Soy 30227786-J, un sujeto convertido en objeto

30227786-J, es el número de mi identidad en España. Y a fin de cuentas es lo que somos para el sistema educativo, la conversión de un sujeto en un número, lo que nos transforma en objeto o en un sujeto “sujetado” como dice nuestro compañero Fabián Inostroza.

Cuando entramos al sistema educativo, las características que dan forma a nuestro ser y nos convierte en personas únicas quedan fuera de las puertas de la escuela. Se nos convierte en un número circunscrito a un determinado curso y una clase.

Hagamos una breve y rápida diferenciación entre lo que supone ser sujeto u objeto. El sujeto es un ser activo, con voluntad, capacidad creadora, poseedor de una historia la cual da forma a su subjetividad. El objeto, en cambio, es pasivo, receptor, inerte, carente de historia y, por tanto, sin ningún tipo de subjetividad.

Son estas dos pequeñas definiciones de sujeto y objeto las que me hacen considerar que el sistema educativo nos convierte en un número que nos despoja de toda nuestra historicidad. Si fuésemos tratados como sujetos se tendrían en cuenta nuestras características individuales para establecer los procesos educativos en consonancia a ellas. De esta forma, cada proceso educativo sería único al ser cada aula un conjunto de sujetos singulares. Muchos dicen que esto no atiende a las posibilidades reales del sistema educativo. Y yo digo, ¿acaso alguna vez se intentó? ¿Alguna vez se preguntó a los estudiantes para conocerlos y poder adaptar los procesos a los sujetos? La respuesta es un rotundo no. El libro didáctico ya se encarga de decir qué, cómo y cuándo debe desarrollarse el contenido a ser impartido. Esto es tratar a todos los alumnos como si fuese uno solo, pasarlos de sujetos a objetos. Es olvidar la historia de cada uno de ellos.

Sin embargo no estoy criticando al profesorado (aunque tienen gran responsabilidad en ello, ya que deberían ser intelectuales transformativos como diría Giroux), sino que considero esta como una estrategia del sistema neoliberal, como decía en otra entrada, la educación es del sistema y no del sistema educativo. Para el sistema no somos otra cosa que números, de ahí la intención de hacernos objetos extirpando nuestras subjetividades en el proceso educativo. Desde la escuela se nos enseña que nuestras características individuales y colectivas valen poco, que lo que importa es que seamos capaces de atender las órdenes recibidas para alcanzar los objetivos que se nos exigen. Demasiado parecido al mundo del trabajo, ¿no? Claro que la escuela también debe prepararnos para el mundo laboral, pero no debe ser esa su única y fundamental función. La escuela debe prepararnos también para vivir en una sociedad democrática así como para nuestro desarrollo como individualidades, ayudándonos a encontrar nuestras pasiones y a desenvolver nuestras capacidades para potenciarlas al máximo.

Por un lado, la preparación democrática es ignorada dentro de los sistemas educativos, ya que el estudiante objeto no tiene (a) formación sobre las leyes, reglas y mecanismos sobre las que se estructura la escuela, ni (b) espacios efectivos donde poder realizar su actividad democrática en los diferentes niveles (aula, curso, escuela, sistema educativo). Esta caracterización del estudiante objeto “democrático” es muy parecida con la del ciudadano objeto el cual no conoce ni los contenidos de la democracia ni los espacios donde su actividad democrática puede ser efectiva. Y no estoy diciendo que sea así en la totalidad de la población, pero sí que una gran parte de ella desconoce estos elementos, ¿por ignorancia? No, porque nunca se tuvo intención de que se convirtiesen en sujetos democráticos, en partícipes de la democracia.

Por otro lado, nuestro desarrollo como individualidades también es despojado de nuestras particularidades. Es el sujeto quien debe amoldarse a lo que se ofrece, y no lo que se ofrece adaptarse a los sujetos.  El currículum nacional establece una seria de directrices que limitan lo que puede enseñarse en la escuela y lo que no se puede. Aunque después cada escuela contextualice su currículum particular, este ya no podrá salirse de lo que el nacional estableció como necesario. ¿Qué supone todo esto? Que desde el Estado se establece las líneas maestras a seguir, y que lo que queda fuera no será incluido en ningún lugar.

Esto nos lleva a dos pensamientos, en primer lugar, ¿alguien piensa que dentro de esas líneas se puede incluir la diversidad de una nación entera? Es evidente que no, por ello, con mucho acierto, Bourdieu y Passeron hablaban de la escuela como una herramienta del estado para la reproducción cultural. Una reproducción que impone una cultura sobre las demás existentes en la nación. Una cultura que se impone sobre las demás supone que muchos de nuestros estudiantes se sientan violentados simbólicamente al tener que pasar los primeros años de su vida trabajando sobre una cultura que es ajena a la suya, y no nos engañemos, eso de una cultura nacional no existe, ya que esta supuesta “cultura nacional” que tanto nos venden es la que representa los intereses de una pequeña minoría la cual nos domina, además de con otras herramientas, a través del sistema educativo.

En segundo lugar, y relacionado con la ausencia de preparación democrática, debido a la rigidez del currículum se convierte en tarea poco menos que imposible que se atiendan las capacidades individuales de nuestros estudiantes. Vuelvo a repetir lo mismo dicho anteriormente, es el sujeto quien debe aceptar lo que se ofrece, y no lo que se ofrece adaptarse a los sujetos. Mientras no se otorgue voz, permitiéndoles ser sujetos de sus propios procesos educativos, a los estudiantes, difícilmente podremos conocer los intereses que tienen, las capacidades que desean desarrollar, las metodologías que mejor se adaptan a sus características de aprendizaje, y, por tanto, no podremos establecer procesos acordes a ello. En la actualidad, los estudiantes tienen que atenerse a la oferta, en vez de que la oferte se formalice en base a ellos, continúan siendo objetos, disculpen la repetición pero lo considero de una importancia superior. De esta forma, ¿no es normal que la gran mayoría de nuestros estudiantes consideren tremendamente aburrida la escuela? Y no es que les resulte tedioso el aprendizaje, sino que les parece totalmente ajeno a ellos y con un grado de imposición nada agradable.

Hagamos una suposición práctica para usted que está leyendo. Imagine por un instante que le encanta cocinar pero que le repulsa el olor de la coliflor. Sin embargo, durante varios años (a veces hasta más de 20 años consecutivos), cada día durante 6 horas, usted está obligada/o a cocinar coliflor e incluso a comérsela. Después de todos esos años, ¿seguiría gustándole cocinar? Solo piense en ello.

No obstante, no quiero parecer apocalíptico con este texto. Por lo que he desarrollado, llego a la conclusión de que el sistema educativo se convierte en un sistema de (des)educación, como diría Chomsky, pero considero que el ser humano es capaz de adaptarse a cualquier situación y adquirir lo positivo de ella, por tanto, aunque la escuela no esté organizada para conseguir lo mejor de cada uno de nosotros, los estudiantes conseguirán desarrollar capacidades, habilidades y conocimientos positivos, no gracias al sistema educativo sino a pesar de él.

Solo me gusta pensar qué sería si en vez de 30227786-J hubiese sido Jose María Barroso para la escuela. Si en vez de cifras, fuésemos personas con nuestras particularidades. Si en vez de objetos fuésemos sujetos. Si en vez de reproducción cultural tuviésemos respeto cultural. Si en vez de evitar la democracia apostásemos por ella de verdad. Si en vez de…