Trayectorias laborales de mujeres peruanas y bolivianas en el Área Metropolitana de Mendoza –AMM-, Argentina

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IMESC-IDEHESI, CONICET
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Victoria Martínez Espínola
INCIHUSA, CONICET
[email protected]
Recibido 16 Abril – Aceptado 9 Mayo

Resumen: Ante la escasez de trabajos que vinculen las corrientes migratorias de los últimos tiempos con la principal metrópolis del oeste argentino –Mendoza-, en el presente trabajo nos proponemos analizar comparativamente las trayectorias/estrategias de inserción laboral de un grupo de mujeres peruanas y bolivianas. Para ello, utilizamos herramientas metodológicas cuantitativas y cualitativas como la entrevista en profundidad, la observación directa y el análisis de registros oficiales. Algunas de las preguntas que orientan la investigación son las siguientes: ¿de qué maneras el origen nacional, el género y la condición socioeconómica se articulan en la incorporación laboral de las migrantes a determinadas actividades? ¿Qué particularidades muestran las trayectorias laborales de las mujeres peruanas y bolivianas? ¿Qué relaciones existen entre los modos de migrar de estas mujeres y las actividades que realizan en las sociedades de destino?

Palabras clave: Migraciones internacionales – Trayectorias laborales – Mujeres peruanas- -Mujeres bolivianas – Mendoza 

Abstract: Given the scarcity of studies linking migration flows in recent times with the main city of western Argentina –Mendoza-, in this article we analyze comparatively employment’s trajectories / strategies of a group of Peruvian and Bolivian women. To do this, we use quantitative and qualitative methodological tools, like in-depth interviews, direct observation and analysis of census data. Some of the questions that guide the research are: In what ways national origin, gender and socioeconomic status are articulated in the labor incorporation of migrants to certain activities? What singularities show the labor trajectories of Peruvian and Bolivian women? What relationships exist between modes of migration of these women and their activities in host societies?

Keywords: International Migration – Labor trajectories- Peruvian women – Bolivian women – Mendoza

Introducción

En el contexto regional latinoamericano, las transformaciones estructurales vividas desde mediados de los años setenta alteraron las condiciones de vida de gran parte de la población y junto a ellas la migración internacional se intensificó. Para el año 2010 los migrantes de origen latinoamericano eran el 12% de los migrantes internacionales en el mundo. Si bien gran parte de ellos buscaron sus destinos en países del “primer mundo”, mayormente en Estados Unidos y España, muchos otros/as lo hicieron en los países “más prósperos” del sub-continente. Entre los sudamericanos destacan Argentina, Venezuela y Chile como demandantes y Bolivia, Perú y Ecuador como los principales emisores.1

Desde finales del siglo diecinueve, Argentina es reconocida por su carácter de atracción de migrantes internacionales. Primeramente de origen europeo, principalmente de Italia y España, y recientemente de América del Sur. Si bien las corrientes migratorias de países limítrofes y del Perú siempre existieron, el Censo Nacional de Población, Hogares y Vivienda de 1991 marca su primacía respecto de las corrientes de origen europeo (primacía que se mantiene hasta nuestros días). Conjuntamente aumenta la participación femenina, pasando de un 49,7% de mujeres migrantes a nivel nacional en 1980 a un 54% en el año 2010 (INDEC, 1980; 1991; 2010).

Pero, ¿por qué Argentina se convierte en el principal destino latinoamericano de las corrientes en estudio? Si bien los indicadores laborales no siguieron una tendencia uniforme, registrando considerables oscilaciones de expansión y retracción entre 1990 y 2003, la combinación de la ley de convertibilidad –un dólar igual a un peso argentino-, acompañada de la necesidad de remesar de los migrantes, convirtieron a este país en un espacio de atracción. A ello se suman la cercanía espacial y cultural, el papel de las cadenas y redes migratorias, las menores restricciones en el ingreso respecto de otros destinos y la inclusión masiva, desde los años ochenta, de mujeres argentinas en la fuerza de trabajo que, en consecuencia, demanda a otras mujeres para que se encarguen de las tareas cotidianas del hogar (Insa, 2013, p.6; Cozzani e Insa, 2014, p.289-292).

Entre los principales espacios de destino de la migración femenina destaca la principal metrópolis del oeste argentino: Mendoza. La provincia de Mendoza posee en su frontera con Chile uno de los pasos más activos para el ingreso/egreso de migrantes. Por otra parte, dentro de las categorías urbanas, el Área Metropolitana de Mendoza –AMM- es la más dinámica metrópolis del oeste argentino. Ambos factores concurrentemente, condicionan el hecho de que la trayectoria migratoria de un gran número de mujeres migrantes concluya en esta ciudad.

Imagen 1. Localización de los espacios de salida y de llegada

Mapa

Elaboración propia sobre mapa base.

Según los datos censales de 2010, de 1.738.929 ciudadanos que viven en Mendoza, 1.673.310 nacieron en Argentina y 65.619 en otros países. De la población que nació en el extranjero y vive en Mendoza, 30.936 es varón y 34.683 es mujer, encontrándose los mayores valores en las edades que representan a la población económicamente activa -15-64 años de edad- (21.731 son varones y 24.439 son mujeres). La mayoría es nativa de países limítrofes (46.556), principalmente Bolivia (27.239) y Chile (17.550), como también de Perú (5.560) y Colombia (con un promedio de ocho radicaciones por mes en 2012, según la DNM).

Analizando las migraciones a la luz de una perspectiva de género

En el marco de la presente investigación, comprendemos el género en el sentido trazado por Marina Ariza y Orlandina de Oliveira, quienes lo definen como un sistema de prácticas, símbolos, representaciones, normas y valores en torno a la diferencia sexual entre los seres humanos, que organiza las relaciones entre mujeres y varones de manera jerárquica. Este sistema es una construcción social que se impone a los individuos y que, a su vez, es recreado por ellos a partir de los significados proporcionados por el lenguaje, la historia y la cultura. Por lo tanto, el concepto de género articula aspectos de carácter socio-estructural y socio-simbólico e incluye tanto determinantes macro como micro-estructurales (Ariza y Oliveira, 2000, p. 2).

Según Carmen Gregorio Gil, los trabajos sobre (in)migración y género se presentan como una continuidad de la perspectiva inaugurada por la antropología feminista en los años setenta, la cual indagaba acerca de las relaciones entre el capitalismo internacional y su impacto diferencial según el género (2003, pp.1-3). Precedentemente, los estudios migratorios introducían a las mujeres como acompañantes de los varones en el proceso migratorio, ya sea desde el comienzo del mismo o como reagrupantes. Pero es en esta etapa cuando se produce un punto de inflexión que ubica a las mujeres en el centro de las investigaciones conllevando, al mismo tiempo, a “un aluvión” de estudios históricos y contemporáneos (Malher y Pessar, 2006, p. 28) más que a una profundización temática.

