“El neoliberalismo creó las condiciones para transformar una democracia liberal en un Estado fascista”

Giroux

El autoritarismo está al acecho en los Estados Unidos. El presidente Donald Trump se ha rodeado de belicistas, lo que aumenta la amenaza de una escalada militar en Siria y otros países. ¿Qué podemos hacer?

El intelectual y activista social Henry A. Giroux (Providence. EE.UU., 1943) analiza los nuevos desarrollos que están teniendo lugar en los Estados Unidos, identifica las fuerzas subyacentes del autoritarismo y las posibles estrategias y tácticas para involucrarse con éxito en los procesos de resistencia y transformación social igualitaria durante la presidencia de Trump. Giroux ha sido incluido en la obra Fifty Modern Thinkers on Education: From Piaget to the Present (Routledge, 2002), un volumen que recopila los 50 pensadores que más han contribuido al debate educativo en el siglo XX. En 2007, fue considerado por el diario Toronto Star como uno de los “12 canadienses que están cambiando nuestra forma de pensar”. Sus últimos libros son America’s Addiction to Terrorism (Monthly Review Press, 2016) y America at War with Itself (City Lights, 2017).

Giroux argumenta que el tipo de política populista de Trump supone una tragedia para la democracia y un triunfo para el autoritarismo: utilizando la manipulación, la tergiversación y un discurso de odio, está impulsando políticas diseñadas para destruir el Estado de Bienestar y las instituciones que hacen posible la democracia. Según Giroux, los primeros meses de gobierno de Trump ofrecen una visión aterradora de un proyecto autoritario que combina la crueldad del neoliberalismo con un ataque a la memoria histórica, la agencia crítica, la educación, la igualdad y la verdad misma. Aunque lo que está ocurriendo en los EE.UU. es diferente del fascismo de los años treinta (y mucho menos violento a nivel interno), el profesor canadiense sostiene que el país se encuentra en un punto de inflexión que está trayendo un autoritarismo virulento de estilo americano. En esta entrevista, realizada por correo electrónico, Giroux muestra que vivimos tiempos verdaderamente peligrosos, en los que los extremistas de derecha continúan moviéndose desde los márgenes al centro de la vida política.

Comencemos por discutir el estado actual de la política estadounidense y luego pasaremos a analizar las alternativas para el cambio. ¿Cuál es su evaluación de los cien primeros días de la presidencia de Trump?

Los cien primeros días de presidencia de Trump encajan perfectamente con su ideología profundamente autoritaria. En lugar de verse limitado por la historia y el poder de la presidencia, como algunos habían predicho, Trump aceptó sin remordimientos una ideología y una política profundamente autoritarias que ha puesto de manifiesto en varias acciones.

Primero, en su discurso inaugural, se hizo eco de los sentimientos fascistas del pasado al pintar una imagen distópica de los Estados Unidos. Esta visión apocalíptica subyacía en el énfasis característicamente autoritario de la explotación del miedo, en la exigencia de un hombre fuerte para solucionar los problemas de la nación, en la demolición de las instituciones tradicionales de gobierno, en la expansión de los gastos militares y en la xenofobia y el racismo. Se trata de utilizar el terror como un herramienta importante de gobierno.

En segundo lugar, el apoyo de Trump al militarismo, al nacionalismo blanco, al populismo derechista y a una versión dopada del neoliberalismo se concretó en sus gabinetes y nombramientos, conformados principalmente de generales, supremacistas blancos, islamófobos, multimillonarios de Wall Street, antiintelectuales, incompetentes, negadores del cambio climático y fundamentalistas del libre mercado. Lo que comparten todos estos nombramientos es una ideología nacionalista neoliberal y blanca destinada a destruir las esferas públicas, como la educación y los medios críticos que hicieron funcionar la democracia, además de las instituciones políticas democráticas, como un poder judicial independiente. También están unidos en el objetivo de eliminar las políticas que protegen a las agencias reguladoras y proporcionan una base para exigir responsabilidades al poder. Lo que está en juego es un frente unido de autoritarios que intentan erosionar las instituciones, valores, recursos y relaciones sociales que no están organizadas de acuerdo con los dictados de la racionalidad neoliberal.

