La vida en las escuelas: Introducción a la Pedagogía crítica. Entrevista con Peter McLaren

José María Barroso Tristán: La primera pregunta que me gustaría hacerle es: teniendo en cuenta el hecho de que es educador crítico, ¿cuál diría que es el elemento principal para diferenciar una educación crítica de una educación tradicional?

Peter McLaren: Aunque soy un educador crítico y le tengo el máximo respeto a este campo, no trabajo en lo que se puede denominar pedagogía crítica «convencional». En el campo de la educación crítica hay un enredo de visiones, localizaciones y prácticas, y, evidentemente, cambia de una persona a otra, de vecindario a vecindario, de distrito a distrito, de región a región, de estado a estado, etc. La educación crítica es, a fin de cuentas, parte del conocimiento geopolítico. Para mí, el objetivo fundamental de la pedagogía crítica es la lucha por una alternativa socialista al capitalismo –capitalismo entendido como ecología global de explotación– y mi experiencia se construye a partir de acercamientos convencionales a la pedagogía crítica. En mi último trabajo incluyo percepciones de la «escuela des-colonial», que refuta la colonialidad del poder; también incluyo avances en teoría crítica de la raza, la teoría feminista y eco-pedagogía para nombrar varias áreas de interés que creo que son importantes. Mi acercamiento a la pedagogía critica es, por lo tanto, radicalmente heterodoxo –o, si lo prefiere, fundamentalmente heterodoxo–, dependiendo de en qué punto se encuentre o de su posición. Pero es seguro decir que mi enfoque no lo pueden probar las fuerzas liberales tradicionales para reformar dimensiones de la sociedad capitalista que más impacto tienen en la enseñanza y el aprendizaje. Habrá pedagogos críticos que refutarán mi enfoque de la educación crítica y esto forma parte de ser educador crítico y su oposición –recurrente– a mi postura no es algo que condene, sino que se compromete con el diálogo crítico. Por supuesto que estoy totalmente de acuerdo con algunos de los objetivos de las variantes liberales de la pedagogía crítica. Sus categorías incluyen: fomentar el dialogo, profundizar en nuestra apreciación de la vida pública, crear espacios de respeto y valoración de la diversidad, defender el pensamiento crítico, formar un plan de estudios sensible, crear una esfera pública democrática y vibrante, intentar cambiar los corazones y las mentes de la aristocracia financiera parásita, construir conocimiento a partir de la experiencia y las historias de los propios estudiantes, crear conocimiento importante para las vidas de los estudiantes, animar a los estudiantes a teorizar y darle sentido a sus experiencias para liberarlos de los sistemas de mediación que limitan su capacidad de transformarlo, luchar contra el racismo, la homofobia, la discriminación de las personas con discapacidad, luchar contra la supremacía blanca, etc. Pero creo que a mediados de los 80, cuando las empresas comenzaban a tener más poder que algunas naciones o estados, que la batalla por una ciudadanía democrática y crítica no era más que una pantalla de humo para la producción de consumidores y cuando la pedagogía crítica fue concebida como una estrella que muere y que va a pasar a la fase de supernova e incinerar cualquier esperanza de una transformación de la educación, como estábamos enfocados con el estado neoliberal que rápidamente se consolidó a si mismo (y que algunas décadas después se ha convertido en un estado de seguridad parecido al fascismo). Así pues, busqué una ruta transitable más allá del liberalismo en dirección al humanismo marxista. En ese momento, cuando el «calcetín mojado» sin forma de la teoría posmodernista se había convertido en un acompañante no escrito del neoliberalismo, fui engañado por algunos con la idea de volver al marxismo desacreditado. Pero cuanto más aumenta nuestro trabajo diario y nuestra resistencia en los pantanos de la existencia humana y su sufrimiento, cuanto más contrasta nuestro viaje a través del miedo paradójico del día a día con el puro y continuo principio de la lógica neoliberal de la privatización, más racional me suena el marxismo. La pedagogía crítica tiene un valor transnacional. No hay hueco en la cúpula del panteón de la pedagogía crítica porque la pedagogía crítica está continuamente reinventándose y abarca todos los desafíos de nuestros tiempos. El trabajo de Paulo Freire sigue siendo importante y debemos recordar las iniciativas de los educadores populares y los colegios dominicales socialistas, a los teólogos liberales, las escuelas para los trabajadores industriales, los colectivos socialistas y resto de grupos que forman parte del mundo. Necesitamos construir, no solo una memoria colectiva en este campo, sino una memora compartida. Así que tenemos que aprender la historia de las luchas por la transformación de la educación ya que ha tenido lugar en todo el mundo. Veo mi papel desde un punto de vista modesto: introducir la pedagogía crítica en Norteamérica para apreciar el socialismo como un objetivo colectivo. Y con esto no me refiero a la tradición europea únicamente, sino a los movimientos sociales autónomos de las comunidades indígenas de Las Américas y de cualquier lado. Las apariciones de la pedagogía crítica se volverán contra nosotros, deberíamos entonces olvidar qué nos llevó en primer lugar a esta misión, que es una lucha contra los estragos del capitalismo y ser testigos de un futuro mejor. Las pequeñas maldiciones de la vida política diaria corroen nuestras esperanzas, por lo que nos resignamos frente a otros para poner en marcha las máquinas de la democracia. Las mayorías populares tienen demandas contra las sanguijuelas empresariales de las naciones: los extractores de rentas, financieros ricos, banqueros con dinero infructuoso, cleptócratas, deshonestos, malhechores, nuevos señores feudales de comercio con sede en Wall Street, demagogos neandertales que trabajan como directores ejecutivos y sucios gestores de fondos de inversión, cuyas maquinaciones empresariales colectivas adoran a los gobiernos masivos como baba rancia en el crisol de culturas capitalistas que llamamos América. Son el 99 por ciento que no controla las riquezas del país, que son víctimas de la gran recesión, que se han organizado como el movimiento «Ocupa Wall Street» (así como otros movimientos). Pero la ira dirigida a los sectores bancarios y financieros o a los rescates financieros gubernamentales de estas instituciones, aunque entendibles, está mal enfocada. Las relaciones sociales que han victimizado a los pobres no son solo el resultado de banqueros avaros que, durante las últimas décadas, han decidido extralimitarse en la desregularización del mercado de los préstamos precarios; sino que, las relaciones sociales que son responsables de la crisis económica actual se han producido por los mismos regímenes capitalistas. Paulo Freire entendió esto claramente. Y aunque la ira del 99 por ciento esté mal dirigida, este momento histórico presenta, por sí mismo, una oportunidad para reflexionar sobre el capitalismo y explorar nuevas alternativas.

JMBT: Corríjame si me equivoco pero, de sus palabras entiendo que este tema va más allá de los paradigmas de todos los educadores. Sin restarle importancia, este problema nace de la superestructura neoliberal-capitalista supranacional de hoy en día, que impone su lógica sobre todas las instituciones que de ella depende. ¿Qué epistemología y metodología educativa le avalan para avanzar hacia el logro de una humanidad marxista?

PM: Una pregunta importante. Estoy de acuerdo con que el neoliberalismo es animado por una lógica identificable o un sistema inteligible. Los imperativos del neoliberalismo epistemológico son muy importantes para todos los educadores críticos: deben estar comprometidos, ser criticados y estar preocupados, pero, para mí, el problema va más allá de la epistemología. Las ideas, los paradigmas y la visión global son importantes, así como las nuevas formas de pensar sobre nosotros mismos y nuestra relación con la ecología de capitalismo. Pero en estas rutinas es donde se encuentran los rituales diarios de nuestra vida que tienen más impacto para cambiar la sociedad. La conciencia crítica es más un resultado de ciertas prácticas sociales, formación cultural y hábito de pensamiento y disposiciones institucionales que ayuda a formarlas, así como los rituales y rutinas que los legitiman, que una precondición para esto – pero no hay duda de que están dialécticamente relacionados. Déjeme que trate la epistemología en primer lugar, y luego presentaré un caso de por qué la transformación de nuestro pensamiento o nuestra lógica es solo una parte –aunque una parte importante– de la lucha dialéctica por un socialismo democrático. Y por qué esta lucha se enriquece por el análisis humanista marxista cuando intentamos superar el actual imperio de capitalismo financiero. Me interesa la evolución de la lógica cultural del neoliberalismo –o a lo que se refiere como lógica de la superestructura supranacional– y cómo se ha manifestado en los contextos nacionales o regionales. Este tema me interesa desde principios de los 60. Eran días desenfadados de pantalones de campana de pana, de barbas a lo Maynard G. Krebs (no como las famosas barbas de tres días de hoy en día), de falsos jerséis de cuello alto (los «dickies»), de collares Navajo de turquesa falsa, de decoración de salas de estar con grandes cajoneras y de vecindarios en los que podías esperar que las tiendas de siempre siguieran allí por lo menos cinco años más; todo fue antes de que en la parcela vacía de atrás apareciera un Wallmart, un Costco o un Home Depot, o que se convirtiera en un parque empresarial o en una franquicia galletera. Llegaron los días de los nerd modernos y de la revolución de la alta tecnología, de una cultura de consuma obsesionada por el status, de guerras estadounidenses más sofisticadas y devastadoras, de opiniones cegadoras posmodernas y, por supuesto, de la tendencia hacia los estudios culturares en la academia. Y con ello llegan los avances en la tecnología de la información y de los medios sociales que permiten curiosear en las fisuras de la estructura empresarial y los pantanos petrificados de la vida diaria, donde la cultura de internet permite que se fertilicen algunas de las famosas rosas de Tupac Sakur en los resquicios del pavimento en los foros de respuesta y en las peticiones en línea.

Pero, incluso con las nuevas formas de resistencia introducidas por las innovaciones tecnológicas, la ideología rígida del neoliberalismo se ha arqueado hacia un estado de «excepcionalísimo humano» en el que se espera que la humanidad se sienta libre para explorar las relaciones entre la naturaleza y la sociedad del modo que prefiera, siempre que se puedan exprimir los beneficios. Realmente no se puede describir la situación en la que nos encontramos hoy como un alejamiento entre los banqueros y los directores ejecutivos y el 99 por ciento restante que se lleva la peor parte –la codicia descarada y el gusto por el odio que sufren los demás en primer lugar, y una renuncia distópica y resignación a la incapacidad del capitalismo en segundo lugar. Porque no hay futuro posible para que capitalismo que no reproduzca el inmenso sufrimiento de las mayorías populares –el 99 por ciento– en el presente porque el capitalismo se basa en el libre desarrollo de unos pocos a cambio de la explotación y la miseria de muchos.

