Nuestros males y la cosmética: elogio a José Padilha

Primero algunas palabras sobre el nombre de este blog. Cuando mis amigos del Consejo Editorial de Iberoamérica Social me propusieron crearlo, me manifestaron interés en que el blog tratase de variados temas a través de una cierta “visión filosófica” de las cosas. Con recelo de que mi “visión filosófica” no pueda abarcar muchos campos y, aún más allá, deseando que este espacio no se destine a discutir pensamientos filosóficos duros o que se transforme en una extensión de mi investigación académica, pretendo escribir de modo que la filosofía sea pensada en el sentido más amplio y diluido posible, solo recurriendo a veces a la bibliografía filosófica y a los asuntos reconocidos tradicionalmente como filosóficos, pero sin que eso sea obligatorio. Luego, por eso mismo, la primera entrada no habla de filosofía, sino de cine brasileño. Bien, ¿y el nombre del blog? Es bien sabido que el búho se convirtió en el símbolo o hasta la mascota de la filosofía. Esa imagen es atribuida a Hegel que, cierta vez, comparó el trabajo filosófico al búho de Minerva: el búho es un animal, generalmente, de hábitos nocturnos; así como la filosofía él llega después, cuando los hechos ya se consumieron. Para Hegel, la filosofía no podía hacer previsiones, ella necesita esperar que los acontecimientos cesen para, entonces, encontrar el nexo espiritual entre ellos. En diversas partes de América y, en especial, en casi todo Brasil, hay una especie de búhos que aquí llamamos búho-buraqueira (de los agujeros). Me gusta su imagen como alternativa a aquel de Hegel por algunas razones: 1) él vive en agujeros, construidos por él mismo o por otros animales, en pequeñas cavernas; tal vez la primera y más famosa alegoría utilizada en la historia de la filosofía es, justamente, la de una caverna, aquella de Platón; 2) él no pertenece a la diosa Minerva, pero es de aquí mismo y recibe un nombre muy brasileño; generalmente exclamamos la expresión “Buraqueira” cuando pasamos con el coche por aquellas carreteras pésimas, agujereadas, comunes en todo Brasil; 3) es un animal diurno, lo que por sí solo ya contradice la visión hegeliana; quien sabe, será posible ofrecer una visión filosófica de los hechos sin esperar su finalización, aun en el calor de los acontecimientos y de las emociones. Si todo va bien, o mismo mal, me gustaría escribir aquí casi siempre sobre temas lo más actuales posibles. Doy, entonces, el puntapié inicial a “Buraqueira”. Esperando las contribuciones de los lectores, aportaciones y críticas si es posible. El diálogo está siempre abierto.

Recuerdo bien que, hace algunos años, cuando en mi breve estancia por los estudios sobre cine, estábamos, yo y algunos colegas (los profesores tal vez menos), bastante convencidos y motivados por el lema creado y discutido por Ivana Bentes, investigadora en comunicación de la Universidad Federal de Rio de Janeiro, para definir un nuevo cine brasileño nacido en el paso de los 90 para la década del 2000: “cosmética del hambre”. Tal eslogan condensaba fuertes críticas a películas como Ciudad de Dios (película de Fernando Meireles, 2002) que parecían haber descubierto una fórmula comercial infalible; mostrar los problemas de Brasil de una forma atractiva y dinámica, con imágenes de entretenimiento, con una narrativa envolvente y un montaje veloz como los clips de música pop. La violencia, hecho social de los más explotados por ese nuevo cine, era la oportunidad más para un cine de acción bien al gusto de los estudios norteamericanos que para la reflexión sobre la historia y la sociedad que la produce. Cuando se contrasta con obras cinematográficas brasileñas de las décadas de los 50 y 60, por ejemplo, películas como “Central de Brasil” (de Walter Salles, 1998), y “Yo, Tu, Ellos” (Andrucha Waddington, 2000) se muestran ineficaces, bien hechos, pero, inocuos. La expresión “cosmética del hambre”, de hecho, fue forjada en referencia a la “estética del hambre” antes pregonada por Glauber Rocha en defensa de un cine estéticamente violento, indiferente al gusto de los medios y las taquillas, preocupado con la toma de consciencia por parte del espectador y el entendimiento de la complejidad nacional. Y tal vez, en ese todo, lo que más nos interesaba, o a mí por los menos, era la idea de que el arte no tiene nada que ver con la industria y el dinero. Ingenuidad bastante comprensible en personas que aspiraban entrar en un ramo de producción artística tan disputada e industrializada como el cine. Era fascinante imaginar un cine brasileño que preservara algo que la samba, por ejemplo, consiguiera, o sea, ser arte popular sin encuadrarse perfectamente en la categoría de “industria cultural” o de producto de simple entretenimiento para las masas.

