Productividad, competitividad académica y la muerte de las ciencias sociales

Entre el 28 de junio y el 1 de julio estuve asistiendo como ponente al CEISAL2016 en la Universidad de Salamanca. Uno de los eventos de ciencias sociales sobre América Latina más importantes que existen actualmente. En él tuve la oportunidad de participar de un grupo de trabajo fantástico, donde conocí propuestas muy interesantes y compañeros con quienes tuve la oportunidad de compartir la pasión común por la historia. Viendo que los trabajos de todos los participantes de nuestro simposio presentaban una calidad tan buena y discutían materias tan interesantes, decidimos organizarnos para intentar publicar los trabajos agrupados dentro de un dossier temático.

A medida que íbamos comentando las diferentes posibilidades, me llamó la atención poderosamente que, a la hora de discutir donde intentar publicar, hubo varias personas muy preocupadas por la “calidad” de la revista donde se haría ya que sus instituciones académicas les exigían una alta productividad y esta tenía que ser de calidad, llegando incluso algunos a preferir no publicar juntos ya que querían probar por su cuenta en revistas con buena indexación o con un factor de impacto competitivo.

Los compañeros andaban muy preocupados porque tenían que trabajar en sus tesis/proyectos principales de investigación, participar de libros colectivos (que es un tema que merece una buena entrada, ya que hoy en día, por las malas prácticas, es como publicar nada), participar de eventos, de otras producciones “menores” y principalmente, publicar papers. Pues son los artículos los que realmente dan prestigio y más ayudan a abultar el currículo académico.

Yo, que siempre me había mantenido alejado de estas cuestiones, me vi sorprendido a mi vuelta con que mi programa de doctorado en España me exigía publicar al menos un artículo en una revista bien considerada. Algo que no tenía y tras unos días de pánico conseguí aclarar con mi director de tesis.

Hoy en día la calidad de una publicación, siempre por desgracia casi exclusivamente circunscrita al paper, pasa por publicar en una revista que forme parte de una base de datos prestigiosa (la dichosa indexación) y que la revista goce de una saludable cantidad de citaciones de otros autores (factor de impacto). Este sistema defiende que las buenas bases de datos son precisamente buenas por poseer unos estándares de exigencia muy altos para pertenecer a ellos; mientras que disfrutar de un factor de impacto competitivo significa que el material en cuestión detenta una importancia científica considerable, ya que existe un consenso tácito en la propia comunidad científica expuesta a través de que el trabajo en cuestión es usado como base para otros tantos, que le citan en sus referencias.

Así, de primeras, parece un sistema lógico capaz de abarcar y cuantificar las diferentes facetas que garantizan unos indicadores justos de calidad científica. Pero si se reflexiona sobre el tema, rápidamente llegas a encontrar problemas estructurales importantes y relativamente evidentes, como que se puede fomentar la “tiranía” de ciertas bases de datos muy prestigiosas[I] y su concentración de poder, autores que se citan entre sí para darse visibilidad o el “monopolio” de publicaciones con altos factores de impacto con mucha demanda de solicitud de publicaciones. Como denunciaba el premio Nobel de Medicina de 2013, Randy Scekman al decir:

“En un artículo aparecido en el periódico The Guardian, Schekman arremetía contra estas publicaciones afirmando que «promueven de manera agresiva sus marcas, de manera más orientada a vender suscripciones que a estimular la investigación más destacada». El científico se mostraba también contrario a un sistema de evaluación de la producción científica que mira más dónde se ha publicado el artículo que la calidad del mismo”.

El paradigma por el que se mueve el sistema científico que se ha impuesto como universal (el euro-occidental) nació como un paradigma en crisis, como demuestra el origen y evolución de la forma de revisión más común y la mejor considerada hoy en día, como es el de la revisión por pares[II]. Y este ha complejizado sus limitaciones a partir de buscar soluciones que permitan cuantificar la calidad de las producciones como son las citadas indexaciones para las revistas o el factor de impacto para los artículos (algo que también influye en la competitividad de las revistas).