Las presuposiciones epistemológicas que aseguran el capitalismo neoliberal pueden ser desenredadas como en una máquina de desenrollado; cada aplicación de las prescripciones neoliberales para la formación del conocimiento puede ser estudiada en el contexto de una puesta en marcha más grande. Los teóricos culturales han realizado una excelente labor para entender el impacto que la ideología neoliberal produce en el espacio, el lugar, la escala, el momento histórico, la raza, el sexo y la clase y la identidad y agencia humana. Estoy de acuerdo con que este es un importante trabajo y que debemos fijarnos en esta producción relacionada con la mercantilización de la vida diaria. Entre otras cosas, la lógica neoliberal es una lógica del menor común denominador, una racionalidad tecnócrata cuyo valor estar relacionado con el superávit de valor que se pueda extraer y acumular. El capitalismo financiero o de bienes, la acumulación por desposeimiento, el capitalismo del desastre, el capitalismo de amigos –todos estos tipos de explotación del capitalismo son extensiones de la ideología neoliberal. No creo que pudiera ser capaz de pensar más allá de los límites del neoliberalismo sin la influencia de Marx. Hacer uso de una crítica materialista histórica me ha ayudado a reflexionar mejor sobre cómo podemos vivir de manera diferente en el presente e imaginar un futuro con posibilidades concretas más allá del neoliberalismo y de la lógica del valor de la producción y en el que liberarnos de la producción de tiempo, espacio y de la propia existencia al servicio del capital.

Los materialistas históricos generalmente opinan que es posible entender el objeto de conocimiento, que el mundo existe independientemente de nuestra existencia y que este mundo puede ser directamente entendido (aunque no en su totalidad). Opinan que el mundo objetivo tiene que ser entendido en relación a los demás, al carácter social de nuestra calidad tanto como seres humanos y como nuestra intención de ser más humanos. Yo llamo a esto la voluntad de transformación o propósito protagonista, una praxis de las posibilidades que mueven en el mundo ideados para transformar la condición material y social que nos moldea –y que hemos moldeado nosotros– de modo que nuestras capacidades mejoren y que nuestra humanidad sea mayor. En este punto, el mundo puede ser concebido como una totalidad, una realidad ya estructurada, que se forma a sí misma dialectalmente en un proceso de ser una existencia. El desafío es evitar el solipsismo y el idealismo a través de un método de análisis y una concepción del mundo que integre un análisis dialéctico de la realidad y una unidad dialéctica con los oprimidos. En esto intento ser congruente con las ciencias humanas holísticas desarrolladas por Marx, quien, por cierto, no era un determinista económico. Las leyes históricas sobre la tendencia del capital no son lo mismo que las leyes naturales para Marx. Marx no estaba de acuerdo con la idea de que el capitalismo seguía las leyes evolutivas universales. La historia no sigue una única trayectoria, existen contingencias y uniformidades, tendencias que se pueden predecir en líneas generales y futuros posibles. Marx creía en la primacía de las relaciones materiales por encima de la primacía del «espíritu» y nos avisó de que el beneficio no viene de las relaciones comerciales –comprar barato y vender caro– sino de la mano de obra humana y de trabajo duro de las clases trabajadoras. No digo que crea que los valores espirituales no son importantes. Lo que digo es que necesitamos conseguir algunas condiciones materiales en nuestra sociedad antes de buscar los valores espirituales que podemos seguir de manera efectiva. Si queremos buscar una fórmula simple para estudiar a la humanidad, podemos decir que quienes venden su fuerza de trabajo para ganarse la vida –quienes producen beneficios para los capitalistas– pertenecen a una clase: la clase trabajador. Y aquellos que compran el trabajo y obtienen beneficios del trabajo de otros son de otra clase: la clase capitalista. Yo sigo el ideal de Marx sobre el desarrollo de las fuerzas humanas productivas: un proceso muy complejo que se está históricamente relacionado con la condición material de producción y lucha de clases. Cada uno de los pases del desarrollo de las fuerzas de producción de la sociedad –es decir, de la especie humana y de su división laboral– está ligado históricamente con las relaciones sociales de producción, particularmente las relaciones de clases. Cuando aparece la dominación por parte de una de las clases como resultado de un desarrollo histórico, los elementos dominantes de las relaciones intentan mantenerse en el puesto y la sociedad existente pierde su carácter de progreso. A pesar de los cambios en las condiciones materiales de la producción, cualquier clase dirigente buscará mantener su poder a cualquier coste, llegando a ser una traba para el desarrollo económico y social. El estado, la legislación, la religión y el conjunto de ideas que representan los intereses globales que representan y que están condicionados por las relaciones socio–económicas subyacentes serán empleadas para defender el statu quo y tapar las contradicciones de la sociedad, a menudo mediante las fantasías desaliñadas de Hollywood o las encantamientos temporales de la cultura popular. ¿Y qué significa todo esto para la educación? Bueno, es intentar empujar el capitalismo hacia el sufrimiento de los pobres y los oprimidos, mientras este siga activo, pero debemos reconocer que necesitamos avanzar más allá del capitalismo si queremos alcanzar una igualdad real descubrir mejores capacidades y poderes humanos.

Mientras que los educadores progresivos bien intencionados van a criticar la manera en la que los humanos se vuelven objetos muertos a los que marxistas llaman «materias fetichizados», aborrecerán considerar el hecho de que en la sociedad capitalista todo el valor originado en la esfera de la producción y el de los papeles primarios en las escuelas son para servir a los agentes o funcionarios del capital. Además, no entienden que la educación es más una reproductiva para un orden social explotador que un desafío para este, precisamente porque se basa en los fundamentos del intercambio de valor capitalista. Al leer a Marx y a Freire no nos convertirá en revolucionarios capaces de ir más allá del capitalismo pero ignorar lo que dijeron sobre la transformación de la educación en el contexto de la lucha de clases sería una gran pérdida de esfuerzos.

Muchos de mis trabajos pretenden demostrar que la mayoría de las reformas educativas progresivas liberales están incrustadas en políticas retrógradas, oportunistas y banales que se sitúan en una cultura de compasión liberal y cosmopolitismo políglota que impide la transformación de la educación en lugar de hacer que avance.

JMBT: Estamos de acuerdo en que la educación actúa como una reproducción social del sistema neoliberal. Y por lo tanto, está imbuida por su lógica neoliberal y perpetúa la extrema riqueza de una insignificante minoría frente a una vasta mayoría de gente que lucha para tener una vida respetable. ¿Qué pueden hacer los educadores para cambiar esta situación y avanzar hacia un desarrollo humanista mundial?, ¿Cómo se inició usted en su vida para convertirse en un educador crítico?

PM: Muy bien. Déjeme comenzar brevemente con su pregunta sobre mi propia historia. Como muchos jóvenes que crecieron en Canadá entre los años 50 y 60, me sentía cada vez más engullido por una masa viscosa de aburrimiento, una convención de adormecimiento mental, sobre todo mi experiencia de estar escolarizado, desde que me gusta hacer la distinción entre estar escolarizado y experimentar la educación.

