Carta de presentación.

Cancelar la reforma educativa en México que produce subjetividades neoliberales.

Cancelar la reforma educativa en México. Un kit para luchar contra la educación neoliberal

DescargarEl libro que tenemos ante nosotros es un texto de urgente lectura; afronta de modo profundo, reflexivo y propositivo el nuevo embate neoliberal que pretende hacerse efectivo en la actualidad a través de la reforma educativa en México. El análisis presentado por los autores evita caer en el simplismo de entenderla como un proceso que incide solamente sobre las instituciones educativas, la sitúa en su lugar preciso, es decir, como parte de un proyecto más amplio que lleva forjándose desde años atrás a partir de las modificaciones constitucionales, laborales y políticas de las cuales es inseparable. Son un conjunto: la reforma educativa no puede entenderse sin las transformaciones previas, ni estas sin la reforma educativa. La finalidad de este conjunto es la de consolidar de manera efectiva, una subjetividad neoliberal en el corazón de la sociedad mexicana.

No obstante, si alejamos la mirada más allá del panorama nacional, podemos observar que este conjunto de reformas que viene sucediendo en México, y que tiene como objetivo la instauración de la subjetividad neoliberal en su sistema educativo, no es un fin en sí mismo, sino que es parte de la estrategia neoliberal implantada a nivel global desde hace décadas.

En Europa y América se han ido sucediendo durante este tiempo las reformas constitucionales que abrieron el camino a los cambios legislativos para instaurar de modo efectivo, el neoliberalismo en sus sociedades. Los resultados son conocidos: entre otros, la precarización de las condiciones laborales, el incremento de las desigualdades sociales y económicas, la marginación de las minorías (que en conjunto son mayoría) frente a lo hegemónico, la trágica situación ecológica o la socialización de las pérdidas y la privatización de los beneficios de las grandes empresas, en connivencia con los gobiernos mediante modificaciones constitucionales. Sin embargo, todas estas consecuencias dejan un rastro marcadamente neoliberal, el cual pretenden difuminar a través de una nueva embestida, esta vez a los sistemas educativos. Educar sujetos neoliberales es su respuesta para que estos acepten como justas y naturales las consecuencias provocadas por el neoliberalismo.

Como bien resaltan los autores, este ataque comenzó años antes de ser propuesta la reforma educativa. En febrero de 2013 se incluía en la Constitución mexicana en su artículo 3º, la relación directa entre calidad de la educación y máximo logro de aprendizajes por parte de los estudiantes. Esta es, a priori, una relación aceptable para entender la calidad en la educación, sin embargo, demasiado abierta a interpretaciones subjetivas. ¿Qué es el aprendizaje? ¿Cómo va a ser evaluado ese máximo logro de aprendizajes? ¿Qué elementos se están incluyendo dentro de esa evaluación?

Demasiadas son las cuestiones fundamentales dentro de esta simple relación, a las que no obstante, dan respuesta el Servicio Profesional Docente y el Instituto Nacional para la Evaluación Educativa, al establecer pruebas estandarizadas, medibles y cuantificables para certificar los aprendizajes. De esta forma, se legitima e instaura constitucionalmente la mitología neoliberal basada en la cultura del esfuerzo individual, donde todo es mensurable sin tener en consideración el resto de las condiciones que rodean al individuo y al proceso enfrentado. Todo queda limitado a un hecho puntual: la calificación en la evaluación. Su lógica es simple a la vez que maquiavélica: la responsabilidad siempre es de los sujetos y no de las condiciones estructurales a las que se encuentran sometidos.

La subjetividad neoliberal se adentra así en el corazón de la sociedad, su sistema educativo, apoderándose de la triada calidad-aprendizaje-evaluación al otorgarle una significación que proviene de su ideología, pero que intenta disfrazar de objetiva mediante una evaluación que derrocha carencias para denominarse como tal. Esta orientación subjetiva de la triada mencionada funciona como un potente núcleo que influye tanto en lo que va hacia ella, el sistema educativo y sus procesos de enseñanza-aprendizaje, como en lo que es resultado de ella, la formación de ciudadanos. Una formación que, bajo esta triada, está enfocada en la producción de subjetividades neoliberales.

Bajo la lógica neoliberal, elementos como el lugar de nacimiento (con sus características socioeconómicas), las condiciones en las que se realizan los procesos de enseñanza-aprendizaje, el planteamiento curricular o el sistema político-económico-laboral que dirige la sociedad, entre otros, no tienen ningún tipo de incidencia sobre los resultados de las pruebas estandarizadas. La principal incidencia sobre los resultados, para esta lógica, es la del esfuerzo individual por parte de docentes y estudiantes. Y ambos, evidentemente, salen perjudicados de esta exclusión de factores en las evaluaciones, pero también lo hacen, y de forma significativa, el sistema educativo y, por ende, la sociedad.

Para la docencia, la evaluación cuantificable es un doble ataque: primero a su profesión, en segundo lugar, a su puesto laboral. El ataque a su profesión se concreta en la medida en que la enseñanza se ve obligada a focalizarse sobre los objetivos establecidos en las pruebas estandarizadas, dejando en un segundo plano la enseñanza de las habilidades, capacidades y conocimientos que no son evaluados en las pruebas. Así, elementos como la cooperación, la solidaridad, el respeto o la democracia, entre otros, no serán necesarios en los procesos de enseñanza-aprendizaje, ya que estos no son mensurables. Sumado a ello, le empujan a convertirse en una máquina de repetición de los contenidos que aparecerán en las evaluaciones para que sus estudiantes los memoricen, restándole importancia a la comprensión y a la asociación de conocimientos, y retornando a un mecanicismo educativo más propio del siglo pasado. Los docentes pierden así su función de intelectuales y mediadores entre el conocimiento a ser impartido y las condiciones contextuales y epistemológicas con las que llegan los estudiantes al aula.