Pero no es de mí o de mi grupo de colegas sobre lo que pretendo hablar. Hice este breve relato sobre el impacto de aquellas ideas, que debe haber sido aun mayor sobre las personas realmente comprometidas con el séptimo arte, solo para indicar como las cosas pueden cambiar en nuestras cabezas.

He acompañado con cierta alegría y orgullo, no desprovisto de nacionalismo barato, el surgimiento de Jose Padilla en el escenario cinematográfico del país. No soy capaz de observar sus películas – entre ellas, Ônibus 174 (de 2002), Estamira (de 2005, que no dirigió, pero produjo), pero, sobre todo, Tropa de Elite I e II (2007 e 2010) y, ahora, Robocop – a pesar de toda su “cosmética” y entendimiento de lo que sea la industria del cine, como meras obras distanciadas que transforman la realidad en producto de gozo. Pienso que, al contrario, esas películas tiene el mérito de lanzar algo de luz sobre temas que necesitan urgentemente de un debate público, para aproximar a nosotros, espectadores, muchas veces despreocupados, a estas cuestiones. No creo que una película pueda o deba desencadenar eso ella sola, ni que sea tarea fundamental de un cineasta tocar en las heridas de la sociedad y posibilitar o exigir una discusión, pero cuando ocurre eso, es, sin duda, muy bienvenido.

Me satisface bastante también porque la divulgación de sus películas viene acompañada de la aparición del director en la media, donde, sin miedo, contribuye aún más para el debate del cual sus películas pretenden participar. Recientemente asistí a entrevistas suyas para dos canales de televisión y me impresionó como él, con confianza e inteligencia, ofrece su diagnóstico sobre la policía militar brasileña, piensa en el fracaso de las Unidades de Policía Pacificadora (UPPs) en las favelas de Rio de Janeiro, y afirma que nada fue hecho en términos de una política nacional de seguridad pública durante los gobiernos de FHC e Lula, expone las razones que él cree que explican esa inercia y, además de eso, describe el proyecto de seguridad pública y de reforma de la policía en la que él más confía. No voy a detallar el contenido de sus opiniones, ellas están por ahí para quien quiera saber, concordar o no. Muestro más abajo, al menos, la entrevista que él dio para el programa “Roda Viva” del canal TV Cultura. Mucho más debe haber en las revistas y sitios web especializados en arte. Mi intención es solamente reafirmar de lo que ya se habla en la aparición de Jose Padilha y de las películas dirigidas por él: es posible producir, también en Brasil, obras de consumo de masas intencionalmente menos artísticas y revolucionarias y, aun así, atrayentes, inteligentes, reflexivas y provocadoras; es licito y provechoso para el público brasileño un cine que haga uso de aspectos formales y de estilo que atraigan un gran público y no selecto, inversiones y proyección internacional, cuando las intenciones de la película no se resuman a esos puntos.