La educación requiere del cultivo de la crítica, o conciencia crítica, y en mis años de instituto, siendo inteligente o capaz de reclutar conceptos al servicio de un análisis constante no era algo con lo que te ganaras la atención de tus compañeros. Yo era lo suficientemente poco profundo en lo cultural como para querer formar parte de la masa, así que a menudo escondía mi curiosidad intelectual por la vida, sobre todo en momentos de agotadora soledad. En esos momentos me gustaría protestar conmigo mismo acerca de mí mismo acerca de por qué mi vida en la escuela parecía tan ruinosamente vacua, por qué yo era estaba tan interminablemente triste, por qué actos de creatividad, y por qué muestras de ingenio y humor parecían ser tabú y eran tratadas como insensatas por muchos profesores, como una clase de imprudentes infracciones epistemológicas. Tuve dos maravillosos y excepcionales profesores en mi último año de instituto: Dennis Hutcheon and Harold Burke. Burke hacía lecturas dramatizadas en clase. Con los pulmones tan imposibles de llenar como la Basílica de San Pedro, gritaría fragmentos de Shakespeare y obras contemporáneas, convencido de que eran una parte indispensable de una buena educación y, por supuesto, tenía razón. En sus clases hicimos serios, sino vacilantes, intentos de comprender la opinión y la paradoja, el estereotipo y la novación del día a día. De Burke aprendí a apreciar el poder de la retórica, a menudo metido en debates con descarada extravagancia. En aquellos días tal prodigalidad solo podía ser tolerada por un joven espadín, la arrogancia que salía por mi boca sin duda me hacía insufrible ante muchos de mis compañeros. «Hutch» desarrolló un curso sobre los Medios de Comunicación que examinaba las ideas y teorías de Marshal McLuhan. También era un católico convencido y, en gran medida como resultado de su influencia, me interesé por la teología (aunque Hutch en sus últimos años se volvió un católico conservador mientras  yo me aventuraba en los fríos interiores de la mente Jesuita para explorar libros ininteligibles juzgados por los guardianes de la Fe como sacrílegos, trabajos de teólogos de la liberación y apóstatas). Queriendo unirme al sacerdocio pero sin tener demasiada fe religiosa, abandoné la idea, destinándome a vivir en los márgenes seculares de lo que en aquella época era considerado el mundo normal (donde los hombres ya no tenían que llevar sombreros de fieltro, pero donde cubículos estériles de oficina en cualquier edificio de fría piedra se convirtieron en el deprimente destino de muchos de mis contemporáneos). Muy a menudo me veía perdido en un mundo de lecturas de Nietzsche, Camus, Sartre, Hesse, Genet, Proust, Northrop Frye, Marshall McLuhan, Harold Innis, Gregory Baum, donde trataba en vano de desplazarme a mí mismo de la vida cotidiana en el suburbio Willowdale en Toronto, que era para mí una tierra Cimeria de melancolía y desesperanza. El trabajo de Dylan Thomas, Vachel Lindsay, Leonard Vohen, Irving Laython y por supuesto los poetas de la generación beat, me servían para desanclarme temporalmente de mi malestar, pero la extrema desesperación de la juventud me iba a abrumar inevitablemente. Crecí en una familia conservadora de clase trabajadora que dejó sus raíces en comunidades granjeras de Ontario para viajar a Hamilton, a Toronto y a otras grandes áreas metropolitanas (donde mi padre consiguió un puesto de director de la zona este de Canadá para la compañía Phillip Electronics que temporalmente nos llevó a ser de clase media). Me contaron que mis antepasados trabajaron en los astilleros de los muelles de Glasgow como remachadores y soldadores pero nunca profundicé realmente en mi árbol genealógico; todo lo que recuerdo son fotos de mi tío en la granja, fotos de mi abuelo materno con la falda escocesa llevando una fusta y fotos de mi abuelo paterno vendiendo jabón en el exterior de un coche. Mi abuela paterna vivió con nosotros hasta que murió cuando yo tenía unos dieciséis años y recuerdo que podía patear sobre su cabeza en su bien entrados ochenta. Un hijo único, que veía a mi padre, un veterano de la segunda guerra mundial en el Royal Canadian Engineers, entrar en el ejército laboral de reserva  tras ser despedido de la Phillips, y a mi madre, una ama de casa, aventurarse a buscar trabajo para mantener a la familia como operadora de telefonía cuando el enfisema de mi padre lo imposibilitó para seguir trabajando a media jornada en tiendas de electrónica, crecí enfadado, receloso de entregar mi vida a una corporación, o lo que nosotros llamábamos the suits (los trajes). Antes de la enfermedad de mi padre nuestra casa fue un solárium  de normalidad; televisivas historias de detectives y westerns por la noche; televisados partidos de hockey; comedias televisadas; en resumen; televisada felicidad para una inexplorada vida (aunque pude viajar, al estilo Kerouac, con Buzz Murdock y Tod Stiles en la excelente serie Ruta 66 y, más tarde, por la larga y solitaria carretera con Jim Bronson [Michael Parks] en la exitosa serie Then Came Bronson). A finales de los años 60, me uní a la comunidad hippie Yorkville Village en lo que se vino a llamar «dominguero», y Yorkville, como yo lo recuerdo, fue más un estado mental que un grupo de céntricas calles donde solíamos pasar el rato, probar cualquier droga imaginable, y a veces, si teníamos suerte, «ponernos cachondos» con buenos libros y álbumes y conocer mujeres jóvenes de apariencia pre-Rafaelita que conocían a miembros de los círculos artísticos y literarios de Toronto que podían invitarnos a fiestas y encuentros en los que pretenderíamos encajar. Yorkville era un lugar donde, potencialmente, podrías desarrollar una mirada más perspicaz para entender la producción cultural y a veces, llegar  a reconocer la coincidencia entre la producción de cultura de masas y la regresión al propio intelecto, como motoristas, hippies, quinceañeros, y a veces organizadores políticos reunidos en cafeterías y antros o simplemente por las calles, todos pretendiendo que estábamos creando una nueva sociedad libre de los normativos grilletes de la moralidad y estilo de vida convencional, pero básicamente, andábamos buscando drogas, sexo y rock and roll y nuestros 20 minutos de fama. Que estaba viviendo las últimas fases de la globalización capitalista no era algo que estuviese captando mi atención ni siquiera por un momento. No se me ocurrió que dicha exploración de la «sociedad integral» fuera importante, o al menos significativa, o que fuera necesaria para comprender los medios y vías que yo estaba situando en un orden social mayor, todavía inmerso en la diferencia interna de un estado-nación dialécticamente unificado llamado Canadá, viviendo en los márgenes de una sociedad civil consistente en un compendio de prácticas y relaciones de poder dialécticamente desafiantes por un sistema integrado dentro del Estado. Era la vida antes que la teoría crítica, sociología, antropología, hermenéutica y fenomenología existencial. La vida era vivida como un crudo código binario. Éramos geniales y todos los demás eran sospechosamente poco geniales, especialmente cualquier persona mayor de 30. En aquel tiempo todavía había una relación de conflicto entre jóvenes de base política y movimientos sociales que abogaban por la lucha de clases. Yorkville estaba más por el estilo de vida y la contracultura en oposición a la transformación política de la sociedad, y los Maoistas que te podías encontrar de vez en cuando nos parecían demasiado militantes y dogmáticos para ser tenidos en cuenta si uno quería disfrutar del estilo de vida bohemio que era lo que buscábamos en esos días. Me politicé mucho después, principalmente por lo americanos que abandonaron Estados Unidos como resultado de la guerra de Vietnam  que acabaron como profesores míos en la Universidad de Waterloo y en la Universidad de Toronto, aunque ciertamente era una politización de Nueva Izquierda, con políticas de identidad, derechos civiles, y nuevos movimientos sociales (feminismo, derechos de los gays, derechos de los inmigrantes) desplazando más que integrando en la mayoría de las formaciones políticas de clase anteriores. Recuerdo que hubo un controlador de la ciudad, Herb Orliffe, que sugirió, ominosamente, en la primavera de 1967, que los hippies debían ser llevados a campos de trabajo donde deberían aprender un oficio. Reconozco que la desinencia llegó en la trayectoria que mi vida estaba llevando, y que la escena de Yorkville estaba muriendo y, sobre 1968, me di cuenta de que inevitablemente necesitaba un cambio en mi vida. Ya he escrito sobre lo que pasó después-la paliza que me llevé como advertencia por la policía metropolitana en una fría y húmeda celda del norte de York, el encuentro con Allen Ginsberg, mi viaje a Norteamérica, mi noche psicodélica con Timothy Leary, la excitante locura de San Francisco y Los Ángeles en el verano de 1968, por ello no voy a relatar aquellos días. Cómo fue algo de aquello claramente canadiense, no estoy seguro porque no reflejé mis raíces canadienses hasta que llegué a Estados Unidos, que empezó como una desesperada estancia pero que ha durado 28 años y continua, habiendo perdido mi puesto como profesor en la universidad de Canadá, por mi cada vez mayor politización en la enseñanza y siendo rescatado por Henry Giroux, quien me trajo a la Universidad de Miami en Ohio y me ayudó a saber cómo hacer trabajo político y continuar en la universidad. Viviendo en Ohio, los alumnos me solían decir que les recordaba a un americano del norte, más a un americano descafeinado que a un canadiense, una observación que, francamente, me pareció perturbadora y decía mucho de los estudiantes estadounidenses y de la cultura.  Siendo específicamente canadiense y trabajando dentro de una colonia de poder que me sentía obligado a criticar, creo que mi identidad desarrollada en Canadá era más móvil que nacionalista, si no destrozada, sangrado a través de las membranas figurativas de su Canadian-ness, como algo que siempre era extraño para sí mismo, porque nunca tuve la sensación de lo que significaba ser canadiense, pero que al mismo tiempo trataba de explicar a la gente a la que conocí y las ideas que hallé en el contexto de vivir una vida al servicio de algo más grande que el propio estado-nación, tratando de encontrar que significaba estar al servicio de la sociedad. Sentía que pertenecía a cualquier lugar, y a ningún lugar, cualquier lugar era una aberración y en ningún lugar me sentía remotamente cómodo, supongo que crecí cómodamente en mi incomodidad. Sin embarigo, el irme fuera de Estados Unidos me motivó para reclamar mi identidad canadiense (en oposición a reclamar una ya bien cosida identidad canadiense) puesto que crecí para odiar la escena política estadounidense, su excepcionalismo americano, sus guerras imperialistas, su falsa democracia, su incipiente y luego descarado fascismo; y yo quería reivindicar algo fuera de eso, que etiquetaría como canadiense. Especialmente durante mis viajes por América Latina subrayaba mi identidad canadiense, pero, para ser justo, los activistas y pensadores americanos me han impactado de muchas maneras y eso me ha hecho mucho bien. Ahora estoy mucho más interesado en políticas de solidaridad y creación de comunidad que en política de identidad convencional. Lo que me impulsa hoy no es narrar las muchas trayectorias de uno mismo si no comprometerme con una política protagonista,  forjando un frente unido contra el capital acompañado por múltiples y antagónicas cabezas: racismo, sexismo, homofobia, discriminación por edad, discapacidad, especie y similares. Lo que te puedo decir ahora es que me siento mucho más cómodo con los trabajadores y las mayorías populares que con la clase capitalista transnacional, la burguesía, y ese el caso en todos los países en los que tengo el privilegio de pasar tiempo de manera habitual.

Por lo que respecta a la siguiente parte de tu pregunta: si existe un silencio estructurado, una cultivada ceguera, una motivada amnesia entorno a la urgente tarea de hacer historia sobre las relaciones de poder en condiciones materiales concretas de producción y si, a continuación, existe un gran rechazo en negar las limitaciones de la ética burguesa en el proyecto de la transformación social y, finalmente, si queda una estudiada reticencia para enfrentarse al total de varias capas de hormigón de la vida cotidiana en la que el valor de uso está subordinado al valor de cambio, entonces no podemos simplemente culpar al sistema educativo o a los profesores que reproducen engaños capitalistas.

En cierto modo todos somos un poco un engaño y cada día me esfuerzo por serlo menos mientras continúo sacando provecho a mi potencial como aprendiente. Al igual que intento señalar en mi discurso mis experiencias como un joven que ha crecido en Canadá, los profesores no son inmunes a las ideas dominantes de la sociedad en la que viven, las cuales, como dijo Marx, son normalmente las ideas de la clase dominante. Y por ello, como sabemos, los educadores también deben educarse a ellos mismos. En su Tesis sobre Feuerbach Marx opinaba que «La teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación, y de que por tanto, los hombres modificados son producto de circunstancias distintas y de una educación modificada, olvida que son los hombres, precisamente, los que hacen que cambien las circunstancias y que el propio educador necesita ser educado». Incluso los sindicatos de maestros han estado asidos a las políticas neoliberales de educación aunque durante años he abogado por un movimiento social sindicalista que se compromete más allá de las funciones que le corresponden, en términos de una lucha política más amplia por la justicia económica y social, por los derechos humanos, y por una democracia participativa y directa. El movimiento social sindicalista con afiliados de los movimientos obreros, feministas, estudiantiles y otras organizaciones de derechos humanos integrándolos en una red más grande o frente popular en contra de la injusticia y la explotación de la clase dominante.

La pedagogía crítica revolucionaria es parte de un ecosistema de activismo político que incluye organizaciones comunitarias, organizaciones de profesores, un gran número de grupos de derechos humanos que defienden la educación multicultural, derechos de gais, lesbianas, transgénero y bisexuales, salario mínimo, justicia ecológica, derechos de los discapacitados y organizaciones antirracismo y antiimperialismo. Aquí encontramos organizaciones de planes de estudios, organizaciones educativas de profesorado y organizaciones de política educativa, en contra de los estudios estandarizados, la privatización de las escuelas públicas, el flujo de la escuela a la cárcel, defendiendo la participación de los padres y la comunidad en las escuelas.

