Apropiación: la anamorfosis ideológica del patrimonio arquitectónico. Episodio I

El concepto de “apropiación” ha sido una categoría inevitablemente asociada con el patrimonio arquitectónico. Es de hecho, la única forma en que este puede ser tal. Sin embargo, siendo el patrimonio un concepto que se ha desarrollado paralelamente al proceso de individuación de la modernidad capitalista, inferimos que se trata más de un concepto ideológico que de un fenómeno inexorable propio de la producción del espacio. Es más una deformación o una anamorfosis encargada de suturar la herida que el sujeto enfrenta continuamente con Lo Real, que una acción con la cual las personas hacen “suyo” el entorno vital en el que se desarrollan.

Centro INAH Chihuahua
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Ep. 1. Introducción: la legitimidad del patrimonio

Tal vez no exista ninguna otra producción de la modernidad que goce de tanta legitimidad como lo es y lo ha sido el patrimonio cultural de los pueblos. No me refiero desde luego a las producciones materiales en sí, sino a la categoría de “patrimonio” como concepto, como una idea que intenta atenuar la fractura entre el pasado y el presente que la misma modernidad generó. Es, en este sentido, un instrumento paradójico que por un lado intenta resarcir esta relación temporal, pero que por el otro, ha sostenido y avalado sistemáticamente su destrucción.

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De alguna manera, el patrimonio ha tenido como objetivo congelar el pasado, esto es, presentarlo únicamente como razón de ser del presente y como algo que ya no tiene existencia propia; una negación del estatuto de continuidad y vigencia. Al hacerlo así, se mantiene intacta la idea según la cual el pasado sólo tiene un valor causal, pero no como algo que debe enlazarse con las prácticas sociales contemporáneas. El pasado es así relacionado con las culturas no-europeas y con toda forma de vida que mantiene viva su tradición y memoria. No querer mirar que la “conservación del pasado” -esa que tanto promueven las instituciones encargadas de velar por el patrimonio cultural– es un eufemismo que delata la enorme capacidad de destrucción que tiene el sistema, es un indicio de que algo no marcha bien.

En efecto, nos inclinamos a pensar que no querer mirar esta aparente “obviedad”, no es otra cosa que el efecto de una ideología potente que incluso se pliega sobre sí. Una ideología que como las demás, tiene la facultad de mostrarse como la “realidad” -como algo ya definido e inmodificable- para absorber e integrar los cuestionamientos que se le hagan. Como veremos, es la forma de suturar la herida de Lo real.

Y sucede exactamente lo mismo con el “progreso” -su contracara y complemento- el cual, gozando en nuestro tiempo de un enorme prestigio y legitimidad, resulta imposible cuestionar, pues dudar de él sería atentar contra el sentido mismo de la civilización.

Para hacerlo más claro, pensemos que ambas categorías, “progreso” y “patrimonio cultural”, son un dogma similar al “Dios” de la Edad Media Europea, pero con una gran diferencia: en el largo milenio en el que la estructura de la vida cotidiana se experimentaba y se explicaba a través de lógica divina, la duda no existía como un dispositivo relacionado con la Verdad. Hoy en día, la duda es un instrumento al alcance de la mano de todo aquel que tiene y goza de formación académica, y que de hecho, se fomenta como parte del pensamiento crítico. Es por ello que asombra que esta siga siendo marginada de la teoría patrimonial y sea sistemáticamente sustituida por la ideología1Por lo pronto, entenderemos com tal fragmentos de pensamiento heredado que tomamos como válidos y/o verdaderos sin ponerlos a prueba; hilos de pensamiento que desde luego nos permiten reproducir la vida cotidiana con mucho mayor facilidad, pero que no estamos dispuestos a cuestionar. Más adelante cambiaremos esta definición. ¿Podemos entonces concluir que la duda deja de tener efecto cuando la ideología es hegemónica? Desde luego que no, pero no deja por ello de ser interesante preguntarse cuándo la primera tiene efecto y cuándo no; cuándo es posible dudar de algo y cuándo ello es absorbido por esta misma.

Tiendo a pensar que mientras la ideología no se exponga como tal y se reproduzca como la realidad, menos factible es que pueda cuestionarse; sin embargo, la duda sobre la realidad es hasta cierto punto evolutiva. Comienza como un gota en un océano y termina convertida en el océano mismo. La duda paulatinamente va exhibiendo a la ideología como una elaboración ficticia, como una narrativa que puede modificarse, y cuando esto sucede la realidad estalla. Cambiará entonces su estatuto y se convertirá en una perspectiva o punto de vista. De esta manera se mantienen muchas formas de pensamiento que maravillosamente -y paradójicamente- conviven en pleno siglo XXI.

