Nuevos desafíos para la Cooperación Internacional

El 2015 podría ser un año clave para la cooperación internacional, no solo porque es la fecha de cumplimento de los que ya podemos llamar “los utópicos Objetivos de Desarrollo del Milenio”, sino también porque es el Año Europeo para el Desarrollo. Podría ser una ocasión para repensar  la cooperación como instrumento de intercambio entre pueblos, para mejorarlo y adaptarlo así a las nuevas exigencias. En septiembre en New York, a pesar de las varias encuestas (como por ejemplo MI Mundo, puesta en marcha por la ONU para captar opiniones de los ciudadanos), finalmente serán los líderes mundiales en sus trajes de chaqueta a decidir las prioridades de la nueva Agenda para el Desarrollo, y serán ellos mismos quienes decidirán si aplicarla o si usar este encuentro solo para mostrarnos sus caras sonrientes en la foto de grupo.

Tenemos impresoras 3D, pero no somos capaces de erradicar la pobreza extrema: pueblos enteros luchan cada día para tener acceso a agua y comida, y uno de cada cuatro niños sufre de malnutrición. Si hablamos de la educación los dados son alarmantes: 60 millones de niños no tienen acceso a la educación básica. Lo mismo si hablamos de salud, derechos de las minorías, de las mujeres o de medioambiente. Por último, la desigualdad parece una plaga invencible.

Al mismo tiempo, la crisis económica que afecta de forma particular a los países del dicho “primer mundo”, está produciendo un replanteamiento sobre la ayuda y en general sobre los objetivos y las prácticas de la cooperación al desarrollo, empujando hacia un cambio en los roles de sus actores y hacia la necesidades de modificar el mismo concepto de desarrollo. Estamos pasando por un momento de transición muy importante: por un lado los grandes donantes, y en consecuencia las Agencias de Cooperación nacionales más influyentes, están recortando sus presupuestos, al mismo tiempo por el otro lado, muchos estados (sobretodo de América Latina) están pasando, o ya pasaron, a la categoría de países de renta medio-alta, provocando una disminución de la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD), en los mismos.

Esta crisis, que está afectando de forma particular a la Unión, que es el primer donante de cooperación al desarrollo del mundo, es una crisis no sólo económica, sino también de valores e ideales que nos lleva a repensar los efectos de la cooperación y sus motivaciones, replantear el concepto de ayuda y restablecer los roles de los actores en juego.

Si miramos bien la relación entre las grandes cantidades de dinero y recursos que han sido invertidos en todos estos años en programas de cooperación y los efectos positivos producidos, podríamos catalogarlo como un fracaso. Esto se debe a una distribución incorrecta de la ayuda, dinero entregado a gobiernos corruptos, imposición del propio modelo de desarrollo sin respetar y valorizar las diferencias, así como la construcción de programas efectivos que no se basaran sólo sobre el puro asistencialismo, y, en general, las muchas dificultades que pueden derivar de una misión tan difícil. Por el otro lado, también hay que valorar los intereses políticos y económicos, que desde siempre existen detrás de la cooperación internacional, así como el poco interés de los Estados “donantes” y la incapacidad de los gobiernos de los “estados receptores” para fomentar políticas publicas que tengan como objetivo acabar con la pobreza y la desigualdad.

A pesar de todo, estoy convencida que la cooperación sea un óptimo instrumento para contribuir al desarrollo y al bienestar de los estados y de la población. Con desarrollo no me refiero al “modelo occidental” implementado después de la Segunda Guerra Mundial, sino un desarrollo que respete las diferencias de los pueblos, de los individuos y del medioambiente. Que mire a lo local pensando en los efectos de las acciones en el lo global, y que tenga como primer objetivo el bienestar de los individuos, de la comunidad y del planeta. Un desarrollo sostenible que incluya el componente económico, social y medioambiental. Con bienestar aludo al concepto de Amartya Sen sobre el acceso a las oportunidades, así como a la definición propuesta por la CEPAL que menciona los concepto de brecha socio-económica, sentido de pertenencia y solidariedad en una comunidad.

Por ejemplo, no se trata solo de luchar contra el hambre en el mundo sino de crear una consciencia alimentaria; no basta con tolerar a las minorías, sino de respetarlas y dotarlas de derechos; y no es suficiente con construir escuelas, si no se apuesta por una educación que respete las diferencias y donde se valorice al alumno como individuo.

Es necesario reformular el concepto de ayuda, y se tienen que implementar tipologías diferentes de cooperación como la descentralizada y la sur-sur que privilegian una relación horizontal entre los actores, poniendo en práctica los Principios de París de alineación, apropiación, armonización, resultados y mutua rendición de cuentas. En las próximas entradas me gustaría hablar un poco sobre estas dos tipologías de cooperación como ejemplos de buenas prácticas.

La construcción de un mundo más abierto al encuentro, a la acogida, a la tolerancia y con una menor desigualdad parece una idea utópica, pero sin duda merece la pena intentarlo.

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