La idea general de la agenda que he estado intentando desarrollar desde mediados de los 90 está basada en la descripción en lo que István Meszarós llama Educación Socialista: «el órgano social a través del cual la reciprocidad mutuamente beneficiosa entre los individuos y su sociedad se vuelve real». Mi preocupación ha sido organizar la pedagogía crítica en su sentido más amplio, no una coalición sectaria o un movimiento social al servicio de alterar los modos de producción y reproducción históricos en formaciones sociales específicas, incluyendo formaciones no específicamente educativas.

La pregunta que necesitamos hacer es: ¿Cómo se puede abolir la producción de valor, el trabajo asalariado? Tenemos que ir más allá de la intervención del Estado en la economía, ya que esto no es socialismo. La intervención del Estado en la economía no previene del valor de producción de la mano de obra, el trabajo alienado. De hecho, el capital es una relación social de trabajo abstracto y es precisamente el capital como una relación social lo que tiene que trascender. Por supuesto esto es un reto para todos nosotros. Ir en contra de los aparatos ideológicos de Estado (que también tienen prácticas coercitivas como la no promoción y sistemas de privilegios para aquellos que siguen las reglas) y los aparatos de estado represivos (que también son coercitivos en el sentido de que se aseguran ideológicamente la unidad interna y la autoridad social a través de patriotismo y el nacionalismo) no es tarea fácil. Hay disyunciones y desarticulaciones dentro y entre los espacios sociales de las superestructuras y debemos trabajar desde dentro, en los espacios de los sistemas legales e ideológicos que se pueden transformar en interés de la justicia social y económica. La lucha es doble.

La pedagogía crítica revolucionaria es un modo de conocimiento social que indaga en lo que no se dice, en los silencios y lo suprimido o lo desaparecido para descubrir las operaciones de los poderes económico y político, subrayando las representaciones y detalles concretos de nuestras vidas.

Revela cómo la lógica abstracta de la explotación de la división del trabajo informa a todas las prácticas de la cultura y la sociedad. La crítica materialista interrumpe lo que representa en sí misma como algo natural y por lo tanto como inevitable y explica cómo es producida materialmente. La crítica, en otras palabras, nos permite explicar cómo las diferencias sociales-género, raza, sexualidad y clase- han sido sistemáticamente producidas y continuarán operando dentro de los regímenes de explotación, es decir, dentro de la división internacional del trabajo en el capitalismo global, por lo que podemos luchar para cambiarlas. Así, una pedagogía de la crítica tiene que ver con la producción del conocimiento transformativo. No se trata de la libertad como la libertad del deseo, porque esta libertad, esta libertad del deseo, se adquiere a costa de la pobreza de otros. La pedagogía crítica no se sitúa a sí misma en el espacio del mismo, o en el espacio del deseo, o en el espacio de la liberación, si no en el de la necesidad de la colectividad, y la emancipación.

En resumen, los profesores tienen que apoyar alternativas sostenibles para el capitalismo neoliberal poniendo énfasis en el crecimiento económico; proteger los recursos naturales para las generaciones futuras; proteger los ecosistemas y ayudar al apoyo de la biodiversidad, apoyar una economía basada en la comunidad y una democracia de base que incluya formas participativas y directas, ser un ejemplo de pedagogías anti-racistas, anti-discapacidad, anti-sexistas y anti-homofóbicas que respeten la diversidad y el trabajo desde una perspectiva post-patriarcal. No voy a resumir aquí los imperativos y las prácticas de la pedagogía crítica, o la educación popular, excepto para decir que estos enfoques construidos a partir de las experiencias de los estudiantes, y el lenguaje que emplean ayudan a los estudiantes a preguntarse sobre la transparencia de sus propias experiencias, es decir, que las lenguas permiten a los estudiantes cuestionarse la interpretación de sus experiencias y ayudan a los estudiantes en la conexión de sus propias experiencias y las historias a las situaciones más amplias que son locales, regionales, nacionales y de alcance global. Creo que es importante dar a los estudiantes la oportunidad de pensar dialécticamente y emplear la perspectiva del materialismo histórico en el análisis de sus propias comunidades y en sus relaciones con sus vecinos y escuelas. No solo son los profesores quienes necesitan convertirse en investigadores críticos, deben dar a sus estudiantes la oportunidad de adquirir herramientas de investigación. Existen multitud de perspectivas teóricas que los maestros pueden obtener de estudios críticos sobre discapacidad, etnografía crítica, teoría feminista, la teoría crítica de la raza, la teoría poscolonial, y el trabajo de la nueva «escuela descolonial» que trabajan desde la premisa de que tenemos que luchar contra el «colonialismo del poder». La teología de la liberación también ofrece una riquísima fuente de comprensión del poder del Estado como una forma de «pecado social».

Es cuestión de alentar a los profesores para que se vuelvan intelectuales públicos transdisciplinarios comprometidos en lo que Henry Giroux llama la «pedagogía pública». Los profesores pueden aprender mucho de la Revolución bolivariana para llegar a ser «pedagogos públicos» y del trabajo hecho en las misiones bolivarianas. En este caso, los estudiantes conectan su aprendizaje con el trabajo en proyectos comunitarios. Todo aprendizaje se relaciona para mejorar las vidas de las familias y de los grupos sociales. Toda esta actividad requiere la adopción de la filosofía de la praxis. Es una disposición que se adquiere. No viene de ser concienzudamente crítico para luego realizar una actividad revolucionaria; de hecho, la conciencia crítica es más el resultado de la actividad revolucionaria que el requisito previo para ello. La revolución hace educadores críticos así como los educadores críticos hacen la revolución. Como nos enseñó el Che, las revoluciones generan subjetividad y acciones (estética, ética e ideológicamente) a la vez con nuevas relaciones sociales de producción. A esto lo llamo «acción protagonista». Una acción para construir un futuro radicalmente nuevo.

JMBT: Sabemos cuál es la importancia de la producción de conocimiento porque impone la «verdad» establecida dentro de los colegios. Las consecuencias más inhumanas del sistema capitalista están detrás de esta «verdad» que perpetua la desigualdad humana. ¿Qué papel tienen los medios y los editores de libros de texto en este asunto? ¿Qué podemos hacer para establecer mecanismos que aseguren que el conocimiento que se enseña en los colegios sea fiable?

PM: Desde que la democracia capitalista es realmente un oxímoron, la relación del capitalismo con la democracia ha sido siempre un «paracaídas de oro», de un socio enfrentado al otro. Uno hace de gracioso, mientras que el otro es el hombre «serio» que tiende una trampa al gracioso. Uno hace de poli bueno, otro de «poli malo» y se hacen bromas. El capitalismo genera una desigualdad económica y una extrema pobreza, mientras que la democracia lo tapa con el nombre de la eterna búsqueda de la «diversidad», «derechos humanos» o «libre elección» o sea cual sea la moda del momento, y de este modo debilita todo el concepto por el que podemos tener una verdadera igualdad política en una sociedad capitalista. La mayoría popular –los que están forzados a sobrevivir con trabajos pagados, a veces llamados el 99%– nunca son capaces de ganar importantes victorias para la democracia, pero están obligados a aceptar medidas progresivas para el logro de pequeñas victorias en áreas de tributación progresiva, atención sanitaria, educación universal, pensiones de jubilación,  protección al consumidor y al medio ambiente y derechos civiles. Aunque estas pequeñas victorias se oponen entre ellas, en algunos casos drásticamente, la clase capitalista transnacional se asegura de que la situación no llegue al punto de que el 99% tome las calles como hizo en el apogeo del movimiento Ocupa Wall Street, así que dan esperanzas para el futuro para los que aceptan ser pacientes. Pero tal esperanza es una panacea universal disfrazada. Los ricos no necesitan la asistencia del gobierno social, pueden comprar todo lo que necesiten de forma privada. Con tal dependencia estructural en dólares corporativos, la verdadera democracia es inalcanzable en Estados Unidos. ¿Qué pasa con el poder de producción mundial de los medias? En esta época de capital financiero y de desregulación bancaria, los medios permanecen en manos de empresas privadas que trabajan mano a mano con el gobierno.

Los poderosos propietarios de los medias comerciales a los que el gobierno sanciona, controlan la producción de conocimiento, establecen los límites de lo que se dice y no se dice y crean los contextos en los que la información se evalúa o percibe como poco importante. Los sectores militares/industriales/digitales de los medias forman parte del «complejo de poder» que asociamos con el capitalismo de finanzas. Robert McChesney ha escrito sobre cómo los medias operan como un oligopolio a través de cabilderos empresariales, contribuciones políticas de campaña, política de medios de comunicación del gobierno, el control de nuevos alcances de las élites corporativas y el esfuerzo de derechos monopolísticos para las emisoras que puedan sacar el mayor beneficio. La reforma de los medias es casi imposible en este contexto.

El potencial de Internet para el aumento y la mejora de la democracia se destruyó por el éxito del monopolio del capitalismo y, en realidad, Internet ha contribuido tanto en la desigualdad como en la promoción de la igualdad y aquí me interesa especialmente el potencial de los medias para ayudar tanto en la seguridad ciudadana como en la propaganda contra alternativas socialistas al capitalismo. Por ejemplo, Google gastó 5 millones de dólares (4 400 000 euros) presionando en Washington en el primer trimestre del 2012. La participación política como medio para crear un futuro más democrático está limitada por la comercialización de Internet. Vemos el derecho de competencia subestimada, vemos un aumento de las patentes de tecnología digital y el monopolio de empresas como Google, Amazon y Microsoft. No podemos tener una verdadera esfera de público democrático que promueva los intereses de la participación de la comunidad y el público mientras esté monopolizado por la codicia empresarial, impulsada por subsidios del gobierno indirecto y hecho para inclinarse hacia los intereses comerciales mediante un aumento de los derechos de autor, patentes y sistemas de propietarios. Me interesa cómo los medias corporativos en Estados Unidos ayudan a autoengañarse diciendo ser «libres» atacando el trato de Hugo Chávez de los medias en Venezuela. Muchos medios de comunicación en Estados Unidos criticaron a los de Chávez por limitar y manipular los medios en Venezuela, pero el gobierno venezolano no controla sus medios. Muchas personas en Estados Unidos creen que todos los canales de televisión y periódicos son pro Chávez. La verdad es que la mayoría de los medias en Venezuela son anti Chávez. Sí, Chávez tomó medidas contra la cadena anti Chávez CTV. (Radio Caracas Televisión Internacional), pero los medias estadounidenses no lo retransmitieron.

