Operación Noé

Imagine usted cualquier actividad humana, o plan de vida que le gustaría desarrollar en el futuro –a usted mismo o a sus seres cercanos, atenta lectora, amable lector. A continuación hágase esta pregunta sencilla: ¿se darán las condiciones de estabilidad climática y suministro adecuado de energía y materiales para poder llevar a cabo estos proyectos? Pues bien: sea lo que fuere que haya pensado –con algunas excepciones poco deseables, del tipo “autorrealizarme como Señor de la Guerra en una región de violencia endémica”- la respuesta, con certidumbre científica (en la medida en que la ciencia proporciona certidumbres), la respuesta es: NO.

En 2015, por primera vez, la temperatura promedio de la superficie de la Tierra superó un grado centígrado de aumento con respecto a la época preindustrial.[1] En 2016 superamos las 400 ppm de dióxido de carbono en la atmósfera (descontando las subidas y bajadas estacionales);[2] el límite de seguridad, como se sabe, está en torno a las 350 ppm. Y 2014 fue el primer año, a lo largo de toda la era industrial, en que la disponibilidad de energía primaria per cápita disminuyó con respecto al año anterior[3] (exceptuando shocks del petróleo exógenos como el de 1973-74). Vamos hacia el cénit conjunto de todas las fuentes energéticas no renovables en el decenio de 2030 (si no antes).[4]

Estas dos dinámicas –calentamiento climático y escasez creciente de energía y materiales, en un contexto de rápido empobrecimiento de la biosfera— están determinando ya, y van a hacerlo de forma mucho más intensa, el destino de los seres humanos en el siglo XXI –que hace tiempo yo vengo llamando el Siglo de la Gran Prueba. Nuestro futuro –no a siglos vista, sino a lustros vista- es “apocalíptico”: nos lo dicen científicos de la NASA de primerísimo nivel como James Hansen.[5] No habrá transiciones socioecológicas razonables: perdimos la oportunidad para eso, por desgracia, en los años setenta del siglo XX. Vamos hacia el colapso catastrófico de las sociedades industriales.

En efecto, un colapso de las sociedades industriales –o más bien colapsos: hablemos en plural tanto de colapsos como de transiciones ecosociales- habría sido evitable si hubiéramos hecho caso a los buenos análisis que se realizaron en los años setenta, comenzando por el estudio Los límites del crecimiento de 1972;[6] y si los procesos de aprendizaje colectivo que estaban en marcha en las sociedades industriales en los años sesenta y setenta hubieran seguido adelante. Si en lugar de torcerse este aprendizaje de nuestra interdependencia y ecodependencia en los años ochenta, con el ascenso de la versión del capitalismo que llamamos neoliberal para abreviar, hubiéramos continuado por el camino iniciado… Así tal vez hubiéramos podido construir sociedades industriales sustentables mediante transiciones graduales, buscando un menor crecimiento demográfico, un uso mucho más eficiente de los materiales y la energía, una socialización paulatina de los medios de producción, estrategias de biomímesis y economías “homeostáticas” en grado creciente (así prefiero traducir yo la expresión inglesa steady-state economy, muchas veces vertida al castellano por “economía de estado estacionario”).

Pero ahora las opciones son bastante peores. La prosperous way down o la décroissance joyeuse no son muy creíbles. (Ni tampoco, desde luego, el desarrollo sostenible ni el green growth ni la prosperidad sin crecimiento, aunque las razones son distintas en cada caso.) Se diría que vamos efectivamente hacia colapsos de las sociedades industriales a lo largo del siglo XXI –a menos que tuvieran lugar transformaciones ecosociales revolucionarias en plazos brevísimos… Todo indica que estamos ya en tiempo de descuento, que las buenas soluciones no son ya posibles. En la presentación del blog del grupo de investigación que coordino escribimos:

Una población humana que crece hacia los ocho mil millones, organizada en sistemas económicos expansivos que impulsa la ciega dinámica de acumulación de capital, está chocando contra los límites biofísicos de la Tierra. Nos hallamos en situación de emergencia planetaria, más allá de los límites del crecimiento. No hay precedentes históricos ni para la situación en la que nos adentramos (una atmósfera con más de cuatrocientas partes por millón de dióxido de carbono, o el tipo de hecatombe de biodiversidad que estamos causando) ni para el tipo de transiciones socioecológicas que serían necesarias para evitar lo peor: las perspectivas de colapso se adensan.[7]

Sabemos que el crecimiento material no puede continuar indefinidamente en una biosfera finita–y de hecho estamos ya más allá de los límites del crecimiento, por evocar otra vez el título del importante primer informe al Club de Roma en 1972, pero toda nuestra vida socioeconómica y la ideología dominante se organizan en torno a la aberrante suposición contraria. Como escribía Barry Commoner en 1971:

La civilización humana implica una serie de procesos cíclicamente dependientes entre sí, la mayor parte de los cuales [población, ciencia y tecnología, producción económica…] presentan una tendencia inherente a crecer, con una sola excepción: los recursos naturales, insustituibles y absolutamente esenciales (…). Es inevitable un choque entre la propensión a crecer de los sectores del ciclo que dependen del hombre, y los severos límites del sector natural. Está claro que si la actividad humana en el mundo –civilizado— tiene que conservar su relación armónica con todo el sistema global, y sobrevivir, debe acomodarse a las exigencias del sector natural, o sea, la ecosfera. [8]

Para hacer frente a las urgencias del cenit del petróleo y el calentamiento global, hoy hemos de pensar en términos de una contracción de emergencia más que de ningún “aterrizaje suave”. Como resulta evidente, las implicaciones de esta situación para las cuestiones de justicia social, justicia de género, justicia intergeneracional, justicia ambiental y justicia interespecies son enormes.

Hoy ya no bastan los cambios incrementales, las medidas graduales relativamente indoloras que hubieran sido posibles de haberse comenzado la acción necesaria hace dos o tres decenios (como los impuestos al carbono que de todas formas seguimos preconizando). Necesitamos cambios estructurales muy profundos, un verdadero volantazo para impedir que el vehículo civilizatorio donde viajamos se precipite al abismo que ya está muy cerca. Para que nos demos cuenta del cambio revolucionario que es preciso: los países “desarrollados” tendrían que comenzar a reducir ya sus emisiones, al ritmo casi inconcebible del 10% anual, y completar la descarbonización de sus economías en tres-cuatro decenios. Pero los grandes países “emergentes” han de seguir por esa senda muy poco después… Y, tanto en el Norte como en el Sur, hay que salir del extractivismo en tiempo récord, pues las cuatro quintas partes de las reservas existentes de combustibles fósiles deben quedar bajo tierra (si queremos tener alguna opción de respetar el límite de seguridad de los dos grados centígrados de incremento sobre las temperaturas preindustriales).[9]

En un mundo marcado por la omnipresencia de los rendimientos decrecientes (un mundo entrópico) y por la interdependencia y ecodependencia asociada a los fenómenos de complejidad (un mundo de sistemas complejos adaptativos), una ética de la autocontención verdaderamente asumida (autolimitarse para dejar existir al otro) y las políticas de justicia global (e intergeneracional, y transespecífica…) que cuadran con ella podría posibilitar comunidades humanas viables… Pero no cabe dejar de preguntarnos ¿disponemos de los recursos políticos y culturales necesarios para semejante transformación revolucionaria, que no tiene precedentes, en los estrictos plazos requeridos?[10]

Lectores y lectoras, compañeros y compañeras: estamos en medio de un naufragio civilizatorio. Hay que organizar el salvamento –no sólo de las personas, también de las ideas y de los valores.[11] Nuestro desafío principal es mantener el nivel de civilización que a trancas y barrancas se logró de forma parcial en el siglo XX (democracia, derechos humanos, seguridad social con sanidad universal, etc.) con un consumo de recursos naturales reducido drásticamente (a una décima parte del actual, si pensamos en las sociedades prósperas hoy en nuestro mundo lacerantemente desigual). A esto Harald Welzer lo llama una Modernidad decreciente, o menguante, o contractiva (eine reduktive Moderne frente a la Modernidad expansiva que marcó los últimos cinco siglos); yo lo llamo ecosocialismo descalzo.

