Rabia y Esperanza

Mi corazón late todavía lo suficientemente fuerte como para seguir combatiendo a la sociedad política de hoy en día en sus entrañas junto con todos aquellos individuos, grupos e instituciones que han establecido un compromiso histórico con el capital. En esta lucha estoy destinado a encontrarme con extraños sujetos de todo tipo y condición, incluso con aquellos que denominan a sí mismos como “corporaciones” (término absurdo resultado de una decisión tomada en 1886 por la Corte Suprema contra el Ferrocarril del Pacífico Sur en el Condado de Santa Clara).

Esta ridiculez de la personalidad corporativa es el producto de la integración profunda en la sociedad del modo capitalista de producción, que ha permitido a las empresas adquirir la condición de personalidades jurídicas y gozar de la misma protección legal que las personas reales. Esto es lo que las hace tan peligrosas. En este tipo de sociedad se subordina constantemente el bien público a la búsqueda de la ganancia económica de las empresas bajo el reconfortante estandarte del interés privado, el capitalismo financiero y la cultura consumista posindustrial.

Y así me voy cansando, porque me doy cuenta de que no soy del todo de este mundo con una lucidez que antiguamente se le había escapado a una mirada más juvenil. Vivo con los muertos en un templo de huesos, en un sepulcro adornado con bóvedas de mármol cubiertas de musgo y sintiendo el pío hedor de la putrefacción. Sin embargo, siempre noto la presencia de aquellos que aún no han nacido y sus coros de voces resurgiendo ocasionalmente de las cenizas del progreso, haciéndome señas en el nombre de una esperanza anónima para que les haga caso. “Querido profesor, envíele el mensaje a los vivos de que estamos de camino. ¡Aquellos que se encuentran en las trincheras luchando contra los capitalistas no están solos!”. Este es el mensaje que quiero transmitir a mis lectores: “No estáis solos”.

Además de denunciar las pretensiones de todo tipo de ideologías, voy a hablar extensamente sobre el peligro de la “corporatocracia” (alianzas de empresas, bancos y gobiernos), prestando especial atención a la globalización neoliberal del capital, las escuelas, la educación y la juventud. Pero también voy a hablar sobre otros temas de interés para aquellos que desean resucitar a un planeta moribundo. Necesitamos una visión menos formal y más de fondo de un mundo menos poblado por el sufrimiento y la miseria. Intentaré participar en la formación de esa visión de una manera modesta.

Las escuelas, consciente e inconscientemente, justifican la opresión y la tiranía de los gobiernos. Los funcionarios gubernamentales afirman que estas son igualitarias en las sociedades capitalistas como la de Estados Unidos durante el tiempo que los estudiantes permanecen confortablemente refugiados en ellas, dentro de la hegemonía cultural del consumismo que estos centros educativos representan. Las escuelas se adhieren a los dictados del gobierno (que se desarrollan conjuntamente con la lógica de mercado).

Me opongo a las sacerdotales advertencias de la aristocracia educativa que representan las ideas de las fuerzas políticas dominantes del momento y que desatan la guerra ideológica de masas entre estudiantes, profesores, administradores y miembros recalcitrantes de la comunidad educativa que se niegan a seguir con la farsa.

Las escuelas advierten a los pobres y a los oprimidos de nuestra sociedad que lo más adecuado es que huyan del mundo temporal de lucha y necesidad para adentrarse en el inframundo de su vida interior- una realidad más allá de la existencia- alejándolos de los piquetes para que se dediquen a contemplar su propia salvación. La existencia mundana se considera insignificante en comparación con la contemplación de la propia mortalidad, y por lo tanto las escuelas niegan la inmanencia y afirman la trascendencia, obligando a alumnos y profesores a aceptar el mundo social como una realidad fija imposible de ser transformada.

Lo que es directamente rechazado por los centinelas de nuestra cultura del consumo es la evangelización que conciencia sobre la alternativa socialista a la ley del valor capitalista. Para las autoridades educativas la armonía es de origen divino o bien se establece por ley natural y no se construye a través de la interacción entre seres sociales. El levantarse contra la injusticia se considera como un desafío consecuencia de la relativa aproximación de las escuelas a los ideales democráticos, sin tener en cuenta que la democracia ya no puede vivir de acuerdo con su propia definición mientras se siga intentando poner en práctica dentro de las leyes capitalistas del valor. Aunque algunas escuelas animan a sus alumnos a participar en actividades dedicadas a aliviar injusticias, estas lo hacen preparando a esos estudiantes para ser ciudadanos consumidores, en consonancia con el paternalismo corporativo y el fetichismo de la mercancía y reflejando las estructuras sociales existentes en la actualidad.

La agenda tecnocientífica del capital es nefasta y ha resultado en el epistemicidio y en la destrucción de numerosos enfoques indígenas a la relación entre los humanos y los ecosistemas planetarios. Si bien se están realizando esfuerzos para crear contra-conocimientos que valoren la autorreflexión y las interacciones recursivas entre naturaleza y tecnología, ¿cómo pueden ser estos desvinculados de la apropiación que el capitalismo lleva a cabo del conocimiento social en todas sus formas? Marx habló de la posibilidad de que las máquinas se conviertan en órganos de participación en la naturaleza. Pero el capitalismo siempre intentará secuestrar este proceso, motivo por el cual se necesita crear un universo social que no esté regido por la soberanía del protocolo valor-trabajo. El violentamente ejercido poder dominador de la tecnología solo puede ser combatido a través de la creación de una comunidad anticapitalista basada en principios socialistas. Ha habido una falta de liderazgo entre los intelectuales de la izquierda que ha lanzado el movimiento socialista al caos. Sin una alternativa anticapitalista coherente parece ser que no habrá una solución a largo plazo a la crisis del capital y a la consecuente crisis ecológica.

La mayoría de los movimientos progresistas de los Estados Unidos de América son acomodacionistas y se han comprometido fatalmente con el capital. Tenemos que avanzar hacia una alternativa socialista a la política económica americana. Necesitamos una Carta Magna económica para los pobres que limite los derechos de tipo divino que poseen las empresas y la clase social dueña de la riqueza. Necesitamos una revolución socialista.

Ninguna revista es suficiente para atender las demandas de los pobres e impotentes, sin embargo, Iberoamérica Social es un importante paso adelante.

Traducido por Natalia Peribáñez Holub.