Como citan unos pocos medios de comunicación alternativos, la televisión venezolana tiene cuatro grandes canales: Venevisión, Televen, Globovisión y Venezolana de Televisión (VTV). De estas cuatro cadenas, Venevisión y Televen son medianamente anti Chávez, Globovisión es muy anti Chávez y VTV es extremadamente pro Chávez. También está la RCTV (Radio Caracas Televisión Internacional) de mala fama, que retransmitió un falso metraje que hacía como si una persona armada pro Chávez disparara a manifestantes en las calles de Caracas, cuando en realidad era una persona armada anti Chávez. Esta es una de las muchas razones por las que el gobierno de Venezuela declinó renovar la licencia de la emisión de la RCTV. Un 60% de la audiencia de la televisión ve Venevisión y Televen. Únicamente un 6% de los venezolanos ven VTV. La mayoría de los medias venezolanos pertenecen a empresas de élite de derecha que están fuertemente movilizadas contra los políticos socialistas y las políticas de Hugo Chávez que apoyan los medias venezolanos que conspiran sobre todo con los golpistas en su intento fracasado en 2002 de derrocar a Chávez. Los medios se negaron a mostrar las declaraciones del gobierno de Chávez que condenaban el golpe de estado. Cuando el golpe de estado fracasó, las redes venezolanas privadas se negaron a retransmitir las noticias en las que Chávez recuperó el poder como resultado de cientos de miles de simpatizantes de Chávez que rodearon el palacio de Miraflores reclamándole y como resultado de los sectores de los militares que volvieron a apoyar a Chávez. Puedes ver este metraje en el programa documental dirigido por los directores irlandeses Kim Bartley y Donnacha O’Briain, This Revolution Will Not Be Televised. O ve el documental de Oliver Stone South of the Border. De nuevo, el presidente Hugo Chávez no «apagó» RCTV el 27 de mayo. El gobierno de Venezuela decidió no renovar la licencia de retransmisión que concedía a RCTV el monopolio sobre la sección de las frecuencias de propiedad estatal. Este es el caso de que RCTV siga llegando a la mitad de la población a través de su cable y satélites. No está mal para una emisora de televisión que ha traicionado a su presidente escogido democráticamente, cuyas victorias electorales se consideraron extremadamente justas por el presidente Jimmy Carter.

Por supuesto, es cierto que la televisión del gobierno es claramente favorable hacia Chávez, pero solo el 6% de los venezolanos ven la VTV del gobierno. Y sí, Chávez interrumpió el programa de noticias con cuatro horas de cadenas (puntos de vista políticos), pero esto difícilmente contrarresta o equilibra las otras 23 horas de emisión anti Chávez. Vale, ¿y qué pasa con los periódicos? Venezuela tiene tres grandes periódicos: Últimas Noticias, El Nacional y El Universal. Últimas Noticias es pro Chávez; El Nacional y El Universal son anti Chávez. El Nacional, como se le conoce comúnmente, pertenece a Miguel Henrique Otero, el fundador del Movimiento 2D, la organización anti Chávez. En Venezuela hay más emisoras de radio anti Chávez que pro Chávez, puesto que solo el 14% de la radio es de carácter público.

No es muy sorprendente que la prensa capitalista demonice a este visionario ardiente que luchó contra medidas de austeridad, que luchó por los pobres y los desamparados, que fundó el movimiento para la quinta república, que integró a los oprimidos y marginales a la sociedad venezolana y que ayudó a hacer de su país uno de los más igualitarios de Latinoamérica. Este hijo de la escuela rural agrietó el firme muro del capitalismo financiero que algunos pueden forzar. Por desgracia, el muro está creciendo y volviéndose más grueso. Veo los medios, la tecnología de vigilancia y tecnología militar actual, como los drones, y realmente creo que estamos viviendo una distopía orwelliana. Entre el milenarismo del destino, hay personas valientes hablando: el periodista Chris Hedges o Noam Chomsky entre otros. Y son sin duda verdaderos héroes. Pero qué podemos decir como educadores sobre vivir en Estados Unidos hoy en día cuando el Congreso aprueba por unanimidad La Ley de Autorización de la Defensa Nacional, donde la Sección 1021(b)(2) da a los militares el poder de detenerte en suelo estadounidense sin garantías procesales, indefinidamente, a discreción del presidente. El 4 de diciembre de 2012, la nueva Ley de Autorización de la Defensa Nacional fue aprobada en el Senado con 98-0 votos. Es la fecha en la que el fascismo se instaló formalmente en Estados Unidos. De joven, leí 1984, la novela de Orwell. De hecho, tengo la primera edición de Signet Books publicada en 1950 por The New American Library. La portada de literatura barata muestra a una mujer sexi con un vestido corto de espaldas a un hombre con una camisa sin mangas de trabajo. A la izquierda hay un hombre con una capa y mono negros y parece como si estuviera sujetando el mango de un látigo. El anuncio en lo alto de la portada pone «Una visión sorprendente de la vida en 1984. Un amor prohibido… Miedo… Traición». Y detrás, está la pregunta: ¿Quién SERÁS en 1984? Hay cuatro opciones: proletariado, guarda policial, miembro del partido, varón y miembro del partido, hembra. Solo leí la descripción de los miembros del partido. Miembro del partido, varón: «Sin rostro, tonto, un robot de carne y hueso con un cerebro de botón, se te niega el amor por ley, se te enseña el odio mediante un interruptor». Miembro del partido, hembra: «Un miembro de la liga anti-sexo desde su nacimiento, tu labor será contener todas las emociones humanas y puede que tus hijos no sean los de tu marido». En ese momento el libro fue promocionado obviamente como metáfora del trato comunista de la Unión Soviética. Pero mira a tu alrededor hoy en día y sopesa ¿quién está ejecutando a enemigos por drones voladores? ¿Quién practica «entregas extraordinarias» y arresta a gente sin garantías procesales y los llevan a centros de detención secretos? ¿Quién ha creado el estado de seguridad nacional con cámaras en cada esquina? En el 2006, durante el gobierno de Bush, el FBI investigó la biblioteca de la Universidad de California para ver qué libros sacaban los estudiantes, el mismo año que me colocaron en la cabeza de la lista de los «treinta sucios» profesores izquierdistas por un grupo de derecha que ofrecían a los estudiantes 100 dólares por grabar en secreto mis seminarios y 50 dólares por facilitar apuntes de mis clases. Cuando escaneé la portada de 1984, no me sorprendió que fuera para incitar a la lectura. Hoy en día está claro que la llamada democracia capitalista  es la que ha generado ominosamente una población satisfecha (franca, sí, pero aun así complaciente), lo suficiente complaciente para eliminar la psique colectiva y mantenerlos a raya lo suficiente para permitirnos cometer los crímenes más atroces. Como en 1984, «inventamos» enemigos y construimos una economía de guerra para batirlos. Por ejemplo, la guerra en Irak. La empresa Halliburton, mantenida por el anterior vicepresidente Dick Cheney, dio 39.5 billones de dólares a contratos relacionados con Irak en la última década, con muchos de los tratos dados sin ninguna orden de las empresas competidoras. Mientras que el coste financiero de la guerra fue de más de 1.7 trillones de dólares, el coste de la miseria humana no tiene precio. Hoy en día parece que las relaciones humanas son más interesadas que nunca; la lealtad entre los amigos está desapareciendo; las personas que dicen que son tus amigos, te traicionarán en actos de indignación de mojigato si les da una ventaja; el amor se ha reducido a un enjambre de productos químicos por el cuerpo mientras que se ha remplazado al corazón por una colmena. Creo que el imperialismo capital ha sido el íncubo creando un colectivo estadounidense. La psique, cuya inconciencia estructural se distingue del carácter del Psicópata estadounidense. Cuando el psicópata sepa quién es, ¿será demasiado tarde?

JMBT: Pensamos que es necesario enseñar en todos los programas educacionales cuestiones como el envenenamiento del agua por la extracción de petróleo bruto pesado, la explotación infantil o deforestación por razones comerciales. Creemos que enseñar estas causas y consecuencias de estas situaciones tristes podría ser el primer escalón para conseguir conciencia e ir hacia la justicia social. ¿Cree que es posible introducir este tipo de conocimiento en la educación?

PM: Es una buena pregunta, José. ¿Qué podemos hacer como trabajadores de la educación y culturales en este momento crucial de la historia cuando los ingresos de las empresas se expanden mientras que el trabajo de mercado se reduce, cuando hay tal cruel indiferencia por los sufrimientos humanos y la vida humana, cuando el indomable espíritu humano resuella en una atmósfera de parálisis intelectual, amnesia social e inactividad política, cuando las tonalidad translúcidas de esperanza parecen todavía más etéreas, cuando pensar en el futuro parece anacrónico, cuando el concepto de utopía se ha convertido irremediablemente en un cuento de Disney, cuando nuestros papeles sociales como ciudadanos se han convertido cada vez más en los de empresarios e instrumentalizados en un mundo que esconde la necesidad bajo el nombre del deseo de consumo, cuando los análisis de los medias de las invasiones militares es simplemente más publicidad para la compleja industria militar estadounidense con su enorme industria de armas global, y cuando tanto los profesores como los estudiantes se regodean en lo absurdo, esperando al vertedero de la vida consumida para vomitar otra panacea por desesperación? ¿Qué podemos hacer como presos en una prisión del capitalismo, sepultado en una cámara olvidada de la cultura de la comodidad?

En su pregunta mencionó la explotación infantil. ¿Y qué pasa con los asesinatos de los niños? ¿Y con la justificación de la tortura? Cuando los americanos se juntaron en masa para ver la película La noche más oscura por el brillante y galardonado director Kathryn Bigelow (a quien Naomi Wolf nombró apropiadamente el nuevo Leni Riefenstahl, «siervo de la tortura» y «defensor del mal») para regocijarse en el supuesto éxito del plan del gobierno estadounidense de que sodomizar y ahogar a supuestos terroristas musulmanes, no ciudadanos estadounidenses, no importa si vivían dentro o fuera de Estados Unidos, es seguro de vigilancia por drones o asesinatos. El presidente Obama puede protestar todo lo que quiera sobre la disponibilidad de armas en Estados Unidos (hay 300 millones de armas registradas a propietarios privados), pero no parece preocuparse mucho por todos los niños que están muriendo en sus ataques aéreos por todo el mundo. Según la Oficina de periodismo de investigación, hay aproximadamente entre 399 y 500 ataques aéreos hasta la fecha, y aproximadamente 3 000 individuos han muerto por estos ataques, muchos de ellos civiles, incluidas mujeres y niños. Solo en Paquistán, 891 civiles han muerto por drones estadounidenses desde el 2004. Estas operaciones de asesinatos aéreas tienen lugar a petición de los líderes que no buscan ninguna alternativa a la ley imperial con afán de lucro y están sucediendo con mayor regularidad en Oriente Medio, Asia meridional y África.

