Ser indígena en Colombia, una historia de vida (parte 1)

En septiembre de 2013 viajando por Colombia contacté con un amigo que a pesar de lo joven que era había tenido una vida muy intensa, así que marcamos un encuentro donde él hablo sobre su vida sin ningún tipo de interrupción.Infelizmente, la grabación se perdió un poco en el torbellino enorme de cosas que, por desgracia, estamos obligados de forma voluntaria a hacer en este mundo frenético. Hace no mucho decidí rescatarlo pues me pareció realmente interesante, un testimonio que merecía ser compartido.

Es un relato basado en la memoria, las palabras del protagonista son suyas, nacidas a partir de la experiencia, especiadas en el caldo del recuerdo. Por tanto invito al lector a leer la siguiente historia sintiéndose en una vieja casa de La Candelaria en el páramo de la fría Bogotá, pues fue allá donde se realizó la entrevista, o en una maloca en el corazón de la Amazonía en las orillas del río Vaupés, que es donde merecería ser contada. Lo que si no debería faltar es el mambe, pues es con mambe que se comparten las buenas historias.

Matis_Atlas5
Mapa de Colombia con las principales localizaciones nombradas por Jonathan en su relato (abrir para ver agrandado)

 

“Voy a hablar de conceptos un poco tradicionales. Del tejido de la corona. De mi mayoría de edad y de mi cambio de guayuco. Por eso mambeo”.

Él es un joven indígena, del departamento del Vaupés en la Amazonía colombiana. Como ya dije, a pesar de ser muy joven, su vida está marcada inténsamente por el peligro, la muerte, la aventura, el dolor, el amor, el aprendizaje y la experiencia. Este es un relato de lo que es él, de lo que significa ser un joven indígena en Colombia.

Mambear es masticar la hoja de coca, es un ritual que acompaña los momentos sociales, de intercambio y amistad. Se mambea cuando se cuentan historias, de los abuelos, de la tierra y del cielo. Él me indica como se hace.

“Cuando estas aprendiendo, mándalo debajo de lengua, lo humedeces y luego lo colocas en el cachete. Cuando no estás acostumbrado se te duerme la lengua”.

Cambia su tono de voz y mira al vacío.

“Yo nací en 1989, hijo de un mestizo y una indígena. Mi madre era del departamento del Amazonas, del pueblo Ocaina Huitoto. Viví con mi mamá hasta que deje de tomar del seno, momento en el que me fui a vivir con mi abuelo paterno. Con él aprendí las cosas tradicionales, aprendí el valor de las cosas de la naturaleza. De las que tienen vida y de las que no tienen vida. Aprendí como observar a las personas, como mirar su corazón. Aprendí los cantos y a como tejer la corona. Me contaba mi abuelo, que ya murió, que tengo que intentar ser como en el origen de nosotros, cuando entendíamos la tierra y salíamos del agua – para muchas culturas amazónicas el origen del hombre está en las aguas; en los ríos y lagos, comprensible en una tierra donde la vida gira en torno a las masas de agua-.

A la edad de un año y medio comencé a nadar en el río Papurí. Y cuando cumplí los dos años y medio ingresé a la escuela, allí aprendí otras cosas muy diferentes. A sumar y a contar, pero siempre intenté relacionarlo con aquello que me enseñaba mi abuelo. En escuela se enseñaba en lo que llamamos la lengua, o sea en tucano. Pero también gracias a mis amigos otras lenguas.

Encuentro del Papurí con el Vaupés

Cuando cumplí los cinco años tuve que aprender las tareas asignadas a los hombres. Comencé a probar la cacería, la pesca, la quema, la siembra, la recolección así como aprender el porqué nosotros estamos en este mundo y todas las simbologías de mi pueblo, como por ejemplo cuando se construyen –casas comunales amazónicas- las puertas de la maloca una se hace donde nace el sol y la otra se hace donde se oculta el sol.

Cumplido los siete años me fui para Mitu, la capital del departamento. Al llegar, en la escuela me pasaron un curso atrás por no saber hablar español, asi que tuve que comenzar a aprender para poder ponerme al nivel de mis compañeros. Ahí en la escuela aprendí una cosmovisión muy diferente de lo que es el origen del hombre, la formación del hombre, los objetivos de las personas. Por primera vez en mi vida me enseñaron que era ética y moral, nunca lo había escuchado. Durante esta época perdí la oportunidad de disfrutar de mi pubertad, ya que me pasaron muchas cosas que voy a relatar ahora.

