Amar a Dios en tierra de ateos

Con tan sólo 16 años, era ya la cuarta vez que realizaba la travesía en compañía de su familia.

Amar a Dios en tierra de ateos
Amar a Dios en tierra de ateos
Fuente: Twitter @diocesis_toluca

Es un martes peculiar; no sólo porque se está a nada de terminar el año, sino porque es el martes donde la mescolanza cultural de esta Nación sale a flor de piel. Me dirigía en la línea A del metro de la Ciudad de México al trabajo, y en la estación Pantitlán él subió con muchas más personas que teníamos un destino igual o diferente al de él; portaba una chamarra roja, pantalón de mezclilla y unas botas color café que evidenciaban el camino recorrido. Su cobertor enrollado con un lazo mostraba que provenía de un lugar relativamente lejano; en su mano derecha la imagen hecha por sí mismo de la Virgen de Guadalupe y enseguida una figura de arcilla de la misma. La brillantina dorada, verde y roja hacían juego con las tiras de papel brillante morado y dorado que servían de marco a la imagen; era la viva representación de su devoción.

Las miradas de los usuarios del metro buscaban cual niño que perdió su juguete; escaneaban a su prójimo, extrañados y con cierta mirada de lástima de aquellos que portaban sus cobertores, imágenes, figuras, mandas y sobre todo la fe con la cual se revisten.

Se extrañan que aún existan personas así, como si esa condición fuera anacrónica a esta Ciudad multifacética, como si ya estuviera curada de este espanto y que los de afuera, la otredad, vienen a decirles “como ves, me veré; como me veo, te viste”.

Proveniente del Valle de los Reyes, los 24 kilómetros entre su hogar y la Basílica de Guadalupe no fueron un impedimento para cumplir su ‘manda’; lo que sí fue un impedimento fue el problema que tiene en sus pies, por ello regresaba de su viaje en metro. La sonrisa era de satisfacción, aunque también dejaba entre ver que pudo haber dado más.

Con tan sólo 16 años, era ya la cuarta vez que realizaba la travesía en compañía de su familia. ­-Hace un año me operaron de los pies y vengo a dar gracias porque he mejorado mucho- le contaba al señor que se sentó junto a él y quien inició la plática. Su manda quedaba cumplida con la visita, pero la devoción iba más allá, ya que sólo era uno de los pasos; -ahorita llegando a la casa, le hacemos su misa a nuestra madre- dijo satisfecho al señor de la tercera edad que preguntaba cual reportero en busca del hilo negro de esa historia.

Su nombre no le importó. En ese momento él se hacía llamar ‘Guadalupano’, así de seco, sin apellido, ni historia personal o familiar, sólo lo que sabía de su madre y lo que venía en la biblia que tanto le gusta leer cuando su cabeza ‘tiene problemas’. Él forma parte de los más de tres millones de guadalupanos que desde la semana pasada visitan el recinto más importante de la religión católica en América Latina, y cuya cifra se espera llegue a siete millones en este día.

De diferentes estados de la República, los y las guadalupanas viajan por días para cumplir con las ‘mandas’ que a lo largo del año piden en situaciones de emergencia familiar y en algunos casos nacional: operaciones de alto riesgo, accidentes inesperados, salud, amor, familia, paz, seguridad… y aunque puedes pedir todo, lo cierto es que hay cosas que no puedes pedir, como dinero. Sí puedes pedir conseguir trabajo, pero no que ganes mucho dinero -ellos apoyan, pero no tampoco hacen milagros- sentenció el guadalupano.

Sí joven, la fe lo puede todo, asevera el señor mientras contempla la imagen artesanal que el guadalupano carga en su mano derecha. -Sí, pero no siempre sucede. A veces uno tiene mucha fe, pero no aguantan- confirma serio; sus mejillas blancas y sin sangre, demuestra que el frío implacable estuvo a su lado desde las primeras horas de viaje.

-A mí no me gusta tener enemigos, pero me gusta orar por ellos. Quiero aprender a orar- menciona de manera súbita. Todos voltean; tiene vocación porque sus mejillas comienzan a enrojecerse, se le vuelve la vida. Su mirada inquieta busca con apuro el nombre de la estación en la que nos encontramos… -Es Guelatao- le indica uno de los muchachos de entre la multitud; es su hermano menor.

-Me gusta hacer esto. Es parte de la tradición que hay en México; es parte de su cultura- concuerda con el reportero de canas blancas. Han llegado a un acuerdo, uno de tantos que fraterniza la hermandad por un hecho que le devuelve la fe a alguno que otro que se resiste a sucumbir al deseo, a la esperanza, a esa mescolanza de cultura, historia y redención.

Bajo en Peñón Viejo, él continúa sentado, explicando la forma en que ora por los demás… Espero que se acuerde de uno.