Muchos mares pero solo una orilla: La identidad lingüística y el destierro

Los españoles que dejaron el país tras el final de la Guerra Civil escogieron como destierro lugares en los que encontrar una identidad cultural, ligada a su lengua materna. Aunque muchos caminaron hacia los Pirineos y se establecieron en Francia, otros viajaron hacia las islas británicas, por el centro de Europa… e incluso llegaron a la antigua URSS; la mayoría viajó en barco hacia Hispanoamérica. Allí México ofreció a los exiliados uno de los mejores panoramas de acogida con un gobierno de izquierdas que, aún vencida la República, era reconocida como el gobierno legítimo.

De este modo, se extendieron por la América hispanoparlante, pero muchos de ellos nunca encontraron la identidad lingüística que buscaban. Su lengua materna era la catalana, la vasca o la gallega y solo volverían a encontrarla en su tierra natal.

Por esta razón nacieron diferentes actividades ligadas a estas lenguas, estas identidades culturales, desde la distancia. Se multiplicaron publicaciones ligadas a cada una de estas, entre las que destacaría en Francia la recuperación del mundo catalán gracias a empresas como Revista de Catalunya, Foc Nou, etc. En torno a ellas, se fundaron diferentes organizaciones dedicadas a la revitalización de esta cultura, como “Solidaridad Catalana” o “Cultura Catalana”, además de fundaciones como “Ramón Llull”.[1]

En ocasiones, junto a estas actividades propiamente nacionalistas, surgieron otras con unas miras más amplias. Fue el caso de un grupo gallego establecido en Argentina, donde su cultura había arraigado desde los movimientos migratorios anteriores, lo que facilitó el intercambio cultural.[2] Esto se debía a que algunos de nuestros protagonistas no nacieron o no vivieron siempre en Galicia, aunque siempre sintieron esta comunidad como su patria. Tal fue el caso de Lorenzo Varela, quien fue alumbrado en un barco que viajaba desde Galicia a Cuba, lugar al que navegaban sus padres en busca de trabajo, desde el que se trasladó a la capital argentina; Luis Seoane, nacido en Buenos Aires por circunstancias similares; el pontevedrés Manuel Colmeiro, establecido durante años en Argentina con su familia, al igual que el artista y político coruñés Daniel Castelao. Esto nos lleva a valorar de un modo distinto el trabajo de estas figuras a favor de la cultura gallega desde la distancia.

Estas destacadas personalidades se dieron a conocer en periódicos y revistas literarias durante su estancia en la España de las décadas de 1920 y 1930. Además, algunos de ellos tras el estallido de la guerra lucharon a favor de la causa republicana desde diversas organizaciones y, al finalizar la guerra experimentaron distintas vivencias, aunque lograron reunirse y formar nuevos proyectos.[3]

En Argentina continuaron con su labor artística y literaria esencialmente a través de la creación de revistas literarias y de empresas de carácter editorial, donde la crítica de arte y de libros estuvo muy presente, así como las ediciones de grandes nombres de la literatura española de todos los tiempos, poniendo especial interés en la producción creada por los compañeros en el destierro.

Entre sus proyectos sobresalía la revista Correo Literario, donde especialmente se vislumbraban sus esfuerzos para difundir obras relativas mundo gallego, teniendo en cuenta el carácter americanista de la publicación. Llamaban la atención sus notas referentes a la cultura galaica porque esta comunidad poseía ya órganos impresos propios, tales como la revista Galicia. Revista del centro gallego de Buenos Aires, nacida en 1926 y que en la actualidad sigue editándose; y dirigidos concretamente a gallegos, como fue el caso del programa radiofónico y su revista Galicia Emigrante, enfocados hacia un público tanto emigrado como residente en la comunidad, aunque realizado en lengua castellana.

Correo literario (1943-1945) nació con el objetode difundir la cultura hispanoamericana invitando a participar a todos los intelectuales, siguiendo la estela americanista desarrollada en aquellos años en numerosos países sudamericanos. Por esta razón, poseía textos centrados en el arte, literatura y cine hispanoamericano, resaltando la producción argentina. Por ello, poco a poco logró hacerse un importante hueco en el mercado editorial, ganando lectores por todo el país, incluso más allá de sus fronteras. Este hecho probablemente les empujó a incluir en sus páginas noticias relativas al mundo gallego, especialmente centradas en las obras de los autores de su grupo, que obtendrían así mayor difusión que en las ediciones propiamente galleguistas. Para ello, actuaban con gran sutileza, logrando así su supervivencia desde la distancia de algún modo, puesto que en aquel momento por las circunstancias políticas que se vivían en España, Galicia no podía ser el motor de su propia cultura.

