El saludo y las preguntas No se encontraban alejados del mundo, pero había pasado que el resto del mundo de forma inexplicable, se había olvidado de ellos.

El saludo y las preguntas

Los tiempos se mueven galopando y las épocas terminan cabalgándolas. La una se siente por encima de la otra, sin darse cuenta que ambas han sido paridas por el mismo demonio. Así ambas caminan agarradas de las manos y a su paso ven las praderas, las montañas, los poblados gigantes y descomunales. Sonríen mientras ven aldeas, convertidas en pueblos y estos convertidos en grandes ciudades. Se burlan de las fronteras que se han marcado con el hito y el mojón. Se carcajean cuando ven que los hombres son solo vecinos, y que como tales, a veces ni se quieren ver.

Así los tiempos y las épocas que se vanagloriaban de haber logrado tanto, y en una de sus travesías encontraron algo que pensaron que jamás volverían a ver. Era una tierra desconocida aún para ellos. Un lugar que no se parecía en nada a los demás. Las personas no tenían las formas que conocemos, algunos tenían dos cabezas y dos rostros, y otros solo una de cada una. Algunos caminaban en forma recta y erguida y otros parecía que tenían una pierna más larga que la otra, y su andar era irregular y torpe, otros jorobados en exceso como si llevaran en las espaldas una piedra pesada y fea. Sus ojos eran negros y acuosos, enormes como platos soperos. Los brazos los tenían elevados a la altura de los hombros y al parecer no podían bajarlos, pues no sentían ningún cansancio de estar en tal posición. Por tal motivo estos seres no podían acercarse los unos con los otros con tanta facilidad, y en el mejor de los casos les servía básicamente para hacer una distancia con los otros.

Algo que los tiempos y las épocas pudieron notar, es que todos estos seres parecían diferentes, pero en realidad todos ellos eran demasiado parecidos, pues todos tenían algo en común… su fealdad, aquella rareza extraña, casi llamada monstruosidad.

Mientras caminaban los tiempos y las épocas por las calles de aquel lugar, poco a poco se fueron acostumbrando a ver aquellas rarezas, que se movían por todo el lugar, como si nada estuviera pasando de extraño. Aquellos seres vivían sin mayor complicación y tenían los mismos problemas que los seres perfectos del resto del mundo.

En aquel lugar se dio una escena que los tiempos y las épocas nunca olvidarían. Ese cuento ellos me lo contaron y ahora yo se los cuento a ustedes, no para que se quede en los recuerdos, sino más bien para que uno se entere que… existen siempre otros lugares y otros seres, que por más raros que parezcan, son más parecidos a nosotros de lo que nos podemos imaginar.

Existía esta tierra conocida con el nombre “siempre olvidar”, y en sus terrenos habitaban seres que por lo general olvidaban las cosas que pasaban y si algunos recuerdos tenían, estos eran casi siempre incompletos y para colmo de males, versiones diferentes de la realidad. Las personas vivían en paz, y casi nunca tenían conflictos, pues cuando empezaba alguna trifulca, por lo general en un poco tiempo lo olvidaban. No se encontraban alejados del mundo, pero había pasado que el resto del mundo de forma inexplicable, se había olvidado de ellos. Esta tierra era privilegiada, pero no tenía los medios para poder lograr potenciar su economía y por ello había optado por quedarse en el atraso y las vidas allí transcurrían de forma lenta y la muerte también tardaba en llegar.

En una de las calles de esa ciudad vivía el Saludo, un ser simpático, de estatura privilegiada y con un rostro que sin el ánimo de ofender a nadie, pues nada envidiaba a los rostros de los hombres más hermosos de cualquier ciudad. Este personaje era bien querido en el lugar, pues era bastante amable con los demás. No se encontraba malicia de solo verlo y casi por lo general, sin que se le dijese nada, era él mismo quien empezaba las agradables conversaciones.

Los hombres le tenían mucho respeto, y seguramente se lo había ganado, y más de una de las mujeres había caído en sus brazos, presa de sus amores y de sus artimañas con sabores dulces. El Saludo, era una habitante de esas tierras casi desde el principio de los tiempos, incluso se decía que él ya estaba aun cuando los hombres ni siquiera sabían gesticular una pequeña palabra.

Por eso la gente lo respetaba en demasía y aprendieron de este, también el arte de saludar. Y así vivieron por muchos muchos años y nunca nadie le vio nada de malo a aquella situación.

