Ser indígena en Colombia, una historia de vida (parte 2)

“En Arauca fueron 6 meses de entrenamiento durante el conflicto armado. Nunca me dejaron ponerme en contacto con mi familia. Aparte, tenía el temor de haber dejado a la señorita plantada, con mis familiares y sus familiares enojados conmigo. Pues opté por no llamar, ni comunicarme con ninguno de ellos.

Tristemente en 1998 en Mitú, viví una experiencia del conflicto armado cuando era solo un niño, que fue la toma de la ciudad por la guerrilla. Un combate de tres días entre la guerrilla, la policía y el ejército. Destruyeron totalmente la población. Fue la primera vez que vi tal cantidad de muertos, macheteados, los perros comiéndose la carne de los muertos.

Yo estando en el ejército aprendí a cómo montar armas, como desarmarlas y como hacer armas caseras. Eso fue otro mundo. Por ser un joven obediente y por no ocasionar desordenes, fui escogido para la brigada móvil numero 31, escuadrón contra la guerrilla fase especial. Incluso una vez quedé entre los mejores de entre los soldados novatos. En ese entonces estábamos allá en Arauca y por toda la vía de la costa. Allá había mucho paramilitar, guerrilleros, de los diferentes frentes… por esto, yo estuve en 32 combates. En los cuales vi como mataban algunos compañeros.

Cuando vemos películas en la televisión pensamos “yo estando ahí hago todo perfecto, lucharía como el mejor”, pero estamos en un combate nos orinamos del miedo, cualquiera. Sabes que mueres si cometes un fallo, te tiembla todo. No eres capaz de disparar, no sabes donde apuntar. La conciencia se te va, prima el instinto de sobrevivir. El primer combate en el que estuve no disparé ni un solo tiro, nunca había sentido tanto miedo. Sentí como que ya estaba muerto.

A partir de ahí la experiencia y la vida cotidiana te hace fuerte en el combate y consigues seguir adelante y ver las cosas con más tranquilidad. Estuve un año y ocho meses. En ese entonces la orden del presidente Uribe era exterminar a como diera lugar a los frentes guerrilleros y autodefensas. Fue en el 2008 y 2009.

Estando en el ejercito vi muchas cosas desagradables… sobre todo en cómo era el comportamiento de un hombre necesitado, porque un hombre normal no se puede controlar ante su necesidad humana animal. Yo lo digo así. Vi también mucho como el hombre con poder y autoridad administra mal las cosas y abusa de los menores, pues yo miraba niñas de trece, catorce años, quince años, que no sé si eran inocentes o ya llevaban ese camino. Que iban a las garitas, iban a los batallones, solas o entre amigas. Y ellas no iban a trabajar, solo iban a acostarse con los militares, con los jefes. Pero yo no sé qué garantías les daban o no sé porque en Colombia a una mujer le gusta tanto el uniforme militar. Les atrae el uniforme militar. También vi como muchas que quedaban como madres solteras. Aún escuchaba de amigos que decían “estas niñas no saben lo que hacen, vienen, se acuestan y quedan embarazadas”. Y no saben que aquí nos quedamos una, dos o tres semanas y luego nos vamos para otro lugar. Allá hace lo mismo y se va para otro lugar, allá hace lo mismo y para otro lugar.

En la población de Cerrita, en la Arauca, me canse de ver eso. Había una niña de colegio, de catorce años de edad y el capitán, que yo entonces tenía, fumaba marihuana y en su locura quería acostarse con ella. Yo estaba prestando el servicio de guardia. Pues esta niña corría, pasó al lado mío, me agarró y llorando me decía que por favor no dejara que la cogieran.

Yo decía a mi capitán: “Capitán piense las cosas, esto no está bien”. Pero este con su autoridad me decía: “Usted es un soldado, que recibe órdenes”. Pero yo antes de ser un soldado y recibir órdenes soy una persona, tengo mis hermanas, tengo a mi madre y sé que a mí no me gustaría que a ellas les hicieran algo así. Entonces se me subió el enojo, le destrocé la cara y le partí un brazo. Me cogieron los compañeros y fui arrestado, a corte marcial. Pero por ser indígena y porque había sido líder, conocía a muchos paisanos por ese entonces. Logré quitar que me llevaran a la cárcel militar. Pero a consecuencia de eso tenía que cumplir con unas labores sociales y entonces me dieron la libreta militar de segunda. Que fue lo que más me hundió. Después de todo ese tiempo acabar así. La libreta de segunda es la libreta que le dan a alguien que no presta el servicio militar sino que paga por no hacer el servicio. Me dio rabia, pero era elegir eso o ir a parar cinco años en una cárcel militar.

Río Vaupés

Salí de ahí en el 2010 y estuve seis meses sin estudiar. Me regresé a mi pueblo al Vaupés a visitar a mi familia. Pensé que estarían bravos, pero no me importaba pues los quería ver. En ese entonces llegué con un sentimiento en el alma que necesitaba quitarlo, fui a ver a la chica que abandoné. Cuando se es joven se dice que se va a esperar, pero eso simplemente son palabras… Cuando llegué estaba comprometida, a punto de casarse. Creo que su objetivo siempre fue casarse joven. Pienso así.

En ese entonces, antes de regresar a Bogotá para continuar mis estudios de ingeniería. Tuve un accidente con una moto destrozándome el rostro y partiendome una costilla. Estuve en cama mes y medio. Gracias a Dios tengo una buena condición física y sané muy rápido. Después de eso tuve otro accidente con un tipo en una discoteca por su chica. Mi intención no era nada solo bailar, pero el alcohol cumple con su deber, así que me rajo una botella de ron en la cabeza, aún tengo la cicatriz. Me creó una herida en el cráneo que cuando estoy con tensión me duele la cabeza y puede matarme.