De este modo lograron que en una revista de carácter americanista se hablase sobre obras y figuras del mundo gallego, para lo cual ofrecieron siempre los temas como novedosos y pertinentes. Es decir, todo lo aparecido era propósito de algún suceso, edición, reedición o exposición, de manera que nunca pareció un burdo intento por poner de relieve la producción de sus allegados.

Esta tendencia se apreció desde el primer número de Correo Literario, donde Lorenzo Varela reseñó Historias e invenciones de Felix Muriel,[4] proponiéndola como la novela más relevante aparecida desde la muerte de otro gallego, Valle Inclán, sin olvidar que sus ilustraciones iban de la mano de otro insigne compatriota, Luis Seoane. Y, aunque no se reseñara, es interesante recordar que la obra fue impresa por la editorial Nova, en la que muchos de ellos trabajaban.

Es importante subrayar todo lo que giraba en torno a las editoriales, porque este círculo gallego no sólo trabajaba como editor de revistas, sino también como impresores, ilustradores, traductores, además de escritores o pintores. Por ello, en las reseñas aparecidas en la sección “Libros y Autores” de Correo Literario, se apreciaba la presencia de las editoras en las que participaban, tales como Poseidón, Atlántida, etc. De ellas recordaremos la que estaba más ligada a esta revista: la editorial Nova.

Esta editorial fue creada tras abandonar otro de los grandes proyectos impresores del exilio, la editorial Emecé, donde trabajaban Seoane y Cuadrado. Con esta experiencia en el medio bonaerense fundaron la Editorial Nova, donde trabajaron los componentes esenciales de la revista, es decir Arturo Cuadrado, Lorenzo Varela, Luis Seoane y Otero Espasandín. Ellos llevaban a cabo todas las labores dentro de la empresa, hecho que se demuestra en la multitud de libros que editaron, con ilustraciones de Seoane o traducciones de Otero por ejemplo.

Sus colaboradores más afines eran españoles y entre sus colecciones destacó, como no podía ser de otro modo, la creada para recuperar la obra gallega, titulada “Camino de Santiago”. En ella editaron Historias e invenciones de Félix Muriel y la obra más reconocida de la colección, Homenaje a la Torre de Hércules de Seoane.

Como algunos de los gallegos instalados en Argentina formaban parte del mundo artístico, con una trayectoria de relevancia tanto en España antes de la Guerra Civil como a nivel americano y europeo tras ella, el contenido ligado a las nobles artes era esencial en toda publicación próxima a estas personalidades. Esta situación implicaba que se pudieran reseñar sus obras junto a las de figuras hispanoamericanas de primer orden sin sospecha alguna de su lucha por la permanencia de su cultura desde la distancia. Para ello utilizaron sus creaciones como ilustraciones de la revista, junto a otras muchas de artistas de dispares nacionalidades de todos los tiempos, especialmente españolas, desde Goya a Picasso. Muchas fueron expuestas en la primera página de la publicación, ofreciendo pistas sobre la intencionalidad de los editores respecto a ellas.

Como notas de actualidad, también aparecieron textos centrados en personalidades afines al mundo gallego. Algunas relacionadas con lo artístico, dando un impulso a sus proyectos, como en el caso de la reseña sobre la exposición del pontevedrés Manuel Colmeiro en el salón de la Sociedad “Impulso” de la Boca.[5]

Sobre la lengua gallega, debemos decir que no apareció en sus páginas a través de sus aportaciones, pero sí una que sonaba próxima a ella, a la que permaneció unida durante años para nombrarlas: la portuguesa. Muestra de esta relación es el texto que escribió el artífice de la sección “Colaboración en Portugués”, el brasileño Newton Freitas, a propósito de Rafael Dieste y sus Historias e invenciones de Félix Muriel, donde además de alabar al escritor gallego y los buenos momentos que había experimentado con su lectura, describía la relación entre la cultura gallega, la portuguesa y brasileña. Afirmaba que en ciertas esferas brasileñas existía un movimiento portugués en el que se incluía todo lo relacionado con Galicia, pues las personas que vivían a un lado y a otro del río Miño, encontraban siempre lazos de unión con la otra ribera.[6]

Como hemos visto, en el cuantioso número de revistas que aparecieron en el destierro español podemos encontrar publicaciones ligadas a cada una de estas culturas en concreto, escritas desde la distancia y dirigida a todos aquellos que no pudieron encontrar, como los hispanoparlantes, una identidad lingüística. Comprobamos que existieron otros proyectos, como el liderado por estos gallegos, que no estaba relacionado con alguna de estas lenguas pero de un modo discreto la promovía, bajo un objetivo americanista, lanzando a sus escritores, pintores… hacia un público más amplio.