En tercer lugar, Trump inició una serie de órdenes ejecutivas que no dejaron ninguna duda de que estaba más que dispuesto a destruir el medio ambiente, separar a las familias de inmigrantes, eliminar o debilitar las agencias reguladoras, expandir el presupuesto del Pentágono, destruir la educación pública, deportar a 11 millones de inmigrantes irregulares, desatar a los militares y la policía para promulgar su autoritaria agenda nacionalista e invertir miles de millones en la construcción de un muro que se erige como símbolo de la supremacía blanca y el odio racial. Hay una cultura de la crueldad que se puede ver en la voluntad de la Administración Trump de destruir cualquier programa que pueda proporcionar ayuda a los pobres, a las clases trabajadoras y medias, a los ancianos y a los jóvenes. Por otra parte, el régimen de Trump está lleno de belicistas que han tomado el poder en un momento en el que las posibilidades de las guerras nucleares con Corea del Norte y Rusia han alcanzado niveles peligrosos. Además, existe la amenaza de que la Administración Trump escale un conflicto militar con Irán y se involucre militarmente en Siria con mayor virulencia.

En cuarto lugar, Trump demostró repetidamente una total falta de respeto por la verdad, el derecho y las libertades civiles, y al hacerlo ha socavado la capacidad de los ciudadanos de discernir la verdad en el discurso público, probar las conjeturas, sopesar la evidencia e insistir en la aplicación de estándares éticos y métodos rigurosos para pedir responsabilidades al gobierno. Sin embargo, Trump ha hecho más que cometer lo que Eric Alterman llama “crímenes públicos contra la verdad”. La confianza pública se derrumba en ausencia de disensión, una cultura de cuestionamiento, argumentos sólidos y la creencia de que la verdad no sólo existe, sino que también es indispensable para una democracia. Trump ha mentido repetidamente, llegando incluso a acusar al expresidente Obama de realizar escuchas telefónicas, y cuando sus falsedades han sido confrontadas, ha respondido con ataques a los críticos, acusándoles de difundir fake news, noticias falsas. Con Trump, las palabras desaparecen en la madriguera de los “hechos alternativos”, socavando la capacidad de diálogo político, de una cultura de cuestionamiento y de la cultura cívica misma. Además, Trump no sólo se niega a usar el término democracia en sus discursos, sino que también está haciendo todo lo posible por sentar las bases de una sociedad abiertamente autoritaria. Trump ha demostrado en sus primeros meses en el cargo que es una tragedia para la justicia, la democracia y el planeta y un triunfo para un protofascismo de estilo americano.

Usted ha argumentado que las sociedades contemporáneas están en un punto de inflexión que está trayendo el surgimiento de un nuevo autoritarismo. ¿Trump sólo sería la punta del iceberg de esta transformación?

El totalitarismo tiene una larga historia en los Estados Unidos y sus elementos pueden verse en el legado de fenómenos endémicos como el nativismo, la supremacía blanca, Jim Crow, los linchamientos, el ultranacionalismo y los movimientos populistas de derecha, como el Ku Klux Klan y las milicias, que han dado forma a la cultura y sociedad estadounidenses. También son evidentes en el fundamentalismo religioso que ha dado forma a gran parte de la historia del país con su antiintelectualismo y desprecio por la separación entre la Iglesia y el Estado. Se puede encontrar más evidencia en la historia de las grandes empresas que utilizan el poder estatal para socavar la democracia mediante el aplastamiento de los movimientos laborales y el debilitamiento de las esferas políticas democráticas. La sombra del totalitarismo también puede verse en el tipo de fundamentalismo político que surgió en los Estados Unidos en los años veinte con las redadas de Palmer y en los cincuenta con el macartismo y el silenciamiento de la disidencia. Lo vemos en el PowellMemorándum en los setenta y en el primer informe importante de la Comisión Trilateral, llamado The Crisis of Democracy, que veía la democracia como un exceso y una amenaza. También vimos elementos en el programa Cointelpro del FBI, que se infiltró en grupos radicales e incluso llegó a matar a algunos activistas.

A pesar de este triste legado, la ascendencia de Trump representa algo nuevo y aún más peligroso. Ningún presidente reciente ha mostrado un desprecio tan flagrante por la vida humana, ha abolido la distinción entre la verdad y la ficción, se ha rodeado tan abiertamente de los nacionalistas blancos y los fundamentalistas religiosos, o ha expuesto lo que Peter Dreier ha calificado como “la disposición a invocar abiertamente todos los peores odios étnicos, religiosos y raciales, para atraer a los elementos más despreciables de nuestra sociedad y desencadenar un aumento del racismo, el antisemitismo, la agresión sexual y el nativismo por parte del KKK y otros grupos de odio”.