En las últimas décadas, numerosos trabajos dejan atrás el simple binomio mujeres-varones y enfatizan en el carácter relacional y situacional que comprende al género con otras variables como la migración, la clase, la edad, la nacionalidad, el mercado laboral, las políticas públicas y la globalización (Ezquerra, 2007, pp. 243-247; Floya Anthias, 2006, pp.49-69; Pedone, 2010, pp.142-143; Herrera, 2013, pp. 471-473). En este sentido, encontramos en los estudios sobre interseccionalidad una vía interesante para analizar las trayectorias laborales de mujeres migrantes. Varios trabajos coinciden en señalar que el impulso que guía a esta perspectiva es el esfuerzo por desencializar las categorías de género, raza, clase social, etc., a fin de captar sus mutuas interrelaciones y arribar, así, a una comprensión más profunda de las experiencias diversas de distintos grupos de actores/as sociales (Lutz et al., 2011, pp. 1; Herrera, 2013, pp. 6; Crenshaw, 2013, pp. 88).

En una compilación de trabajos con motivo de la celebración de los veinte años del concepto de interseccionalidad, Lutz, Herrera Vivar y Supik analizan aspectos relevantes respecto de las narrativas fundacionales del concepto. Las autoras indican que fue a partir del análisis de las especificidades de la situación socioeconómica de las mujeres negras en Estados Unidos que, por primera vez, se habló de la simultaneidad y la mutua co-constitución entre categorías distintas de diferenciación social y se enfatizó en las especificidades de las experiencias conformadas por esas interacciones. Así, las raíces del debate sobre interseccionalidad se pueden encontrar en el contexto del movimiento por los derechos de las mujeres negras en Estados Unidos, donde se llama la atención sobre los “sistemas entrelazados de opresión”, aludiendo, principalmente, a las categorías de raza, clase y género (Lutz et al., pp. 2011: 1-2, traducción nuestra).

Diferentes autoras/es consideran la existencia de una “triple discriminación” en el estudio de la migración femenina: son mujeres –género-; pobres –clase- e inmigrantes –raza, etnia, nacionalidad-. No obstante, se coincide con Ezquerra en que no todas las mujeres migrantes experimentan igual la acumulación de experiencias de opresión y que muchos de estos estudios dejan de lado los dinamismos de las relaciones sociales y de poder reflejados y reproducidos en origen como en destino. Por ello se prefiere hablar de interseccionalidad en el sentido de que lo que interesa no es la suma de características que terminan homogenizando a quienes pueden ser discriminadas, sino en reconocer la interacción de las relaciones sociales y de poder que las definen como sujetos (Ezquerra, 2008, pp. 243-245).

Por otro lado, desde una perspectiva enfocada en la economía global, Saskia Sassen plantea que los programas de ajuste estructural de las últimas décadas y el peso de la deuda externa en los países empobrecidos en el contexto de la actual globalización han llevado a una “feminización de la supervivencia” (2007, pp. 165-172). En relación con este proceso, la mayor participación de las mujeres en los flujos migratorios internacionales revela, por un lado, una “feminización de la fuerza de trabajo” y, por el otro, una “feminización de la pobreza”, procesos que la socióloga entiende como “circuitos globales alternativos” de generación de ingresos, de obtención de rentas y de financiación de los gobiernos, pero que al mismo tiempo no son considerados como parte de los circuitos de la actual globalización (Sassen, 2003, pp. 65-66).

En sintonía con esta última perspectiva, según el Informe de ONU Mujeres en 2011, el 53% de las mujeres insertas en el mercado de trabajo a nivel mundial lo hacen en empleos vulnerables, por cuenta propia o sin percibir sueldo, en empresas familiares o en el campo y en la economía informal en tareas que se realizan desde la casa o como trabajadoras domésticas rentadas. Además destaca que la creciente movilidad laboral a escala global y la feminización de las migraciones han convertido al trabajo doméstico en una profesión globalizada, donde millones de mujeres de “países pobres” se trasladan hacia “países ricos” para cubrir la creciente demanda de servicios al tiempo que mantienen a la familia que permanece en el país de origen (ONU Mujeres, 2011, p.35).

Por otra parte, entre los análisis feministas de la economía destaca la teoría de la estrategia doméstica de supervivencia, la cual acentúa la importancia del grupo doméstico en la selectividad por sexo en la decisión migratoria y en la dinamización de las cadenas y redes migratorias (Escrivá, 2000, p.331-332). Para la autora, la familia ocupa un espacio destacado en todo el proceso migratorio, por un lado asigna o define los roles para las mujeres a partir de los condicionantes sociales y culturales, la que a cambio determina sus motivaciones relativas e incentiva las salidas, y por otro suministra los recursos y la información necesaria para apoyar o desincentivar la migración.

Esta transformación del trabajo reproductivo no remunerado en remunerado, que conlleva a una restructuración del ámbito privado, como también del ámbito público, a nivel mundial, se inscribe dentro del debate actual sobre la globalización de los cuidados y sus diferentes acepciones “cadenas de cuidado global”; “globalización del trabajo reproductivo”, “transferencia transnacional del trabajo reproductivo”, “cadenas de cuidado transnacional”, “internacionalización del trabajo reproductivo” (Truong, 1996; Hochschild, 2001, pp-188-190; Pérez Orozco, 2007, pp.3-5; Ezquerra, 2008, pp. 239-240; Gil Araujo, 2010, p.86). Para Pérez Orozco (2007, p.3) las cadenas globales de cuidados son “aquellas cadenas de dimensiones transnacionales que se conforman con el objetivo de sostener cotidianamente la vida, y en las que los hogares se transfieren trabajos de cuidados de unos a otros en base a ejes de poder, entre los que cabe destacar el género, la etnia, la clase social, y el lugar de procedencia”.

Según los análisis antes mencionados, el trabajo reproductivo varía según el género,  la clase social, la nacionalidad, el ciclo vital (hija, madre, tía, abuela), la cultura de origen y la realización parcial o no de esta actividad. En este sentido, es preciso destacar que el trabajo reproductivo y su asociación con la mujer o sexo femenino es el reflejo de un proceso de “socialización diferencial de género”, y no de sexo, que procede de construcciones sociales y culturales históricas que invisibilizan a las mujeres y las posicionan en una situación de subordinación respecto a los varones (Ezquerra, 2008, p.245).

A los fines de analizar la pertenencia de clase de las mujeres entrevistadas, nos resulta adecuado utilizar el concepto de “sectores populares” definido por Margulis, Urresti y Lewin. Según esta definición, los sectores populares comprenden a un conjunto heterogéneo de actores sociales que no participan en la dirección del proceso hegemónico, agrupando en su seno al conjunto de posiciones subalternas que se identifican, en términos económicos, por su composición de trabajadores manuales o de servicios de escasa calificación y por la percepción de remuneraciones bajas que suponen una subsistencia dificultosa. El otro aspecto que consideramos relevante de esta definición para nuestro trabajo es que contempla el origen migratorio de las personas pertenecientes a sectores populares, destacándose entre ellos las y los mirantes internos y de países limítrofes. “Los sectores populares actuales son el producto histórico de un desarrollo poblacional vinculado con ciclos económicos muy definidos y están compuestos por migrantes de distintos orígenes” (Margulis y otros, 2007, pp. 23-24).

Breves aclaraciones metodológicas

La presente investigación se basa en un corpus de diez entrevistas en profundidad realizadas desde el año 2010 a cinco mujeres de origen peruano y a cinco mujeres de origen boliviano residentes en el AMM. En ambos casos el tipo de muestra ha sido intencional y se procuró que dichos subconjuntos de personas reúnan las características de haber migrado a la Argentina con más de veinte años de edad y estar trabajando al momento de realizar la entrevista, es decir, ser mujeres que conforman la población económicamente activa (PEA).