Niños, mujeres y hombres inocentes en países en los que Estados Unidos ni siquiera está en guerra están muriendo por los misiles endemoniados, ataques que ocurren sin oposición del Congreso o el poder judicial y muchos de ellos aprobados por el presidente Obama. Más de 3 000 personas muertas, la mayoría de ellas no combaten, son muertes por «daños colaterales» y de esas, 172 son supuestamente niños. Por supuesto, los países soberanos pueden hacer frente a la llamada guerra permanente de terrorismo mediante el uso de drones, vigilancia o armando como en el caso de los «soldados de infantería» del mundo de los drones, el depredador y el segador. En este caso el puño militar va por el aire para extender su alcance letal, en forma de ojos mirilla fijados con las sandalias de Hermes, sus misiles de puños americanos cubiertos con guantes ligeros de látex de autopsia. Pero, ay, no habrá Marías de plata de la Metrópolis de Fritz Lang al hombre, con armas antiaéreas y conducir a los oprimidos a la victoria sobre sus opresores. Vivimos en un momento vergonzoso en la historia, cuando el presidente de Estados Unidos tiene el poder de hacer ejecuciones selectivas de los ciudadanos americanos. Un ataque aéreo estadounidense en el este de Afganistán de no hace mucho mató a 10 civiles, incluidos 5 niños. El ataque mortal llegó horas después del discurso del Estado de Unión en el que el presidente Barack Obama declaró falsamente que después de más de una década, la guerra estadounidense y ocupación en Afganistán «acabará» a finales del año. Vale, ahora la siguiente parte de su pregunta.

Mencionó «deforestación» y la «intoxicación del agua». Sí, deberíamos examinar estos asuntos en todos los niveles del sistema escolar. Cuando pensamos en cuestiones como «cómo sustentar un crecimiento estable de la economía global para hacer que las comunidades perjudicadas del mundo vuelvan al trabajo», barajamos la conjetura errónea de que hacer que las personas produzcan y consuman más productos es la respuesta a los problemas a los que nos estamos enfrentando durante esta horrible crisis económica. Creemos que si somos productores más creativos y eficientes, podremos pagar la deuda, crear empleo, aumentar la igualdad económica, encontrar maneras de proteger la integridad del ecosistema del planeta y aumentar radicalmente la biodiversidad y la igualdad. Esto es una idea colectiva que únicamente ayuda a reproducir el razonamiento geopolítico y económico del existente olipolio. Porque aumentar el tamaño de la economía no significa necesariamente que habrá más trabajos. Y cuanto mayor sea la economía, más peligro generamos para la biodiversidad del planeta, porque usaremos un mayor número de fuentes y soltaremos más dióxido de carbón a la atmósfera.

El problema es que nuestra economía ya depende demasiado del crecimiento: el objetivo de la economía no debería ser el crecimiento continuo, no debería depender del crecimiento global como modelo para generar empleo. Todo lo que se dice acerca de expandir la economía a toda costa es en realidad una cortina de humo para subir los impuestos a los trabajadores, bajárselos a las empresas, minar la seguridad del trabajador y pagar salarios más bajos, sin mencionar el debilitamiento de los sindicatos.

Es necesario desenterrar la relación entre el capitalismo y la sostenibilidad ecológica en nuestras escuelas. Uno de los temas importantes en clase debería ser la gran crisis financiera que estalló en otoño de 2008 y la profunda recesión mundial en la que derivó. Pero, ¿creen que todo iría bien con la burguesía oligarca que actualmente se beneficia de la fusión entre el capital de la banca y el monopolio y que está consolidando su poder a través de una intersección de formas de dominación política y económica? Como el capital se mueve libremente, así como la inversión en producción o en formas ficticias de capitalismo y como especuladores, capitalistas financieros, agentes de bolsa, bancas de inversión, gestores de fondos y otros ayudan a desatar las fuerzas de la acumulación de capital a nivel mundial, y como el neoliberalismo con sus agresivas políticas a favor del mercado permite que este capital financiero se reestructure por sí mismo para diversificar sus formas, para expandir sus oportunidades de acumulación a través del crecimiento de industrias de venta al por menor, financieras y de servicios, e impulsar su alcance mundial, entonces es seguro asumir que nuestros ecosistemas han sido explotados en un sistema de producción de bienes capitalista de manera que no podemos hablar de capitalismo en absoluto sin hablar de capitalismo como una ecología mundial. La completa fisonomía del capitalismo ha cambiado: el capital financiero requiere una acumulación paralela de poder político, las entidades financieras están unidas a una oligarquía política sin revisar que genera formas de capitalismo altamente financializadas y parasitarias, como el alzamiento de bienes. Al vampiro del capitalismo le ha crecido una segunda fila de colmillos. La sombra alargada de Nosferatu cae sobre el actual ataque sistemático a los estándares de vida de la amplia mayoría de la población.

Necesitamos políticas económicas que no reposen en referencias como el creciente Producto Interior Bruto. Necesitamos mejorar el bienestar de los trabajadores y frenar el daño medioambiental a largo plazo. Necesitamos reducir la jornada laboral, no aumentarla, y distribuir el trabajo disponible de forma equitativa. Necesitamos abandonar nuestro sistema monetario basado en deudas porque con un sistema como tal, habría que generar un crecimiento económico constante para pagarlas.

Necesitamos adoptar una visión de sostenibilidad y autosuficiencia animada por ideas socialistas e ideales como la igualdad y la justicia social. A este esfuerzo lo llamo «ecopedagogía crítica revolucionaria». Es la combinación de una aplicación centrada en la historia de la teoría de Marx, pedagogía crítica revolucionaria, y avances teóricos en ecopedagogía, como los excelentes logros de Richard Kahn, David Greenwood, Tina Evans, Donna Houston, Sam Fassbinder, Anthony Nocella, Steve Best y otros.

Hemos iniciado una era posgenómica en la que ansiamos crear algún tipo de paraíso generado científicamente en el que toda forma de vida puede languidecer ante algún estupor bovino, en una especie de pseudo-realidad alterada químicamente controlada por traficantes de drogas psicotrópicas transnacionales que nos ofrecen separarnos químicamente de la miseria emocional de nuestro cerebro precambriano a través de un amplio abanico de drogas de diseño que nos sitúan en una felicidad epifánica ininterrumpida a los pies de una estatua de un Cuarto de Libra en algún prosaico patio empedrado de una aislada Casa de Ronald McDonald, junto a un campo de golf de 18 hoyos o en algún tipo de epifanía transhumana edénica en la sala de seminarios de alguna universidad rebosante de la mezcla correcta de optimismo leibniziano y pesimismo nietzscheano dionisiaco. O donde podamos permanentemente estar «en la carretera» en alguna fantasía bohemia del Renacimiento de los 60 en San Francisco. Pero todo esto es necesario si ya hemos abrazado la visión hobbesiana de completa sumisión a la autoridad total, si nos hemos convertido en suplicantes de un complejo posindustrial de comunicaciones en el que nuestros sentimientos ya cuentan con la estructura de diatribas primordiales y hechos y gestos de intrépidos presentadores de programas de entrevistas con su marcado patriotismo. Donde expertos charlotean incesantemente sobre Dios y el país, globos corporativos y propagandistas que serían prestados de una forma más apropiada si todo excepto sus voces fuera remplazado por personajes animados. Solo un dibujo animado sin alma podría defender a las grandes empresas y a los ricos que evaden más de 100 mil millones de dólares de impuestos al año por medio de lejanos paraísos fiscales como las Islas Caimán (hogar de más de 18000 empresas), Bermudas y Bahamas, que ayudan a grandes multinacionales como General Electric a evitar pagar miles de millones de dólares en impuestos. O defender al Tribunal Supremo en el caso Citizens United contra la Federal Election Commission en 2010, el cual halló que la primera enmienda de la Constitución de EE. UU. Sobre la libertad de expresión prohíbe al gobierno restringir gastos políticos independientes por parte de empresas y sindicatos, una norma que otorga a las empresas el mismo estatus y derechos que a las personas, y por lo tanto, da lugar al acuñamiento del término personalidad corporativa. O defender la reautorización de la Ley de Enmiendas FISA de 2008, una factura espía que viola la cuarta enmienda y que otorga amplia autoridad de vigilancia al gobierno y aumenta los poderes de la NSA para inspeccionar correos electrónicos y llamadas internacionales de los estadounidenses. O apoyar las leyes sobre noticias que convierten en acto terrorista investigar la crueldad animal, la seguridad alimentaria o las violaciones medioambientales en granjas controladas por empresas que producen gran parte de nuestra carne, huevos y productos lácteos. Con muchos seguidores del Partido Tea que opinan que ley destinada a reducir la violencia de las armas es una violación del derecho divino del hombre a poder acceder a los rifles de asalto, esa acción contra el derecho a la autodefensa es por defecto una violación de los derechos del hombre donde la única forma de detener la violencia, como en la reciente masacre en la escuela Newtown, es tener más profesores hombres en las aulas, armados con pistolas. Podríamos querer considerar este país como repleto de extremistas religiosos de la misma pasta que aquellos que actualmente tienen la categoría de «terroristas».

Bill McKibben expone que el cambio climático es un tema que no puede darse el lujo de largos debates como aquellos que se orientan a la política educativa o inmigración, debates que a menudo generan solo cambios incrementales. El cambio climático es físico y si no actuamos ya, será demasiado tarde. La industria del combustible fósil crea dióxido de carbono y lo transforma en calor. Es el negocio más lucrativo del planeta. Si queremos detener el derretimiento del hielo en el Ártico, necesitamos reducir las emisiones tóxicas un 5 por ciento al año a nivel mundial y comenzar de inmediato. La industria del combustible fósil ya ha sobornado al Congreso. La Casa Blanca ha rechazado la EPA en sus propuestas para reforzar el smog y las regulaciones en materia de ozono y la industria minera ya está sobornando a las amplias extensiones de la cuenca del río Wyoming. Es casi demasiado tarde para decir que es demasiado tarde.