El comentarista conservador Charles Sykes tiene razón cuando argumenta que “el desacreditar las fuentes de información independientes tiene dos grandes ventajas para Trump: ayuda a aislarlo de la crítica y le permite crear sus propias narrativas, métricas y ‘hechos alternativos’. Esto se encuentra en todas las administraciones, pero lo que estamos viendo aquí es un ataque a la credibilidad”. En una señal aterradora de su disposición a desacreditar a los medios de comunicación críticos y suprimir la disidencia, ha llegado a calificar a los medios críticos de “enemigos del pueblo”, mientras que su jefe de estrategia, Stephan Bannon, los ha llamado “el partido de la oposición”. Ha atacado –y en algunos casos despedido– a jueces que han mostrado desacuerdo con sus políticas. Al mismo tiempo, ha amenazado con retirar fondos federales de universidades que cree que están copadas por liberales e izquierdistas, y ha adoptado teorías de la conspiración de derecha para atacar a sus oponentes y legitimar sus propios alejamientos de la razón y la moral.

Lo que debe reconocerse es que una nueva coyuntura histórica surgió en los años setenta, cuando el capitalismo neoliberal comenzó a librar una guerra sin precedentes contra el contrato social. En ese momento, los funcionarios electos pusieron en práctica programas de austeridad que debilitaron las esferas públicas democráticas, atacaron con agresividad los pilares del Estado del Bienestar y emprendieron un asalto a todas las instituciones que son fundamentales para crear una cultura formativa crítica en la que los asuntos de justicia económica, alfabetización cívica, libertad e imaginación social se nutren desde la política. El contrato social entre el trabajo y el capital fue quebrado a medida que el poder dejó de estar limitado por la geografía y se desarrolló una élite global sin obligaciones respecto los Estados-nación. A medida que el Estado-nación se debilitaba, se fue reduciendo a un sistema regulador que servía al interés de los ricos, de las grandes empresas y de la élite financiera. El poder de hacer cosas ya no está en manos del Estado; ahora reside en manos de la élite global y es administrado por los mercados. Lo que ha surgido con el  neoliberalismo es una crisis tanto del Estado como política. Una consecuencia de la separación del poder y la política fue que el neoliberalismo dio lugar a desigualdades masivas en riqueza, ingreso y poder, impulsando el gobierno de la élite financiera y una economía del 1%. El Estado no fue capaz de proporcionar provisiones sociales y fue orientado rápidamente hacia sus funciones carcelarias. Es decir, a medida que el Estado social se vaciaba, el Estado castigador asumía cada vez más sus obligaciones.

El compromiso político, el diálogo y las inversiones sociales dieron paso a una cultura de contención, crueldad, militarismo y violencia. La guerra contra el terror militarizó aún más la sociedad estadounidense y creó las bases para una cultura del miedo y una cultura de guerra permanente. Las culturas de guerra necesitan enemigos y en una sociedad gobernada por una noción despiadada de interés propio, privatización y mercantilización, cada vez más grupos fueron demonizados, excluidos y considerados como desechables. Esto incluyó a negros pobres, latinos, musulmanes, inmigrantes no autorizados, comunidades transgénero y jóvenes que protestaron contra el creciente autoritarismo de la sociedad estadounidense. Las apelaciones de Trump a la grandeza nacional, el populismo, el apoyo a la violencia estatal contra los disidentes, el desdén por la solidaridad humana y una cultura racista de larga data tienen un largo legado en los Estados Unidos y se aceleraron cuando el Partido Republicano fue conquistado por fundamentalistas religiosos, económicos y educativos. Cada vez más, la economía orientó la política, estableció las políticas y puso en primer plano la capacidad de los mercados para resolver todos los problemas, para controlar no sólo la economía, sino toda la vida social.

Bajo el neoliberalismo, la represión se convirtió en permanente en los EE.UU. Las escuelas y la policía local se militarizaron cada vez más. Los comportamientos cotidianos, incluyendo una serie de problemas sociales, fueron criminalizados. Además, el abrazo distópico de una sociedad de control orwelliana se intensificó bajo el paraguas de un Estado de Seguridad Nacional, con 17 agencias de inteligencia. Los ataques a los ideales, valores, instituciones y relaciones sociales democráticos se acentuaron mediante la complicidad de los medios de comunicación apologéticos, más preocupados por sus audiencias que por su responsabilidad como Cuarto Poder. Con la erosión de la cultura cívica, la memoria histórica, la educación crítica y cualquier sentido de ciudadanía compartida, fue fácil para Trump crear un pantano político, económico, ético y social corrupto. Su triunfo debe ser visto como la esencia destilada de una guerra mucho más amplia contra la democracia, puesta en marcha en la modernidad tardía,  por un sistema económico que ha utilizado cada vez más todas las instituciones ideológicas y represivas a su disposición para consolidar el poder en manos del 1%. Trump es a la vez un síntoma y un acelerador de estas fuerzas y ha impulsado una cultura de la intolerancia, el racismo, la avaricia y el odio, moviéndola de los márgenes al centro de la sociedad americana.