Una característica compartida por el grupo seleccionado es que, si bien las entrevistadas iniciaron la migración en distintos períodos, todas lo hicieron luego de los años setenta. Otro aspecto a destacar es que del total de los testimonios, la mayoría corresponde a mujeres que tenían hijos menores a su cargo al momento de migrar.

El trabajo de campo se realizó en diversos espacios urbanos del AMM, en los departamentos de Capital, Guaymallén y Luján de Cuyo. Tanto las entrevistas como la observación directa en el terreno se enmarcan en ferias y en espacios de residencia y de encuentro-festividades de estas colectividades.

Algunas entrevistadas prefirieron realizar la entrevista en los mismos lugares de trabajo en horarios de menor intensidad de la actividad, mientras que otras prefirieron ser entrevistadas en sus casas. Al tratarse de entrevistas no estructuradas, se elaboró una “pauta” o guía de preguntas, que se aplicó en forma flexible durante los encuentros. Para la elección de esta técnica hemos considerado las ventajas señaladas por Saltalamacchia, a saber, permiten: 1.la aparición de lo imprevisto; 2.explorar un universo poco conocido; 3.la coinvestigación, es decir, la búsqueda en colaboración con la informante; y 4.mayor libertad en la expresión de sus opiniones (Saltalamacchia, 1997, pp. 45). De allí que las entrevistas no estructuradas pueden ser consideradas como verdaderos testimonios de la sociedad que experimentan los y las entrevistadas. En esta apertura hacia la aparición de “lo significativo”,  la cuestión laboral emergió en todos los casos como una esfera muy relevante en la experiencia migratoria y vital de las entrevistadas.

Respecto de las ventajas de la elección de una metodología cualitativa, rescatamos la posibilidad de generar instancias de cercanía y confianza, lo cual aporta a la construcción del conocimiento en un marco de colaboración entre entrevistadas y entrevistadoras. Al mismo tiempo, la utilización de esta herramienta invalida la existencia de cierta jerarquía  entre el investigador y su “objeto” de investigación, pasando incluso a ser considerado el mismo investigador un “investigado”. Es decir que las informantes o entrevistadas no son un objeto de investigación sino “(…) un ser humano que se confía, que te brinda su vida en la mano” (Ferraroti, 1990, p.121).

Finalmente destacamos que las entrevistas estuvieron dirigidas a la comprensión de las perspectivas propias de las entrevistadas, tal como lo expresan con sus palabras. Relatos de vida que llevan consigo las “chispas narrativas” que dan motor y continuidad al trabajo de campo.

Características de la migración peruana y boliviana en Mendoza

Para comprender el sostenido y reciente éxodo internacional de prácticamente todas las clases sociales del Perú, es necesario ir a las etapas previas del fujimorismo de los años noventa. Diferentes autores reconocen cinco fases o etapas de la migración peruana hacia el exterior y su correspondencia con las características sociodemográficas de los migrantes y los países de destino (Altamirano, 2003; 2004; De los Ríos y Rueda, 2005; Rosas, 2010; Berganza y Purizaga, 2011).

Así, la primera etapa se corresponde con la independencia del Perú, momento en el que parte de la clase hegemónica de la época se dirige hacia Europa Occidental, principalmente España e Inglaterra. Un siglo más tarde, en el periodo de entreguerras, este movimiento se reactiva pero los destinos elegidos pasan a ser los estados anglosajones de la costa noreste de los Estados Unidos -Nueva York y New Jersey-

En la segunda etapa (1940-1960), los estratos medios -profesionales, medianos empresarios y estudiantes- se suman al proyecto migratorio. Éstos se dirigen hacia territorios de Europa Occidental y de la región sudamericana (destaca Venezuela en lo laboral y Argentina en lo académico). Para este último caso, el bajo costo de vida, la facilidad de ingreso y el prestigio social que se asignaba a quienes estudiaban en Argentina fueron los primeros estímulos.

Durante los años setenta la intimidación militar presente en gran parte de los gobiernos latinoamericanos amplió e intensificó los destinos migratorios. En el Perú a los ya mencionados se suman nuevos países europeos, Canadá y Australia (tercera etapa). Entre1980-1992 (cuarta etapa), crece la migración hacia Japón, el surasiático y en menor medida hacia países árabes e Israel, como también se suman nuevos destinos, entre ellos los países escandinavos y centroamericanos. Para el caso de Japón,  la apertura de sus fronteras a profesionales y trabajadores manuales “nikei”2 fue la principal causa de la elección de este destino.

El regreso a la democracia vino acompañado del accionar del Sendero Luminoso y fuerzas intrainsurgentes, y de una aguda crisis económica, política y social. La hiperinflación, la pérdida de casi la totalidad de las reservas internacionales, los salarios reales cercanos al 60% por debajo de los valores alcanzados cinco años atrás, una carencia dramática de servicios básicos y de estrategias políticas que dieran soluciones reales a las demandas sociales,  anticipan el fin del mandato del presidente Alan García. La implementación de un drástico programa de estabilización consignado a reducir la inflación y la introducción de un conjunto de medidas destinadas a ganar eficiencia, competitividad internacional y a aumentar el crecimiento económico destacan en esta fase que anuncia un nuevo cambio (Lévano y Llontop, 1998; Bebbington et al, 2008, p.17; Ferreyra e Insa, 2013).

La estructura social ya precarizada desde finales de los años setenta llega a altos signos de desintegración en los años noventa, momento en el que Alberto Fujimori accede al máximo cargo del estado peruano. A partir de entonces las empresas públicas fueron (re)privatizadas y puestas bajo el dominio de una tecnoburocracia con valores netamente mercantiles y cortoplacistas, asociados al capital financiero mundial; se redujeron aún más los derechos sociales en salud, vivienda y educación y consecuentemente aumentó el desempleo, el subempleo, la violencia social y política y la debilidad democrática (agotamiento del movimiento agrario y principalmente del sindical). A todo ello se suma la continuidad del conflicto armado entre el Partido Comunista del Perú (Sendero Luminoso) y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) y Fuerzas del Orden estatal3 (Insa, 2013; Ferreya e Insa, 2013).

Ante tales medidas socioeconómicas y políticas la migración internacional se convierte en la “válvula de escape” 4 de prácticamente todas las clases sociales y grupos diferenciados del Perú, con excepción de los pobres rurales y urbanos y nativos de la Amazonía (quinta y última etapa). Asimismo, el ingreso generalizado de las mujeres al campo productivo  marca un cambio en el patrón de género de esta corriente: por primera vez la migración femenina supera en cifras a la masculina.

Si bien todo el territorio peruano alimentó este proceso, el 71% se originó en la región costera y dentro de ella, el 55% en la zona norte, desde Lima-Callao hasta Tumbes: Ancash, La Libertad, Lambayaque, Piura. De acuerdo a los resultados del Censo Nacional de Hogares Peruanos de 2007, existen 704 mil hogares (10,4%) con al menos una persona residiendo fuera del país5.

