Seamos realistas, las personas pobres no son libres

Cuántas veces nos hemos preguntado por la forma de vivir de otras personas. Cuántas veces hemos dicho: “este o tal problema se resuelve así de esta manera”. Nuestra forma de percibir la realidad está condicionada por muchas cuestiones, una de ellas es la porción del concepto de libertad que nos toca gozar. Y allí tenemos el primer problema, vemos al resto de la sociedad desde nuestra porción de libertad.

Hace un tiempo, leyendo una entrevista al filósofo Tzvetan Todorov este decía más o menos así: “las personas pobres no son libres” y pone como ejemplo el siguiente: si está fuera de tu alcance económico acceder a la cura de tu enfermedad, si debes abandonar el techo en el que mal vives porque no tienes dinero, dejas de ser libre. No puedes ejercer tu libertad si no tienes el poder de hacer.

A veces cuando observamos la realidad con pretendido ojo científico, lo hacemos desde nuestra posición económica o desde nuestra posición de clase. Ella nos condiciona inobjetablemente dado que desde que nacemos generalmente pertenecemos a la misma clase.

¿Y qué pasa cuando desde una clase económicamente mejor se observa a otra más desaventajada? La clase media tiene la extraña rareza de ver hacia arriba y hacia abajo, ambos con distintos grados de perplejidad. Hacia arriba como anhelo, con envidia. Hacia abajo con miedo a perder lo que se tiene y adonde se pude caer.

Las clases más desaventajadas padecen algunas urgencias, entre muchas que acá no se relatan, que quizás en los discursos de la clase media, no solo la pedestre o de la calle sino la académica, la que se ha educado con el esfuerzo de los padres, definitivamente no entiende ni comprende.

Partamos de esta idea: Como clase media (construcción teórica igualmente laxa como pocas y a la que en definitiva nos agregamos por cuestiones tales como gustos, bienes culturales consumidos o modos de ver el mundo) sus miembros planifican y proyectan sus vidas hacia el mediano o largo plazo, ejemplo de ello sería: qué estudio durante los próximos diez años (entre carrera de grado y posgrado). El automóvil que se va a tornar obsoleto dentro de tres años. La hipoteca de la casa a veinte años, etc.

Pero para las clases más bajas esas inquietudes a mediano y largo plazo no existen. Tienen un frente de tormenta a diario con reclamos más concretos o menos “existenciales”: hay que enfrentar “la diaria”, es decir, las demandas más mundanas y concretas como el proveer de alimentos a la familia en el día, cosas que para las clases medias y altas se soluciona abriendo la alacena o recurriendo a la compra mensual en las cadenas de hipermercados, circunstancia sobre la que me explayaré más adelante.

Ese “cortoplacismo”, el vivir el a día a día hace que cada día sea una aventura. Llegar a desde levantarse y llegar a la escuela, hasta el problema de resolver que se cena esta noche. Quien ha vivido contando las monedas para saber si el día de hoy come o no es quien puede dar acabada cuenta de ello. Además parece un chiste de humor inglés, ¡ser pobre sale caro!

Ser pobre sale caro atento a que las tasas de los mini créditos a los que debe acceder son mucho más caros que los que pueden obtener las clases altas y medias dado que tienen con qué afianzar sus deudas y los pobres no. Asimismo en muchos países la batería de impuestos regresivos hace que se graven con altos impuestos los bienes de consumo, justamente los pobres, las clases más bajas son quienes en su relación haberes-consumo agotan sus ingresos en bienes consumibles con altos impuestos. Es decir, el pobre paga más impuestos, proporcionalmente hablando, que el rico.

Entonces el valor libertad, tan caro en nuestras tierras y que costaron ríos de sangre conseguir, se va al garete cuando este y otros valores se tornan meras enunciaciones formales carente de sustento material.

Nuestras libertades individuales se tornan así en una mera quimera.