El factor de impacto, por ejemplo, basa la importancia de un material/autor (y por tanto de la revista donde fue publicado) en la cantidad de veces que fue referenciada, que subjetiva y personalmente, me parece una absurdez total. Y si, lo digo así, no tiene sentido que un indicador tan fácil de manipular[III], modificando datos o el algoritmo o con la técnica de la autocita masiva o el compadreo de yo te cito a ti y tu a mí, esté considerado uno de los más importantes, y a veces el único, indicador para decidir si el trabajo de un investigador es o no relevante, o si el autor en cuestión produce material de calidad. No son pocas las voces que claman por reducir la importancia de tal índice al ser perjudicial para investigadores nóveles, para aquellos que no sean del ámbito de las ciencias puras y para los que no pertenezcan al área de influencia anglosajón o euro-occidental.

Aún así, si profundizas un poco más y atas cabos, ves como esa tiranía y monopolio basada en la competitividad fomenta un problema, hoy endémico, del mundo académico como es el de la presión cada vez mayor sobre los investigadores para producir material publicable, ser competitivos y productivos para que la institución que te paga el sueldo/beca, pueda cuantificar el trabajo que realizas y ellos a su vez puedan justificar su existencia. Así publicar mucho se une a publicar en buenos lugares para que goces de un alto factor de impacto. Podemos comenzar a intuir la locura a la que esta situación parece llegar.

Es interesante comprobar cómo estas lógicas de producción y competitividad nos recuerdan a las lógicas propias del capitalismo, y no nos deberíamos sorprender, lo que ha ocurrido en las ciencias en general es que el capitalismo ha entrado de lleno en un mundo, como era el académico, que parecía ajeno al mismo. Y como todo sistema basado en las lógicas capitalistas más salvajes, como es el de ser lo más competitivo posible y a la vez producir tanto como se pueda para que sea consumido por un público devorador cada vez más ávido, tiende al colapso tras generarse una burbuja sobredimensionada o pervive condenado a una crisis perenne.

El análisis que voy a hacer a continuación lo haré desde mi perspectiva como historiador y científico social, sé de bueno mano que esta problemática es común a toda la ciencia, es más, los que más se quejan y reclaman son los autores de las ciencias puras (internet está lleno de blogs, testimonios y entrevistas de biólogos, físicos, matemáticos, etc. donde se denuncian las locuras de este sistema). Algo que me jode infinitamente, pues como comprobé en el CEISAL y hablando con tantos profesores y colegas, a ningún científico social le gusta este sistema, nadie se siente cómodo en él, sufren una alta presión y tampoco creen que sea un método justo para las ciencias sociales y su forma de trabajar[IV].

Y aunque esta locura de sistema también afecta a los investigadores de las ciencias puras (ya que hay algunas, como las matemáticas, donde resulta casi imposible publicar continuamente resultados de investigación “relevantes”) parece que no solo se han adaptado mejor, sino que el paradigma (por muy injusto que sea) se ha hecho para ellos en exclusividad, y las ciencias sociales se han quedado rezagadas y condenadas a un destierro cada vez mayor ¿Creéis que exagero? Os invito a mirar cualquier “ranking” de revistas científicas y buscar en que puesto se encuentra la primera publicación dedicada exclusivamente a las ciencias sociales o el primer científico social en los rankings de factores de impacto de autores.

Por supuesto esto no es un debate que busque un enfrentamiento con nuestros hermanos de “bata blanca” con un debate de las dos culturas, la idea es mostrar que las ciencias sociales se encuentra inmersa en una carrera que no puede ganar. Ya que navegamos en modestos bergantines que nos marcan los necesarios tiempos y ritmos, al son de los vientos, para escrutar las costas exóticas, sus gentes, sus historias y sus costumbres. Estamos ante un sistema que nos obliga a competir con barcos acorazados que con fuertes motores van en busca de otros horizontes, necesarios, pero diferentes (que no indiferentes).

Las ciencias sociales no solo no pueden competir en un sistema que va a valorar la velocidad a la que te mueves, que tan eficiente lo haces y lo lejos que llegas con recursos limitados, sino que debemos rebelarnos y buscar nuestros propios paradigmas, nuestros propios esquemas y sobre todo, nuestros propios ritmos (aunque en este último caso, sería, reencontrar).

