¿Arquitectura o revolución?

La racionalización del espacio y su estandarización, logran normar el sentido común que en la segunda década del siglo XXI hace inviable el sueño revolucionario. Por ello no puede haber revolución si no somos capaces de alterar la forma del espacio, y si no logramos ver, que esta, es obra de todxs y no sólo de los llamados “especialistas del espacio”.

Conjunto Habitacional Nonoalco-Tlatelolco
Conjunto Habitacional Nonoalco-Tlatelolco
Imagen 1. Conjunto habitacional parte del programa Gran Misión Vivienda en Venezuela.

Charles-Edouard Jeanneret-Gris -mejor conocido como Le Corbusier- planteó en su libro Hacia una arquitectura en 1923, una disyuntiva: arquitectura o revolución, aparentemente como una forma de evitar la revuelta social. Sin embargo creemos que sin un análisis profundo de esta, la disyuntiva seguirá manteniendo a la arquitectura al margen de todo proceso revolucionario, porque tal como lo plantea el arquitecto suizo, parece que la configuración del espacio nada tiene que ver con el cambio de la organización social, económica o política que una comunidad determinada decide emprender, y con su supuesta neutralidad que debiera continuar reproduciéndose como se conoce. Es el caso por ejemplo del programa de vivienda del actual gobierno venezolano (GMVV) (imagen 1), o el caso de la arquitectura de interés social que se promovió en el México posrevolucionario (imagen 2); una forma espacial que si bien ha sido capaz de darle techo a millones de familias -y ello desde luego es insoslayable y de enorme relevancia-, mantiene sin embargo un orden socioespacial que continúa impulsando el proyecto teleológico de la modernidad capitalista.

Creemos que la descolonización sólo será posible si logramos desactivar la forma del espacio que nos codifica dentro de un programa de dominio ideológico: una forma espacial que nos modela un sentido común correlacionado con el consumismo, con el progreso y con el estilo de vida eurocéntrico. No otra cosa han representado los enormes complejos habitacionales que el Estado Benefactor ha construido siempre de forma regular y reticular, viviendas en las que puede estandarizarse al sujeto dentro de una estructura altamente alienante y enajenante: estructuras estructuradas estructurantes podría decirnos Pierre Bourdieu. Incluso, este sentido común, nos hace creer que esta es la única forma de organizar y construir la vivienda colectiva, y aunque efectivamente esta ha sido la salida más sencilla para ofrecer vivienda popular dentro de la economía capitalista, no es ni puede ser la única alternativa para producir socialmente el espacio.

Conjunto habitacional parte del programa Gran Misión Vivienda en Venezuela
Imagen 2. Conjunto Habitacional Nonoalco-Tlatelolco diseñado por el arquitecto mexicano Mario Pani en 1957.

Este sentido común que nos hace ver la arquitectura como algo irremediable, tiene como axioma el espacio-neutro, aquel que supuestamente no tiene incidencia en los procesos sociales, políticos y económicos de una región o territorio, sin embargo, no olvidemos el espacio está configurado bajo supuestos ideológicos específicos y que como tal, contiene en su formalidad los códigos que son consumidos para reproducir el ethos histórico de la modernidad. Es importante por ello, cuestionar el ideario de los apologistas modernos, que con su pensamiento y acción nos legaron una arquitectura “objetiva”, incuestionable y desligada de la lucha social que tenemos por delante. En este sentido creo que la disyuntiva arquitectura o revolución -hecha hace casi cien años- tiene mucho más profundidad de la que aparenta. Por ello quisiera concentrarme en el cuestionamiento al dilema en sí, porque tal parece que el representante más significativo del llamado “Movimiento Moderno”, nos ha legado un falso rompecabezas que ha sido ante todo una estrategia política de disuasión.

Contextualicemos. El párrafo en el que se inscribe la disyuntiva dice al pie de la letra:

Inquieto por las fuerzas que actúan sobre él desde todos los ángulos, el hombre actual percibe por un lado un mundo que se elabora regular, lógica y claramente, que produce con pureza cosas útiles y utilizables y, por otro lado, se encuentra desconcertado en medio de un viejo cuadro hostil. Ese cuadro es su albergue: su ciudad, su calle, su casa, su piso que se elevan contra él e, inutilizables, le impiden proseguir en las horas de reposo el mismo camino espiritual que recorre en su trabajo, le impiden proseguir con calma el desarrollo orgánico de su existencia, que consiste en crear una familia y vivir, como todos los animales de la tierra y como todos los hombres de todos los tiempos, en el seno de esa familia organizada. La sociedad asiste así a la destrucción de la familia y descubre, con terror, que perecerá. Reina un gran conflicto entre un estado de espíritu moderno que equivale a un mandamiento, y un stock abrumador de detritus seculares. Se trata de un problema de adaptación, en el cual están en juego las circunstancias objetivas de nuestra vida. La sociedad desea violentamente algo que obtendrá o que no obtendrá. Todo reside en eso, todo depende del esfuerzo que se haga y de la atención que se conceda a estos síntomas alarmantes. Arquitectura o revolución. Se puede evitar la revolución. (Le corbusier, 1998, p. 243).