¿Cuáles serían las similitudes y las diferencias respecto a formas pasadas de autoritarismo y totalitarismo?

Hay ecos del fascismo clásico de los años veinte y treinta en gran parte de lo que Trump dice y hace. Elementos fascistas resuenan cuando Trump utiliza un mar de ira mal dirigida, se presenta como un líder fuerte que puede salvar a una nación en declive y repite el guión fascista del nacionalismo blanco en sus ataques contra inmigrantes y musulmanes. También coquetea con el fascismo en su llamada a un renacimiento del ultranacionalismo, su discurso del odio racista, su chivo expiatorio del otro, y sus rabietas juveniles y ataques en Twitter a cualquier persona que esté en desacuerdo con él. Lo mismo sucede con su uso del espectáculo para crear una cultura de autopromoción, su mezcla de política y teatro mediada por una brutalidad emocional y la voluntad de elevar la emoción sobre la razón, la guerra sobre la paz, la violencia sobre la crítica y el militarismo sobre la democracia. La adicción al autoenriquecimiento masivo y la moralidad de gánster amenazan con normalizar un nuevo nivel de corrupción política. Además, usa el miedo y el terror para demonizar a otros y para rendir homenaje a un militarismo desenfrenado. Se ha rodeado de un círculo íntimo de la derecha para ayudarlo a poner en práctica sus peligrosas políticas en materia de salud, medio ambiente, economía, política exterior, inmigración y libertades civiles.

Trump también ha ampliado la noción de propaganda a algo más peligroso para la democracia. Como mentiroso habitual, ha intentado borrar la distinción entre los hechos y la ficción, los argumentos basados ​​en la evidencia y la mentira. No sólo ha reforzado la legitimidad de lo que llamo la máquina de desimaginación, sino que también ha creado entre grandes segmentos del público una desconfianza hacia la verdad y las instituciones que promueven el pensamiento crítico. En consecuencia, ha conseguido organizar a millones de personas que creen que la lealtad es más importante que la libertad cívica y la responsabilidad. Al hacerlo, ha vaciado el lenguaje de la política y el horizonte de la política de cualquier significado sustantivo, contribuyendo a una cultura autoritaria y despolitizada del sensacionalismo, la inmediatez, el miedo y la ansiedad.

Trump ha galvanizado y envalentonado a todas las fuerzas antidemocráticas que han estado moldeando el capitalismo neoliberal en todo el mundo durante los últimos 40 años. A diferencia de los dictadores de los años treinta, no ha creado una policía secreta ni campos de concentración, no ha tomado el control total del Estado, ni arrestado a disidentes o desarrollado un sistema de partido único. Sin embargo, aunque los Estados Unidos de Trump no son una réplica de la Alemania nazi, expresan elementos del totalitarismo en formas claramente americanas. Se trata de la advertencia de Hannah Arendt de que, en lugar de ser algo del pasado, elementos del totalitarismo se cristalizarían, probablemente a mediados de siglo, en nuevas formas. Seguramente, como señala Bill Dixon, “los orígenes demasiado proteicos del totalitarismo siguen estando con nosotros: la soledad como registro normal de la vida social, la frenética legalidad de la certidumbre ideológica, la pobreza y la falta masiva de vivienda, la rutina de utilizar el terror como instrumento político y las velocidades y escalas cada vez mayores de los medios de comunicación, la economía y la guerra”.

Las condiciones que produce la aterradora maldición del totalitarismo parecen estar sobre nosotros y pueden observarse en la negación de Trump de las libertades civiles, en el temor entre la población en general, en la hostilidad al Estado de Derecho y a una prensa libre y crítica, un desprecio por la verdad y este intento de crear una nueva formación política a través de la alineación de fundamentalistas religiosos, racistas, xenófobos, islamófobos, ultrarricos y militaristas desquiciados.

¿Cuáles son las conexiones entre el neoliberalismo y el surgimiento del neoautoritarismo?