Pero las cosas cambian, las personas cambian y donde los padres aprendieron algo, los hijos ya no recuerdan más. Al pasar el tiempo, muchos hombres y mujeres se habían marchitado en la ciudad, y con el paso de los años, nuevos rostros se veían floreciendo, las calles tomaban nuevas formas y las formas de comunicarse ya no eran las mismas.

Un día el Saludo caminaba presto como cualquier otro, él no envejecía y siempre se decía que jamás se marchitaría. Saludaba a todos y todos le contestaban, aunque las voces ya no eran las mismas de antes, pero aquello no le importaba, sabía que mientras a aquellos seres le respondieran, él seguiría vivo y con las mismas fuerzas.

Una tarde paso por casualidad, por uno de los bellos parques de aquella ciudad. Habían muchos niños jugando en el lugar, y solo Dios sabe lo que a Saludo le habría pasado por su pensar. Miro con ojos de rapiña a aquellos pequeñuelos, y sin pensarlo dos veces, se lanzó a por ellos. Él pensaba que si los adultos con gran dificultad contestaban a sus saludos, pues eran los niños los que una vez domesticados, serían los que nunca dejarían de responderle a sus fraternales palabras.

Se acercó a un grupo de niños y con gran entusiasmo les saludo, más estos no le contestaron. Saludo volvió a lanzar sus coqueteos y la respuesta fue la misma que la primera. Los niños ni se inmutaban ante su presencia. Así que decidió tomar medidas drásticas y de un grito plasmo su presentación, recién los niños lo miraron aunque todavía no le decían nada. Saludo se acercó más a ellos y estos cuando vieron su sombra, voltearon para verlo. Les pregunto de forma directa: ¿Por qué no responden a mis saludos? Los niños luego de hacer un largo silencio le contestaron: ¡porque sus saludos para nosotros no tienen ninguna importancia! Y casi al mismo tiempo le hicieron la siguiente pregunta: ¿y porque tendríamos que contestarle! Usted es un ser extraño y desconocido para nosotros y nosotros podemos ver que su corazón no es puro.

Pero de que están hablando –respondió Saludo-, como pueden hablarme de esa manera tan arrogante. Acaso no saben quién soy.  Pues para que se informen yo soy Saludo, el hombre más respetado de esta ciudad. Cuando yo camino por las calles todos me rinden pleitesía cuando les lanzo uno solo de mis famosos alaridos angelicales. Todos responden mis saludos, porque saben que si no lo hacen, recibirán la peor de las sanciones, la de los hombres, aquel castigo que dice que si no haces lo que los demás, pues entonces por lo menos serás proscrito, en el mejor de los casos. Los niños lo miraban y parecía que no lo escuchaban. Y continuaron con su rutina picaresca en la que se estaban divirtiendo. Saludo se sintió triste y al no poder soportar más, comenzó a llorar, los niños hicieron una nueva parada y se acercaron a Saludo, vieron sus lágrimas y se compadecieron de él. ¿Porque lloras le preguntaron? Y Saludo les respondió: ¡porque ahora me estoy dando cuenta que mi tiempo ha terminado, pues yo también debo marchitarme y al fin desaparecer! No es culpa tuya le dijeron los niños, seguramente es cierto que en tu época todos respondían a tus palabras, pero ahora ya no es así. Hoy los hombres solo te utilizan para hacer daño a los demás. Por eso los niños como nosotros ya no creemos en ti. Sin más se alejaron del lugar.

Estando Saludo caminando por cualquier lugar, se dio cuenta que para él eran todos los días iguales. Saludaba a todos con gracia y vehemencia y siempre recibía las mismas congratulaciones de todos. La gran mayoría le hacía reverencias y prácticamente se postraban frente a él, los menos por lo general en lo mínimo le sonreían y le miraban con ojos de candor.

Aquel día Saludo deambulaba por todas partes y se sentía de lo más complacido consigo mismo, pero hasta él sentía algo de cansancio, pues no todo era recibir alegrías, y sentándose en las faldas de un árbol de molle, que tenía las ramas tan largas que casi llegaban hasta el suelo, se dispuso a descansar luego de tan tediosa jornada llena de quimeras para los demás.