Los papers o artículos científicos tienden, hoy día, a ostentar el monopolio de la publicación académica ¿Por qué? Por qué son fáciles de corregir, de publicar, de indexar, de cuantificar su impacto y sobre todo, son rápidos de leer. Hoy en día se valora más la cantidad de publicaciones que la publicación en si misma ¿De qué sirve escribir un libro si puedo desmenuzarlo y crear diez o quince publicaciones? El libro cuenta como una publicación, cada paper también. Hoy en día la productividad y la competitividad son la máxima, así que de ese buen material voy a hacer muchos papers, todos los que pueda, que me permitan ser premiado por mi institución. Así, deconstruir mi trabajo (aunque se pierda la perspectiva de fondo necesaria en las ciencias sociales) me sirve para, en base a esos premios monetarios, poder financiarme una casa o un carro. Pero al mismo tiempo, tienen que ser publicaciones de calidad y para ello tienen que serlo en inglés, y si es en revistas prestigiosas del mundo eurocentrado más aún (especialmente EEUU, Inglaterra o Francia). Al mismo tiempo, para incrementar mis posibilidades de publicación voy a adaptar mi lenguaje y la estructura de mi trabajo (algo muy personal y que debería ser sagrado) a lo considerado hoy como buena ciencia, o sea, simplificado y directo al grano[V] ¿Dónde queda el amor a la ciencia en ese proceso? En ese torbellino destructor ¿Qué futuro, o que presente, tienen las Ciencias Sociales?

El paper, para la ciencia social, es un buen soporte para hacer introducciones sobre cuestiones que están siendo recientemente exploradas, como metodologías o enfoques/abordajes, para presentar nuevas fuentes o para sintetizar casos concretos que complementen trabajos más amplios. Y ya. El campo natural de las ciencias sociales son los libros, es en ellos que nos recreamos en nuestros ritmos lentos, trabajamos a partir de escrudiñar las hojas infinitas de trabajos titánicos que a veces llevan toda una vida escribirlos, como, en mi caso de historiador, obras magnas como “El mediterráneo y el mundo mediterráneo en la Época de Felipe II” de Fernand Braudel o “El Otoño de la Edad Media” de Johan Huizinga. Obras que nadie quiere/puede emular por la imposición de los rápidos ritmos del mundo contemporáneo que exigen que todo tenga el formato de fast food del paper, directo al grano. Ahí, no es de extrañar, que la inmensa mayoría de los artículos científicos en las ciencias sociales estén faltos de contextualización, de una reflexión teórica y personal importante, de una línea argumentativa sólida y un amplio muestreo de datos. Y no porque el paper en si sea mal formato, sino que exige una labor de síntesis que es contraproducente para la mayoría de los trabajos. Aparte, exige un cambio de mentalidad que está llevando a un marco nuevo de las ciencias sociales, donde esos ritmos rápidos impiden diálogos profundos y, a mi ver, están dañando duramente la calidad de la propia ciencia.

Hoy los doctorados son ya de 3 años (en el caso de Europa) y mientras luchas a contrarreloj tienes que publicar un paper por año, si es posible en revistas competitivas, participar de eventos importantes, dar clases en la universidad, etc. ¿Hasta cuándo antes de que todo esto colapse?

Los factores de impacto revientan las ciencias sociales, y no lo digo yo, lo dice una declaración que hizo un comité de evaluación de investigación internacional en 2012 en San Francisco. Según el informe que hicieron, los factores de impacto favorecen a las ciencias puras por ser ciencias de vida corta o media (pues se van actualizando constantemente a un ritmo muy rápido, y con la globalización acelerada cada vez más, más… ¿vais entendiendo?) y es contraproducente para las ciencias de ritmo lento como… ¡La inmensa mayoría de las ciencias sociales!

Hace no mucho vi una discusión en Facebook entre compañeros biólogos que decían que estaba preocupado porque su último paper, publicado a lo largo del último semestre, “solo” tenía una media de 30 referencias por trimestre, algo que evidentemente para ellos era un desastre. Yo estaba sorprendido, imploraba porque mi artículo recientemente publicado sobre indigenismo brasileño durante la dictadura militar obtuviera un par de referencias durante los próximos tres o cuatro años… ¿Cómo podemos esperar que compitan en igualdad de condiciones el artículo de un antropólogo que muestra sus conclusiones sobre la comunidad LGBT en una pequeña ciudad de Centro América con un químico que investiga sobre materiales plásticos para industrias pesadas?