El neoliberalismo ha actuado agresivamente como un proyecto económico, político y social destinado a consolidar la riqueza y el poder en manos del 1% superior. Funciona a través de múltiples registros, como una ideología, un modo de gobierno, una máquina de hacer política y una forma venenosa de pedagogía pública. Como ideología, considera el mercado como el principal principio organizador de la sociedad, al mismo tiempo que adopta la privatización, la desregulación y la mercantilización como elementos fundamentales para la organización de la vida política y cotidiana. Como modo de gobernar, produce sujetos con un egoísmo desenfrenado y un individualismo desenfrenado mientras normaliza la competencia entre tiburones, la visión de que la desigualdad es evidentemente parte del orden natural y que el consumo es la única obligación válida de la ciudadanía. Como máquina de políticas, permite que el dinero conduzca la política, venda las funciones del Estado, debilite a los sindicatos, sustituya al Estado de Bienestar por el Estado de Guerra y busque eliminar las provisiones sociales, al mismo tiempo que amplía el alcance del Estado Policial a través de la criminalización de los problemas sociales. Como forma de pedagogía pública, se enfrenta a los valores públicos, al pensamiento crítico y a todas las formas de solidaridad que abarcan nociones de colaboración, responsabilidad social y el bien común.

El neoliberalismo ha creado el paisaje político, social y pedagógico que ha permitido acelerar las tendencias antidemocráticas que generan las condiciones para un nuevo autoritarismo en los Estados Unidos. Ha creado una sociedad gobernada por el miedo, ha impuesto grandes dificultades y desigualdades que benefician a los ricos a través de políticas de austeridad, ha erosionado la cultura cívica y formativa necesaria para producir ciudadanos críticamente informados y ha destruido cualquier sentido de ciudadanía compartida. Al mismo tiempo, el neoliberalismo ha acelerado una cultura de consumo, sensacionalismo, choque y violencia espectacular que produce no sólo un amplio panorama de competencia, mercantilización y vulgaridad desenfrenadas, sino también una sociedad en la que la agencia es militarizada, infantilizada y despolitizada.

Las nuevas tecnologías, que podrían ayudar a los movimientos sociales, han sido ampliamente utilizadas, por ejemplo, por Black Lives Matter. Junto con el desarrollo de medios críticos en internet para educar y promover en una agenda radicalmente democrática,. Al mismo tiempo, el paisaje de las nuevas tecnologías y las principales redes sociales operan dentro de un poderoso ecosistema neoliberal que ejerce una influencia desmedida en el aumento del narcisismo, el aislamiento, la ansiedad y la soledad. Al individualizar todos los problemas sociales, priorizar e idealizar la responsabilidad individual, el neoliberalismo ha desmantelado los puentes entre la vida privada y la pública, haciendo casi imposible traducir las cuestiones privadas en consideraciones sistémicas más amplias. El neoliberalismo creó las condiciones para la transformación de una democracia liberal en un Estado fascista, creando las bases para el control no sólo de las instituciones dominantes por una élite financiera, sino también eliminando las protecciones civiles, personales y políticas ofrecidas a los individuos en una sociedad libre.

Si el autoritarismo en sus diversas formas apunta a la destrucción del orden democrático liberal, el neoliberalismo proporciona las condiciones para que esa devastadora transformación ocurra al crear una sociedad a la deriva en una situación de extrema violencia, desigualdad, crueldad y desdén por la democracia. La elección de Trump sólo confirma que las posibilidades de autoritarismo están al acecho y han dado paso a una forma más extrema y totalitaria del capitalismo tardío.

¿Qué papel han jugado las instituciones educativas, como las universidades?

Idealmente, las instituciones educativas, como la educación superior, deben ser entendidas como esferas públicas democráticas, como espacios en los que la educación permite a los estudiantes desarrollar un sentido agudo de justicia económica, profundizar el sentido de la agencia moral y política, utilizar habilidades analíticas críticas y cultivar una alfabetización cívica a través de la cual aprenden a respetar los derechos y perspectivas de los demás. En este caso, la educación superior debe mostrar en sus políticas y prácticas una responsabilidad no sólo de buscar la verdad independientemente de dónde pueda conducir, sino también de educar a los estudiantes para que la autoridad y el poder sean responsables políticamente y moralmente, al tiempo que promuevan una cultura pública democrática y formativa.