Mientras comenzaba su letargo se puso a pensar en lo bello de su existencia y de su inmortalidad, sintió un goce especial, como cuando el sediento se toma una poca del agua más natural y cristalina. Poco a poco entro en un sueño demasiado placentero y estando en tan alucinante divagación se vio varado en los lugares más hermosos de esta tierra, en aquellos de ensoñación. Allí… Saludo, era el rey de todo y de todos. Nada tenía de que preocuparse y todo era felicidad. De pronto se despertó, ya que un viento tibio le empezó a masajear el alma y unas gotas de savia de aquel árbol le hicieron abrir los ojos. Dice la leyenda que debajo del árbol de molle los malos espíritus se cobijan en él y lanzan malos presagios a los que por casualidad se quedan tan solo unos pocos minutos debajo de este extraño ser.  Pero a veces los sucesos no siempre resultan como la leyenda lo cuenta. A veces, seres de leyenda extraños como aquel árbol, pueden también ser mudos mensajeros de lo que se viene más adelante.

Adormecido por el sueño interrumpido, Saludo se puso en pie, y noto que tenía un leve dolor de cabeza, al principio no le dio importancia, pero tras caminar una buena distancia y después de haber pasado varios minutos, sintió como sus fuerzas se estaban descompensando. Era algo que él no podía creer porque desde que tenía recuerdos, siempre había sido duro como un roble y hasta donde recordaba nunca se había enfermado de mal mundano y natural. Sintió que su inmortalidad se le estaba yendo y era algo que él no podía creer.

Se puso terco frente a la situación y erguido con todas sus fuerzas estiró los brazos hacia los cielos y echó un gran grito de dolor.  De pronto todo se quedó en silencio y una extraña bruma envolvió el lugar. Luego de unos segundos Saludo sintió un extraño alivio en su ser y se dió cuenta que estaba tirado en el suelo y por algún extraño suceso no podía moverse, y en aquel lugar todo estaba desolado. La niebla se hizo más espesa y a Saludo se le acababan las fuerzas. Se fueron cerrando sus ojos y todo se volvió gris.

Del gris acaudalado que mancillaba su orgullo y soberbia empezaron a salir unos pequeños rayos, enanos chispazos de alguna rara energía, colores rojos y azules y en un fondo que era solo tinieblas. Cientos de voces se escuchaban y a ninguna se la podía identificar. Saludo le decían… ¿tú eres el inmortal? ¿Qué haces ahora en este lugar? Pero nadie respondía. Solo se podían vislumbrar aquellas extrañas figuras con sus colores que brillaban sin hacer daño a la mirada de nadie más. Saludo miró con cierto detenimiento aquellas alucinaciones, mezcla fantasmal de seres horripilantes que solo sabían gritarle su nombre, como si este fuera motivo de mofa.

El tiempo en aquel lugar era difícil de comprender, y a “saludo” poco a poco le fueron volviendo las fuerzas. Noto que podía respirar con cierta seguridad y sintió que su alma volvía a penetrar en él. Sentado y muy cansado todavía, encorvado por la fatiga. Sintió algún alivio al verse nuevamente con algo de aquellas fuerzas de las que siempre se había jactado.

Saludo no sabía lo que le había pasado, pero si estaba consciente de algo, y es que en el lugar donde ahora se encontraba, ya no era la tierra donde todos lo admiraban. Comprendió que alguna fuerza sobrehumana lo había arrastrado a ese espacio oscuro y deforme, y entró en cuenta de que ya nada podía hacer. Por un par de minutos sintió una gran tristeza en su interior y miraba sus brazos antes fuertes que ahora perecían temblar casi sin parar. Paso un tiempo más, y las voces acallaron, un silencio invadió el lugar.

Estando sentado allí, Saludo miraba a todas partes y casi nada podía ver. Trataba de gritar con todas las fuerzas que le quedaban pero al parecer el sonido había desaparecido del lugar y ni siquiera él podía escuchar su propia voz. Así agachó la cabeza en señal de resignación y así quedó por unos instantes.

De pronto la oscuridad comenzó a tomar múltiples formas, y de tanto en tanto algunas siluetas se notaban pero nadie decía nada. La angustia invadió a Saludo y se sintió más abandonado que nunca en aquel lugar de oscuridad. Se preguntaba ¿Cómo era posible que todo aquello estuviese pasando y él no podía hacer nada por comprender la rareza de esa situación?

