Poesía del destierro y poesía social española: Dos orillas, dos movimientos coetáneos y un sentimiento compartido.

He llegado al final…

¿Quién me ha traído hasta aquí…

y por qué me han traído hasta aquí?

Yo no quería cantar…

Y ahora parece que este era solo mi destino:

cantar, rezar, gritar, llorar, blasfemar…

Y con una voz de publicano,

con una voz de energúmeno,

con una voz parda, rota, agria, irritante…

¿Y tengo que dejar todo esto escrito aquí?…

Lo dejaré como un pecador que escribe sus pecados

y se los dice a su hermano avergonzado.

Tal vez todo no sea más que un examen de conciencia

para hacer una buena confesión.

¡Pero si Dios lo sabe todo!

Mas yo debo pensar que Dios no sabe nada.

Y alguien hay en el mundo que no sabe

que yo fui un pobre hombre que apenas pudo hablar.

¡Ah, si hubiese podido hablar!

Si ahora pudiese decir sencillamente…

si pudiese empezar otra vez calladamente diciendo:

Yo me confieso, Señor…

Ten misericordia de mí.[1]

 

Arturo Cuadrado, español desterrado en Argentina, hablaba durante la Segunda Guerra Mundial de la gran relación existente entre la literatura y la sociedad, concretamente de las conexiones entre la lírica de un momento determinado de la historia, quizá recordando las recientes guerras vivenciadas. Generalizando, indicaba que los poetas cuando cogen su pluma deciden a favor de quién o de qué están sus escritos y resuelven así el modo en que desean producirlos, difundirlos y utilizarlos o no como un arma de combate. Estas situaciones eran para Cuadrado los momentos en que los poetas más sobresalientes despuntaban entre los demás, porque él no concebía un momento histórico en el que la poesía se creara de forma alejada del hombre y sus circunstancias. Para él, este tipo de lírica no tenía futuro.[2]

Mientras escribía estas palabras, este poeta y sus compañeros legaban un nutrido conjunto de versos a la conocida como literatura del exilio español de 1939, que puede dividirse en diferentes etapas, todas ellas dependientes de las circunstancias que les rodeaban. De todas ellas, la más nutrida fue la situada a partir de la década de 1950, cuando la segunda guerra había terminado y el Franquismo parecía sobrevivir a los demás fascismos caídos durante la contienda; cuando el tiempo había alejado levemente de la memoria las cruentas situaciones vividas y la situación circunstancial como desterrados se convertía en una larga espera.

En esos años nació Los Sesenta. Revista literaria, una publicación periódica realizada por varios españoles en México ante la mirada atenta de Max Aub, cuyo génesis se situaba a finales de los 50 y su objetivo iba más allá de la protesta y denuncia. Bajo su lema “[…] Esta revista se publica durante la sexta década del siglo y sólo colaboran en ella quienes hayan o hubieran cumplido sesenta años. […]”, impreso en las solapas de cada uno de sus números, intentaba difundir los escritos de españoles exiliados –del interior y del exterior-, junto a otras grandes figuras de la literatura universal. Este mestizaje entre los colaboradores nos aporta nociones sobre su proceso de adaptación a los países de acogida, informaba sobre los primeros contactos con España a pesar de la censura, etc.

Aunque en ella se sumaron colaboraciones de todos los géneros, los textos poéticos destacaron en número y calidad. Además, tras su análisis, por la importancia de sus firmas, comprobamos que están inscritas en la poesía del exilio y que poseen multitud de conexiones con la poesía social española creada a partir de 1950, hecho que gracias a este caso concreto puede generalizarse en un gran número de obras creadas por los poetas transterrados.

Respecto a la poesía del exilio, estética y cronológicamente las colaboraciones en nuestra revista se insertarían en la etapa denominada “poesía de la desilusión y desesperación (1950-1975)”, teniendo en cuenta el valor circunstancial de algunas aportaciones.[3] En este periodo, como confirman las composiciones que dieron vida a sus números, los poetas escribieron conscientes de su situación de exiliados, situados en una sala de espera llamada destierro, que se convirtió en una sala de estar en la que permanecieron décadas, llenos de nostalgia por un país que con el paso de los años se había convertido en un lugar desconocido. Ejemplo de ello es el poema de Concha Méndez “Madrid”, en el que no sólo añoraba a la ciudad que le vio nacer, sino también sus vivencias en ella, a todas las historias personales que encerraban sus calles, la gente que la habitaba, etc. Así como todos los poemas de Rafael Alberti, que estaban circunscritos bajo las experiencias del exilio puesto que pertenecían a Roma. Peligro para caminantes, que homenajeaba a Italia, su tercer país de asilo. Aunque sus versos impresos en la revista tuvieron gran valor, su obra en general llama la atención por la añoranza de las tierras abandonadas, confirmando su gran conexión con cada tierra en la que habitaba y, por ello, sus lazos de unión con Argentina, donde estuvo durante dos décadas. Si leemos su obra lírica completa, vemos la añoranza del mar gaditano en su Marinero en tierra. Desde el Mar del Plata añoró el Madrid perdido, recordó el Cádiz casi olvidado y, tras llegar a Roma, comenzó a echar de menos las tierras argentinas.

