Morrones, Maní

Natan Schmitz Kremer[1] [2]
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“Mirá la frutilla, la podés elegir, solo 100 el medio quilo”, grita un desconocido mientras bajo la Tristan Narvaja. La calle, que de lunes a viernes está llena de librerías y cafés, a lo largo del domingo se convierte en feria de frutas y legumbres, quesería, librería, viejería: todo se encuentra, y todo se vende. De lo nuevo al lo que ya no tiene uso. Quizás un día la feria fue una calle, la que lleva el nombre, pero hoy marca todo un espacio, pasada la 18 de Julio, pasando por Colonia, Mercedes, Uruguay, Payasandu – y en el sentido transversal, hasta Gaboto, Magallanes.

Pero la feria no es toda una sola. Hay divisiones sectoriales. Bajando Tristán Narvaja, hay en general lo que puedes comprar para cocinar. Busco pimientos y cacahuates para hacer un pollo ajedrez. Primero, descubro que no hay pimientos ni cacahuates, y la traducción de lo que es la feria al modo como yo la interpreto empieza a hacerme entender sus juegos. Compro morrones, los amarillos y rojos más dulces – pero más caros –, los verdes más baratos, pero más ácidos. Encuentro, al fin, el maní, salado y pelado. Cuando llego a mi casa, me pongo a preparar el pollo ajedrez, que después me dicen ser una mescla de morrones con pollo, y que con ajedrez a nada se parece. Traducción, traducción…

La feria empieza antes de empezar. Es decir: es un sábado en la noche, camino por Tristán Narvaja y Payasandu al salir del teatro. Un señor pone en la calle tablas de madera desmontadas, lo que descubro que, al día siguiente, se va a convertir en las tiendas. Un par de sábados después, a las 5 de la mañana, camino por la calle. Ahora, ya no son tablas, pero un camión lleva las tiendas y, en pedazos, pone cada cual a su lugar. Sentado, me tomo una cerveza y, mientras espero, veo, minutos después, dos pibe que caminan por la calle y las arreglan. Lo curioso es que la cerveza la tomo en el mismo restaurant que, domingos pasados, había comido mientras familias descansaban de la feria. En la noche la ciudad suele ser otra.

Aun en la esquina con Payasandu, pero eso ya al domingo, los libros se exponen. La feria tiene de todo, pero todo en su sitio – y a veces con más de un sitio para cada tipo de cosa – pero no digo que lo que hay en venta es lo mismo: los precios y la calidad de los productos de una feria pueden cambiar como el español de México e de Uruguay. Empiezo a hablar con un señor que vende libros mientras busco los Cuentos de Amor, de Locura y de Muerte, de Quiroga. Hablamos por un rato, nada mucho, nada sobre mucho. Miro el precio, el libro sale a 200 pesos. Le pregunto si es eso, pero luego me dice: “no, no, no… este es el precio de librería”, y me baja en 50 pesos el libro – y me dice que siempre que quiera saber el precio mejor le pregunte; ¡pues empiezo a preguntar!

Hay otro juego entre lo que cuesta y lo que se compra. Es al fin de la feria que los precios bajan. “Vení después de la una”, me dice un día un señor mientras intento regatear el precio del ajo. Y la feria otra vez cambia. Los productos ya se están por acabar; ya no están tan buenos; ya hay gente que los guarda para irse. Pero lo que se queda es más barato, y ahí voy y busco lo que se puede encontrar. ¡Y si, se puede encontrar cosas buenas! El punto es el tiempo para elegir, para buscar, la sensibilidad para aplastar la papa y saber si esta buena o no; poner la mano en una cebolla y ver si ya está pasada o si aun tiene el sabor fuerte que marca la boca después de comer. El problema de esperar son los quesos. El Colonia, que en cualquier supermercado cuesta 350 pesos el quilo, ahí lo encuentro por 190. Pero se acaba rápido.

Para tener lo que se busca en una feria y con el mejor precio hay que tener estrategia. El punto siempre es conocer a quién te vende. Si eres un cliente de hace tiempo, no te va a vender cualquier cosa, pues sabrá que no volverás. Pero si llegaste hace poco a la ciudad, o si te ves como un jovencito, a nadie le importa, pues nadie te toma en serio como cliente – ¡y ni como cocinero! Entonces no se puede confiar en los demás, sino crear su propia ética de la feria. Salgo de mi casa como a las 11 de la mañana. Subo de Gaboto y San Salvador hasta Gaboto y Mercedes. Lo primero que hago es irme a la tienda de quesos. Allá, encuentro el que quiero – pero si dejo para ir después, ya no hay, y eso uno lo descubre después de quedarse sin nada. En seguida, me voy a la parte de libros, y me quedo hasta la una más o menos. Solo ahí empiezo a caminar por la parte de la comida, viendo el precio en diferentes tiendas antes de comprar en una. Algunas ya las conozco, y puedo saber si ya empezaron a bajar los precios o todavía no.

Pero al llegar en este horario a la compra de la comida, la calle empieza a quedarse fea, sucia, hay basura por el asfalto. Y la comida se va acabando. Y la gente se va yendo.  Luego viene la gente que limpia la calle y es lunes. Se puede ver el fin de lo que era bello, lo feo de lo que era alegría. Y la calle vuelve a callarse, en silencio, un u otro café, la gente caminando con prisa… Ya es lunes.

Pero el sábado en la noche… ahí la feria empieza otra vez.

Notas

[1] Agradezco a la Asociación Universitaria Grupo Montevideo, que me posibilito la realización de un intercambio en la Universidad de la República, Montevideo, en donde fue escrita una primera versión de ese texto. Agradezco también la invitación de Jefferson Virgilio para la publicación en Iberoamérica Social, y la lectura de Laura Musto y Cecília Rocha.

[2] Estudia Ciencias Sociales en la Universidad Federal de Santa Catarina, Brasil. CV académico:  http://lattes.cnpq.br/1907411885488417.