Sin más ni más, algo raro sucedió, los sonidos se comenzaron a manifestar, eran los sonidos de las manecillas del reloj, pero no de un reloj cualquiera, el sonido era nítido, un reloj antiguo envuelto en caja de madera, de esos que fueron la gloria de siglos atrás. El Tic tac del reloj no paraba, y a medida que pasaban los segundos, el rítmico sonido comenzó a cambiar, de lento y aburrido segundero a un melodioso tic tac fue a parar, hasta convertirse en una agradable especie de tono musical. Aquel sonido le abrigaba el corazón y por algún motivo sentía a su alma alegrar.

De un solo golpe, las melodías pausaron. De las tinieblas una tremenda llamarada salió y esta parecía dispuesta a quemarlo todo. Un cuerpo fue formándose mientras el fuego desaparecía, y sabe Dios si ser cualquiera hubiese soportado el miedo que en aquel lugar se respiraba. Un ser extraño se manifestó, apenas y llegaba al metro de altura, regordete y apestoso, y tenía unas patas como de gallina con cicatrices por todos lados, sus brazos eran largos y casi le llegaban al suelo y tenían un color medio morado, como si estuvieran algo podridos, sus manos tenían dedos alargados y deformes, con uñas bastante puntiagudas que mostraban que siempre eran usadas para el desgarre y un olor a sangre se podía sentir en ellas,  el cuello lo tenía demasiado inclinado y una especie de joroba le salía de aquella y se notaba que con esfuerzos podía mirar hacia los cielos, el rostro de aquel era delgado y alargado, con una quijada que parecía estar colgante, algunos pelos se notaban y estos a su vez querían ser un especie de barba, los ojos eran redondos y negros, endiablados como la noche, y en ellos se reflejaba todo lo que este ser miraba. Aun así, la mirada bestial de aquel tenía algo de paz.

Parado se quedó allí mirando a Saludo, y un raro deprecio se podía sentir hacia la existencia de aquel que se encontraba pálido y débil en señal de postración. La bestia aquella dio un par de pasos, casi sin hacer ruido alguno, y estando ya frente a Saludo no dejaba de apuntar sus miradas de odio sobre este.

Saludo, estando tan débil subió la cabeza con gran esfuerzo, y lo hizo más por dignidad que por fuerza natural. Miró a la bestia, vio sus deformidades y sus rasgos horrorosos, y al mirarle a los ojos, vio en ellos una oscuridad tal, que con solo verlo se le vaciaba el corazón. Así se dio cuenta que aquel ser extraño no era alguien con maldad en realidad.

¿Quién eres le pregunto? Mientras apoyaba sus rodillas para intentar ponerse de pie. La bestia no dejaba de mirarle, y nada le respondía.

¡Oh! maldito ser que me tienes aprisionado en estas sombras, por lo menos compadécete de mí, y respóndeme algo. No ves que el silencio y las penumbras están terminando por consumirme. Pero la animalesca presencia nada le contestaba.

Al cabo de unos minutos a Saludo le invadió la incertidumbre, y sintió un dolor en su interior al verse solo y abandonado. Comenzaron a brotarle las lágrimas y sintió compasión de sí mismo.

Que pude haber hecho para recibir tanta desgracia en tan poco tiempo. Se decía mientras secaba aquellos ojos mojados.

Las grandes deidades se han debido empecinar conmigo, por alguna falta que yo les hubiera hecho. Pero yo no recuerdo ninguna ofensa hecha para con ellos. Y solo puedo decir que esta desgracia es la que me tenía que acometer

Ahora estoy sentado frente a este ser sombrío y es insegura mi realidad. Quizás este gigante me someta y apuntale mi existencia en esta oscuridad. Quizás es tiempo de que desaparezca por el bien de los demás. Así lloraba “saludo” su desgracia, y de rato en rato cerraba los ojos, como esperando el golpe letal. Más este nunca llegaba… y al contrario, un sonido ronco se escuchó… la bestia comenzó a hablar.

¿Quién es aquel que osa invadir mis designios? –Grito— ¿Que se presente aquel que rompe el silencio de mi oscuridad? Todo quedó en silencio.

Saludo no sabía que decir, siempre había saludado a todos y todos siempre le habían tratado con respeto y admiración. Pero en esta oportunidad, algo dentro de su ser le decía que quedara callado, porque sentía que algo estaba en riesgo… su vida.