Entre 1990 y 2007 los principales países de destino fueron Estados Unidos (30.6%), Argentina (14%), España (13%), Chile (9.3%), Japón (3.7%) y Venezuela (3.1%) (OIM-INEI-DIGEMIN, 2008). Este proceso de ingreso comenzó a evidenciarse en Argentina a finales de los años ochenta; durante el primer quinquenio de los noventa se fortaleció notablemente, y desde entonces continuó incrementándose y adquirió estabilidad. Con un crecimiento exponencial de más del mil por ciento, los censos argentinos confirman la presencia de 8.561 oriundos de Perú en 1980, 15.939 para 1991, 88.260 en 2001, el 40% de los cuales ingresó después de 1995, y 157.514 en el último Censo Nacional de Población, Viviendas y Hogares de 20106. Este ritmo de crecimiento se repite también en la provincia de Mendoza.

Tabla 1. Mendoza, Evolución del número total de migración peruana y boliviana, según censos nacionales 1980-2001.

Tabla
Elaboración propia en base a datos de los Censos Nacionales de Población, Viviendas y Hogares de Argentina, INDEC.

Si bien la fase autónoma de la migración peruana en las principales ciudades argentinas, desde mediados de los años setenta, se relaciona con los sectores más pudiente de la estructura social y económica y con el género masculino, esta última etapa de crecimiento y consolidación se corresponde con los sectores medios-bajos peruanos y con el género femenino (mujeres como primeros eslabones de sus cadenas migratorias). Datos censales señalan la importancia femenina en la composición de esta corriente a nivel nacional: el 33.6% en 1980, el 40.6% en 1991, y casi un 60% para 2001 y 2010. En Mendoza dichas cifras alcanzaron el 64% en 2001, lo que indica porcentajes muy superiores a la media nacional7.

Con una disminución de un cinco por ciento de representatividad en 2010 respecto del censo de 20018, las mujeres adultas y jóvenes continúan indicando porcentajes superiores a la media nacional. De ellas casi un 90% se encuentra en el rango de 15 a 64 años, mientras sólo un 2% supera los 65 años (valores que indican también lo reciente que es este colectivo en el territorio mendocino).

Casi un 90% de este grupo censado en 2010 tiene entre 15-64 años de edad, es decir, son parte de la PEA. Este reciente y significativo ingreso se refleja también en la pequeña proporción de mujeres mayores de 65 años de esta nacionalidad, que a diferencia de otras corrientes como la paraguaya (12%) y la chilena (23%) representa sólo al 3% de este flujo.

En el contexto nacional del Perú, las mujeres entre 25 y 49 años de edad presentan tasas de actividad que superan el 80%. En Mendoza de 2.053 mujeres sólo el 4% (84) dice estar desocupadas. Insertas en ocupaciones de baja calificación, el colectivo migratorio peruano presenta la mayor concentración sectorial respecto del resto de las migrantes: el 51,2% de las mujeres estudiadas se dedica al servicio doméstico (1051); el 23% dice “ser ama de casa” (477); el 9% estudiante (184) y el resto venta ambulante, enfermería y comerciante. El importante capital cultural-educativo del que disponen también las diferencia del resto de los colectivos migrantes de limítrofes9. De los 2876 peruanos mayores de 15 años registrados en 2001 en Mendoza, el 68% tenía estudios secundarios completos e incluso el 16% estudios superiores10.

La conformación del circuito migratorio entre Bolivia y Argentina es antigua y ha pasado por diversas etapas, en las que se conjugan determinaciones económicas, políticas y culturales de ambos países, tanto de tipo estructurales como coyunturales11. Según Cristina García Vázquez, los orígenes de la emigración de algunas zonas de Bolivia pueden rastrearse en el siglo XVI, como consecuencia de los efectos económicos y ecológicos de la conquista española. A diferencia de la conquista de gran parte del actual territorio boliviano por parte de los incas, quienes reutilizaron las bases socioeconómicas de las comunidades andinas sin destruir su autosuficiencia, la llegada de los españoles implicó cambios drásticos. La autora menciona como un hecho central el avance de la economía mercantilista, que pudo desarrollarse gracias a la explotación de la población originaria como mano de obra barata. Para García Vázquez, el caso de Bolivia representa la paradoja de que, siendo un país excepcionalmente rico en diversos minerales y metales, atravesó profundas crisis económicas, dado que su riqueza fue utilizada para el desarrollo de los países industrializados, y no para su propio crecimiento. Uno de los hitos de esta historia de explotación se ubica en el año 1545, cuando se descubrieron las minas de plata del cerro Potosí, luego llamado “Cerro Rico”. Éste se convirtió en el centro de la economía, motivo por el cual la necesidad de mano de obra provocó el despoblamiento de las zonas rurales. Ese desequilibrio en el asentamiento de la población explica la concentración demográfica en el altiplano y la crisis de autosuficiencia de las comunidades campesinas.

La autora menciona otros dos hitos históricos de gran envergadura, pero que no lograron revertir la situación de pobreza de gran parte de la población boliviana. Se refiere a la independencia de la corona española en 1824 y a la revolución de 1952. Respecto de la primera, según García Vázquez, el nuevo Estado consolidó el poder político y económico de la minoría blanca a través de la expropiación y venta de las tierras de las comunidades altiplánicas y de los valles, y de la descalificación de la organización social de los ayllus al favorecer la extensión de los latifundios. Por otra parte, respecto de la revolución llevada a cabo en 1952 por el Movimiento Nacional Revolucionario, si bien se tomaron medidas como la reforma agraria, la nacionalización de minas y la universalización de la educación y del voto, no se logró detener la migración interna del campo a la ciudad, ni la migración internacional. Esto se explica, en parte, por la crisis del sector minero, debido a la caída del precio del estaño a nivel mundial. En relación a la reforma agraria que se llevó a cabo en esta etapa, no se alcanzaron cambios muy positivos para las y los campesinos, dado que, acostumbrados a la propiedad colectiva de la tierra, y con escasas posibilidades económicas y tecnológicas, tuvieron grandes dificultades para responder a las demandas del mercado interno. Además, la nacionalización de las minas no cubrió las expectativas de desarrollo, debido a que la respuesta del gobierno frente a la crisis económica, política y social fue buscar la afluencia de inversiones extranjeras para los sectores mineros e hidrocarburíferos, profundizando la dependencia económica con Estados Unidos. Según la autora, todos estos hechos permiten afirmar que los factores de expulsión de la población boliviana tienen sus raíces en un proceso histórico muy complejo (García Vázquez, 2005, pp. 41-48).

A partir de la presidencia de Evo Morales, se han introducido en Bolivia importantes modificaciones a nivel estructural. Según Albó y Barrios Suvelza, se ha emprendido un plan de redistribución de latifundios improductivos en tierras bajas, con fuerte oposición de grupos de poder de la zona. Afirman los autores que Bolivia atraviesa una etapa de cierta bonanza económica dada, por un lado, por las cada vez mayores remesas de los bolivianos en el exterior. Por el otro, la situación es aún más favorable en el caso de los hidrocarburos, cuyos precios han aumentado debido a la inestabilidad en Irak y otros países asiáticos, y en particular para el gas, codiciado actualmente por ser un energético más barato y no contaminante y que constituye el principal recurso exportable del país. En este contexto, ha sido fundamental la nacionalización de los hidrocarburos en la simbólica fecha del 1º de mayo 2006 (Albó y Barrios Suvelza, 2006, pp. 34-35).