El sistema se vuelve loco de por si en un mundo adaptado a exigir competitividad a las ciencias puras para que produzcan cada vez más (algo que, por supuesto, los científicos de bata blanca también sufren), las ciencias sociales andan detrás, como vestigios que hay que mantener, subsidiar, aprovechando lo poco que pueden ofrecer (como la sociología para políticas públicas, por ejemplo).

Hace unos meses nuestro compañero Jefferson Virgilio publicaba una entrada donde despedazaba al sistema académico brasileño y su modo de cuantificar y cualificar la producción científica y a los antropólogos que usaban diferentes “estrategias” para sobrevivir y prosperar en él. Renunciar a publicar libros para dividirlo en artículos o publicar los libros y al mismo tiempo rehacer partes para publicarlos como artículos; obligar a los alumnos a amputar tesis doctorales para, sin cambiar ni una sola palabra, autoplagiarse en artículos que publican junto al director de tesis / orientador; el publicar junto a otro autor para que ese autor cuando publique te ponga a ti como coautor, usar el mismo material con desvergüenza y poca ética académica para libros, capítulos de libros, papers y ponencias. En una locura productiva que además, exige que se haga en revistas de reconocido prestigio ¿Quién tiene tanto material? ¿Quién escribe tanto? ¿Dónde sacas tiempo para leer el material nuevo publicad (que es infinito), reflexionar sobre él y proponer cosas, matices o enfoques nuevos? Hoy nadie lee nada, no hay tiempo. Vemos como se valorizan los autores clásicos porque son de obligada lectura, pero es realmente complejo mantenerse actualizado en los diferentes campos del saber.

“Estábamos acá para reflexionar sobre el mundo y vemos una competencia por quién tiene más puntitos”.

Lo dice Carlos Rodríguez de la Universidad del Desarrollo en Chile, donde la situación no es mucho mejor. El sistema chileno es otro de los que más se han doblegado y recreado en este sistema académico contemporáneo contraproducente para las ciencias sociales. Allá es visible como en las ciencias sociales van desapareciendo los formatos tradicionales como el libro o el ensayo (ya que todo trabajo para que sea “científico” tiene que seguir las lógicas del paper, o sea un marco teórico, una hipótesis, una demostración y debe ser replicable ¿cómo? Pues eso…), o dividir una investigación hasta la unidad mínima publicable ampra tener más artículos que despachar (llamada allá, táctica salame), la coautoría entre colegas, pactos o mafias de publicación o incluso publicar la misma investigación con algunas modificaciones y en diferentes idiomas (todas estas cosas, más lo que vamos a comentar a continuación sobre Chile, están explicadas en esta nota de prensa). Como dice Ricardo Greene de la Universidad Católica del Maule, también en Chile:

“Parte importante del trabajo en las ciencias sociales tiene que ver con un conocimiento que es situado histórica y contextualmente, pero por la imposición del ISI, que en su mayoría incluye publicaciones en inglés, los artículos muchas veces no se publican ni en español”.

Usando como referencia el mismo artículo donde se desgrana los pormenores del sistema académico en Chile, nos quedamos con las cuestiones referentes a las ciencias sociales que sirven para ilustrar lo que quiero argumentar en esta entrada. Carlos Peña, rector de la Universidad Diego Portales, reconoce que la producción de las ciencias sociales no se puede medir correctamente por indexaciones orientadas a un público de “laboratorio” que use ese trabajo para construir otros como hacen las ciencias puras. El campo tradicional es el del libro que influyen en lo público, en la cultura y sobre todo en la sociedad, para que las mismas se piensen y repiensen. Para el rector, los papers, a pesar de ser interesantes como formato, están lejos de la influencia a largo plazo que ejercen los libros, siendo eso, recuperar el libro, donde debe hacer hincapié la ciencia social.

Alfredo Jocelyn Holt de la Universidad de Chile dice que los papers buscan la inmediatez de una revista indexada, atentan contra el tipo de reflexión e investigación de las ciencias sociales que mira hacia horizontes de larga duración, como es el caso de los libros, y que a veces toma toda una vida en escribirse.