Desafortunadamente, el ideal está en desacuerdo con la realidad, sobre todo desde la década de 1960, cuando una ola de luchas estudiantiles por democratizar la universidad y hacerla más inclusiva fue respondida con un ataque sistemático y coordinado a la universidad como supuesto centro de pensamiento radical y liberal. Los conservadores comenzaron a centrarse en cómo cambiar la misión de la universidad para alinearla con los principios del libre mercado, limitando al mismo tiempo la admisión de las minorías. La evidencia de un ataque tan coordinado puede encontrarse en las afirmaciones del informe de la Comisión Trilateral Crisis de la Democracia, que se quejaba del exceso de democracia, y más tarde en el Memorándum Powell, que sostenía que los defensores del libre mercado debían usar su poder y dinero para arrebatar la educación superior a los radicales estudiantiles y los excesos de la democracia. Ambos informes, de diferentes maneras, dejaron claro que las tendencias democratizadoras de los años sesenta tenían que ser restringidas y que los conservadores tenían que defender la comunidad empresarial usando su riqueza y poder para poner fin a un exceso de democracia en las instituciones responsables del “adoctrinamiento de los jóvenes”, que consideraban una grave amenaza para el capitalismo.

La mayor amenaza para la educación superior provino del auge del neoliberalismo a finales de los años setenta y de su asunción del poder con la elección de Ronald Reagan en los años 1980. En el régimen neoliberal de Estados Unidos y muchos otros países, los problemas que afronta la educación superior pueden vincularse a modelos de financiación eviscerados, a la dominación de estas instituciones por mecanismos de mercado, al auge de universidades con fines de lucro, al surgimiento de escuelas charter, a la intrusión del Estado de seguridad nacional y a la lenta desaparición del autogobierno de las facultades, que dejan en agua de borrajas el significado y la misión de la universidad como una esfera pública democrática. Con la embestida de las medidas de austeridad neoliberales, la misión de la educación superior pasó de consistir en educar a los ciudadanos a la formación de los estudiantes como fuerza de trabajo.

Al mismo tiempo, la cultura empresarial ha reemplazado cualquier vestigio de gobernabilidad democrática, con las facultades reducidas, con prácticas laborales degradantes y con los estudiantes vistos principalmente como clientes. En lugar de ampliar la imaginación moral y las capacidades críticas de los estudiantes, demasiadas universidades están ahora comprometidas con la producción de posibles gestores de hedge-funds y trabajadores despolitizados, y con la creación de modos de educación que promuevan una “docilidad técnicamente capacitada”. Atascadas por el dinero y cada vez más definidas en el lenguaje de la cultura corporativa, muchas universidades son impulsadas principalmente por consideraciones de salida laboral, militares y económicas, mientras se reduce la producción de conocimiento académico basado en los valores democráticos.

El ideal de la educación superior como un lugar para pensar, para promover el diálogo y para aprender cómo pedir al poder que rinda cuentas es visto como una amenaza para los modos de gobierno neoliberales. Al mismo tiempo, la educación es vista por los apóstoles del fundamentalismo de mercado como un espacio para producir ganancias y educar a una fuerza de trabajo supina y temerosa que exhibirá la obediencia exigida por el orden empresarial y financiero.

También ha escrito sobre la necesidad y las posibilidades de organizar fuerzas de resistencia y cambio durante la presidencia de Trump. En particular, ha subrayado la importancia de ampliar las conexiones entre los diversos movimientos sociales. ¿Cuáles son los grupos que en su opinión podrían trabajar juntos en los Estados Unidos?

Los movimientos que se centran en una sola problemática han hecho mucho por difundir los principios de justicia, equidad e inclusión en los Estados Unidos, pero, a menudo, operan en silos ideológicos y políticos. La izquierda y los progresistas en su conjunto deben unirse para crear un movimiento social unido en su defensa de la democracia radical, un rechazo de las formas no democráticas de gobernanza y el rechazo de la noción de que el capitalismo y la democracia son sinónimos. Hay que juntar los diferentes elementos de la izquierda para afirmar los movimientos singulares y reconocer sus límites al confrontar las múltiples dimensiones de la opresión política, económica y social, particularmente teniendo en cuenta el funcionamiento de la maquinaria y la racionalidad del neoliberalismo Para gobernar ahora toda la vida social.

Es fundamental reconocer que dado el dominio del neoliberalismo sobre la política estadounidense y el paso del neofascismo de los márgenes al centro del poder, se hace necesaria una unión de los progresistas y la izquierda en lo que John Bellamy Foster ha descrito como los esfuerzos por “crear un poderoso movimiento anticapitalista desde abajo, representando una solución completamente diferente, dirigida a un cambio estructural de época”.