Jason W. Moore argumenta de forma muy convincente que no podemos separar la economía política, sociología, ecología, biología y otras disciplinas involucradas en comprender la humanidad de la naturaleza extra humana. Se debe a que los humanos y el resto de la naturaleza se constituyen mutuamente. Según Moore, el capitalismo es una forma de sujetar la infinita acumulación de capital. Es en efecto «una ecología mundial».

El neoliberalismo, que se basa en un nexo coactivo financiado por el estado como su piedra imán, ha reordenado la relación mundial entre los humanos y el resto de la naturaleza. La naturaleza humana se reduce a la productividad laboral. A diferencia del caso en antiguas crisis de capitalismo, no hay signos hoy en día de una nueva revolución en materia de productividad laboral en ninguna parte, ni aquí en los EE. UU., ni en América Latina o China. Según Moore, los cuatro elementos baratos (energía barata, materias primas baratas, mano de obra barata y comida barata) fueron necesarios para la rentabilidad de después de 1983. Este ya no es el caso, ya que estamos ante una revocación del abaratamiento en comida, energía, materias primas y mano de obra. Moore advierte que estamos enfrentándonos a similares problemas insuperables: incremento de los costes de energía, aumento de la competencia por tierra cultivable para biocombustibles, crecimiento de especies invasivas, el efecto de hierbas nocivas resistentes a los herbicidas, el agotamiento de los acuíferos, el fin del agua barata a medida que el calentamiento global funde el hielo de los glaciares y el debilitamiento de los fertilizantes en el crecimiento del rendimiento. El capitalismo neoliberal ha extenuado todas las riquezas «gratuitas» de la naturaleza (energía, agua, recursos y mano de obra sin mercantilizar). En otras palabras, ha extenuado las auténticas condiciones de su reproducción. El histórico colapso mundial del régimen longue dureée de beneficios del capitalismo y la ruptura épica de la acumulación neoliberal por desposesión se señala por un declive endémico de las tasas de beneficios que ha cazado el espectro del capitalismo durante décadas.

El capitalismo ha absorbido vorazmente el sistema productivo del mundo seco (la recompensa disponible de la naturaleza) al remplazar el trabajo vivo en el momento de la producción por sistemas cada vez más innovadores para ahorrar trabajo. El capitalismo, al que percibimos como una ecología mundial en lugar de un sistema económico, está respondiendo a esta crisis mediante la redistribución del valor del trabajo al capital, donde aquí «valor» se refiere a los elementos de producción, poder en el trabajo, medios de producción y beneficio. Esta extracción de valor mina las oportunidades de inversión productiva, lo cual se puede observar en las degradantes prácticas de externalización, precariedad, condiciones laborales deshumanizadas y acoso sindical. En los últimos cuatro años no se ha hecho nada significativo para detener la producción masiva y la liberación a la atmósfera de cantidades cada vez mayores de dióxido de carbono. Ha habido incluso más peticiones desesperadas para una mayor producción de petróleo y el uso extendido del carbón como combustible. Hemos entrado en una era de relaciones naturaleza-sociedad con el adviento de la penetración del capital financiero, el cual se acomoda al final de la comida barata, recursos, agua y todo lo demás. El conjunto de la naturaleza mundial se ha vuelto dependiente de un circuito de capital cuya premisa es la acumulación de medios financieros en lugar de la producción industrial o agrícola. Todos son mensajes de Jason W. Moore, John Bellamy Foster, Joel Kovel y otros pensadores marxistas que están hablando seriamente de ecología. Ahora depende de los educadores críticos el llevar este mensaje a las aulas. También necesitamos escuchar a autores como Heather Rogers, que ha llevado a cabo una crítica devastadora del «consumismo ético» y de las hoy en día ampliamente mencionadas soluciones «verdes» (compensaciones de carbono, comida orgánica, biocombustibles y coches y casas ecológicas) en su libro Green Gone Wrong. Según Rogers, Walmart y General Electric son solo dos de muchas de las empresas que están presionando el capitalismo verde. Rogers revela cómo los recientes esfuerzos por ser ecológicos a través de sustituir nuestros bienes sucios por otros «limpios» están sumidos en contradicciones y falsas suposiciones, como que estos «productos ecológicos» poco hacen para minimizar el daño cuando no consiguen romper el molde del consumo y los residuos. De una manera experta, Rogers advierte de lo que ella llama «ecologismo perezoso» y también «lavado ecológico» (campañas de relaciones públicas de las empresas diseñadas para tranquilizar y prevenir las críticas públicas de empresas en materia de contaminación, residuos, aniquilación medioambiental y amenazas a la sanidad. Estos enfoques aún se apoyan en fuerzas del mercado y por lo tanto, no pueden marcar el tipo de diferencia necesario para proteger el planeta. Green Gone Wrong explora cómo la transformación de una sociedad «petra» a «verde» afecta a los aspectos más fundamentales de la vida: comida, cobijo y transporte, e incluye consecuencias inintencionadas como la tala de bosques, la destrucción de ecosistemas nativos y la miseria más absoluta. Rogers expone palabras de moda relacionadas con el consumo ecológico y favorable al mercado como «verde», «orgánico» y «comercio justo» y nos muestra que, de hecho, son en su mayoría fraudes falsos. No podemos salvar la tierra si compramos bombillas compactas fluorescentes, coches híbridos y compensaciones de carbono, o si compramos los productos ecológicos adecuados. Los compradores de comida orgánica pueden estar subsidiando inconscientemente grandes compañías agrícolas que están erradicando los bosques y corrompiendo el suelo en algunos países en vía de desarrollo porque sus gobiernos no suelen estar preocupados por problemas medioambientales. Y muchas ONG bienintencionadas simplemente no tienen mucho poder. La producción de bienes «verdes» está realmente contribuyendo (aunque no de forma intencionada) a la subida de nivel de las enfermedades medioambientales. Lo que el Mercado Verde ofrece a los consumidores (alimentación orgánica y de comercio justo, ecoarquitectura, biocombustibles, automóviles híbridos, compensaciones de carbono, etc.) no funcionará en el universo social del capitalismo y el mercado del consumidor y a menudo conduce a problemas designados a ser aliviados por el capitalismo verde. Los pequeños agricultores que recurren a prácticas agrícolas «no convencionales» o «más allá de lo orgánico» no suelen obtener el salario mínimo y tienen que depender de fuentes no agrícolas para conseguir la mayoría de sus ingresos. Los que se están beneficiando de la revolución verde son empresas como Walmart y General Mills. Satisfacer la demanda de alimentación orgánica ha llevado a lugares como Paraguay a la deforestación, donde extensiones de selva tropical se convierten en monocultivos orgánicos como la caña de azúcar. La ecoarquitectura puede ayudar a reducir el 40 por ciento de todo el gas CO2 de los Estados Unidos procedente de edificios, pero dicha arquitectura se limita a los estadounidenses acaudalados. La demanda de aceite de palma, cuyo uso como biocombustible está aumentando, está creciendo, y para satisfacer esta demanda, las selvas tropicales y los pantanos del sudeste asiático se están destruyendo para obtener tierras para los cultivos de palma aceitera. Los biocombustibles basados en cultivos también están destruyendo los suministros de alimentación e incrementando el precio del maíz y otros cultivos hasta el 80 por ciento. En India, Rogers descubrió que las operaciones de compensaciones de carbono estaban haciendo más mal que bien porque el dinero de las compensaciones de carbono desalienta a determinados países a la hora de invertir en energía eólica o solar y les lleva a seguir dependiendo de combustibles fósiles. El lavado ecológico llevado a cabo por parte de la industria de las relaciones públicas ha hecho todo menos camuflar los resultados históricos sin precedentes de genocidio planetario, ecocidio, zoocidio y epistemicidio. No podemos confiar en que los esfuerzos por la sostenibilidad se pongan en manos de la STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas, por sus siglas en inglés). Lo que necesitamos, según Richard Kahn, Sam Fassbinder y Anthony Nocella, es una intervención crítica por parte de visionarios líderes educativos que estén dispuestos a unirse a movimientos sociales para transfigurar la relación entre la escuela y la sociedad como parte de una lucha mayor por la liberación.

Kahn, Nocella y Fassbinder sostienen de forma convincente que la educación para la sostenibilidad debe iniciarse en los puntos insurgentes de la investigación militante y que son solicitadas por la ecopedagogía. La ecopedagogía, por su parte, se ve como un movimiento de movimientos afiliado que tiene como objetivo explicar las diferencias cualitativas dentro de la academia entre las vinculadas formas de disciplina capitalista y opresiva «greenspeak» y las formas de disciplina ecológica democrática y disruptiva. Kahn, Nocella y Fassbinder realizan un trabajo excelente al criticar las formas de sostenibilidad predominantes que se enseñan en las universidades, lo cual está relacionado con la sostenibilidad medioambiental que se enseña en departamentos de ciencia medioambiental y estudios medioambientales y trata de ecología, gestión de recursos y economía medioambiental. Aquí podemos ver una polarización emergiendo entre la sostenibilidad como ciencia y la sostenibilidad como justicia y equidad. Así que, según las notas de Kahn, tenemos conocimientos medioambientales en la universidad adheridos desde temas de democracia cultural y lingüística, soberanía indígena y derechos humanos. La ecopedagogía crítica de teóricos/activistas como Richard Kahn, Sam Fassbinder, Tina Evans y David Greenwood opera en un marco de total dialéctica de justicia donde la justicia medioambiental y ecológica (la anterior relacionada con la distribución desigual de entornos dañinos entre la gente y la última referida a la relación entre los humanos y el resto del mundo). Kahn hace trizas un informe de la Agencia para la protección del medio ambiente de los EE. UU. Que menciona una muestra de 175 instituciones académicas que regularmente violan la Ley de aire limpio, la Ley de agua limpia, la Ley en materia de planificación de emergencias y el derecho a saber de la comunidad, la Ley de recuperación y conservación de recursos, la Ley de control de sustancias tóxicas, la Ley federal sobre insecticidas, fungicidas y rodenticidas, por mencionar solo unas pocas. Kahn, Nocella y Fassbinder también sostienen que la contaminación industrial es tanto un importante problema social como biológico que afecta de manera desproporcionada a los pobres y a la gente de color, y al mismo tiempo, contribuye a la destrucción de la tierra y la diversidad de especies. Así que, en definitiva, la contaminación necesita ser un punto fundamental en el currículum escolar. Y sí, necesitamos la ecopedagogía.