La bestia comenzó a replicar: odio a los invasores y odio sus olores extraños, porque ensucian mi atmosfera de paz. Exijo al desgraciado invasor se me presente, puesto que mi olfato es perspicaz y nada tardaré en encontrarle y juro que si lo hago, la sentencia enorme será.

El monstruo dando un giro lento y castigador grito: ¿Dónde estás asqueroso pedazo de nada? ¿Crees que puedes esconderte de mí? Que inocente ser eres al pensar que puedes huir de aquí. Tarde o temprano te llegaré a encontrar y ten por seguro que te haré pagar.

Al oír estas palabras Saludocomprendió que no podía quedarse por más tiempo oculto en la oscuridad. Así que decidido a enfrentar su suerte… de un salto se puso en pie y dijo: Aquí estoy bestia inmunda, yo soy quien ha invadido tus territorios. No temo  el enfrentarte, porque ningún mal te he hecho, y si por no hacer nada tienes que juzgarme, pues ven maldito, que aquí te espero.

El silencio nuevamente se apoderó del lugar, y Saludo ya no sabía que más hacer, compendió que había delatado su posición, y en esas circunstancias ahora su vida estaba totalmente expuesta. Miró a un lado y miró al otro, y dió media vuelta como queriendo sorprender a cualquiera, y mientras lo hacía el miedo hacía carne de él. Su respiración se puso tosca y en semejante oscuridad nada podía ver.

De pronto sintió de la nada la cercanía de una presencia, se quedó inmóvil, pasmado frente a ese ser que desconocía y que ahora nada le decía. Luego de unos cuantos segundos y al ver que la bestia nada hacía más que mirarle, Saludo comprendió que debía tomar la iniciativa si quería salvarse o si por lo menos intentaba saber dónde se encontraba.

Se llenó de valor y pregunto: ¿quién o que eres tú? Si tanto exiges que me presente, pues ahora yo exijo lo mismo, y así ambas almas podrán congraciarse.

La bestia respondió: He conocido muchos seres bañados en soberbia y con el paso del tiempo al encontrarlos aquí, los he ido eliminando, pero tú hueles diferente. Siento en tu olor un vació que me dice que tú nunca debiste existir. Y si tu existencia no tiene sentido para mí, pues el eliminarte tampoco tiene algún valor.

Saludo se quedó sorprendido y no llegaba a comprender lo que estaba pasando, ¿Cómo era posible que aquel ser infame no valorara su existencia? ¿Cómo podía haber en este mundo o en aquel, ser alguno que no lo conociera?

Así que Saludo pensó que era hora de defenderse: Yo soy Saludo le dijo, y me sorprende que hasta un ser como tú no me conozca. He caminado por todo el mundo y en todo el mundo siempre he sido bien recibido. Los hombres y las mujeres me veneran y no existe generación alguna que no me respete al simple toque de escuchar mi nombre. Estando ahora frente a ti, exijo una audiencia justa, pues si eliminarme debes, al menos quisiera saber el por qué.

La bestia se quedó impávida y al ver semejante gallardía, comprendió que no estaba frente un ser normal. Así que sin perder más tiempo contestó: Me sorprende tu elocuencia y admiro tu razón de justicia. Pero debo advertirte, aquí la justicia no existe, porque la justicia soy yo, y así como mi mundo es la oscuridad, pues poco veo en los demás. Por eso los engullo y los desaparezco, porque para mí ellos son seres incompletos, seres que solo ensucian mi oscuro mural. Así como tú en este momento, que interrumpes mi descanso y mi paz. Pero aquí donde me vez con formas monstruosas, soy un Dios entre los Dioses y este es mi reino y de nadie más. Así que te daré el chance de que me cuentes tu verdad. Pero debo advertirte, tu juicio empezará perdiendo, porque el solo hecho de estar en mis tierras es una afrenta con pena de muerte.

Saludo se sintió atormentado con la última sentencia que la bestia le había dado. Cargo todo el aíre que pudo en sus pulmones, y con una cierta calma respondió: eres justo hasta en mi desgracia, y si mi existencia debe llegar a su fin, que sea por lo menos con  intento sobrador.

Saludo comenzó a contar su historia: Sabes mi querido amigo deforme, -dijo-, en realidad yo no sé cuándo empezó el día de mi existencia, pero sí sé que llevo miles de años en el mundo de los hombres. Recuerdo aquel día cuando de la nada, abrí mis ojos y todos me miraban con asombro y ternura. De allí en adelante comencé a saludar a todos y debo admitir que todos me respondían con gran alegría. Así supe cuál era mi función en este mundo y desde entonces nunca paré… hasta hoy.