El conjunto de reformas también realiza un ataque al puesto laboral docente al poner fin al régimen laboral colectivo y establecer una evaluación obligatoria a fin de determinar si el docente es apto para continuar desarrollando su profesión. Nuevamente estamos frente a la cultura del esfuerzo individual neoliberal, la responsabilidad recae íntegramente sobre el sujeto, invisibilizando la culpabilidad de todas las circunstancias ajenas al profesorado. Bajo esta lógica, parecen ser responsabilidad del docente las condiciones socioeducativas y económicas de la sociedad, las deficiencias en las infraestructuras educativas o los planes de formación docente. El sistema neoliberal evita asumir sus responsabilidades, descargándolas sobre el docente y señalándole como el principal culpable mediante el hecho puntual de la evaluación a través de la cual, si no es satisfactoria, podrá perder su puesto laboral. La reforma, al acabar con el régimen laboral colectivo, aísla a los docentes, dificultando su defensa como sector profesional y minando sus posibles resistencias al tener que afrontar las consecuencias desde la individualidad.

Los estudiantes, por otro lado, son situados en un proceso educativo que tiene como eje la memorización y repetición de los contenidos que van a ser evaluados, ya que estos determinarán la calidad de la educación. Como hemos comentado, esto deja muchas lagunas, pues los aprendizajes que no son medibles, si es que aparecen, serán susceptibles de quedar en un segundo escalón de importancia. Pero más allá de esta limitación, la reforma pretende introyectar en los estudiantes la subjetividad neoliberal del esfuerzo individual, por la que, si el estudiante no aprueba, el fracaso es de él (y del docente), no de las políticas educativas, sociales y económicas que el sistema neoliberal le impuso desde su nacimiento. Las evaluaciones estandarizadas niegan las diferencias entre los estudiantes, ya que se basan en el falaz principio de que todos parten bajo las mismas condiciones y, por lo tanto, todos tienen igualdad de oportunidades ante las pruebas. Sin embargo, la realidad es que difieren mucho las condiciones para el estudio entre alguien que nació en una cuna de diamantes y otro que lo hizo en una de latón.

La asociación de la calidad educativa al máximo logro de aprendizajes a través de la evaluación estandarizada, supone la asimilación por parte del sistema educativo y de la sociedad de los principios neoliberales para colonizar la subjetividad de los individuos durante su escolarización. Muchos de los principios que rigen la educación mexicana mediante su constitución, tales como la democracia, la convivencia o la diversidad cultural, solamente podrán ser aprendidos como definiciones, de forma estática, y no como elementos más complejos y dinámicos donde intervienen múltiples habilidades y valores, ya que estos procesos no son cuantificables a través de pruebas estandarizadas. Ante estas solo existe una respuesta válida, la proporcionada por el docente (o el libro de texto), por lo que la diversidad epistemológica será ignorada, instalándose en el aula la cultura del silencio y una educación bancaria donde el estudiante es considerado como un depósito que llenar con el conocimiento del docente. El sistema educativo acabará siendo un espacio donde aprender a memorizar y repetir los contenidos medibles, excluyendo de esta manera la posibilidad de generar un pensamiento crítico enfocado hacia la mejora de la sociedad, capaz de establecer relaciones entre el pasado y el presente, entre lo colectivo y lo individual o entre lo estudiado en diferentes asignaturas. Por el contrario, educará estudiantes pasivos que aceptarán acríticamente los conocimientos ofrecidos por los docentes para alcanzar sus objetivos, que no serán los aprendizajes, sino superar las pruebas evaluadoras. Memorizarán, de esta manera, unos conocimientos que se presentan de forma aislada, descontextualizada, válidos solamente para superar las pruebas con las que serán evaluados tanto docentes como estudiantes. Así, el sistema educativo se convertirá en un productor de subjetividades neoliberales que asumirán individualmente las consecuencias generadas por un hecho puntual -la evaluación- ignorando el resto de condicionantes sistémicos que llevaron a ese hecho puntual, el neoliberalismo. El verdugo conseguirá que las consecuencias que él mismo produjo, sean asumidas por los propios sujetos que las sufren.

Por todo lo comentado hasta ahora, y en línea con la propuesta de los autores, la reforma educativa debe ser cancelada, no discutida o modificada en algunos puntos, sino eliminada para, al mismo tiempo, presentar una propuesta de revolución educativa que siente las bases para comenzar a revertir la reforma sistémica neoliberal que viene siendo instalada en la sociedad. Para ello, Andrés Manuel López Obrador cuenta con el apoyo de la gran mayoría de los ciudadanos, y especialmente de los docentes, para hacer efectivas las promesas electorales realizadas en campaña. Sin embargo, hacen bien los autores en poner en suspenso la credibilidad de las palabras preelectorales, pues un leve análisis histórico demuestra que las promesas de los políticos suelen convertirse en las decepciones de los ciudadanos. Hacen bien en remarcar la necesidad del involucramiento del magisterio y de la comunidad en la elaboración de propuestas para cambiar/eliminar la reforma. Es hora de una insurgencia magisterial, pero no en actitud de reclamación pasiva o reactiva, sino como ocupación del lugar que como protagonista le corresponde a los maestros en la discusión, construcción y decisión de una transformación educativa que tenga como objetivos fundamentales el aprendizaje de los estudiantes y el bienestar de la sociedad con la justicia social como fin alcanzable. Detener la reforma que busca educar ciudadanos neoliberales y tomar protagonismo en la construcción de un nuevo sistema educativo, tienen que ser las prioridades más urgentes en el mundo educativo mexicano.