 

JMBT: En la revista Global Education trabajamos diariamente para conseguir justicia social mundial. Nos permite iniciar una era de fraternidad entre todos los seres humanos para enriquecernos mutuamente y en la que a ninguna persona se le arrebataría su dignidad. ¿Puede darnos algún consejo?

PM: La historia es un espejo que refleja lo que somos por el modo en que nos comprometemos e interactuamos con los demás. La historia refleja nuestro pasado y cuestiona nuestra habilidad para trascender y alcanzar la claridad ontológica. Vuestro objetivo de crear una fraternidad mundial es un medio necesario para formar estructuras de discrepancia. Tan solo a través de la creación de una cultura de contestación podemos tener la esperanza de transformar el mundo. Solo os diría que os mantengáis firme en aquello que ya estáis haciendo e intentad no perder vuestra determinación. El capitalismo está intentando restaurar las condiciones de su reproducción a través de vuestra destrucción, mediante la destrucción del valor de vuestra mano de obra. El índice de explotación mundial está creciendo exponencialmente. No podemos curar el presente. Los campesinos están siendo apartados del campo de sus antepasados para ser llevados a las ciudades y ser transformados en mano de obra barata. Permaneced junto a ellos. Las fábricas están cerrando y están siendo recuperadas por los trabajadores. Permaneced junto a ellos. A través del avanzado mundo capitalista, los sindicatos corren peligro. Permaneced junto a ellos y alentadles a que sean auténticas «tribunas de los oprimidos». Grupos indígenas están luchando para reclamar sus tierras y sus derechos. Permaneced junto a ellos. Las prisiones se están llenando de sobrepoblación del capitalismo. Permaneced junto a estas víctimas de la injusticia. Las mujeres están siendo violadas con impunidad y forzadas a soportar la peor cara de la sobreexplotación del capitalismo. Permaneced junto a ellas. Permaneced junto a las víctimas de la guerra, junto a los discapacitados, junto a los que están perdiendo la esperanza, junto a los que están perdiendo la fe en que otro mundo es posible. El capitalismo no puede escapar de la gravedad de su arrogancia y si es duro sobreponerse uno mismo, así deberá ser la lucha revolucionaria de los oprimidos al reavivar el imaginario socialista. Luchar hasta vencer.

 

JMBT: Por último, ¿desea añadir algún comentario a nuestros lectores?

PM: Me gratifica tener el placer de conoceros a través de las páginas de esta revista valiente. Es más lo que compartimos que lo que nos divide. Podemos ser una fuerza unificada por el cambio. Juntos podemos convertir posibles futuros en realidades tangibles que nos pueden liberar de las cadenas que nos hacen tanto como nosotros a ellas. Tenemos el poder de romper nuestras cadenas. Pero será necesario algo más que un puño para sostener el martillo. Y más de un corazón para reunir el coraje para sostenerlo con firmeza. Creo que es importante recordar que con cada callejón sin salida al que se enfrenta la historia del ser humano, tenemos la posibilidad de crear un nuevo horizonte de esperanza y la oportunidad de avanzar. Pensadores como István Mészáros, Paulo Freire, Peter Hudis, Michael A. Lebowitz, Marta Harnecker, John Bellamy Foster, Carl Boggs, Ramon Grosfoguel, E. San Juan, Joel Kovel, Jan Nederveen Pieterse, William I. Robinson, Kevin Anderson, Henry Giroux, Bertell Ollman y muchos más han teorizado acerca de los cambios que necesitamos hacer para que el mundo sea un lugar más habitable y humano. Como Michael Lebowitz manifestó de forma acertada, el socialismo requiere la propiedad social de los medios de producción y la producción social organizada por los trabajadores con el objetivo de cumplir las necesidades de la sociedad. En otras palabras, el verdadero desarrollo humano requerirá la producción socialista organizada por trabajadores, lo cual, por supuesto, requiere una sociedad que lleva a cabo la producción directamente y de forma consciente a favor de las necesidades de la sociedad. De nosotros depende dar comienzo a la tarea de construir dicha sociedad. Mi papel ha sido el de socavar los caminos donde los educadores podrán desempeñar un papel en este proceso. No me interesa construir una educación más efectiva o eficiente o sin trabas o exitosa. Ya es demasiado exitosa. Pero, ¿en qué sentido lo es? Esa es la pregunta que da caza a esta generación y hasta ahora, a todas las generaciones precedentes. En su forma actual, la educación es exitosa a la hora de crear las condiciones de posibilidad para que el capitalismo se reproduzca. Mi trabajo es alterar ese proceso y ayudar a redirigir el propósito de la educación hacia la reconstrucción de una alternativa democrática socialista al capitalismo. Reconstruir dicha alternativa no es la llamada a la elaboración de un proyecto concreto fundido en el crisol de la cultura imperial de occidente. Me viene a la memoria una historia sobre Gandhi. En 1931, durante una conferencia celebrada en Londres, un periodista británico le preguntó a Gandhi qué pensaba de la civilización occidental. «Creo que sería una buena idea», respondió. El aspecto de un futuro socialista debe ser determinado por aquellos que están luchando por ello. La lucha por el socialismo siempre puede convertirse en lo contrario. Y precisamente por ello necesitamos pensar de forma crítica hacia dónde debemos dirigirnos y cómo llegaremos hasta allí.

No necesitamos que nos tiren al suelo como Pablo de Tarso y quedarnos ciegos durante tres días para vivir de acuerdo con nuestras consciencias y darnos cuenta de las condiciones biosféricas de nuestro planeta, el cual está siendo alimentado por un intenso modelo agroindustrial que nos ha llevado hasta el cambio climático y abanderado la destrucción de la biodiversidad. Necesitamos enseñar a nuestros estudiantes mientras que al mismo tiempo reconocemos el destino de otros seres humanos más vulnerables que viven en medio de la sobreexplotación, la desposesión y la apropiación de los recursos naturales de la tierra por parte de empresas de inversión y megabancos responsables de la desregulación de divisas nacionales y sistemas bancarios. Estos estafadores y sinvergüenzas de alta tecnología que manipulan el dinero y sabiamente alteran las normas que obstaculizan a los mercados financieros mientras que ellos no producen nada, aquellos que han transformado lo que una vez fuera un delito capital con pena de muerte en la horca en el siglo diecisiete (especulación financiera) en una práctica beneficiosa de fraude legal que lleva a millones de sus víctimas a la servidumbre por deudas, necesitan ser derrocados por movimientos locales, regionales, nacionales y transnacionales que creen las condiciones necesarias para que la gente vuelva a recuperar la economía de la superclase, tal y como abogan periodistas como Chris Hedges y sociólogos como William I. Robinson y otros. De esta manera, la producción no seguirá siendo tan solo otra tasa más a la esperanza y posibilidad humana. Para reunir a una muestra completa en materia de crítica educativa en la era del capitalismo neoliberal, la pedagogía crítica necesita ser el campo de los profesores que rechazan que la educación ocupe las estanterías de especialistas científicos, quienes facilitan una atención colaborativa y cuidadosa a los intereses agregados de comunidades y a maneras de abordar las causas de nuestra cultura dominada por la explotación. Aquellos que están preparados a reducir la brecha que separa las ciencias evolutivas basadas en fórmulas matemáticas y los instrumentos de observación y evaluación cimentados en nuestro entendimiento experimental. Necesitamos educadores críticos que apoyen la liberación cognitiva de las estructuras de la sociedad capitalista culturalmente fijadas, una verdadera democracia cognitiva liberada de la truncada y gastada producción de conocimiento con credenciales eurocentristas (históricamente basadas en episodios de genocidio y epistemicidio, podría añadir). Necesitamos profesores que puedan inculcar una psicosis crítica en nuestra cultura, que puedan ayudarnos a agitar las bases ontológicas de nuestro mundo, que se ha convertido en un desfile de desigualdad, imperialismo, tortura (todo ello naturalizado por el rastrero razonamiento que nos dice que debemos abandonar a la democracia porque estamos luchando contra «terroristas»). Quizás lo que necesitamos es algún tipo de experimento permanente y pedagógico de Marsh Chapel en el que en lugar de ingerir psilocibina, los educadores y estudiantes promovamos la colaboración de afecciones repletas de un espíritu de camaradería para construir un nuevo mundo a través de proyectos que incumban a la comunidad y que se dediquen a combatir los estragos del capitalismo, patriarcado, racismo y homofobia. Necesitamos una intervención así porque recibir educación hoy en día supone una forma de estrangulamiento y alienación condicionados históricamente a medida que nos ahogamos en el fulgor de un proceso patológico al que llamamos escolarización. Necesitamos aprender tanto de los formadores de agroecología de Cuba como de la Escuela de Frankfurt de teóricos críticos. Los educadores críticos de hoy en día necesitan una dosis del utopismo positivo de Freire, así como de futurismo abierto y de optimismo renovado, lo cual es difícil, ya lo sé, frente a tanta devastación en el planeta. Necesitamos reformular la teoría crítica y rehumanizar la enseñanza que desarrolla prácticas concretas. Esto significa que tenemos que romper la división que separa la pedagogía de la teoría. La élite no designa el telos, un resultado ya presente en nuestras pedagogías. Tenemos que crear para nosotros mismos esas condiciones de posibilidad para educar a los estudiantes del mundo de consciencia ingenua y crear las condiciones pedagógicas en las que los estudiantes podrán adentrarse en una nueva visión para la humanidad, donde puedan conocer al Soñador que sueña con su existencia y descubrir en el reino de la colectividad humana la armonía y espiritualidad de nuestro planeta. Para ello, los profesores pueden inspirarse en otras críticas de donde Raymond Williams extrajo la denominación de la revolución larga. Nuestra alegría y felicidad ya no necesitan abdicar para adaptarse a este mundo si nos comprometemos a cambiarlo a través de la lucha social. Armados con la idea de que la deshumanización de nuestra juventud es un breve paréntesis en la historia de la educación, los educadores críticos deberán creer que con un renovado optimismo de la voluntad, la educación será superada por la justicia social y la desesperación por el compromiso.

Traducida por: María José Vecino Puerto.
Marta Sánchez Hidalgo.
Elena Flores Valentín.

Fuente: McLaren, P. (2014). Life in Schools. 6th edition. Boulder CO: Paradigm