Entre estas empresas, relacionados con la lengua vasca, gallega o catalana, cabe recordar la importancia de dos proyectos esenciales. El primero de ellos apenas tuvo un número, se trataba de la revista Iberia, publicada en París en 1945. Fue la pionera en recoger en sus páginas textos de todas las lenguas habladas en las tierras ibéricas, de aunar firmas como la de J. Domingues dos Santos, que formó parte de diversos ministerios del gobierno portugués y como Presidente de este, todo ello entre 1919 y 1925; A. Rovira i Virgili, periodista y político catalán que llegó a ser Presidente del Parlamento Catalán entre 1940-1949; J. M. Leizaola, que fue Consejero de Justicia y Cultura del gobierno vasco y lehendakari; entre otros, cuyo objeto era unir a los diferentes pueblos, lenguas y culturas de la península a través de una confederación.[7]

El segundo, el más importante de todos ellos, provenía de un pacto político conocido como Galeuzca, que reunía en su nombre parte de las tres comunidades que se unían en él. Se trataba de un pacto político iniciado antes de la Guerra Civil, en los años 20, y que sobrevivió durante el destierro. Bajo este se llevaron a cabo diferentes iniciativas culturales y, sobre todo, se publicó durante un año la revista homónima a su pacto, Galeuzca (agosto de 1945-julio de 1946). En ella participaron a la cabeza de cada una de las lenguas: Castelao, artista y político colaborador de Correo Literario; José Olivares Larrondo, reconocido periodista vasco, que participó en otros proyectos dedicados a revitalizar la lengua vasca en Hispanoamérica como Euzko Deya, Euzkadi y Euzko Gaztedi; y Manuel Serra i Moret, escritor y político catalán, reconocido por presidir el Parlamento Catalán en el exilio. En sus páginas se promovía la unión de estas comunidades, la lucha conjunta por el fin del Régimen Franquista y la firma de los estatutos de las comunidades que se quedaron suspensas tras el inicio de la guerra.

Concluyendo, como hemos visto la lengua es un factor crucial a la hora de escoger un lugar para existir y, más aún, si este lugar es tu destierro. Por ello, los hispanoparlantes lo tuvieron mucho más fácil al llegar a las tierras hispanoamericanas, encontraron una identidad lingüística, un pasado común… que no hallaron otras comunidades como la gallega, la vasca y catalana, cuyas labores a favor de su cultura en algunas ocasiones, como las recordadas, han traspasado los límites geográficos de su autonomía.

[1] Consúltese el pionero trabajo de Antonio Risco, “Las revistas de los exiliados en Francia”, en AA. VV., El exilio español de 1939, Barcelona, Taurus, 1976, vol. III, pp. 98-105; además del completo estudio de revistas catalanas del destierro de Teresa Fèrriz Roure, Escriptors i revistes catalanes a l’exili, Editorial UOC, Barcelona, 2009.

[2] Para ahondar más en las actividades de este grupo gallego en torno a las ideas esbozadas, consúltese: Ana Martínez García, “El impulso de las letras gallegas desde la distancia: Argentina y los exiliados de la Guerra Civil Española”, Aportaciones para una educación lingüística y literaria en el siglo XXI, coords. P. Cancelas y Ouviña; R. Jiménez Fernández; M. F. Romero Oliva; S. Sánchez Rodríguez, Granada, Editorial GEU, 2013. Edición Libro+CD.

[3] Para ampliar los aspectos biográficos de estos intelectuales, Pereira, Dionisio (2000). “Xosé Otero Espasandín: no centenario dun desterrado galego”. Nosa terra, nº 963, pp. 30-31; Ferreiro Fente, Gregorio (2007). “A mirada de Ullises. Xosé Otero Espasandín: literatura y exilio”. En Actas do Congreso Internacional “O exilio galego” (pp. 710-714). Santiago de Compostela: Arquivo da Emigración Galega, Consello da Cultura Galega; Ferreiro Fente, Gregorio (2005). Diccionario Lorenzo Varela. Galicia: 314 Euroediciones; VV.AA. (2010). Dicionario Seoane. A Coruña: Fundación Luís Seoane.

[4] Varela, Lorenzo (1943). “Sobre las Historias e invenciones de Felix Muriel”. Correo Literario, nº 1, p. 6.

[5] Otero Espasandín, José (1944). “Exposición de Manuel Colmeiro”, [Ilustración sin identificar de M. Colmeiro.]. Correo Literario, nº 14, p. 4.

[6] Freitas, Newton (1944). “Rafael Dieste”. Correo Literario, nº 6, p. 7.

[7] Antonio Risco, “Las revistas de los exiliados en Francia”, op. cit., pp. 118-120.