Pensemos ahora en el caso del “patrimonio cultural” -y tácitamente en el caso del “progreso”-; se percibe como algo real, como algo que es independiente de la posición política que se tenga, pues en teoría, no se trata de una ideología, sino de algo que pertenece al mundo del ser. Además, su existencia tiene una connotación positiva, es legítima, porque al final se trata de un acto de concientización sobre el valor de la herencia cultural. ¿Quién podría estar en contra? ¿Quién se atrevería a cuestionar su pertinencia? Pero justo este estatuto ontológico es el que le permite a la modernidad capitalista evadirse del juicio y la sentencia, pues su efecto destructor pasa a un segundo plano una vez que se cree ciegamente que existe un instrumento de preservación. La modernización se normaliza, y se cree que ella es posible siempre y cuando tenga límites a su poder expansivo.

No es por ello coincidencia que la conservación y el estudio del pasado aparecieran justo cuando la Revolución Industrial comenzaba a mostrar sus estragos. Se hizo pertinente pues, establecer una serie de políticas que impidieran renovar por completo el repertorio de la producción cultural. Además, si la vida social lograba mantener los lazos que la unen a su memoria y tradición, lo nuevo dejaba de tener lugar y por tanto, la reproducción de la lógica capitalista. En efecto, el proceso de modernización supo desde su origen que no podía destruirlas por completo -es de hecho o algo imposible de lograr por más que se lo proponga-, y aunque así lo hiciera, la comparación con la novedad de los procesos productivos que la revolución técnica construía, resultarían completamente inútiles. La modernidad encontrará así, un cuadro bien armado: un pasado congelado, inerte, que no tiene nada que ver con el presente y al mismo tiempo, un referente con el cual comparar los avances técnicos que hacen “superior” a esta nuestra civilización.

Con todo, la relación entre conservación e innovación-destrucción no ha sido completamente equilibrada. Hay fisuras, y son estas las que permiten comenzar a comprender que el “patrimonio cultural” -como el “progreso técnico”- es en efecto simple ideología. No es pues la realidad, sino una narrativa confeccionada desde los circuitos del poder económico y político. No goza esta perspectiva, por supuesto, de un gran consenso, pero es interesante que algunos comencemos a sospechar de su pertinencia. Ello sólo puede revelar que la ideología se ha fracturado, y que es posible que comience a dejar su estatuto de realidad. Y ello, me parece -es una simple hipótesis-, que ha sido producto del trato que la posmodernidad ha decidido darle. Me explicaré brevemente en un resumen que pretendo extender en este ensayo dividido en varias partes.

Primero: la creación de la categoría “patrimonio cultural”. Se trata de un dispositivo que reconstituye o sutura al “nosotros” resquebrajado por la propia modernidad. El Yo que comienza paulatinamente a aparecer durante el siglo XVI, será un salto al vacío que la burguesía decimonónica tratará de evitar con la creación del Estado-nación. La lógica de la identidad nacional generará un “nosotros” que de alguna manera aliviará el vacío del sujeto moderno escindido, necesitando para ello producciones materiales que lo significaran y lo refirieran; saberse diferente de ese “otro” que había aparecido repentinamente en el horizonte civilizatorio del europeo del siglo XVI. Tenemos entonces un “nosotros” constituido en principio a través del color de la piel, del territorio, de la lengua y la religión, y que después abrirá las posibilidades para construir la tradición cultural de los pueblos y regiones. En consecuencia, las producciones materiales que las comunidades realizaban comenzaron a inscribirse dentro del “nosotros” que cobijaba el Estado, y el legado de estas se configuró el “nosotros” expandido hacia atrás, sobre el tiempo pasado que la narrativa también había confeccionado.