En los orígenes de la Modernidad, la nueva mentalidad asociada con la revolución científico-técnica “suscitó un gran interés por el espacio, el tiempo y el movimiento en el seno de un escenario cósmico más amplio, y no por el marco en el que actúan realmente los organismos en su entorno terrenal, en contacto con otros mecanismos, tratando de desplegar sus propias potencialidades vitales. La rotación de la Tierra, el majestuoso recorrido geométrico de los planetas, el oscilar del péndulo, la curva que describen los proyectiles, los movimientos precisos del reloj, el girar de las palas de molino, el desplazamiento acelerado de naves y vehículos de tierra… todos ellos gozaban de una atención por derecho propio [a partir del siglo XVI]. La velocidad reduce el tiempo; el tiempo es oro; el oro es poder. Cada vez más lejos y cada vez más rápido son los lemas que se identificarían con el progreso humano”.[12]

Hoy necesitamos, sobre todo, cobrar consciencia de que la biosfera terrestre es y será nuestro único hogar, y actuar en consecuencia: a eso podemos llamarlo “operación Noé” (porque esa misma biosfera está amenazada de radical degradación a consecuencia del tipo de “progreso” que hemos intentado a lo largo de los cinco siglos últimos, y sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XX). No es tiempo de ceder a las fantasías de “terraformar” Marte, sino de construir Arcas de Noé.

Jorge Riechmann
Departamento de Filosofía de la Universidad Autónoma de Madrid
Blog: http://tratarde.org/

Notas

[1] Anuncio de la Oficina de Meteorología del Reino Unido, el 9 de noviembre de 2015. Véase http://internacional.elpais.com/internacional/2015/11/09/actualidad/1447066103_999102.html

[2] El fenómeno climático de El Niño (que eleva la temperatura de la superficie de las zonas central y oriental del océano Pacífico ecuatorial, lo cual calienta y seca los ecosistemas tropicales, reduciendo su absorción de carbono y exacerbando los incendios forestales) dio un impulso adicional a las concentraciones atmosféricas de dióxido de carbono causadas por el ser humano, con lo que 2016 fue el año en que se superaron las 400 partes por millón durante todo el año en el registro histórico de la estación de Mauna Loa (Hawai), creado en 1958. Véase Richard A. Betts y otros, “El Niño and a record CO2 rise”, Nature Climate Change (2016), publicado en la red el 13 de junio de 2016, doi:10.1038/nclimate3063; http://www.nature.com/nclimate/journal/vaop/ncurrent/full/nclimate3063.html

[3] “En 2014, como destaca el informe anual de BP, la producción [de energía] ha aumentado solo el 0,9%, un hecho insólito fuera de períodos sin crisis económica grave. (…) Este aumento del 0,9% está por debajo del de la población mundial, lo que se traduce en una menor disponibilidad energética per cápita, un probable cambio de tendencia secular…” Juan Carlos Barba, “Hemos chocado con el iceberg y aún no nos hemos enterado”, blog “El gráfico de la semana” en El Confidencial, 19 de junio de 2015; http://blogs.elconfidencial.com/economia/grafico-de-la-semana/2015-06-19/hemos-chocado-con-el-iceberg-y-aun-no-nos-hemos-enterado_892175/

[4] Emilio Santiago Muiño, No es una estafa, es una crisis (de civilización); Enclave de Libros, Madrid 2015, capítulos 6 y 7.

[5] James Hansen, “Game over for the climate”, New York Times, 9 de mayo de 2012.

[6] Actualizado ahora con un libro imprescindible de Ugo Bardi, Los límites del crecimiento retomados, Catarata, Madrid 2014.