Con estas palabras que cierran optimistamente el libro, nuestro autor expresa la contradicción entre el mundo que comenzaba a proyectarse hacia el futuro, y el escenario espacial que mantenía enlazada a la sociedad europea con su propia tradición. De hecho, la crisis estilística arquitectónica del siglo XIX -de la que el propio Le Corbusier sería heredero- fue un producto directo de aquella, pues los nuevos usos que la industria comenzaba a imponer en cada ámbito de la vida social, eran abordados erráticamente a través de los estilos arquitectónicos pasados. Así que el llamado “historicismo”, que en buena medida era una expresión concreta de la falta de correspondencia entre el interior y el exterior de los edificios, y por tanto, una metáfora de la contradicción entre modernidad y tradición, se convertiría en el enemigo principal de los arquitectos suscritos al Movimiento Moderno. El estilo historicista -argumentaban- era un lastre que impedía liberar la fuerza del sujeto abstracto creado dos siglos atrás por la Ilustración, y con el que pretendían cumplir la promesa del mundo moderno.

En el extracto arriba presentado, bien puede sentirse la desesperación del arquitecto por convencer a sus lectores de la urgencia de adecuar el escenario espacial a la vorágine tecnocientífica que invadía la vida cotidiana para evitar el “caos” surgido de una revolución, que demostrado estaba, era capaz de alterar el orden social de una manera profunda. Lo que deseaba Le Corbusier era crear una nueva arquitectura que dejara de invocar una tradición que ya no tenía sentido conservar porque el futuro podía construirse en el presente, en el aquí y en el ahora, y podía realizarse en la misma producción del espacio.

Plan Voisin
Imagen 3. Plan Voisin. Proyecto habitacional para el centro de París (1925).

Curiosamente, Le Corbusier coincidiría en lo esencial con la Bauhaus y la Vjutemás1La Vjutemas, fue una escuela de diseño y arquitectura menos conocida que la Bauhaus. Fundada en 1920 por decreto del gobierno soviético, condensó el pensamiento vanguardista de los artistas rusos entusiasmados con el proyecto revolucionario. El constructivismo nutrió al arte y lo hizo una actividad eminentemente política. Tiempo después esta será la causa de su disolución., que además de ser las escuelas más importantes de la vanguardia artística y el diseño industrial del periodo de entreguerras, eran nodos del pensamiento revolucionario comunista. Al igual que estas, aspiraba a cambiar la sociedad decadente y angustiada de su tiempo a través de una arquitectura integral que se adaptara al artefacto mecánico que comenzaba a formar parte de la vida cotidiana. Pensaba que si se adecuaba el espacio a aquellos objetos que indirectamente lo referían, podía construirse una sociedad nueva, eficiente y completamente racional; ello estaba en el sustrato profundo de su famoso plan Voisin2El plan Voisin era el proyecto urbano que Le Corbusier había ideado para reconfigurar el centro de París, argumentando que su saturación debía ser resuelta bajo los paradigmas del nuevo urbanismo. Para el arquitecto, París era ya una ciudad obsoleta que debía adaptarse a los avances de la vida moderna y deja atrás su “espíritu” medieval. (Imagen 3). Sin embargo, el arquitecto suizo no podía adherirse así sin más a la agenda revolucionaria y optaría por creer que era más factible construir el telos moderno desde su propia profesión y desde una sospechosa neutralidad.