Segundo: con la Gran Guerra quedó claro que este “nosotros” podía llegar muy lejos, justo porque el sujeto moderno ha seguido ahí, detrás de todo ello. ¿Cómo puede sostenerse un sistema social que genera un “nosotros” hipotético, al tiempo que produce un sujeto aislado que únicamente ve para sí? La tensión de esta contradicción condujo a los procesos de subjetivación que inauguraron la posmodernidad; sujetos que dejaron de creer en la identidad nacional para localizarse en grupos y categorías supranacionales: la gente de color esclavizada, las mujeres marginadas, los/as hosexuales estigmatizados, y el crisol de grupos discriminados alrededor del mundo que al mirarse unos a otros descubrieron que no se trataba de un problema local, sino de un problema “humano”. El capitalismo dejó de ser la causa de su exclusión, pues la subjetividad no era en sí un problema económico, sino fundamentalmente un problema cultural. Así que el Estado-nación, en sus diferentes vertientes, se convirtió en el centro del ataque; pero el patrimonio cultural nunca se cuestionó. No se tocaron las producciones intelectuales que ese Estado arropó como parte de su origen.

Zócalo Ciudad de México
Zócalo Ciudad de México

Lo que ocurrirá después será que mientras el Estado veía paulatinamente desmoronada su “realidad”, el “patrimonio” sufriría un cambio sorprendente en su estatuto ontológico, esto es, que en lugar de formar parte de una cultura específica, de un pueblo ficticiamente elaborado por el Estado, se hará universal por decreto. A partir de la conferencia general de la UNESCO de 1972 aparecerá la categoría “patrimonio de la humanidad”, la cual se ensamblaría muy bien con la forma en que se expandía la reproducción del capital más allá de las fronteras nacionales. No obstante que se trata de una universalidad abstracta sin materialidad, la idea de la categoría fue precisamente “tomar” la materia de las producciones culturales y apropiárselas para su usufructo.

De sobra sabemos hoy en día que el “patrimonio cultural” representa un negocio millonario, y cínicamente lo celebramos como tal; los gobiernos invierten en él como parte de sus programas y políticas para incentivar al sacrosanto turismo que, nos dice el discurso dominante, derrama trabajo y bienestar. Pero se soslaya su incidencia destructiva y nos negamos a mirar las consecuencias de ello. Dejamos que las producciones culturales de los pueblos se vuelven extrañas para ellos mismos, porque al ser parte de la clasificación “patrimonio de la humanidad” se asiste a un despojo consensuado que termina por vaciar no sólo al objeto como tal, sino a la propia cultura que lo produce. Es de hecho, un procedimiento propio de la modernidad que aplica también para las personas: hacer que estas se separen de su particularidad para poder volverlas ciudadanas y con ello otorgarles los derechos y beneficios que proporciona el Estado. Se trata desde luego de un movimiento colonial que relaciona la blanquitud con lo universal, y que ocasiona severos problemas de identidad al interior de los grupos desmembrados:

“La cultura occidental ha pretendido instaurarse como cultura universal y, para ello, ha desarrollado esquemas interpretativos y escalas de valor para aplicarlos al patrimonio de culturas no occidentales, con la intención ideológica de conformar y legitimar un patrimonio cultural “universal”. Pero analizando en detalle, el supuesto patrimonio universal no es otra cosa que la selección de ciertos bienes de diversas culturas en función de criterios esencialmente occidentales.” (Bonfil Batalla, 2013, pg. 32)

Y es justamente este el efecto buscado, pues una vez que las comunidades dejan de sentir sus producciones como propias, su cultura y territorio pueden ser tomados. Los grandes capitales se apropiarán de sus estructuras que ya no significan nada para las comunidades, pero que producen ganancias millonarias para ellos. Se trata de un turismo cultural que hoy forma parte de la “disneylandización” del pasado. Pero ya hablaremos más adelante de ello.

Tercero y último: la versión del “nosotros” que la modernidad creó en la identidad nacional, será entonces suplantada por un “nosotros” generado por el proceso de subjetivación que se alienta desde la “apropiación”, ya sea del cuerpo, del espacio, del trabajo o de la sexualidad….Una categoría que si bien se ha impuesto con fuerza en los estudios culturales para comprender la forma en que hoy se producen las identidades, sostendremos en las siguientes entregas, que se trata de otra forma o método de la ideología moderna neoliberal.

Referencias

Bonfil Batalla, G. (2013). In: E. Florescano, ed., El patrimonio nacional de México. México: Fondo de Cultura Económica, p.32.

Notas   [ + ]

1.Por lo pronto, entenderemos com tal fragmentos de pensamiento heredado que tomamos como válidos y/o verdaderos sin ponerlos a prueba; hilos de pensamiento que desde luego nos permiten reproducir la vida cotidiana con mucho mayor facilidad, pero que no estamos dispuestos a cuestionar. Más adelante cambiaremos esta definición.
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Maestro en Arquitectura por la Universidad Nacional Autónoma de México.

Profesor e investigador independiente.

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