Respecto de la provincia de Mendoza como zona de atracción para la población migrante, la autora señala que el aspecto distintivo en la historia de la provincia es su posición estratégica como lugar de paso que posibilitaba la conexión con los principales centros consumidores a un lado y a otro de la cordillera de Los Andes. De lado de los factores políticos y socioeconómicos, afirma que uno de los hitos que la convierte en un polo de atracción hacia fines del siglo XIX fue la política proteccionista para la industria vitivinícola, impulsada por el Estado liberal de la época, que favoreció el crecimiento económico de la provincia. La otra industria que fue protegida fue la de azúcar en Tucumán. Ambas producciones provocaron el ingreso de trabajadores bolivianos durante el siglo XX. Hacia fines de la década de 1940 se ubica una segunda etapa migratoria de extranjeros de origen limítrofe, durante la cual los y las migrantes de origen boliviano aumentaron considerablemente su participación. Avanzada la década de los años ‘60 se hizo más notorio el crecimiento urbano del Gran Mendoza, coincidiendo este proceso con las nuevas preferencias de los y las migrantes de Bolivia, quienes buscaban nuevas posibilidades laborales en Mendoza Capital y sus alrededores (García Vázquez, 2005).

Otra perspectiva esclarecedora para comprender las migraciones bolivianas es la propuesta de Alfonso Hinojosa Gordonava. Según el autor, la experiencia de movilidad socio-espacial en Bolivia es de larga data. Ésta puede remontarse a la etapa prehispánica, caracterizada por desplazamientos poblacionales permanentes y estratégicos en la región andina. Hinojosa retoma algunos resultados de las investigaciones John Murra respecto de las características principales de estos movimientos, las cuales estaban dadas por tres aspectos: el vínculo que se mantenía entre el núcleo y los asentamientos posteriores a la migración (lo cual permitía conservar los derechos en el lugar de origen), el carácter multiétnico del proceso y la especialización en las funciones laborales. Según Hinojosa, es posible ver en movimientos migratorios actuales, como el de bolivianos/as a España, de qué maneras estas características continúan vigentes (Hinojosa Gordonava, 2009, pp. 14-16). El argumento central de Hinojosa, y que nos interesa traer a colación aquí, es que

[…] en Bolivia, la dimensión cultural muestra que desde tiempos prehispánicos diversas culturas que habitaron el altiplano y sobre todo los valles centrales del país mantuvieron una cosmovisión espacio-céntrica que se manifestaba en su permanente movilidad y utilización de diferentes espacios geográficos y pisos ecológicos, de tal manera que las migraciones fueron una invariable en sus prácticas de sobrevivencia y reproducción social (…) En todo caso, no se trata simplemente de estrategias de sobrevivencia modernas, sino de un habitus, de unas prácticas asociadas a una cosmovisión particular, de un saber de vida que permitía y permite aún una mejor y más sostenible utilización de los recursos naturales, no ya para la sobrevivencia de una familia, sino para la vida y reproducción de toda una comunidad y sociedad (Hinojosa Gordonava, 2009, p. 18; énfasis original).

Según el informe de la OIM de 2011 respecto del perfil migratorio de Bolivia, a partir de datos arrojados por los censos nacionales de los principales países receptores, del total de la población boliviana residente en el exterior (706.508 personas), el 48,9 % reside en Argentina, seguido por España (31,5%), Estados Unidos (14%), Brasil (2,9%) y Chile (1,5%) (OIM, 2011, p. 35)

Para dimensionar el fenómeno a escala nacional en Bolivia, nos puede resultar esclarecedor observar algunas cifras que arroja el Instituto Nacional de Estadísticas de Bolivia (INE) referidos a la migración interna en ese país, con el fin de acceder al conocimiento de los departamentos expulsores de población. La unidad nacional boliviana está conformada por nueve departamentos: La Paz, Oruro, Potosí, Cochabamba, Chuquisaca, Tarija, Santa Cruz, Beni y Pando. En el territorio boliviano se consideran tres zonas geográficas predominantes: la zona andina (donde se encuentran los departamentos de La Paz, Oruro y Potosí), la zona subandina (donde se ubican los departamentos de Cochabamba, Chuquisaca, Tarija y parte de Santa Cruz) y la zona de los llanos (la cual comprende el norte de La Paz, el oriente de Cochabamba, Santa Cruz y los departamentos de Beni y Pando). De acuerdo a los datos del Censo de 2001, existen cuatro departamentos de atracción y cinco departamentos de rechazo para los y las migrantes. Entre los departamentos de atracción se encuentran Santa Cruz, Cochabamba, Tarija y Pando. Los departamentos de rechazo de los migrantes son Potosí, Oruro, Chuquisaca, La Paz y Beni. El saldo migratorio negativo en Potosí es el más alto (265,545 personas), donde el saldo migratorio en las mujeres (133,840) es mayor al saldo migratorio de los hombres (131,705) (INE, 2003, pp. 76). Resaltamos este último dato, ya que varias de nuestras entrevistadas son oriundas de Potosí.

Acerca de la información estadística sobre migración boliviana en Mendoza, de acuerdo a los datos arrojados por los dos últimos censos nacionales de población, para el año 2001, del total de la población radicada en la Provincia (1.579.651 personas), el 1,18% eran personas nacidas en Bolivia (18.742). En 2010 se registra que del total de la población provincial (1.738.929 personas), el 1,56% corresponde a personas nacidas en Bolivia (27.239). Para el mismo año, observamos que la proporción entre los y las migrantes bolivianas según sexo es favorable a los varones por unos pocos puntos porcentuales (los varones conforman el 52,25 %)

Los datos del Censo de 2010 indican un leve aumento en la población de mujeres bolivianas en la Provincia (representando el 48,9 % de la población boliviana en Mendoza) respecto del Censo de 2001, aunque los varones mantienen una participación mayor.

Con atención a los grupos de edad12, la distribución es muy similar entre ambos sexos. La mitad de la población total tiene entre 25 y 49 años. Se observa una leve diferencia entre varones y mujeres en el sentido de que éstas incrementan su participación en las edades más jóvenes, mientras que hay más cantidad de varones mayores de 50 años.

Según la variable condición de actividad, las diferencias según género son considerables. Mientras que el 70% de los varones se encuentran ocupados, sólo el 33% de las mujeres dicen estarlo.

El nivel de instrucción alcanzado al momento del operativo censal revela varias diferencias entre varones y mujeres, ubicando a éstas últimas en situaciones educativas menos favorables. Tanto varones como mujeres presentan la misma distribución según niveles educativos, en el sentido de ir disminuyendo considerablemente desde el nivel de instrucción primario al universitario. Sin embargo, la cantidad de mujeres sin instrucción o con primario incompleto supera ampliamente a la de varones, siendo del 67% y del 54%, respectivamente. A medida que asciende el nivel de instrucción, desciende la participación de las mujeres en mayor medida que la de los varones.

Respecto de la inserción laboral de este colectivo migrante según ramas de actividad, si bien no contamos datos estadísticos, los trabajos cualitativos aportan algunas referencias. Según Susana Sassone (Sassone, 2009, pp. 392-400) e investigaciones propias (Martínez Espínola, 2010, pp. 54-55), hay algunas tendencias generales: mientras que los hombres se insertan mayoritariamente en el sector de la construcción en espacios urbanos, las mujeres incursionan principalmente en el trabajo doméstico y la venta (ya sea ambulante, en ferias o en negocios) en el ámbito urbano. Tanto varones como mujeres se dedican al trabajo agrícola en el sector rural de la economía.