[7] https://transecos.wordpress.com/

[8] Barry Commoner, El círculo que se cierra, Plaza y Janés, Barcelona 1973,  p. 107.

[9] Debo insistir en ese último asunto, sobre el cual han llamado la atención los firmantes de un importante manifiesto publicado en agosto de 2015: “Dejemos los combustibles fósiles en el subsuelo para acabar con los crímenes climáticos” era su título. Leíamos allí: “Sabemos que las multinacionales y los gobiernos no abandonarán fácilmente los beneficios que perciben de la extracción de las reservas de carbón, de gas y de petróleo o de la agricultura industrial globalizada tan glotona en energía fósil. Para seguir actuando, pensando, amando, cuidando, creando, produciendo, contemplando, luchando, hay que presionarles. Para desarrollarnos como sociedad, individuos y ciudadanos debemos actuar todos para cambiarlo todo. Lo demandan nuestra común humanidad y la Tierra. (…) Trabajamos para cambiarlo todo. Podemos abrir los caminos hacia un futuro vivible. Nuestro poder de actuar resulta a menudo más importante de lo que imaginamos. Por todo el mundo luchamos contra los verdaderos impulsores de la crisis climática, defendemos los territorios, reducimos las emisiones, organizamos la resiliencia, desarrollamos la autonomía alimentaria con la agro-ecología campesina, etc. Al acercarse la Conferencia de la ONU sobre cambio climático en Paris-Le Bourget, afirmamos nuestra determinación de que las energías fósiles permanezcan en el subsuelo. Es la única salida. Concretamente, los gobiernos deben poner fin a las subvenciones que se destinan al sector de combustibles fósiles, y congelar su extracción renunciando a explotar el 80% de todas las reservas de combustibles fósiles. Sabemos que esto implica un cambio histórico de envergadura. No vamos a esperar a que actúen los estados. La esclavitud y el apartheid no desaparecieron porque los estados decidieran abolirlos, sino por movilizaciones masivas que no dejaron otra elección.” El texto completo del manifiesto puede consultarse en la web de sin permiso, donde se publicó el 30 de agosto de 2015 (http://old.sinpermiso.info/textos/index.php?id=8279 ). Un comentario, que ilustra sobre las contradicciones que la crisis climática genera en los gobiernos llamados “progresistas” de América Latina, lo propone Eduardo Gudynas: “Moratoria petrolera y cambio climático: las alternativas otra vez bajo ataque”, América Latina en movimiento, 9 de septiembre de 2015; http://www.alainet.org/es/articulo/172296

[10] Para darse cuenta de hasta qué punto una perspectiva “optimista” sobre las transiciones socioecológicas exige a la vez un enorme optimismo tecnológico y un desaforado voluntarismo revolucionario, léase por ejemplo David Schwartzman y Quincy Saul, “An ecosocialist horizon for Venezuela: A solar communist horizon for the world”, publicado en la web de Capitalism Nature Socialism el 14 de agosto de 2015 (http://dx.doi.org/10.1080/10455752.2015.1069867 ). Dio lugar a un importante debate con Pedro Prieto que he recogido en mi blog: http://tratarde.org/un-horizonte-de-comunismo-solar-articulo-de-david-schwartzman-y-quincy-saul-pensando-en-venezuela-actualizacion/

[11] Cuatro propuestas valiosas para estas tareas: José Manuel Naredo, Economía, poder y política. Crisis y cambio de paradigma, Díaz & Pons, Madrid 2013. Harald Welzer, Selbst denken –Eine Anleitung zum Widerstand, Fischer, Francfort del Meno 2013. Jérôme Baschet,  Adiós al capitalismoAutonomía, sociedad del buen vivir y multiplicidad de mundos, NED eds., Barcelona 2015. Federico Aguilera Klink, Naturaleza humana, economía y cultura. Hábitos de pensamiento y reglas del juego, Eds. del Genal, Málaga 2016.

[12] Lewis Mumford, El pentágono del poder (vol. 2 de El mito de la máquina), Pepitas de Calabaza, Logroño 2011,  p. 64.

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