Si continuamos analizando las colaboraciones, poema a poema, verso a verso, veremos que muchos de los rasgos de esta lírica del destierro, por no decir todos, estuvieron presentes en las páginas de la revista gracias a una nutrida y excelente nómina de escritores, todos ellos ligados a la conocida como Generación del 27, ya sea por pertenencia, relaciones amistosas, magisterio, etc.

En ellos vemos el retorno al humanismo más esencial, que deseaba cantar al mundo y a todas las criaturas que había en él, enalteciendo a todas las bellas creaciones del hombre; la presencia de la religión, establecida a través de un diálogo con Dios que podía manifestarse con diferentes objetos; así como diferentes temas existenciales, tanto los clásicos, los que llamaba Miguel Hernández “las tres heridas”: la vida, la muerte y el amor, como los motivados por la situación de exiliados de los poetas como la añoranza, el recuerdo, etc. Así mismo, vemos grandes conexiones a nivel léxico, morfológico, sintáctico y semántico entre las composiciones, que nos llevan también a ligarlas por sus rasgos formales a la lírica del exilio.

De estos poemas, lo que más llamaba la atención era que habían sido creados fuera de España: en México, Italia, etc., rememorando o anhelando a un país perdido, a unas tierras que nada tenían que ver con las abandonadas años atrás, quizá con versos dirigidos –como su obra novelística y teatral- a un público español. Puede que por esta razón haya en ellos no solo conexiones que los hacen formar parte de un movimiento propio, sino también estar ligados a la poesía social española creada a partir de 1950 en la península, donde de forma furtiva llegaban las obras de estos poetas, referentes a partir de los cuales los noveles escritores podían cimentar sus escritos; donde los muchos se dirimían en un exilio interior, en el que se movían viejos y reconocidos poetas silenciados por el Régimen y otros acomodados con el deseo de sobrevivir.

Estas concomitancias vitales nos llevan a algunos recursos comunes entre la lírica creada a ambos lados del Atlántico en estas décadas, a partir del caso concreto de Los Sesenta. Revista literaria. El primero de ellos era el uso de un lenguaje más sencillo y cercano al pueblo dado que la intención principal de los poetas en estos años –del interior y del exterior- era acercarse al público. Estaba presente en todas las colaboraciones, pero culminó excepcionalmente con Rafael Alberti ya que este incluyó en diferentes ocasiones frases hechas y refranes. Y, el segundo, venía determinado por la postura esencial de los poetas sociales, la escritura situada en el tiempo presente, en la España de posguerra para denunciar la situación en la que vivían aparecía, en cierto modo en estos poetas exiliados. Todos ellos escribían desde el presente, mostrando su situación sus lectores.

El tercer punto en común era el uso de la poesía como sistema de comunicación, como método para manifestar los problemas en los que se hallaba sumido el país. En las colaboraciones de Los Sesenta esta intención comunicativa estaba presente. Todos deseaban informar sobre las experiencias vividas desde el exilio y, además compartir sus conocimientos desde la senectud como Jorge Guillén o dar a conocer los vicios y virtudes de la poesía universal, advirtiendo sobre los grandes errores que han arrastrado a virtuosos del verso como hizo Juan José Domenchina.

Estos tres caracteres nos llevan a un cuarto recurso, al alejamiento de la vertiente esteticista que se desarrollaba en España de forma coetánea, que creaba versos centrados en un escenario ilusorio, alejado del momento histórico y social que los acogía, con un lenguaje ornamental y para círculos minoritarios. Seguidamente hallamos otro nuevo elemento común: el recuerdo, retornar a unas vivencias felices del pasado como refugio, postura que estaba presente en ambas tendencias poéticas. Apareció en algunos poemas de los estudiados, tales como “Lo que dejé por ti” de Rafael Alberti, “Por un río hacia España” de Manuel Altolaguirre, “He sentido llegar a mí esta mano” de Emilio Prados y “Madrid” de Concha Méndez.