“Porque estos papers sólo sirven para medir impacto (tantas veces que se consultan, tantas que se citan), por eso las universidades, obsesas con mediciones, los prefieren y apoyan o “premian” financieramente. Porque las revistas que los publican son normalmente redes herméticas, hasta a veces mafias de intereses compartidos (yo te cito, tú me citas). Y, por último, porque rara vez se leen (salvo entre estas mafias que se hacen autobombo), y menos aún hacen grandes contribuciones al conocimiento y la discusión general”.

El historiador chileno continua diciendo que los artículos científicos provienen de las ciencias puras que buscan presentar resultados inmediatos para continuar investigando y se le han impuesto a las ciencias sociales que está acostumbrada a “pensar escribiendo”.

“He escrito artículos para revistas indexadas pero no me he dedicado a ello. Tú entras en la lógica de la investigación actual (papers y revistas indexadas) y tienes que armarte de redes de protección (una revista propia), limitarte a un público estrictamente academicista que sólo importa si tú estás dentro de la universidad, de nulo impacto fuera en el mundo profesional y político culto. Y, además, te privas de escribir libros que, por lo mismo que demandan más tiempo, rigor discursivo y esfuerzo, permanecerán en el tiempo. No estar en estos círculos suele significar marginación. Para las nuevas generaciones es hasta más grave: implica no poder entrar en la carrera universitaria. Quienes, en cambio, asumen para sí este esquema contribuyen a que las universidades sean mundillos cada vez más ensimismados, dedicados a hacer aportes intelectuales minúsculos si es que no insignificantes”.

En España no es muy diferente, con una sociedad y una intelectualidad que siempre se ha visto inmersa en una paradoja de complejo de inferioridad con respecto a Europa y de superioridad con América Latina (sus dos áreas culturales por naturaleza), parece anulada por completo como actor activo. El sistema universitario español desmembrado por un sistema académico dictado por Bruselas que imita al anglosajón y una crisis económica, política y social interna que ha llevado al propio sistema a una decadencia inimaginable décadas atrás, ha perdido toda autonomía frente a las corrientes globales,  convirtiendo a sus profesores/investigadores, en “hacedores de papers” como nos señala esta nota de prensa. En ese texto, el economista Fernando García-Quiero, aclara que en el sistema universitario español no se valora y ni se fomenta las labores tradicionales del científico social, aparte de dar clase en la universidad (infelizmente cada día también mas denostado), dar charlas, colaborar con asociaciones u ONGs, escribir divulgación, etc. Pues son cosas que no dan prestigio, incentivos económicos o profesionales o no son cuantificables para el sistema, al punto, de ser consideradas actividades que restan tiempo a la verdadera labor de los científicos hoy en día, escribir papers.

“Las reglas de juego en la esfera universitaria española han cambiado peligrosamente las motivaciones y los comportamientos de su profesorado. La Universidad española, le pese a quien le pese, está inmersa en un proceso que aniquila intelectuales y los convierte en un nuevo tipo de ser académico cuyo fin último es hacer papers sin pausa, sin poso y sin reflexión. Aunque nuestras universidades se vanaglorien constantemente de estar cada vez mejor posicionadas en los rankings internacionales de excelencia, no engañan a nadie y mucho menos a los que conocemos la situación desde dentro. Quienes estamos inmersos en el sistema universitario español y quienes lo sufren en sus carnes, estudiantes en su mayoría, conocemos bien lo que se cuece dentro y lo mucho que dejan por desear grados, posgrados, maestrías y demás estudios ofertados en nuestras facultades”.

Y así con el resto de la región iberoamericana… (No voy a seguir poniendo ejemplos que se me estira al infinito la entrada y creo que ha quedado claro que quiero decir). Parece evidente que estamos viviendo una época donde se relativiza el papel de las ciencias sociales en la sociedad y a partir de ahí se les ataca por su baja productividad o por su inexistente impacto directo en una aplicación práctica que genere un beneficio material. En lugares como en España, la filosofía desaparece de la educación básica mientras en Brasil científicos sociales publican el mismo texto en tres formatos diferentes en tres lugares diferentes con la esperanza de que nadie lo note (y seguramente nadie lo hará, tanta es la cantidad de material que se publica, y tan dispar la calidad, aunque eso es otro tema interesante a tratar).