Trayectorias laborales según las representaciones de las mujeres entrevistadas

Según los relatos de las mujeres entrevistadas encontramos que la participación en actividades remuneradas varía según el origen. Así, para las mujeres bolivianas, el trabajo remunerado es una actividad realizada desde niñas; es decir que la migración no marcó el inicio de sus trayectorias laborales, sino que, por el contrario, migraron para seguir trabajando con expectativas de conseguir mejoras en sus condiciones de vida. Entre las actividades realizadas en origen destacan el trabajo agrícola, el servicio doméstico y la venta de distintos productos de consumo (alimentos, vestimenta, cosméticos).

Yo de chiquita me pusieron trabajito, yo no conozco mi padre, así que yo vendía pan, caramelos, fruta, de todo me mandaba mi mamá (Migrante boliviana, cincuenta y tres años).

Y de su niñez, ¿me quiere contar algo, de allá de La Paz? Ah sí, de mi niñez, yo desde mis 5 años siempre he trabajado. ¿En serio? Sí, porque mi mamá estaba enferma. Antes si que era minera. Entonces yo tenía mis seis años y ya empezaba yo a… Mi tío tenía un taller con mis abuelos, yo iba a practicar coser. Después mi otra abuela me decía “¿no quiere vender carne?”. Vendían carne de oveja, yo sabía vender. De ahí vivíamos de La Paz como a 100 kilómetros, yo salía y llevaba a La Paz a vender (Migrante boliviana, cincuenta y dos años).

Para el caso peruano es indistinto: por un lado encontramos aquellas mujeres que salieron del Perú con alguna titulación y conocimiento de trabajo previo en tareas administrativas (gubernamentales y privadas) y de salud (enfermería) principalmente; otras donde la migración marcó el inicio de sus trayectorias laborales en trabajos más estables, en cuanto a días semanales laborados, pero no así en cuanto a formalidad; y finalmente aquellas mujeres que migraron sin prácticas laborales previas, en sentido remunerado, pero con un alto conocimiento de las actividades “reservadas” para ellas en destino: servicio doméstico y/o cuidado de niños/ancianos.

Todas las mujeres bolivianas entrevistadas han tenido experiencias laborales en el sector rural de la economía, ya sea en Argentina o en Bolivia, lo que no se observa para el caso peruano por responder a un patrón migratorio con características netamente urbanas (ciudad-ciudad)13. En el caso de las mujeres bolivianas, el trabajo rural se realizaba en el marco de economías familiares, caracterizadas por la pequeña propiedad de chacras y ganado, cuyos productos eran destinados tanto al autoconsumo como a la comercialización por parte de los mismos productores, es decir, por ellas y los miembros de sus familias. En Mendoza y en las provincias del noroeste argentino, las entrevistadas han trabajado en la cosecha en calidad de contratadas. De acuerdo a los testimonios recogidos, el registro subjetivo que permanece acerca del trabajo rural se refiere al sacrificio que implica a nivel físico, el cual está dado por la extensión de la jornada laboral, el esfuerzo de estar bajo el sol y el hecho de no comer adecuadamente. El trabajo en el campo es considerado por las entrevistadas como “muy pesado” y por eso han intentado cambiar de actividad rápidamente:

Uhhh la cosecha es comiendo tierra, no comés bien, unos fideos hervidos y chau… uno como pueda puede darse vuelta. Gracias a dios nos quedamos acá y chau. No tenemos riqueza pero estamos tranquilos (Migrante boliviana, cincuenta y siete años).

Respecto del trabajo en zonas urbanas, la mayoría de las entrevistadas trabaja y/o trabajó en el servicio doméstico o de cuidados. Para el caso boliviano, en general, ha sido una experiencia breve o realizada de manera estratégica como puente para ahorrar y poder emprender luego un proyecto propio. Esto se explica porque el hecho de trabajar como vendedoras, ya sea en puestos semifijos en el centro de la ciudad o dentro de ferias comerciales, representa para las mujeres entrevistadas un claro avance en sus situaciones laborales. Si bien se dedican a esta actividad en el marco de la “informalidad” y al margen de la seguridad social, por otro lado, ésta representa para ellas un progreso respecto de situaciones laborales anteriores y una tarea que puede realizarse con gusto. Esto puede comprenderse a la luz del análisis de Rivera Cusicanqui, quien desde un abordaje etnohistórico de las relaciones de género en sociedades andinas de Bolivia, afirma que las mujeres incursionan en el mundo exterior a través del trabajo doméstico y del comercio en ferias y ciudades, elaborando sus propios itinerarios de tránsito más allá de las fronteras étnicas, hacia las grandes ciudades o circuitos transnacionales (Rivera Cusicanqui, 2008, p. 7).

Primero yo había venido acá a Mendoza, porque tengo mi mamá y mis hermanos. Claro, viste que uno a veces no se acostumbra y hubo alguien que me dijo de la cosecha en el norte y he estado sola. Luego volví acá, trabajé en limpieza hasta hacerme un poco de platita y ponerme aquí (se refiere al puesto de venta ambulante de ropa interior) (Migrante boliviana, treinta y siete años).

En cambio para las mujeres peruanas en Mendoza, el trabajo doméstico y de cuidados es el principal nicho laboral, siendo en muchos casos el único que las acompaña durante toda su trayectoria laboral migratoria. En general, estas mujeres comienzan a trabajar en el servicio doméstico cama adentro, por significar una importante ayuda económica (mayor capacidad de ahorro) y una tarea que las mantiene “ocultas” (mientras esperan la documentación exigida por el gobierno). El trabajo doméstico rentado se convierte así en una forma de empleo con características claramente serviles, en el sentido de que el empleador se encuentra en una condición de control total frente a los medios de supervivencia de la empleada (alojamiento, comida, documentación) como también de su manejo del tiempo, independencia y relaciones sociales, manifestándose en algunos casos una confusión de la vida privada de las trabajadoras con su vida laboral.

Yo era técnica en arquitectura y mi amiga enfermera (…) vinimos para ayudar a mi hermana que estaba en Mendoza y no quisimos regresarnos a Trujillo. Imagínate que yo aquí por estar con una vieja ‘copetuda’, con quien viajaba y asistía a reuniones importantísimas, me pagaban 500 pesos (que eran 500 dólares en ese momento o 2.200 soles) y allá en Perú el arquitecto para el que trabajaba me daba 100 o 150 soles mensuales  (Migrante peruana, cuarenta años).

Si bien con el tiempo algunas mujeres logran separarse de la actividad cama adentro para hacerla por jornadas diarias (fracciones de entre 4-8 horas), esta actividad laboral, que comienza sólo como la entrada al mercado de trabajo, se va transformando en una actividad permanente, dado que sólo en pocas ocasiones las mujeres migrantes tienen oportunidades de romper con esa continuidad y encontrar alguna otra actividad rentada que implique una mayor profesionalización. Así, el proyecto laboral que inicialmente se planeó como momentáneo se vuelve frecuentemente permanente, al verse dilatado o incesantemente prolongado.

Es de destacar también que muchas de estas mujeres migran con avanzada edad, al dilatarse sus posibilidades laborales en Perú:

(…) sabes que no es lo mismo cuando migras joven a hacerlo como yo después de los 45 años (…) en este país te aceptan como empleada doméstica luego de los 50, en Perú ya sos muy grande. Acá veo a las chicas jóvenes fascinadas por nuevas cosas q descubren como inmigrantes y con muchas amigas, en cambio a mí nunca me paso eso (Migrante peruana, cincuenta años).

