Autodeterminación, autonomía y comunidad: reflexiones desde Somos Cerro Blanco Hoy no hay nada más transgresor que pensarse pueblo o comunidad fuera de los modelos hegemónicos de poder y de saber, vengan de donde vengan.

Marcha pasacalle

La autodeterminación se ha concebido desde el derecho internacional como la posibilidad de libre determinación de los pueblos, sobre todo aludiendo a quienes han sido colonizados, a partir de la consolidación de su propio proyecto político, y por ende decidiendo las propias formas de organización sobre la base de la administración de sus bienes comunes para la subsistencia.

Más allá de esta definición, quisiera pensar la autodeterminación como la posibilidad que toda colectividad posee de organizar un modo de vida propio y a su vez distinto, tanto de pueblos que históricamente se han constituido como tales pero también desde comunidades que hoy se están gestando como una identidad otra, y que ponen en tensión discursos hegemónicos en que se niega toda posibilidad de diferencia.

La experiencia de la Coordinadora Nacional Indianista en cerro Blanco (comuna de Recoleta, Santiago de Chile) es uno de esos casos, en que más de 25 organizaciones sociales, compuesta por sujetos indígenas y mestizos, que se reconocen indianistas, han plasmado un proyecto singular en medio de la vorágine de la ciudad. En este proyecto se reivindica una visión indianista en que se recuperan saberes ancestrales de los pueblos indígenas, los cuales son resignificados en el marco de una conflictividad incipiente generada por visiones puristas de lo indígena, en que se niega toda posibilidad de autoadscripción a un pueblo. Este tipo de fundamentalismo ha hecho reemerger prácticas excluyentes y negadoras de todo vínculo intercultural. Sólo los puros, los de sangre, los de apellido indígena, pero sobre todo quienes ha sido reconocidos por el propio Estado que históricamente los oprimió, a través de un proceso de certificación de su calidad indígena, serían los legítimos herederos de un derecho propio. Este hecho nos recuerda la idea del “indio permitido”, esbozado por la socióloga Silvia Rivera Cusicanqui y desarrollado por el historiador Chales Hale y el antropólogo Rosamel Millaman, en que el Estado reconoce, legitima y autoriza solo una manera de ser indígena, que no coloque en tensión las bases del modelo colonial actual, canalizando sus demandas desde la vía institucional.

La visión indianista reapropiada por CONACIN nos sitúa ante procesos identitarios en permanente construcción, posibilitando el auto-reconocimiento como práctica posible de disidencia frente al “indio permitido”. El ser un pueblo o una comunidad iría más allá del legado sanguíneo, sino en la real posibilidad de incidencia en un territorio, a partir de una autonomía pensada y situada en la articulación de diversos referentes sociales y culturales desde el conocimiento y reconocimiento de saberes locales, populares e indígenas.

Hoy no hay nada más transgresor que pensarse pueblo o comunidad fuera de los modelos hegemónicos de poder y de saber, vengan de donde vengan. En este contexto la autodeterminación y la autonomía son entendidas como lugares posibles desde donde construir un mundo distinto, nuestro mundo, otro mundo, lo que no está exento de conflictos, tensiones, pero lo importante es entender que son procesos propios y que deben ser abordados por las comunidades y colectividades involucradas y no por agentes externos, oficiales, que sólo buscan en el conflicto la posibilidad de romper con proyectos históricos que se sitúan fuera de sus márgenes.

Hace más de 17 años que CONACIN ha recuperado cerro Blanco como espacio de encuentro, y desde donde ejercer autodeterminación, sin embargo la Municipalidad de Recoleta se adjudicó su comodato, luego de ser revocado por los Servicios de Vivienda y Urbanización (SERVIU) por supuestos incumplimientos, todos en el marco de una oficialidad que niega la disidencia, el actuar autónomo.

Quisiera finalizar diciendo que soy parte de este proceso, de Somos Cerro Blanco, la campaña que ha iniciado CONACIN para difundir nuestro modo de entender y situarnos en el cerro, de recrear comunidad. Creo profundamente en una ciencia social comprometida, anclada en prácticas cotidianas de resistencia, y por ello este escrito.