Obligados a practicar una cultura de fast science (homólogo a esa del fast food que ha destruido la cultura gastronómica de la gente y ha hecho obesos a los pobres) que se corresponde a someter a las ciencias puras a las lógicas más duras del capitalismo, las ciencias sociales se ven destinadas a la desaparición agónica al no poder competir con ese sistema que les obliga a hacer una ciencia alienada cada vez más productora de material mediocre.

Tal vez sea hora de que, al igual que ha pasado en la gastronomía con el slow food, se empiece a imponer un paradigma nuevo que rescate las viejas prácticas del sentarse a leer, a filosofar, a saborear, a debatir y discurrir sobre lo humano, y, tranquilamente, escribir (pero escribir bien, con amor, con minuciosidad, con dedicación, con personalidad) sobre ello en libros que nos sirven para crear y recrear lo que lo humano necesita, y eso, en nuestra infinita finitud, es tiempo ¿Se perfila tal vez un slow science?

Quién sabe, lo que yo si sé, es que se está quedando una bonita tarde para una revolución…


[I] Como no publicar a jóvenes investigadores, en el caso de la prestigiosa base de datos Scielo, esta decisión de otorgar poco espacio, y cada vez menos, a científicos noveles que se aventuren a intentar publicar por su cuenta sus propias producciones, se debe a la necesidad de mantener unos buenos indicadores en las indexaciones más prestigiosas que garanticen la existencia y calidad de la revista en cuestión. Aquí la fuente

[II] Los revisores, escondidos en el anonimato, son extremadamente duros con los “indefensos” autores que eran, a la postre, sus rivales. Esta práctica de escudarse en el anonimato lleva a actitudes crueles y al desaliento tanto a revisores como a autores, pues los primeros suelen, y no exagero al decir que es una práctica común y conocida, pecar de exceso de celo, a veces absurdo y contraproducente, exigiendo contenidos fuera de contexto o del interés del material. Hoy en día, con el crecimiento exponencial de las publicaciones, las exigencias en productividad ha llevado a un extremo insano la cantidad de textos a corregir, en una actividad, como es la de revisor, que no es remunerada, no otorga currículum, ni es suficientemente valorada. Esto lleva a la producción de una ciencia cada vez más mediocre pues el principio de dialogo entre autores y revisores se rompe, agotado, el propio proceso de corrección y revisión. Otra cuestión es, bajo estos parámetros de calidad y competitividad, que las propias publicaciones exijan a los revisores una cantidad de “aprobados” y “rechazados” obviando la calidad del contenido. Aquí puedes leer una entrada sobre el tema y aquí un artículo académico sobre la cuestión, titulado “El sistema de revisión por expertos (Peer Review): muchos problemas y pocas soluciones”, donde se revisa este sistema y los posibles abordajes para solucionar sus muchas carencias.

[III] Dos enlaces sobre el tema: Para detectar manipulaciones del factor de impacto y Manipulando el factor de impacto: Siempre volvemos a Gualberto Buela-Casal

[IV] Antes de que nadie se me tire al cuello, aclarar que uso ciencias sociales como todas aquellas que tienen como eje central el ser humano (comportamiento, organización, lógicas, creencias, etc.), o sea las ciencias que trata Iberoamérica Social, y ciencias puras o exactas a aquellas que estudian la naturaleza/universo. Aunque defiendo que son hermanas que trabajan juntas por la creación del conocimiento, es evidente que usan metodologías y tienen objetivos y bases epistemológicas diferentes que, caminando muchas veces de la mano, en general se desarrollan por separado. Nunca me gustó el uso del término ciencias humanas, como si todas las ciencias no lo fueran, o ciencias “duras” y “blandas”, porque contraponen unas por encima de otras en una clara relación de dominación hoy ampliamente aceptado.

[V] A todos nos ha pasado, que intentado ser creativos hemos trabajado mucho una escritura y el revisor de turno nos ha dicho que la lectura es farragosa o confusa…