Mujeres en las venas. Recordando a Eduardo Galeano

A punto de cumplirse un mes del fallecimiento de Eduardo Galeano, las venas de muchos de nosotros continúan abiertas; abiertas por una pronta despedida y una pérdida a nivel cultural de carácter inconmensurable. Porque pocos se han atrevido como él a enfrentarse cara a cara a la injusticia social y a su verdadero rostro. El rostro de unos culpables tan poderosos, como enorme resulta la pobreza y el miedo para aquellos que lo sufren.

Mujeres es el próximo y último trabajo del escritor uruguayo, y con dicha publicación recuerdo ahora lo que Eduardo Galeano supuso para mí durante mi formación universitaria en Historia y estudios de género. Aquel Galeano que parecía golpear con la palabra, y que me abría con su dardo inteligente los ojos a una realidad desconocida y latente; a un relato histórico precario y, en muchos casos, falaz. Galeano me sabe a América Latina, a reivindicación de género y a reivindicación social. Galeano me conduce a lugares como Juárez, la ciudad más golpeada y condenada de México, o quizá del mundo entero. Una ciudad en la que si eres mujer estás destinada a la inseguridad, a las vejaciones y al miedo. También a la demonización social y sexual, como a la que se ha sometido a todas y cada una de las víctimas mortales que han cubierto el desierto de esta ciudad. Mujeres acusadas de malvivir, de malvestir  y de provocar al sexo contrario como consecuencia de hipotéticos hábitos de vida poco saludables, actitudes eróticas reprochables, y/o  reputaciones dudosas.

En Ciudad Juárez ser mujer dificulta el desarrollo personal y profesional, acribillado por un total desprecio al sexo femenino víctima de la pobreza y la desigualdad social. Mujeres totalmente perjudicadas por un sistema capitalista que crea soluciones de emergencia ante las situaciones de crisis socioeconómicas, a través de métodos precarios de creación de empleo en los cuales se otorga una clara prioridad al capital frente a los derechos del trabajador. Estas denominadas situaciones de emergencia se pueden revestir de más o menos intensidad, dependiendo de la zona en la que se establezcan y del sistema legislativo en el que se amparen. En este sentido, Ciudad Juárez es un espacio que nos grita avisándonos de la opresión obrera y la realidad del que migra; de la desigualdad laboral y social entre ricos y pobres, y… entre mujeres y hombres. Ciudad Juárez me retrotrae a la siguiente cita de El Segundo Sexo:

«Uno de los beneficios que la opresión ofrece a los opresores, es que el más humilde de ellos se siente superior: un pobre blanco del sur de los Estados Unidos tiene el consuelo de decirse que no es un sucio negro. Los blancos más afortunados explotan hábilmente este orgullo. De la misma forma, el más mediocre de los varones se considera frente a las mujeres un semidiós»

Asimismo, la ciudad (en su concepto más amplio) es más peligrosa para unas mujeres que para otras, ya que las mujeres negras o las indígenas se ven sometidas mucho más a menudo que cualquier otra a insultos y vejaciones machistas. Desigualdades, casi a nivel internacional, que resultan particularmente dolorosas en Juárez, donde según Melissa W. Wright, especialista en estudios de género y en el estudio de las mujeres mexicanas, la mujer es a los ojos de la sociedad “un ser golpeable y violable”.

Las venas abiertas de América Latina saben, en definitiva, a patriarcado; a abuso laboral; a discriminación racial, económica y sexual; y a una más que alarmante indiferencia estatal. En Ciudad Juárez siguen desapareciendo mujeres en 2015 con resultados casi siempre fatales y sin resolver, y cuenta con unas estadísticas sin parangón en cuanto a asesinatos de mujeres, contándose ya por miles sólo en lo que va de siglo veintiuno.

Juárez nos invita a despertar, a la reflexión feminista y a la justicia internacional. Nos reclama (siguiendo a Galeano en su famoso libro de Las venas abiertas de América Latina), descubrir la verdad de porqué el pobre es pobre, y a rechazar que su desnudez nos vista y que su hambre nos dé de comer. A despedirnos del miedo, del que parecen estar llenas las venas que aún permanecen abiertas, como ya nos dijera el Maestro…

 

«Al fin y al cabo, el miedo de la mujer a la violencia del hombre es el espejo del miedo del hombre, a la mujer sin miedo»