En este sentido, la propuesta contenida en la disyuntiva se vuelve difusa porque arquitectura y revolución yacen imbricadas dentro del proyecto moderno, así que no tenía ningún sentido plantearla: ¿era de verdad un dilema que tenía que resolverse? ¿No era más lógico, como incluso lo intuyó el Estado soviético al fundar la Vjutemás, acompañar el proceso revolucionario con un arquitectura de base popular? Los artistas del constructivismo ruso que ahí enseñaron sabían que si querían configurar una sociedad diferente tenían que construir un nuevo espacio colectivo, pero Le Corbusier, a pesar de haber sido uno de los fundadores de la vivienda social -aquella que pretendía llevar los fundamentos y comodidades de la vida moderna a la clase obrera- negaría la relación de esta con el programa comunista. Tal parece que en el fondo, nuestro arquitecto en realidad estaba discutiendo otro asunto. Creemos que más bien lo que estaba haciendo era encubrir el dilema político de su tiempo, esto es, la bifurcación que aparecía ante todo ciudadano europeo que lo obligaba a tener que elegir entre dos programas antagónicos que pretendían constituirse como el paradigma unívoco del progreso: o se optaba por un férreo nacionalismo que apelaba a la tradición y a la continuidad histórica desarrollada en el modo de producción capitalista, o bien, se adhería a la renovación social comunista que aseguraba llegar más rápido al tiempo finalista de la modernidad. Al no poderse decantar por ninguna porque ambas tenían serias consecuencias, Le Corbusier imaginó que podía caminar por una tercera, a saber, mantenerse del lado de la estabilidad del orden social burgués y simultáneamente crear un espacio que basado en la lógica positivista del desarrollo técnico, lograra revolucionar este estilo de vida. Es por ello que la disyuntiva logra resumir su elección: o se escogía la razón, que era representada por el arte, la arquitectura y la ciencia, o se era partidario del caos, la violencia y la incertidumbre. Un dicotomía que por un lado dejaba sin lugar y tiempo a una revolución arquitectónica hoy por demás necesaria; y que por el otro, normalizaba la escisión arquitectura/revolución, haciéndolas parecer como antagónicas. Por supuesto se trataba de una simplificación que era fiel reflejo de una tradición de pensamiento.

Hemos entonces, en este punto, tener que reconocer que Le Corbusier era después de todo un pensador liberal, por más que la izquierda arquitectónica lo haya querido rescatar en las décadas siguientes al ponerlo en el pedestal del “padre fundador” del Movimiento Moderno, y de ensalzarlo con el discurso del progresismo representado en la originalidad de su obra. En los años recientes, se publicaron dos investigaciones (https://bit.ly/2F68NuI) que terminaron por revelar lo que de alguna manera era fácil de intuir, esto es, la ideología política fascista del arquitecto suizo. En ellos, se descubre a un Le Corbusier que no dudó en apoyar al régimen nazi y mucho menos en mostrarse condescendiente con el régimen de Vichy, algo que no ha sido lo suficientemente difundido y discutido por un gremio hoy completamente despolitizado y socialmente indiferente.

Con base en esto, podemos ahora sí afirmar que su famosa disyuntiva jamás pretendió plantear que si se quería evitar el descontento social era mejor dotar de vivienda a la población y de condiciones urbanas perfectamente bien racionalizadas; más bien, Le Corbusier estaba pensando en evitar o detener el proceso revolucionario que la Europa de las primeras décadas del siglo XX tenía encima, argumentando que la arquitectura no podía estar del lado de la revolución. No importaba lo que Tatlin, Mélnikov o Lissitzky estaban haciendo en la Vjutemás, para Le Corbusier podía evitarse la revolución creando una arquitectura que se estrellara con el futuro mismo. Esta era, sin duda, la única forma de progresar y de poner al mundo al servicio de un intelecto que, según él, se hallaba en las antípodas de la catastrófica marea roja que apelaba a su disolución.

Casa de los Arpel
Imagen 4. Casa de los Arpel diseñada por Jacques Tati (1958).

Al igual que muchos de sus colegas que depositarán toda su fe racionalista en una arquitectura modulada, sin ornamento y completamente subordinada a la visión positivista (imagen 4)3En su película “Mon Oncle” (1958), Jacques Tati hace una crítica profunda a la arquitectura funcionalista que se adhería sin más al estilo de vida burgués. A diferencia de los Arpel, que encarnan ese modelo de “perfección” social, el tío Hulot contrasta con su modo de vida la rigidez maquínica del “progreso”. La casa de los Arpel somete en todos los sentidos a la familia, y los obliga a comportarse y entenderse como seres “racionales” que forman parte de un engranaje determinante. Hulot tendría otra cosa que decir., la posición de Le Corbusier sería consecuente con esta tradición filosófica que venía desde Descartes, y que había recibido un fuerte impulso con los pensadores de la Ilustración. Estos, habían puesto toda la responsabilidad de la realización moderna en la liberación del sujeto, en uno que ya no dependiera de nada ni de nadie más que de su propia razón para realizar la gran obra del “progreso”. El problema, es que esta visión -nos explicará el doctor González Presencio (1986)- estaría enfrentada dentro del mismo Movimiento Moderno con el historicismo idealista del siglo XIX, que pensaba más en un ente colectivo como motor y protagonista de la historia, en un Absoluto que se movía hacia el perfeccionamiento de sí mismo. La línea desarrollista que Hegel construirá para justificar la superioridad de la cultura europea -fundamentalmente alemana- sería absorbida entonces por el ideario comunista, sólo que este ente colectivo o Absoluto Marx lo localizará en el proletariado, situándolo como el actor indiscutible del desarrollo histórico. En este sentido, la modernidad tenía que ser socialista y en consecuencia gestionar la producción del espacio en favor de la clase trabajadora que el capitalismo había empobrecido.