He visitado prácticamente todos los espacios, lugares y recovecos donde habitan los seres vivos y me he rozado con seres de toda calaña. Yo no soy ni seré un Dios como tú, pero la humanidad me venera como si lo fuera. Todo a causa de mi magia inmaterial y por mi gran capacidad para dominarlos. Yo provengo de los lugares más humildes y sencillos, de allí de donde los más pobres, son en realidad los más ricos, porque pueden dar en un saludo toda su vida y sus esperanzas. Allí me hice fuerte, en los inicios del hombre, porque desde el principio ellos no sabían el significado de la lealtad, de la amistad y del valor. Pero no eran seres bárbaros como todos creen o como las historias cuentan. En realidad siempre fueron seres majestuosos, capaces de realizar las más grandes proezas, solo necesitaban que alguien les hiciera notar. Allí es donde yo aparezco, y como por embrujo, les hecho mis lirios, enseñándoles el respeto para con ellos y para con los demás. Ellos en agradecimiento me bautizan con el nombre de “Saludo el grande” aquel que hace que los hombres se reconozcan en cualquier lugar. Engendro emperadores, sultanes y visires y ellos en agradecimiento me vuelven más grande con cada día, Saludo se vuelve más importante cada vez que lo mencionan. Así fui tomando forma y así fui tomando vida. Los hombres y las mujeres ya no podían existir sin mí, y olvidar mi nombre y no rendirme pleitesía, fue castigada con la peor de las sanciones… el desprecio de los demás.

Pronto mi nombre entro en los parámetros de la vida común y así fui formando a los hombres, bajo la sombra de mi fuerza que se volvió trascendental. Así en el mundo me volví casi omnipotente, porque los hombres decidieron que ya no podían vivir sin “Saludo el grande”. Por donde quiera que iba todos mencionaban mi nombre, todos se saludaban entre todos, y era norma sancionable el que no lo hicieran. Así con el tiempo comencé a pasear por el mundo y donde me veían todos me reconocían. Sabiendo la fuerza de mi poder muy pocos fueron lo que desobedecieron mis mandatos, y no es que yo hacía justicia con los ojos cerrados, yo casi ya no tenía que hacer nada, porque eran los mismo hombres los que me daban mi lugar y eran ellos mismos los que hacían justicia moral. De esa manera, mientras amanecían los días, yo nacía junto con ellos, y así fui invadiendo el mundo y si no hubiera sido porque ahora me encuentro en este lugar, seguiría gozando de aquel éxtasis que da el sentir del poder sobre los demás. Pero ahora debo parar en mi relato, porque no me interesa que me conozcas, en realidad lo único que quiero saber es porque estoy aquí en este espacio que se parece a la nada. Saludo se calló.

La bestia se quedó inmuta y parecía que no entendía de lo que hablaba aquel ser frente a él. Sus facciones mostraron líneas de duda, y casi por mera curiosidad lanzó la siguiente pregunta: ¿Por qué siendo “Saludo el grande” eres importante en el mundo del que vienes? ¿Quiénes son los hombres, porque yo nunca había escuchado hablar de ellos? Si pudieras aclararme todas estas dudas te estaría muy agradecido.

Saludo, intuyó una cierta inocencia en esas preguntas, pero también se llenó de un vació extraño, al ver aquel ser que estando dentro del círculo de alguna deidad, pues no había escuchado ni siquiera un poco de su nombre.  Eso le llenó de congoja y de un miedo aterrador, porque entendió que si para aquella bestia su existencia era desconocida, pues poco le importaría deshacerse de ella. Saludo comprendió que sus posibilidades de sobrevivir se reducían, así que decidió arriesgarse, y armándose de valor comenzó a dar respuesta a las preguntas de aquel ser.

Saludo dijo: Quizás no soy el más indicado para explicarte que es un saludo, pues el saludo yo mismo soy y toda mi existencia goza de valor por ello. Pero tratare de dibujarte un paisaje de lo que soy.

