos vemos abocados a un Estado mínimo desde lo económico, incapaz de garantizar derechos como los de la salud, denudados en la pandemia y enfrentándolos de forma equivocada apoyando al sector Financiero y la Gran Empresa (que financiaron las campañas políticas del actual gobierno), pero con un escaso o nulo apoyo a la gente, o al microempresario y la pequeña empresa. Es por ello, que en medio de la pandemia por covid-19, se cerraron 509.370 micronegocios en Colombia (Acosta Fonseca, 2021) Las micro, pequeñas y medianas empresas (conocidas como MiPyMes) generan en el caso de Colombia el 80% del empleo y el 90% del sector productivo nacional (ACIS, 2019) Es por ello que en el 2020 muchas ciudades se vieron, agobiadas por el hambre y como gesto simbólico de esa realidad, colocaron una bandera roja en sus casas y las ciudades se llenaron de trapos rojos, una imagen dantesca, además de las manifestaciones de los vendedores informales pidiendo atención (Oquendo, 2020).

El gobierno aprovechó la pandemia para profundizar su ajuste neoliberal, sobre endeudando al Estado llegando al 70% del PIB y lo que ello implica para la población en general, además, hiperconcentró el poder teniendo el control total del Congreso, de los entes de control, de la Fiscalía (Vallejo Duque & Insuasty Rodríguez, 2020) y de algunas Cortes (Valencia Grajales, 2021). Ni que decir de los tentáculos cada vez más visibles de los carteles del narcotráfico con los sectores del poder establecido (Kavilando, 2021), y la pérdida de más de 50 Billones anuales en Colombia por la campante corrupción (Portafolio, 2018), aunado a los niveles exagerados de impunidad, o la evasión y elución de impuestos por parte de los políticos, empresarios poderosos, multinacionales y grandes personalidades que asciende según estudios a 300 Billones (Razón Pública, 2020).  El ambiente es lúgubre y se venía respirando un aire de impotencia total, de imposibilidad aprendida, pero eso fue cambiando gracias a las movilizaciones que por redes sociales se veían ocurrir en Francia, norte de África, en Estados Unidos, y sobre todo en Chile, donde lograron levantar la voz del “Si se puede” (Zibechi, 2021).

Las manifestaciones han sido plurales, multitudinarias, diversas, un ejercicio de encuentro entre sectores de una sociedad dolida, excluida, marginada, pauperizada, así encontramos desde las organizaciones gremiales sindicales, como un amplio movimiento social de corte juvenil, artístico, colorido, con formas propias de comunicación, grafiteros, ambientalistas, animalistas, mujeres, trabajadoras sexuales, movimiento LGBTIQ, comercio informal, se dan cita de diversas maneras, todos los días se presentan movilizaciones, plantones, conversas, en las redes son múltiples los espacios de debates, información y divulgación, se resalta en amplio número de evento en-vivo que han transmitido en tiempo real lo que ocurre en las movilizaciones, plantones, etc. A nivel territorial sobre todo en el suroccidente Colombiano fue creciendo una expresión organizativa importante comunal que decidieron generar taponamiento temporales de vías e intercambios viales, esto en tanto el gobierno insiste en no escuchar, negar toda la problemática sentida en los territorios. Es gracias a estas formas plurales organizativas que se ha tenido noticia real, cierta en territorio de lo que ha venido ocurriendo, tanto la belleza, alegría y masividad de cada movilización sino también del brutal abuso de la fuerza vulnerando todos los derechos, amenazando la democracia y negando toda posibilidad de libertad, afectando la vida, la integridad de los marchantes.

El uso de la fuerza ha sido la única respuesta del actual Gobierno, es así que según la ONG “Temblores” entidad reconocida en materia de seguimiento al Abuso del poder por parte de la fuerza pública, entre el 28 de abril y el 27 de mayo se han presentado 1133 víctimas de violencia física por parte de la policía, 43 víctimas de violencia homicida presuntamente por parte de la policía, 1445 detenciones arbitrarias en contra de los manifestantes, 648 intervenciones violentas, 47 víctimas de agresión en sus ojos, 175 casos de disparos de arma de fuego, 22 víctimas de violencia sexual (Temblores, 2021). El partido de Gobierno de derecha, el Centro Democrático ha lanzado una campaña agresiva en contra de las manifestaciones, promoviendo un lenguaje de odio que queda en sectores minoritarios de la sociedad pero con poder económico (El Espectador, 2021), así se han presentado sectores llamados “gente de bien” que se han organizado para atacar por la vía armada las manifestaciones y lo que se ha evidenciado en múltiples grabaciones, en redes y en procesos judiciales, la connivencia de estos actos propios de una lógica Paramilitar (Insuasty Rodríguez, 2017) hecho cultura con la acción directa y visible de la Policía (Pardo, 2021). Así mismo, ante el llamado de organismos internacionales al gobierno nacional por defender los derechos humanos y pedir formalmente visitar el país para evidencia lo que ocurre, la respuesta del Estado ha sido negativa, dilatoria, y negacionista.

El Comité Nacional de Paro (CNP) en diversos comunicados ha evidenciado como desde el 2019 el gobierno no ha querido negociar ni le interesa hacerlo, desde la pandemia se presentó un Pliego de Emergencia para atender los impactos derivados de la pandemia, pero no fue tenida en cuenta. Ahora, al reanudarse el Paro Nacional, se ha presentado nuevamente y se ha exigido adicionalmente la desmilitarización de los territorios, el respeto al derecho a la protesta, la ley, la constitución y los acuerdos internacionales y mecanismos para incluir los sectores juveniles territoriales. Esta condición previa para negociar no es aceptada por el Estado y por el contrario emitió el 28 de mayo el Decreto 578 del 28 de mayo de 2021 que ordena un amplio despliegue militar en el país llamándola “asistencia militar” (estado de sito o decreto de emergencia maquillado para que no sea revisado por la Corte Constitucional sino el ya cooptado Consejo de Estado) sin contemplar el diálogo, absurdo y abiertamente inconstitucional (Uprimny, 2021).

Conclusiones

Las manifestaciones que se vienen presentando en el año de 2021 no obedecen a un hecho aislado, sino a un proceso estructural de violencia sistemática sobre la población que primero se dio en lo rural y que paulatinamente se ha trasladado a las ciudades. Dicha represión se construyó con el fin de que los indígenas, campesinos y trabajadores nunca se quejaran por miedo o por las consecuencias de muerte y terror que ejecutaban grupos paramilitares, miembros de la fuerza pública, guerrillas y narcotraficantes.  Todos ellos con la connivencia de los empresarios (del pasado y presente) que financiaron a lo largo de los años la violencia para poder expoliar los territorios y extraer los recursos. Trayendo como consecuencias el enriquecimiento desmedido de unos pocos y la extrema progresa para otros.

Estos horrores no eran visibles porque los ciudadanos preferían morir poco a poco de hambre que enfrentarse a las condiciones indignas, sin embargo la pandemia del SARS-CoV-2, puso literalmente a aguantar hambre no solo a los más de  once millones de colombianos que estaban en la pobreza absoluta sino que provoco que otros 20 millones perdieran sus empleos o perdieran sus pequeñas empresas, lo que desnudo de un tajo el nivel de pobreza que en menos de un año no aguanto más, y de golpe los colombianos recordaron todos los males que han padecido, y aprecio como los más ricos no solo no se habían empobrecido, sino que duplicaron su riqueza.

Referencias bibliográficas

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