Como se puede observar en el apartado anterior respecto de las variables sociodemográficas analizadas, los perfiles educativos que poseen muchas de las migrantes peruanas hace que se encuentren sobre calificadas en los nichos laborales que se “les ofrecen”, a ello se suma que estas nuevas actividades no guardan relación, en general, con el tipo de actividades productivas que solían realizar previo al desempleo o a la caída en sus niveles de ingresos en origen. No obstante, este “plus cultural” que presentan determina su aceptación en el mercado de trabajo mendocino (Insa; Dalla Torre, 2012).

Yo nunca más meto a una mujer que no sea peruana en mi casa (…) son tan educadas, trabajan tan bien (…) Imagínate que les he dejado lo más preciado que tengo: mis hijos (Empleadora mendocina, cincuenta y ocho años).

(…) Shirley no duró mucho en mi casa, la semana pasada me llamó y me dijo que no venía más (…) De todas las empleadas que he tenido ha sido la más educada; y si yo no estaba en casa ayudaba a mis hijos de 7 y 10 años con las tareas de la escuela. Una pena! ahora estoy buscando otra chica que sea peruana, argentina no quiero! (Empleadora mendocina, cuarenta y dos años).

Puede decirse que las trayectorias laborales de las mujeres peruanas muestran por un lado una ruptura: quienes cuentan al menos con niveles educativos medios se ven obligadas a desarrollar trabajos de menor calificación a los que poseían en su país de origen, no obstante, el salario por ellas percibido es generalmente más alto, lo que ayuda al mantenimiento y cuidado de sus familias a través de las remesas económicas. Pero en otros casos sus trayectorias ocupacionales manifiestan una continuidad respecto a las tareas que realizan como también en la condición de informalidad a las que son sometidas, habiendo sólo algunas excepciones que, debido al tiempo de permanencia o favorecidas por sus contactos, logran inserciones laborales más profesionalizadas en la que se les requieren otras competencias, en condiciones de mayor formalidad y por ende con mejores remuneraciones.

Entre las entrevistadas bolivianas, el trabajo remunerado como una actividad de larga data parece haberles dado la confianza de poder trabajar con una relativa independencia respecto de los contextos socioeconómicos donde se encuentren. Sin embargo, esta relativa autonomía se relaciona sólo al hecho de poder estar ocupadas, pero no a las condiciones de la ocupación. Según nuestro trabajo de campo, en la auto-percepción de las mujeres entrevistadas, su voluntad para realizar diversos tipos de trabajos en distintos lugares geográficos es un factor de gran importancia que determina sus posibilidades de inserción en distintos contextos socioeconómicos y que les ha permitido sobreponerse a situaciones adversas.

Lo que veo acá es que… la mayoría… no trabajan porque no quieren, porque el que quiere, acá, trabaja y tiene… tiene. Si no trabajas, vas, sales, haces unas horas de trabajo, tienes para comer, tienes para tus hijos. El que no lo hace es por flojo, porque rebuscándotelas acá, tienes (Migrante boliviana, treinta y siete años).

Hay que notar que Mendoza no fue el destino inmediato para las mujeres bolivianas, sino que previamente la mayoría trabajó en provincias del noroeste argentino (Jujuy, Salta y Tucumán) tanto en el servicio doméstico como en el sector agrícola. Para el caso peruano, por el contrario, la migración hacia Mendoza no tuvo parajes previos, aunque muchas de estas mujeres habían experimentado migraciones internas anteriores, e incluso internacionales. Recientemente, la nueva estrategia laboral para algunas de estas mujeres peruanas es la migración desde Mendoza hacia Chile, donde se insertan en el servicio doméstico, si la migración es prolongada, o de fin de semana para la venta de productos en el mercado de pulgas chileno. Esto les permite aumentar los ingresos al interior de sus hogares, al mismo tiempo que pueden remesar con menores restricciones con las que se encuentran en estos momentos en Argentina.

Cabe mencionar que en ambos grupos las tareas no remuneradas al interior de sus hogares también recaen sobre ellas o sobre algún otro familiar del género femenino (en este último caso destacan aquellas mujeres que trabajan en el servicio doméstico cama adentro con hijos/hijas en origen). Entre las principales actividades mencionan la preparación de alimentos, la limpieza de la casa, llevar a los/as niños/as al colegio y la ayuda en las tareas escolares. Si bien es un tema que merece un abordaje profundo que excede los límites de este trabajo, ya que hemos privilegiado el análisis del trabajo remunerado, es relevante mencionar que, además de las actividades analizadas como parte de las trayectorias laborales, el trabajo no remunerado en los hogares o reproductivo acompaña a la mayoría de las trayectorias en estudio.

Finalmente, es preciso destacar que en ambos colectivos migratorios observamos la existencia de una marcada subordinación de género, previa a la migración. Muchas de las mujeres afirmaron haber salido de sus lugares y de sus entornos escapando de situaciones conflictivas, que llevaron incluso a no avisar al varón jefe del hogar (pareja-esposo-novio-padre).

Antes de migrar yo vivía con mi esposo y mis hijos, y no sabía cómo decirle que me iba a migrar, así que le hice una carta. Justito ese día mi esposo no se iba y justo me dice me voy a Mujicas (a tres horas de Lima); y me dice “tenés plata para el pasaje” y yo le dije “sí toma, toma”, con tal de que se fuera rápido… Yo ya tenía todas las valijas en la casa de mi madre. Así que agarré hice una carta y le dije a mis hijos más pequeños (…) En el camino me vine con mi hermana llora que llora (…) Mi hermana se había peleado con su esposo en esos días, así que aprovechó la pelea para venirse. Ella dejó a dos hijos con su suegra. Tres meses lloré. (Migrante peruana, cincuenta y cinco años)

Estos hallazgos nos llevan a comprender la importancia de la inclusión de la perspectiva de género en los estudios migratorios. En este sentido, de acuerdo con los resultados de una investigación sobre experiencias de mujeres latinas en Alemania, Nadia Rizzo afirma que a través de la migración algunas mujeres pueden renegociar sus roles de género al interior de la familia y la comunidad de origen. Por lo tanto, la migración no sólo representa un movimiento originado por carencias económicas sino que también puede constituir un movimiento intencionado de actores genéricos para evitar sociedades represivas. Dado que, si bien tanto mujeres como varones pueden desafiar roles de género establecidos en la sociedad de origen, son las primeras quienes en general sufren más condicionamientos. Por este motivo, según la autora, “las mujeres a menudo usaron la emigración como un modo de negociación de relaciones maritales difíciles y superación de jerarquías de género en el país de origen” (Rizzo, 2007, p.5).

A modo de síntesis

A partir de esta investigación hemos intentado explorar algunas de las potencialidades del trabajo comparativo para profundizar en la comprensión de las trayectorias laborales de mujeres bolivianas y peruanas en el Área Metropolitana de Mendoza, Argentina. Sin pretender un análisis exhaustivo, hemos intentado hacer visibles ciertas posiciones de dominación/subordinación socialmente construidas. Así, el carácter exploratorio de la investigación no ha obstaculizado la pretensión de alcanzar una comprensión profunda de los procesos analizados.