Yo creo que las cosas suceden para bien, nunca para mal. En un instante me daba rabia, pero al estar tranquilo, al estar calmado al no enojarme uno aprende a dominar la ira. Aprendí a dominar la paciencia, a escuchar, a comprender, a entender.

Cuando llegué a la Universidad Nacional de Colombia, no quise estudiar y aplacé el semestre. Pues se me había olvidado todo lo que había aprendido. En el ejército no enseñaban nada, solo a ser un soldado, a recibir órdenes y seguirlas. Pues en ese entonces me metí a estudiar un preuniversitario. Y nuevamente ya teniendo las bases fuertes, ingresé en la universidad.

En la universidad como dije, ya tenía contactos de mi primera vez y gracias a eso pues me fue mas fácil conseguir trabajo. Pero me sentí solo y alejado de lo que era mío, la selva, mi gente y quise buscar consuelo espiritual. Al comienzo busque en el cristianismo, pero conocí otros amigos indígenas que presentaron algunos abuelos aquí en Bogotá. Y gracias a eso comencé a acercarme a la parte espiritual, pero desde la perspectiva tradicional.

Pero yo tenía un problema y es que cuando yo estuve en el ejercito cogí el hábito de estar tomando trago. Mucho, demasiado. A pesar de todo el trabajo que hacían los abuelos conmigo, lo terminaba echando a perder bebiendo. Salía a beber dos semanas, tres semanas, varios días seguido sin parar…

Eso fue por el 2011, los abuelos, tras varias crisis con la bebida, me convocaron a una reunión. Un abuelo me dijo que yo tenía que irme a la selva, que llevaba mucho tiempo en la ciudad, en la bulla, había perdido la noción del silencio y de la palabra de origen, que buscaba algo que yo no entendía.

Con un profesor logré viajar a Leticia a seguir estudiando en la sede [de la Universidad Nacional] de allá. Se estaba formando el programa PEAMA [Programa Especial de Admisión y Movilidad Académica], algo que me ayudó porque di algunas asignaturas que yo no había podido hacer, por perder el semestre en Bogotá.

Comencé ese proceso espiritual en Leticia con mi hermano, mis cuñados. Ellos mambeaban y tenían su palabra de origen como witotos. Porque mi linaje por parte de madre es Witoto Ocaina. Comencé a entender, el significado de porque soy indígena, porque somos creados, porque el orden es así, a respetar a la mujer… Comencé a ir a las fiestas tradicionales y vi como el indígena estaba usando las cosas que sabían para mejorar, tanto en la parte turística como en la tradicional. En la relación de la parte espiritual con los procesos físicos.

Fui elegido como líder estudiantil indígena en la Sede Bogotá [Universidad Nacional de Colombia]. Así aparte como líder tradicional en el Círculo de la Palabra de Vida [espacio para los estudiantes indígenas de la Universidad Nacional] en la misma universidad, pero en Leticia. Pues allá fue donde nació el Círculo de la Palabra de Vida y de allá se trasladó a Bogotá. Solo que en Bogotá es mas pluricultural y llegan más abuelos.

Estoy desde entonces en esa búsqueda, aprendiendo cosas nuevas, nuevas formas de pensar, nuevas concepciones. Pero a diferencia de otros jóvenes indígenas no doy por cerrado lo tradicional ni que es para nosotros solos. Estar a la defensiva sobre los de fuera… criticando que vienen a investigar o a preguntar. Yo no tengo esa concepción, una de las últimas palabras que me dijo mi abuelo fue “ahorita tu cuidas pero más adelante quien va a cuidar, si los jóvenes ya no tienen esa preparación, ni la disposición”. Por eso las cosas de algunos abuelos se van a perder, se van a ir y van a terminar, algunos saberes, oraciones que van a acabar ahí, cantos que ya no serán los mismos ni tendrán el mismo origen. Decían “van a cantar cantos modificados, las fiestas ya no se hacen solo en los territorios, se hacen allá fuera, en otras partes, que no son nuestros territorios, pero vamos a ir a cantar”. Eran cosas que me decía cuando era niño y ahora que soy mayor veo todo lo que él me decía.

El pensamiento y el conocimiento humano no están solo en entender aquí, sino también en entender al hermano que viene de lugares desconocidos. Él [mi abuelo] decía, “aprender a escuchar, a entender, a deducir… pero hay que ir con cuidado”, porque también decía de no tomar todo lo que viene de fuera, porque muchas cosas que se traen no van con nosotros. Hay que saber distinguir que entender y conocer para saber que va o no va con nosotros.

Ellos, los abuelos, hablan en metáfora, uno tiene que deducir sus palabras.

Tengo pensado regresar cuando acabe acá. Allá mis hermanos están pereciendo porque no tienen conocimiento, no conocen como se juega con el conocimiento occidental. Somos muy niños aún en cuanto a conocimiento occidental. Ellos llegan y nos ofrecen una miseria escondido detrás de un telón bien bonito. Son los que van allá con proyectos, a explotar la tierra, a instalar industria. Entonces esa es la idea, tener indígenas antropólogos, ingenieros, psicólogos, estudiantes de ciencias políticas. Para entender el juego con el que ellos van. Yo si voy a regresar para criar también a mis hijos sin preocuparme que enfermen por la comida o algo, allá nosotros desde que está el niño en el vientre sabemos cómo se debe cuidar y proteger.”