En su ensayo Modernidad e historia de la arquitectura, González Presencio concluirá que justo esta batalla filosófica llevará al ocaso al Movimiento Moderno. Y tal como lo escribe, parece que la fuerza del ente colectivo que desarrolla la historia sería la vencedora, pues la arquitectura de Le Corbusier, de Walter Gropius, de Hannes Meyer o de Mies van der Rohe, a pesar de sus enormes esfuerzos por deslindarse de todo historicismo, terminará sucumbiendo a este. De hecho, hoy, el funcionalismo es un estilo y una estética arquitectónica estudiada como parte de un periodo y no como una forma supuestamente externa y ajena al curso de la Historia. No obstante, hemos de estar conscientes que el fracaso de esta arquitectura tuvo su proceso, y que fue lo suficientemente largo como para que aún sigamos sometidos a sus paradigmas espaciales. Tal vez, lo más preocupante sea que esta herencia ideológica sintetizada en la disyuntiva lecorbusiana, siga justificando la falsa neutralidad política que tanto esgrimen los/as “especialistas” del espacio.

Es por ello importante romper con esta falsa disyuntiva. Tenemos que comprender que la revolución tiene que hacerse en la forma del espacio, en los códigos que transmite y en los significados que se comparten. Tenemos que salir de la promoción contemporánea del ego que continúa promoviendo el diseño positivista que se sigue enseñando en la mayor parte de las escuelas de arquitectura del mundo, y en el que la función es interpretada como un orden racional universal; sabemos que a este le subyace el orden cultural de la blanquitud eurocéntrica. Hemos en consecuencia modificar la forma de componer o de modular el sistema espacial, que sigue estando a merced de la tiranía de la línea -metáfora del tiempo lineal del desarrollo civilizatorio hegeliano- y que se impone sobre órdenes espaciales elaborados desde otros sistemas de pensamiento.

La racionalización del espacio y su estandarización, logran normar el sentido común que en la segunda década del siglo XXI hace inviable el sueño revolucionario. Por ello no puede haber revolución si no somos capaces de alterar la forma del espacio, y si no logramos ver, que esta, es obra de todxs y no sólo de unos cuantos entendidos. Tal vez así tenga sentido la inversión de la respuesta con la que Le Corbusier solucionaría la disyuntiva: arquitectura o revolución, creo que podemos evitar la arquitectura.

Referencias

Le Corbusier (1998), Hacia una arquitectura. Ediciones Apóstrofe: Barcelona

González Presencio, M. (1986), Modernidad e historia de la arquitectura. Anuario Filosófico, 1986 (19), 155-162

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Autor

Maestro en Arquitectura por la Universidad Nacional Autónoma de México.

Profesor e investigador independiente.

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Notas   [ + ]

1.La Vjutemas, fue una escuela de diseño y arquitectura menos conocida que la Bauhaus. Fundada en 1920 por decreto del gobierno soviético, condensó el pensamiento vanguardista de los artistas rusos entusiasmados con el proyecto revolucionario. El constructivismo nutrió al arte y lo hizo una actividad eminentemente política. Tiempo después esta será la causa de su disolución.
2.El plan Voisin era el proyecto urbano que Le Corbusier había ideado para reconfigurar el centro de París, argumentando que su saturación debía ser resuelta bajo los paradigmas del nuevo urbanismo. Para el arquitecto, París era ya una ciudad obsoleta que debía adaptarse a los avances de la vida moderna y deja atrás su “espíritu” medieval.
3.En su película “Mon Oncle” (1958), Jacques Tati hace una crítica profunda a la arquitectura funcionalista que se adhería sin más al estilo de vida burgués. A diferencia de los Arpel, que encarnan ese modelo de “perfección” social, el tío Hulot contrasta con su modo de vida la rigidez maquínica del “progreso”. La casa de los Arpel somete en todos los sentidos a la familia, y los obliga a comportarse y entenderse como seres “racionales” que forman parte de un engranaje determinante. Hulot tendría otra cosa que decir.