¿Qué hay de la vieja idea del internacionalismo? ¿Es mejor dedicar esfuerzos a avanzar en la política nacional o tratar de construir alianzas entre movimientos sociales y fuerzas políticas de diferentes países en un proceso más largo? ¿Pueden combinarse ambos enfoques?

Ya no hay política en el exterior. El poder es global y sus efectos tocan a todos independientemente de las fronteras nacionales y las luchas locales. Las amenazas de la guerra nuclear, la destrucción ambiental, el terrorismo, la crisis de refugiados, el militarismo y las apropiaciones depredadoras de recursos, ganancias y capital por parte de la élite gobernante mundial sugieren que la política debe ser emprendida a nivel internacional para crear movimientos de resistencia que puedan aprender y apoyarse mutuamente. Necesitamos crear un nuevo tipo de política que aborde el alcance global del poder y el creciente potencial de destrucción masiva y de resistencia masiva global. Esto no sugiere renunciar a la política local y nacional. Por el contrario, significa conectar los puntos para que los vínculos entre la política local y la política estatal puedan ser comprendidos dentro de la lógica de fuerzas globales más amplias y de los intereses que las forman.

Otra idea clave que está promoviendo es que los movimientos transformadores también deben acercarse a aquellos que están desencantados con los sistemas políticos y económicos existentes, pero que carecen de un marco de referencia crítico para comprender las condiciones de su rabia.

Siguiendo el trabajo de teóricos como Paulo Freire, Antonio Gramsci, C. Wright Mills, Raymond Williams y Cornelius Castoriadis, he trabajado sobre la idea de que la crisis de la democracia no se debe solo a la dominación económica o la represión directa, sino que también se deriva de la crisis de la pedagogía y la educación. El fallecido Pierre Bourdieu tenía razón cuando afirmó en Actos de resistencia que, con demasiada frecuencia, la izquierda “ha subestimado las dimensiones simbólicas y pedagógicas de la lucha y no siempre ha forjado armas apropiadas para luchar en este frente”. También afirmó que “los intelectuales de izquierda deben reconocer que las formas más importantes de dominación no solo son económicas, sino también intelectuales y pedagógicas y se vinculan con las creencias y la persuasión. Es importante reconocer que los intelectuales tienen una enorme responsabilidad de desafiar esta forma de dominación”. Estas son intervenciones pedagógicas importantes e implican que la pedagogía crítica en sentido amplio proporciona las condiciones, ideales y prácticas necesarios para asumir las responsabilidades que tenemos como ciudadanos para exponer la miseria humana y eliminar las condiciones que la producen.

La pedagogía trata de cambiar la conciencia y desarrollar discursos y modos de representación en los que las personas puedan reconocerse a sí mismas y sus problemas. Nos permite centrarnos en una nueva comprensión de la lucha individual y colectiva. Los asuntos de responsabilidad, acción social e intervención política no se desarrollan simplemente a partir de la crítica social, sino también mediante formas de autorreflexión, análisis crítico y compromiso comunicativo. En resumen, cualquier proyecto radicalmente democrático debe incorporar la necesidad de que los intelectuales y otros colectivos enfoquen la pedagogía crítica no sólo como un modo de esperanza educada y como elemento clave de un proyecto educativo insurreccional, sino también como una práctica que aborda la posibilidad de interpretación como forma de intervención en el mundo.

Es fundamental reconocer que cualquier enfoque viable de una política inspirada democráticamente debe aceptar el desafío de permitir que las personas reconozcan e inviertan algo de sí mismas en el lenguaje, las representaciones, la ideología, los valores y las sensibilidades utilizados por la izquierda y otros progresistas. Esto significa asumir la tarea de hacer algo significativo para hacerlo crítico y transformador. Igual de importante es la necesidad de dar a la gente el conocimiento y las habilidades para entender cómo los problemas privados y cotidianos están conectados con estructuras más amplias. Como ha señalado Stuart Hall: “No podemos analizar solamente la lógica estructural subyacente. Hay que pensar en lo que pueda despertar identificación. No hay política sin identificación; las personas tienen que invertir algo de sí mismas, algo que reconocen como propio y habla a su condición, y sin ese momento de reconocimiento… no habrá un movimiento político sin ese momento de identificación”.

