Reconfigurando políticas y cuerpos: de lo constituyente a lo instituyente

Entre el 2014 y 2015 tuve la oportunidad de participar en diversas instancias sobre asamblea constituyente y crítica a los modelos actuales de desarrollo, que me sitúan en un marco posible de reflexión. En Octubre del 2014, fui parte de la IV Escuela Ciudadana para una Asamblea Constituyente. Luego, al mes siguiente, sistematicé la mesa “Territorio y tierra” en el II Congreso Nacional de ANAMURI. En ese mismo período asisto al Taller de Ecología Política con Eduardo Gudynas, y en septiembre de este año al Seminario Internacional Recuperar los bienes comunes: desafío en el proceso constituyente del Chile extractivista, organizado por OLCA. También he sido cercana a los procesos constituyentes de Bolivia y Ecuador (por cariños, trabajos y estudios).

Como danzante, investigadora y libertaria, una de las primeras dificultades que ubico en la figura de asamblea constituyente es la tendencia a vincularla con la democracia representativa, en concreto, con la idea de plebiscito. Es así que nos encontramos con una de las plataformas de lucha erigidas sobre la lógica “Marca tu voto AC” (bloque del cual participan muchas personas que respeto y admiro), así como también diversas propuestas sobre la base de llamar a elecciones para decidir si se quiere asamblea o para elegir a los delegados que sean partícipes de la organización asamblearia. Sin duda estas experiencias son alternativas posibles, pero no es aquí desde donde me quiero posicionar, sino desde lo instituyente (término acuñado por Cornelius Castoriadis y traído a mi memoria por mi querido amigo Pelao Carvallo, en una de sus reflexiones) como forma de derribar lo instituido, y uno de sus ejes, la Constitución de Chile.

Quiero aclarar que cuando me refiero a proceso constituyente, no existe ninguna relación con la propuesta actual de la Nueva Mayoría, en tanto modalidad tipo cónclave, cabildo, y tantas otras formas de nuevo control social, que reafirman las mismas reglas y normas de las cuales no quiero ser partícipe.

Quisiera referirme más bien a un poder instituyente, que quizás pueda ser también constituyente, como un proceso donde encontrarnos, debatir, y construir otras vidas y escenarios posibles. Es por ello que he participado de muchas de esas instancias, no por la convicción de un cambio constitucional, sino por la necesidad de reflexionar, compartir experiencias. Y si es a través de la figura de la asamblea constituyente, bienvenido sea. Con esto no niego la posibilidad de la asamblea como plataforma de lucha política, sino más bien que esta es una de las tantas lecturas que existen hoy para descolonizar, despatriarcalizar, desneoliberalizar, no la única. Pero también puede convertirse a una nueva modalidad de disciplinamiento, y queda en cada una de nosotras que así no sea.

Reflexiones

Lo que me atrae de una asamblea constituyente es la generación de un proceso de construcción y organización conjunta desde la “polifonía de voces”. Por lo mismo no creo en la necesidad de dirección, o siguiendo con la figura armónica de “monofonía”, bajo un director de orquesta. Basta con observar los diversos momentos constituyentes pensados y elaborados desde sujetos ilustrados, ricos y como no, masculinos, que han delimitado lo constitucional como hegemonía, y como diría Fernando Atria, abogado, la Constitución como un mecanismo neutralizador de la acción política.

No creo que sólo un mecanismo de asamblea constituyente sea vinculante pero sí es una posibilidad en estos tiempos, que puede ser pensada. Algunos dirán que debe funcionar mediante lineamientos constitucionales generados por diversos delegados electos por la ciudadanía, además de ser el Estado el garante de ese proceso. En países como Bolivia y Ecuador derivó en el reconocimiento de derechos de la naturaleza, sin embargo estos mismos casos nos recuerdan que tener una Constitución producto de un proceso constituyente vía asamblea no resuelve los problemas, sino la movilización de los y las que luchan.

Quisiera pensar desde fuera del lugar colonizador de acciones y pensamientos, quizás por ello mi gran cercanía con el feminismo comunitario, algunas experiencias de colectividades y comunidades indígenas del Abya Yala y organizaciones barriales, anarquistas y ecologistas. Quizás también sea porque hoy los gobiernos progresistas son los más extractivistas, traspasando los límites ecosistémicos y geopolíticos, como dijera Lucio Cuenca, de OLCA.

Me siento y pienso desde la soberanía alimentaria, la autodeterminación de los cuerpos, la justicia ambiental, desde la comunalitario, desde un vínculo amoroso con y en la naturaleza.

“No queremos tanto Estado, queremos nuestra propia justicia”, nos dice Millaray Painemal, de ANAMURI.

Lo que importa es ejercer nuestros derechos colectivos, defender el agua, la semilla y la tierra, para generar la autogestión y vivir como nos plazca. Hay que pensar por fuera de lo moderno, otras alternativas, en que sujetos y naturaleza seamos agentes de cambio, como comunidad, pero sobre todo y también como comunidad política.

Debemos convertirnos en cuerpos instituyentes para derrocar el poder instituido, cuestionar las estructuras actuales de dominación, algunas desde la asamblea constituyente, otras desde lo comunitario, lo autónomo o simplemente desde nuestro quehacer desde el día a día.