A la luz de una perspectiva de género, que hace hincapié en el carácter socialmente construido de los roles que se esperan de hombres y mujeres, indagamos sobre este condicionamiento en las trayectorias laborales de las mujeres entrevistadas. En este sentido, la teoría feminista del trabajo reproductivo nos permite comprender algunos aspectos de la inserción del trabajo doméstico por parte de las entrevistadas en la sociedad de destino. Asimismo, la teoría de la interseccionalidad nos brinda herramientas para pensar cómo se interrelacionan múltiples dimensiones que configuran de maneras diversas las experiencias migratorias, tales como las dimensiones de género, clase social, origen nacional, así como también la procedencia rural/urbana, el nivel de instrucción alcanzado, el hecho de migrar con o sin hijos/hijas. Por otro lado, el análisis de Sassen acerca del mercado de trabajo y el lugar que en él ocupan las mujeres migrantes a escala global también nos aporta un marco de comprensión amplio del fenómeno estudiado.

El abordaje comparativo nos ha permitido comprender cómo las trayectorias laborales de estas mujeres están fuertemente configuradas por su pertenencia de género, clase y nacionalidad. Así, las vivencias de subordinación y conflictos al interior de las familias en las sociedades de origen aparecen como uno de los desencadenantes del proyecto migratorio.

Respecto de la noción de clase social, hemos trabajado a partir de las experiencias de mujeres que pertenecen a sectores populares en términos socioeconómicos. En este sentido, la condición de migrantes obstaculiza y/o demora el ascenso en estos términos. Esto se explica en gran medida por la situación de indocumentación al ingresar al país, por las construcciones sociales existentes por parte de las/os empleadoras/es y por las restringidas redes en las que se movilizan las migrantes. En muchas ocasiones, el trabajo rural y el servicio doméstico y/o de cuidados son espacios ocultos que las alejan de la formalidad en sentido amplio. De un mismo modo, consideramos que el origen nacional condiciona sus trayectorias laborales al existir en la sociedad de destino ciertas nociones del “sentido común” culturizadas y generizadas acerca del mercado de trabajo. Así, algunas mujeres argentinas prefieren emplear a mujeres peruanas en el servicio doméstico y en tareas de cuidados por considerarlas más “aptas” y “educadas”. En el caso de las migrantes bolivianas, son conocidas las referencias de su habilidad para el trabajo agrícola.

Respecto de las especificidades y diferencias de las trayectorias laborales de mujeres peruanas y bolivianas en destino, encontramos que en el caso peruano, mayoritariamente, sus trayectorias comienzan y terminan en el servicio doméstico y/o en tareas de cuidados. Entre estas experiencias, es frecuente la erosión de capital cultural de las mujeres. En el caso de las migrantes de Bolivia, en general, las trayectorias comienzan en el sector rural, continúan en el servicio doméstico y terminan en el comercio.

Acerca de la incidencia de las formas de migrar en la inserción laboral de estas mujeres observamos que mientras las mujeres bolivianas llegan a Mendoza después de haber trabajado en otras provincias argentinas (mayormente en el sector agrícola), las peruanas lo han hecho directamente desde Perú y entre centros urbanos (migración urbana-urbana), presentado en algunos casos migraciones internas previas.

Finalmente  destacamos que este trabajo abre puertas para continuar con estudios migratorios comparativos que profundicen en el análisis  de las múltiples dimensiones que se interrelacionan en las experiencias de los sujetos sociales en este espacio del sur, tales como la edad, el ciclo vital, la maternidad, las experiencias educativas, entre otras.

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¹ A principios del siglo XXI el 1,1% de la población de la región latinoamericana es (in)migrante mientras los (e)migrantes representan el 4%. (CEPAL, 2006)

² El cuantioso arribo de asiáticos que tuvo Perú se vislumbra un siglo después. Los descendientes de japoneses tenían ingreso “liberado” en Japón. Esta política llevó consigo diferentes negociaciones de poder, conformándose redes que facilitaban la salida del Perú y permitían el ingreso a Japón (pagos desmedidos de dinero, falsificación de identidades, cambios de apellidos y con él cambios de familia, cirugías estéticas, casamientos oportunistas, entre otras).

³ “Desde 1980 hasta el 2000, aproximadamente, se desencadenó en el Perú un conflicto armado entre Grupos Subversivos y Fuerzas del Orden afectando a la población en su volumen, distribución y estructura. Las cifras dejadas por la violencia sobre el número de víctimas son incompletas (…) Sin embargo, la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR, 2003), ha estimado que la cifra más probable de víctimas fatales de la violencia fue de 69,280 personas; y que el conflicto abarcó la mayor proporción del territorio nacional e impactó desigualmente en distintos ámbitos geográficos y diferentes estratos sociales del país (Escobedo Rivera, 2006, p.408).

4 Entre los años 1930-1980 la migración interna fue la estrategia primera que adoptaron las familias rurales peruanas que intentaban dejar atrás los abusos, la violencia y la exclusión, en el sentido más abarcativo del término. Desde la selva y sierra se dirigieron a los principales centros urbanos costeros, destacando Lima-Callao, Trujillo, Chimbote, Chiclayo, entre los más importantes.

5 En total las cifras superan los 3 millones de migrantes internacionales en el año 2012.

6 En 2004 autoridades del Consulado General del Perú en Buenos Aires estimaban cifras superiores a 140.000 peruanos en Argentina, y el INEI-DIGEMIN más de 272.000; lo que estaría indicando que en la actualidad las cifras superen considerablemente las arrojadas por este último censo.

7 Cifras similares a las encontradas en ciudades globales como Madrid y Barcelona.

8 En 2001, según el Censo Nacional de Población, Viviendas y Hogares de Argentina, eran 3163 los peruanos en Mendoza (2034 mujeres), mientras en 2010 las cifras ascendían a 5360, representando las mujeres el 59% (3102).

9 Si bien Perú no corresponde al grupo de países limítrofes, en este estudio se enmarca a partir de estos colectivos.

10 Se destacan técnicos, enfermeras, abogados y médicos.

11 Para una profundización en este tema, ver Sassone, Susana María (2009) “Breve geografía histórica de la migración boliviana en la Argentina”, en: “Temas de patrimonio cultural Nº 24: Buenos Aires Boliviana. Migración, construcciones identitarias y memoria”, Comisión para la Preservación del Patrimonio Histórico Cultural de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Buenos Aires, 389-402.

12 En algunos de los cuadros nos referimos solamente a los datos del Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas del año 2001, ya que los datos sobre población extranjera según condición de actividad, nivel de instrucción y grupos de edad no se encuentran desagregados para el Censo de 2010.

13 Solo algunas mujeres, al presentar una migración interna previa del campo a la ciudad, manifiestan haber realizado alguna tarea rural, pero en general no remunerada –para autoconsumo familiar-.

Para citar este artículo: Insa, C., Martínez, V. (2015). Trayectorias laborales de mujeres peruanas y bolivianas en el Área Metropolitana de Mendoza –AMM-, Argentina. Iberoamérica Social: revista-red de estudios sociales (IV), Pp. 55-72. Recuperado de: http://iberoamericasocial.com/trayectorias-laborales-de-mujeres-peruanas-y-bolivianas-en-el-area-metropolitana-de-mendoza-amm-argentina