Con ocho años volví al territorio –la comunidad- porque mi abuelo estaba a punto de fallecer. Fue duro para mi pues él me enseñó lo esencial de la vida como por ejemplo a que no me desviara, a donde tenía que regresar cuando me perdiera, a entender la esencia del espíritu, que no juzgara a las personas por su forma de pensar, que las entendiera, porque este mundo y esta tierra es para entender a los demás y para escucharles. Y si ellos están dispuestos a escuchar, enseñarles. Me enseñó a cómo hay que ver a una mujer. Ya que en mi cultura las mujeres son muy altivas, muy fuertes en su forma de hablar. Ya que ellas en su palabra como mujer dicen que las que dan a luz a guerreros fuertes y hombres fuertes es una mujer. Por eso es que el hombre antes de sí mismo, valora a su madre, cuida a su esposa y muere por sus hijas.

Mi abuelo me enseñó a hacer la maloca, a saber cuál es el ordenamiento de las cosas en la tierra y que todas las cosas de la vida se explican en la casa, en el hogar, en la maloca. Desde el punto del centro. Antes de que él muriera me enseño a leer las antiguas y sagradas escrituras que había en el cerro La Guacamaya. Pues yo no puedo decirle a ustedes lo que significan esas escrituras, porque no tengo el permiso y no tengo la edad todavía para decir. No tengo la vivencia aún para explicar. Solo puedo enseñarle el significado de esas escrituras a mi hijo primogénito. Así que esa parte si me salto.

Antes de regresar a Mitú, mi abuelo y mi familia me dijeron que me tenía que cuidar de ciertas cosas, pero no entendía de que cosas me tenía que cuidar. Ellos se estaban refiriendo a las cosas espirituales como la riqueza, la indulgencia, la mala decisión. En Mitú nuevamente, teníamos un conflicto armado y en ese entonces se producía mucha coca. Conseguí malas amistades e influí en la repartición de coca. Fui motorista entre los rápidos, ya que conocía los canales del río Vaupés, río Trato, río Papurí y un poco las ramas del Apapori. El querarí y un poco el alto querarí. Entonces junto con otros amigos entregábamos mercancía a donde nos dijeran que había que entregarla. Tenía nueve años.

Cuando cumplí diez años el dinero y la vida de derroche a una edad que no se debía, influyó en mi familia, yo no hacía caso a mi familia ni a nadie, una falta grave porque en el territorio mandan los padres y los abuelos.

Cuando cumplí los doce años me dijeron que o me corregía o me corrían de la casa. Y yo opté por irme de la casa. Pues a pesar de que era muy niño, tenía una forma de pensar bastante ambiciosa. De conseguir y conseguir. Yo creo que esa influencia venia de mi padre ya que cuando era joven antes de morir era como loco, tuvo otros dos hijos con una brasileira. Así que opté por irme para San Gabriel en Brasil donde mi hermano.

Estando en San Gabriel nunca dejé de estudiar, pero trabajaba. Yo descargaba lanchas y botes en el puerto de San Gabriel. Llegaba mucha mercancía porque por allí pasa el rio Negro que va de San Gabriel a Manaos. Al mismo tiempo mi hermano consiguió esposa y ella se quedó embarazada. Hay un refrán que dice: dos hombres en una casa y si uno de ellos consigue esposa, el otro va a ser piedra de tropiezo para la relación del otro hombre. Porque en cualquier momento si son jóvenes, un hermano puede desconfiar de su hermano. Y terminar en una guerra.

Entonces yo me volví a mi casa – la comunidad -, ya tenía catorce años. Hasta los quince años me gradué en el colegio departamental allá. En ese entonces conocí una chica. Su padre era de California y su madre de Guatemala. En ese entonces conocí por primera vez otras partes de la religión cristiana. Pues sus padres eran pastores de la Iglesia Puertas Abiertas en Mitú. Un movimiento cristiano. Ella nunca me habló de la palabra o de la biblia. Recuerdo que la primera vez que llegué ahí a la iglesia, creí que era la Iglesia Católica. Ya que mucho antes, pues cuando estuve en San Gabriel hice parte de la Iglesia Católica, aparte mis padres me inculcaron también en cristianismo católico. Así que yo ya tenía cumplido con todos los requisitos, hice la primera comunión, la confirmación y fui catequista. Por tanto cuando ingresé en otra iglesia tenía más o menos entendimiento de que era la Biblia. De los 15 a los 16 años estudié teología con los pastores padres de esta chica.