La pedagogía crítica no puede ser reducida a un método ni tampoco debe entenderse como no-directiva a la manera de una conversación espontánea con amigos durante el café. Como intelectuales públicos, la autoridad debe reconfigurarse no como una manera de sofocar la curiosidad y ahogar la imaginación, sino como una plataforma que provea las condiciones para que los estudiantes aprendan los conocimientos, habilidades, valores y relaciones sociales que aumentan su capacidad para asumir autoridad sobre las fuerzas que dan forma a sus vidas dentro y fuera de las escuelas. He argumentado durante años que la pedagogía crítica debe estar siempre atenta a abordar el potencial democrático de cómo se forman la experiencia, el conocimiento y el poder, tanto en el aula como en las esferas públicas más amplias y los aparatos culturales, extendiéndose de las redes sociales y de internet al cine, la cultura, los medios críticos y también los mayoritarios. En este sentido, la pedagogía crítica y la educación deben convertirse en elementos centrales de la política y deben ser vinculadas a la recuperación de la memoria histórica y a la abolición de las inequidades existentes. Lo que está en juego aquí es una “versión esperanzadora de la democracia, donde el resultado es una sociedad más justa y equitativa que trabaja por el fin de la opresión y el sufrimiento de todos”.

Podemos concluir la entrevista mirando al futuro con un optimismo informado. ¿Puede explicar el concepto de esperanza militante?

Cualquier confrontación con el momento histórico actual tiene que ser contorneada con un sentido de esperanza y posibilidad para que intelectuales, artistas, trabajadores, educadores y jóvenes puedan imaginar lo contrario a lo existente para actuar de otra manera. Mientras que muchos países se han vuelto más autoritarios y represivos, hay signos de que el neoliberalismo en sus diversas versiones está siendo desafiado, especialmente por los jóvenes, y que la imaginación social sigue viva. Las patologías del neoliberalismo son cada vez más evidentes y las contradicciones entre el gobierno de los pocos y los imperativos de una democracia liberal se han vuelto más agudas y visibles. El apoyo generalizado a Bernie Sanders, especialmente entre los jóvenes, es un signo de esperanza. También que muchos estadounidenses favorezcan los programas progresistas, como la atención de salud garantizada por el gobierno, la seguridad social y mayores impuestos para los ricos.

Para que la esperanza no desaparezca en la neblina del cinismo, la urgencia del momento actual exige reconocer que la cruel y dura realidad de una sociedad que encuentra repugnante la justicia, la moralidad y la verdad tiene que ser repetidamente cuestionada por proporcionar una excusa injustificada para la retirada de la vida política o un colapso de fe en la posibilidad de cambio. Una esperanza militante debe fomentar un sentido de indignación moral y la necesidad de organizarse con gran ferocidad. No hay victorias sin luchas. Y aunque estemos entrando en un momento histórico que se ha inclinado hacia un autoritarismo sin tapujos, esos momentos son tan esperanzadores como peligrosos. La urgencia de tales momentos puede galvanizar a las personas en una nueva comprensión del significado y valor de la resistencia política colectiva.

Lo que no podemos olvidar es que ninguna sociedad carece de resistencia y que la esperanza nunca puede reducirse a una mera abstracción. La esperanza tiene que ser informada, concreta y accionable. La esperanza en abstracto no es suficiente. Necesitamos una forma de esperanza militante y de práctica que se involucre contra las fuerzas del autoritarismo en los frentes educativos y políticos, para convertirse en el fundamento de lo que podríamos llamar la esperanza de la acción, es decir, una nueva fuerza de resistencia colectiva y un vehículo para transformar la ira en luchas colectivas; un principio para que la desesperación resulte poco convincente y la lucha sea posible.

Nada cambiará a menos que la gente empiece a tomar en serio los fundamentos culturales y subjetivos profundamente arraigados de la opresión en los Estados Unidos y lo que se requiere para hacer que esas cuestiones resulten significativas tanto a nivel personal como colectivo, para hacerlas críticas y transformadoras. Es una preocupación tanto pedagógica como política. Como me dijo Charles Derber, saber “cómo expresar las posibilidades y transmitirlas de manera verdadera y persuasiva parece fundamental” para desarrollar una noción viable de resistencia y cambio.

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Traducción del autor del texto publicado en  Truthout.

Joan Pedro-Carañana es profesor asociado de Comunicación en la Saint Louis University–Madrid Campus y doctor europeo en Comunicación, Cambio Social y Desarrollo por la Universidad Complutense de Madrid.

 

Fuente: http://ctxt.es/es/20170510/Politica/12554/Estados-Unidos-entrevista-Henry-Giroux-Trump-neoliberalismo-fascismo.htm