¿Monstruos en América?

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Tras el descubrimiento del Nuevo Mundo, muchos autores de relatos de viajes incluyeron en sus obras la presencia de razas monstruosas en el nuevo continente ¿Pero qué son estas razas monstruosas.? Se puede decir que éstas tienen su origen en el libro VII de la Historia Natural de Plinio -si bien es cierto que aparecieron en obras anteriores como las de Ctesis de Cnido o Megástenes- donde aparecía un listado de una serie de naciones que debido a sus extraordinarias formas eran consideradas monstruosas, entendiendo esto como algo producido en la naturaleza pero fuera de lo que se consideraba normal desde un punto de vista occidental y/o europeo. Generalmente, estas razas monstruosas se situaron en los confines del mundo, en lugares fronterizos y muy poco conocidos, que en tiempos de Plinio y posteriores autores tales como “Sir John Mandeville” o Marco Polo, solía ser el continente asiático.

Cuando se descubrió el continente americano, esas razas plinianas se trasladaron al Nuevo Mundo como consecuencia del desplazamiento de las fronteras. En las zonas fronterizas siempre se situaron los seres fantásticos, cuando éstas se desplazaron tras el hallazgo de América, las razas monstruosas también lo hicieron.  Se inició de este modo un proceso de traslación que el autor Miguel Rojas Mix explica de la siguiente manera:

“El descubrimiento de América significó un enorme trasvasijamiento del imaginario europeo en las nuevas tierras descubiertas. Los mito, las leyendas, el mundo teratológico, las quimeras, todo va a adquirir cata de ciudadanía en América, y todo va a ser buscado allí con ahínco […] se produce un enorme desplazamiento geográfico del fantástico medieval, un resurgimiento del fantástico clásico e incluso un fantástico originario”.

El traslado de las fronteras, junto con el hecho de que se había producido cierto “desencantamiento” con el continente asiático al ser cada vez más y más conocido, hizo que América se convirtiera en la nueva tierra incoginta. Este hecho ofreció una nueva oportunidad a los viajeros para ver aquellas razas monstruosas que no habían logrado en Asia y así poder desprenderse de las gafas de Plinio. Cabe mencionar que, en el caso de los gigantes patagónicos, el concepto de frontera fue más profundo si cabe, debido a la propia tradición cartográfica que, lejos de ser destruida tras el descubrimiento, fue reconfigurada y adaptada a los nuevos hallazgos.

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Un detalle a tener en cuenta en este traslado es que éste no se produjo porqué sí, sino que es fruto de lo que consideramos dos procesos: proceso de identificación y proceso de predisposición. Entendemos el primero como el propósito de identificar lo desconocido con algo familiar, es decir, utilizar lo ya conocido y adaptarlo a un mundo totalmente ignoto.  Este proceso de identificación tenía un fin concreto: la reducción del otro al mismo. En el caso de América y sus habitantes,  si lo desconocido había de ser relacionado con algo más que con lo extraordinario y lo monstruoso, esta relación debía de hacerse por vía de los elementos más sólidamente establecidos de la herencia cultural europea como eran las tradiciones cristianas y clásica o los relatos de viajes medievales. En esta cuestión ocuparon un lugar esencial la ya mencionada Historia Natural de Plinio pero también las obras de Heródoto, Ptolomeo, San Agustín o San Isidoro de Sevilla, así como los relatos de viaje como El libro de las maravillas del mundo del ficticio autor John Mandeville el cual llegó a ser el libro de viaje más leído entre 1350 y 1600o Los viajes de Marco Polo. También influyó, sin duda alguna, la cartografía. La conciencia europea se hallaba bajo el influyo de trabajos como el mapa de Schedel que mostraba un mundo habitado por monstruos que, a su vez, se había alimentado de toda la tradición libresca anteriormente mencionada. Así pues,  el proceso de identificación bebió de un gran bagaje cultural que se remontaban a épocas clásicas y que había sido mantenido durante siglos conservando en la mentalidad europea la tradición de las razas monstruosas de Asia. En palabras de Peter Mason: “The mass of fantastic and familiar features which had accumulated in the popular and learned traditions and accommodates in terms of the old”.

En cuanto a lo que hemos denominado proceso de predisposición debe entenderse como un deseo por parte de los exploradores por ver lo que querían ver. Este deseo se explica por la necesidad innata que tenían de apoyarse en objetos que le eran familiares -proceso de identificación- y en la imágenes tipo para adaptarse al choque de los desconocido. Este proceso es especialmente visible en Cristóbal Colón, quien aún negando haber encontrado monstruosidades humanas, si que se esforzó por reconocer a cinocéfalos (4, 23 y 26 de noviembre de 1492), sirenas (9 de enero de 1493) y amazonas:

“Dijéronle los indios que por aquella vía hallaría la isla de Matinino, que diz era poblada por mujeres sin hombres, lo cual el Almirate mucho quisiera (Ver) por llevar diz que a los Reyes cinco o seis de ellas.”

monstruos 3¿Cómo explicamos esta predisposición colombina? Hay que tener en cuenta, y esto parece muy obvio, que Cristóbal Colón nunca supo que había descubierto un nuevo continente, de hecho, cuando éste partió a las Indias uno de los libros que él había anotado y llevado consigo era el Imago Mundi de Pierre d’Ailly, en la que el mundo era representado conforme a la cartografía medieval de Orbis Terrarum. En él  la tierra habitada era representada en forma de isla rodeada en su totalidad de agua y dividida en tres continentes: Europa, África e “India”. El desembarco de Colón en América no rompió con esa imagen pues él estaba plenamente convencido de que había descubierto una ruta marítima occidental que llegaba a Oriente. Así pues, la predisposición del marino genovés no era más que un deseo por probar su descubrimiento, que vino motivada además por las lecturas de la Biblia, de Ptolomeo, D’Ailly, “John Mandeville”, Marco Polo, Plinio, etc.  que le habían dicho que debía ver en ese nuevo mundo incluso antes de haberlo visto con sus propios ojos. Esta misma voluntad la observamos, por ejemplo, en Antonio Pigafetta, artífice de la leyenda de los patagones,  quien manifestó esa misma esperanza de ver maravillas en la introducción de la obra que recogía el descubrimiento del Estrecho de Magallanes, y la primera vuelta al mundo de manos de Juan Sebastián Elcano:

“Por los libros que yo había leído y por las conversaciones que tuve con los sabios que frecuentaban la casa del prelado supe que navegando por el Océano se veían cosas maravillosas y me determiné a asegurarme por mis propios ojos de la veracidad de todo lo que se contaba, para a mi vez contar a otros mi viaje…”.

Interesante párrafo que viene a confirmar lo ya explicado. Tanto el proceso de identificación como el de predisposición se alimentaban de la cultura libresca –Por los libros que yo había leído..-, fuente de conocimiento, que hizo que las razas monstruosas se desplazaran de un continente a otro apenas sin dificultad alguna. Es curioso señalar que el noble italiano no sólo creó la historia de los gigantes en la Patagonia, sino que además fue el primero en hablar de uno de los animales que más fascinó a los naturalistas europeos  y que fue considerado una auténtica maravilla, hasta el punto de ser un imprescindible objeto de colección: el ave del paraíso, ese pájaro carente de patas que pasaba su vida en los cielos.