A mí personalmente esa parte de mi vida me parece interesante. El conocer no choca con el conocimiento, como digo yo. Ya que para nosotros no hay dios, bueno hay creador, un espiritu, es un todo. Y también tiene sus leyendas, donde él bajó como persona y se transformó, y creó. Y así, estudiando volví a sentir esa… como lo explico, es difícil explicar lo espiritual, volví a sentir… lo que había perdido y que ahí estaba otra vez.

Fue una época de formación espiritual muy fuerte en todos los sentidos. En lo tradicional me fui al Yabaraté para hacer el ritual del Yuruparí- ritual de paso de la pubertad a la edad adulta-. Consiste en ver cómo va a ser la vida de uno y prepararlo a uno para morireste ritual relaciona intrínseca y simbólicamente la vida con la muerte como parte de un todo-. Esa palabra, Yuruparí, significa demonio –Yuruparí para los tucanos era un héroe ancestral-. Lo utilizaban los jovenes que iban a ser guerreros y que iban a salir a luchar y a morir. Pero la verdad es que yo nunca terminé el ritual y por esto fui castigado y me marcaron las dos piernas con candela, en los muslos. El ritual consiste en prepararse ocho meses, uno hace su propio garrote, teje su propio guayuco, y el abuelo le da el cerro donde va a estar. En el cerro uno aprende el tejido de la corona y en esas uno aprende a cómo hacer veneno, como hacer mal, como hacer bien. Uno no puede mirar mujer, no puede comer salsa, ni grasas, ni pescado quemado, ni casabe quemado. Toda la comida tiene que ser preparada por una anciana. Y uno tiene que aprender a alimentarse del medio espiritual. En esas uno también tiene que hacer un garrote para golpearse. Faltando dos meses para acabar entré a ver los instrumentos de visión y a preparar el yajé. Yo no quise entrar y rompí el garrote. Quebré la corona y me arranque el brazalete. Yo pensé que es mejor uno a veces no conocer cómo va a ser la vida, sino que hay que aprender a tejer el camino. Por supuesto los ancianos vieron que era muy rebelde y optaron por marcarme a fuego con candela.

Volví a la comunidad y seguí con mis enseñanzas del cristianismo, con la vida que tenía, con la chica de padres gringos. Pues fue muy bonito, pero uno de joven a veces tiene que tomar sus decisiones. Mis padres querían que yo me casara y los padres de la chica también. Porque era mi pareja, yo tenía 16 años. Querían que me casase apenas cumpliera la mayoría de edad. Yo preguntaba el porqué y ellos me decían que era un mandato bíblico. Pero yo la biblia la leí… y si uno lee la biblia esta dice todos tenemos libre albedrío. Uno decide si si o si no. La misma biblia dice que hay etapas en una relación. Y son procesos que hay que ver y entender. Entonces yo no quise. Y volví a decidir en mi vida que me iba.

Así que cuando me iba a casar me escapé. Yo vivía con ella y trabajaba, y me iba muy bien. Pero aún así me escapé, sin avisar a nadie. Fue la primera vez que yo salí a Bogotá. Yo llegué a Bogotá antes de cumplir los dieciocho. Llegué como en febrero, del 2007. Y llegando aquí conocí amigos indígenas que también estaban en ese mismo proceso desde niños, aunque tenían una mentalidad ya muy de acá, muy de la sierra. Comencé a estudiar en la Universidad Nacional de Colombia en ingeniería química, donde estoy actualmente, pero me iba a pasar algo que iba a retrasar mis estudios.

Fui invitado a un evento en Cartagena, pero uno como joven siempre toma decisiones a última hora y opté por irme al llano. Allá un día almorzando mientras viajaba de vuelta a Bogotá fui reclutado por la brigada nº52 del Ejercito Nacional de Colombia. Tenía 18 años y en ese momento no tenía un carnet vigente, no tenia cedula indígena, aunque físicamente sea indígena. Pero para el ejército alguien no es indígena si no tiene un papel escrito que lo diga. Fui reclutado a las 13:00 horas a las 17:00 nos estaban haciendo las pruebas y a las 18:00 estábamos viajando al cuartel en Arauca”. [La situación descrita fue durante un repunte del conflicto armado durante el gobierno de Álvaro Uribe, famoso por su política de intensificar el conflicto. Era la época del reclutamiento forzoso y de los falsos positivos. Hoy en día, felizmente, la situación ha mejorado y se está negociando la paz definitiva. El propio protagonista me ha recomendado poner en evidencia la mejoría significativa de la situación].

A causa de la duración del relato y para adaptarme al formato blog, está dividido en dos entradas. La próxima entrada será publicada en breve con la continuación de la historia.