La angustia sería otro nexo común, en este caso de carácter temático. Los poetas españoles –del interior y del exterior- mostraban a través de sus versos su deseo de renovación del país, la incógnita que les suponía pensar en el futuro, la inquietud que les invadía al sentir la cercanía de la muerte, etc. Tal fue el caso, entre otros, de Manuel Altolaguirre y su poema en prosa “Por un río hacia España”, en el que soñaba regresar a su país en un futuro próximo, al cual veía escindido todavía por las dos tendencias políticas que lucharon en la guerra.

El último punto que ligaría ambas líricas sería la religión. Aparecía en los poetas españoles de los dos lados del Atlántico como apoyo en la triste situación en la que vivían, bien en una España derruida, bien en el exilio. Destacó, en el uso de este motivo temático, León Felipe, puesto que todos sus poemas iban dirigidos hacia Dios, su único apoyo y consuelo.

Por tanto, podemos decir que nos hallamos ante una revista literaria realizada en el exilio por españoles exiliados de la Guerra Civil Española de 1936-1939 que, a pesar de tener una intención aperturista, de desear albergar textos de diferentes géneros, tendencias, países, etc. no se alejaba del exilio y de los sentimientos que esta situación existencial conllevaban. Esto se debía al predominio del género lírico en la publicación, el más utilizado como desahogo por los escritores a lo largo de toda la historia, inmerso en este caso en la “poesía de la desilusión y desesperación (1950-1975)”. Este hecho lo confirmaba la homogeneidad en las tendencias temáticas, estilísticas y métricas que reúne, que conectan claramente con una de las tendencias poéticas de la España interior.

Para verlo de un modo más claro, dado que comenzamos con un poema de León Felipe aparecido en las páginas de Los Sesenta. Revista literaria, como nuevo ejemplo, terminaremos con otro de Blas de Otero, perteneciente a Ángel fieramente humano donde, dejando a un lado la experiencia vital, los años que separaban a estos poetas, y la posición de cada uno –exilio y postguerra-, el trasfondo social, la mirada hacia el pasado próximo y la desgarrado apelación hacia un dios que había presenciado todo, les unía:[4]

 

Canto Primero

DEFINITIVAMENTE, cantaré para el hombre.

Algún día —después—, alguna noche,

me oirán. Hoy va —vamos— sin rumbo,

sordos de sed, famélicos de oscuro.

 

Yo os traigo un alba, hermanos. Surto un agua,

eterna no, parada ante la casa.

Salid a ver. Venid, bebed. Dejadme

que os unja de agua y luz, bajo la carne.

De golpe, han muerto veintitrés millones

de cuerpos. Sobre Dios saltan de golpe

—sorda, sola trinchera de la muerte—

con el alma en la mano, entre los dientes

el ansia. Sin saber por qué mataban;

muerte son, solo muerte. Entre alambradas

de infinito, sin sangre. Son hermanos

nuestros. Vengadlos, sin piedad, vengadlos!

Solo está el hombre. ¿Es esto lo que os hace

gemir? Oh si supieseis que es bastante.

Si supieseis bastaros, ensamblaros.

Si supierais ser hombres, solo humanos.

¿Os da miedo, verdad? Sé que es más cómodo

esperar que Otro —¿quién?— cualquiera, Otro,

os ayude a ser. Soy. Luego es bastante

ser, si procuro ser quien soy. ¡Quién sabe

 

si hay más! En cambio, hay menos: sois sentinas

de hipocresía. jOh, sed, salid al día!

No sigáis siendo bestias disfrazadas

de ansia de Dios. Con ser hombres os basta.


[1] León Felipe, “Ex libris”, Los Sesenta. Revista literaria, nº 1, p. 104.

[2] Arturo Cuadrado, “Poesía de la poesía”, Correo Literario, nº 16, p. 6.

[3] Recordemos que la colaboración de Altolaguirre fue publicada por primera vez en 1944, lo que nos llevaría a insertarla cronológicamente en la primera etapa de la poesía del exilio. Con el paso del tiempo, el texto sufrió varias modificaciones hasta su muerte, en 1959, lo que hace que éste ofrezca caracteres propios de ambos periodos. Respecto a la aportación lírica de Juan José Domenchina, no podemos situarla estéticamente en una etapa y, cronológicamente, tampoco, dado que pertenece al poemario Poemas y fragmentos inéditos, 1944-1959, que no ofrece luz alguna en esta cuestión. A pesar de ello, poseen rasgos propios de la segunda etapa del exilio, por lo que serán estudiados en esta conclusión junto a las demás aportaciones. En cuanto a Juan Rejano, sus poemas cronológicamente si formarían parte de ésta, ya que su aportación a Los Sesenta fue escrita en 1964 pero el tema principal de ésta, el homenaje elegiaco a su difunta esposa, le alejaría totalmente de la poesía del exilio.

[4] Blas de Otero, Verso y prosa, Madrid, Cátedra, 1982, pp. 16-17.