Todos los días cuando mujeres y hombres, niños y niñas despiertan con los aires del nuevo amanecer entran en cuenta acerca de la soledad de sus existencias y como son seres que viven en grupos y que aprecian la comunidad, pues buscan con ansias el tratar de vivir un día más. Ellos necesitan siempre de ciertas quimeras para acercarse los unos a los otros y por eso me inventaron a mí, el saludo, quien aunque al principio no tuvo tanta fuerza, con el paso del tiempo adquirió un poder descomunal. Yo saludo a unos y otros y ellos a su vez deben de saludar a los demás. Allí radica mi fuerza, en la capacidad de lograr que todos se unifiquen bajo mis designios.

Los hombres extraña criatura, no son diferentes de los seres que pasaron  por tus lúgubres tierras,  eso te lo puedo asegurar, por eso creo que si nunca oíste hablar de los hombres, pues déjame que te cuente como son ellos desde que aparecieron en su mundo.

Los hombres son seres mezquinos y egoístas, a menudo solo piensan en ellos y han creado grandes agrupaciones a las que llaman ciudades y en estas han ido reuniéndose paulatinamente, pues ellos no pueden vivir solos, necesitan de los demás, quizás allí radica su debilidad, ya que en el fondo cada uno de ellos dependen de los demás, pero casi nunca lo quieren admitir.

Pues bien, es justamente en estos lugares de reunión donde han ido poniendo ciertas reglas para que ellos mismos puedan vivir en una cierta tranquilidad, a eso ellos le llaman vivir en paz, y para lograr esa paz imaginaria han ido creando ciertas normas que se conocen como leyes y estas son cumplidas por todos ellos, como una especie de mutuo acuerdo, más estas leyes aunque en su espíritu son de alcance para todos en la práctica la mayoría de las veces no sucede así.

Los hombres han ido complicando cada vez más sus vidas y ahora cada nuevo ser que nace debe invertir la mitad de su vida para comprender el funcionamiento del grupo, porque de otra forma será considerado un loco, o un desadaptado y por último un criminal. Así son las cosas por allá, los hombres son seres demasiado temerosos, temen a la muerte y por ello no viven como quisieran, viven toda su vida buscando bagatelas y no entienden que con cada día su tiempo se acaba. Pero qué le vamos a hacer los hombres son así y dudo mucho que cambien, llevo con ellos miles de años y si bien han crecido de muchas maneras, en lo más simple siempre se están equivocando. Y si te preguntas que es lo más simple te lo diré: lo más sencillo de los hombres es su propia naturaleza, aquella que indica que desde que nace solo debe hacer una cosa… vivir, pero el hombre no lo hace, cree que vive, porque las normas o las leyes y los demás le dicen que está viviendo y ese cuento se lo ha creído desde hace mucho tiempo atrás.

De esas inequidades vengo yo, mi ser es producto y credo del hombre, y soy solo un ser fantasmal, pero con toda una historia a mis espaldas, poco a poco he logrado ganarme el terreno a puro pulmón y hoy día soy alguien que controla de alguna manera los quehaceres de los hombres.

Yo soy Saludo, sin mí los hombres no pueden convivir, yo nunca les pedí esos favores, fueron ellos los que me lo brindaron de forma gratuita, y mi amigo, cuando un don así se te regala, pues debes aceptarlo sin rechinar ni uno solo de tus dientes, y yo así lo hice y no me arrepiento, pues ahora los hombres siempre me rinden tributo y eso amigo, me  hace sentir demasiado bien.

Los hombres no pueden vivir sin mí, porque el simple hecho de no mencionarme con cada día es una afrenta que es castigada por los mismos hombres, como vez, yo no tengo que hacer nada, pues mi poder radica en la sumisión de los hombres sobre los mismos hombres, trabajo más fácil no podía haberme tocado. Beber del miedo de los unos atragantando la miseria de los otros. Los hombres son así mi estimada criatura que te apoyas en las oscuridades.

La bestia replicó: Basta, basta, ya no quiero oír tus palabras. Solo de escuchar el tintineo de tu voz, siento una rabia por estos seres llamados hombres, pues en la larga vida que me tocó vivir no había escuchado hablar de seres más insignificantes. Yo en este mi mundo, he destrozado seres venidos de muchos confines, he desgarrado sus formas y de muchas maneras los vi mientras su luz se apagaba. Mi trabajo aquí no es de lo más honorables, pero sin duda alguna, yo existo solo para destruir la miseria de los demás. Nunca le he rendido homenaje a nadie y desconozco la sensación que eso puede dar. Pero de solo haberte escuchado tan solo unos pocos minutos, siento en mi ser una profunda decepción, pues creo que las demás criaturas a las que eliminé, merecían más clemencia, puesto que ahora, me doy cuenta de que existen seres más despreciables todavía, y a esos se les llama hombres, según dices tú.