Esta discusión acerca de la posible fusión entre obra de arte, producto de consumo y entretenimiento no es nueva en nuestro país. En la música popular brasileña, por ejemplo, se sugiere que fue resulta mucho más temprano, a partir del impulso dado por el Tropicalismo, cuando se decidió admitir la influencia de la música pop extranjera y las ideas de mercado en la producción musical del país. Pero, en el cine, la idea de la “cosmética del hambre” parece haber tirado alguna sombra sobre las películas del periodo de pos-dictadura, disminuyendo nuestra esperanza en un cine brasileño de autor, realmente creativo y, sobre todo, comprometido con nuestros problemas. No considero que la filmografía de Padilha muestre el fin de la “cosmética del hambre”, su superación o el retorno al cine brasileño que despreciaba los dictados del mercado. Pienso que sus obras sugieren que la cosmética puede, además de producir adornos que transforman el horror en placer estético (nuestra palabra cosmética deriva del griego kosmeticos, hábil en adornar), también ser promotora de debates públicos, cosa rara en el “arte de masas” brasileño. En este sentido, Padilha indica que la cosmética de nuestro cine no se agotaría en sí o en la expectativa de lucro, pero es medio para otra cosa, para “contar una historia” como él prefiere decir, o para discutir nuestro momento histórico actual, como me gusta pensar a mí. Tampoco se trata aquí de idealizar una función del arte o del artista. Las películas y las opiniones de Padilha son destacadas solamente a partir del plano de fondo del descontento casi general de la población. Su crítica a las UPPs, por ejemplo, no es, obviamente, un caso aislado, ella acontece después de la campaña popular “¿Dónde está el Amarildo?” que, a su vez, vienen del aumento en la intensidad de las manifestaciones de junio y julio del 2013. Más minuciosamente, el despertar crítico del arte y de sus creadores no es necesario para el despertar crítico de la sociedad. Pero, insisto, el papel de ese cine y de ese creador merece una buena acogida por nuestra parte. Sobre todo cuando tal papel o función, el del debate público, es raramente ejercido dentro de la industria del arte/entretenimiento brasileño. Creo que podemos contar con los dedos los artistas que, además de elaborar obras pensando en el vasto público, quieren pensar en el país.

Robocop es un bonito ejemplo de como la “cosmética del hambre” necesita ser evaluada con otros criterios. No es propiamente una película brasileña, fue producida por la MGM, de Hollywood. Pero, como dice Padilha, considerando que cuatro brasileños ocupan posiciones claves en la producción (dirección, fotografía, música y edición), es una película brasileña de 130 millones de dólares. En ella, Padilha no refleja ni recrea las dolencias sociales brasileñas, pero es bastante audaz al introducir debates morales acerca de la combinación entre tecnología, robotización, guerra y defensa pública. Debate que, según él, comienza a presentarse como impostergable cuando se recuerda, por ejemplo, el uso de drones en las guerras de los Estados Unidos contra militantes de Al-Qaeda en países como Irak o Afganistán. Para mí, hay algo sumamente interesante en esta producción: no me parece de poca importancia que un cineasta brasileño consiga usar, en los límites de lo que es posible, todo el aparato de Hollywood, sus estrellas, sus estudios, sus dólares, su tecnología, sus recursos estéticos y dramatúrgicos, incluyendo clichés y todo, para hacer una película con una cara un tanto extraña para los patrones de los blockbusters: una película de héroe con severas críticas al modelo militar americano, a los mass media manipuladores y reaccionarios, al desespero social por la protección contra la violencia, ansia que deshace, a favor de ella, cualquier moralidad. El viejo lema oswaldiano de antropofagia cultural resuena aún con mucha fuerza en la cosmética de Robocop.

Para terminar, la pregunta: ¿qué demonios tiene que ver todo esto con la filosofía? La verdad es que este texto no acaba aquí. Pretendo, en las próximas entradas, seguir hablando no exactamente de Padilha y su importancia para el cine nacional, pero sí de algunos asuntos que emergen en esta, su última película, Robocop, y que son temas bastante contemporáneos de la filosofía, más específicamente, de las llamadas filosofía de la mente y filosofía de la tecnología. Quise hacer apenas una introducción, con carácter más de critica cultural que filosófica, para las próximas entradas. Así, a fin de que acompañen con interés las próximas entradas de este blog, recomiendo que vean Robocop y que, además, anoten el nombre de los personajes. En breve me explico…