No permitiría que seres así, jamás habitaran en mis tierras, porque aquí donde yo existo, los seres estamos en todas partes y al mismo tiempo somos uno y nada más. Creo que en esta oscuridad ahora veo mejor la situación de los hombres, y estoy seguro de que su existencia es innecesaria.

No concibo seres que vivan teniendo miedo de lo que opinen los otros, y de paso, solo existan para el egoísmo y la mezquindad, porque es mezquino aquel que solo busca su bienestar sin darse cuenta de que los otros no son tan diferentes que los demás.

Ya no quiero oír más tu voz, desgraciada criatura –dijo la bestia en un tono rudo-, eres de estos a los que llaman hombres, el peor mal que pudieran inventar. Abrazarse a un ser como tú, que no existe en verdad, es vivir atormentado por el vacío, así como yo vivo en estas tierras de oscuridad, salvo una marcada diferencia, yo no elegí ser Dios en estas tinieblas, y mucho menos elegí ser el castigador de los demás, en cambio los hombres, tienen la capacidad de elegir y pudiendo hacerlo no lo hacen, por ello te crearon a ti, insignificante pedazo de sueño, que te crees dueño de los otros, y que de paso te mofas de la inocencia de los hombres, que estando frente a la luz, lastimosamente jamás la verán.

Ellos fueron creados solo para que su existencia no valga nada, y ellos están cumpliendo su misión casi sin saberlo, pero tú, ser inmundo que te sientes como un Dios, eres de lo peor. Creer que tienes el control y que por ello tienes fuerza, en absoluto muestra tu estupidez, y eso quiere decir que tu existencia ya es inútil.

Saludo hizo un ademán –como queriendo interrumpir–, pero la bestia se dió cuenta y sin dar mayor importancia a tal situación continuó hablando: Creo que ya se dijeron muchas cosas y también creo que ya nada bueno de todo esto se podrá sacar, yo seré un ser deforme por fuera, pero en mi mundo soy simplemente igual a los demás, en cambio tú, ser insignificante, no solo eres detestable, sino que también eres horrendo por dentro y por fuera. Por eso ahora te condeno de acá en adelante a vagar por mi oscuridad y te quito la facultad de poder comunicarte y poder hablar, para que así deambules por cualquier lugar y no puedas hacer daño a nadie más. Yo soy “Razabel” y lo que estoy decretando será cumplido por la eternidad. Así la bestia gritó: Te despojo de todo rastro de humanidad y espero una buena jornada de los hombres, donde tú no seas ni la sombra de lo que ahora serás.

Un enorme dolor comenzó a sentir Saludo, mientras el sonido y el grito se hacían más insoportables. De pronto un silencio invadió todo. El dolor Saludo ya no lo sentía, y con mucho esfuerzo logró abrir los ojos. El ambiente estaba en calma y todo estaba oscuro.

El árbol de molle seguía en su lugar y Saludo, bañado en frío sudor se encontraba debajo de él. Todo parecía igual, pero Saludo ya no era el mismo, comprendió que todo había sido un sueño, pero algo le decía en su interior que aquel sudor frío no provenía de ningún sueño. Con el cuerpo dolorido se puso en pie, y casi como dando tumbos comenzó a caminar, sus piernas las sentía demasiado pesadas, y por las calles no se escuchaba ruido alguno, y menos se veía a alguien caminar. La noche parecía más oscura que nunca y Saludo continuó con su andar. De pronto una fuerza hizo que se quede quieto, algo le decía que tenía que mirar atrás, más el miedo se lo impedía, titubeando comenzó a girar de forma lenta, como temiendo que algo le pasara. Dada la media vuelta Saludo sintió algo de alivio, pues a sus espaldas nadie estaba, se tranquilizó un poco y por algún motivo no podía dejar de mirar aquel árbol de molle.

Todo estaba oscuro, el árbol de molle parecía demasiado viejo, sus ramas parecían marchitas entre tintes cafés y amarillos, y la luz de la luna parecía apoyarse en él, sus largas ramas casi llegaban al suelo y todo debajo de él era oscuridad, parecía un lugar para el silencio y la eternidad.