México, una kakistocracia erigida sobre sangre y huesos

Por Víctor Santa Rita Villa.
Profesor de primaria y disidente.

En el presente artículo de opinión se vierte la visión de un ciudadano que ha observado desde su lugar en la sociedad mexicana lo que ha sido la debacle de una democracia fingida, el constante tambalear de un gobierno de facto y su actuar deleznable y mendaz ante una patria convulsa y harta de mirar cómo se asesina a su pueblo, y sobre todo, a quienes se atreven a levantar la voz ante la injusticia.

Los mexicanos, hoy contemplan un país que supera los índices de desigualdad e injusticia, incluso de las épocas más cruentas de su nación. La sangre de miles de personas riega esta tierra, sangre de inocentes, también de quienes se involucran en los flagelos que laceran la carne de este pueblo, pero finalmente, sangre de mexicanos. Cualquiera podría centrar su atención en los acontecimientos ocurridos el pasado sábado 1 de agosto, en la colonia Narvarte del Distrito Federal, día y lugar en el que de manera aberrante fueran asesinados el foto periodista Rubén Espinosa Becerril, la activista Nadia Vera Pérez, Yesenia Quiroz Alfaro, Olivia Alejandra Negrete Avilés y Mile Virginia Martín, después de haber sido torturados, las jóvenes violadas y todos, con el tiro de gracia en el rostro. No obstante, para entender cómo es que un país que hace no más de 25 años era un paraíso al que personas de todo el mundo acudían tanto para visitar sus bellos parajes, como para buscar un refugio a los conflictos de sus países, hay que extender el panorama a lo que ha derivado en este Estado abyecto y totalitario, en el que poderes fácticos han hecho un infierno en el que reina la impunidad y la violencia.

México no entró en este letargo de derechos humanos de la noche a la mañana, fue un proceso largo, elaborado y paulatino. Con cada suceso, el incremento en la violencia fue minando la capacidad de asombro de los mexicanos y pese al sobresalto que causaron en principio, ante la omisión de los organismos encargados de la protección de derechos, que ejercieron acciones con tibieza y que no pasaron de ser simples recomendaciones, el pueblo ha quedado pasmado en la indignación. Sin respuesta a los reclamos que pugnan por justicia a tantas voces segadas por un aparato represor y totalitario, ante la impunidad con la que tantos grupos delincuenciales se manejan a su antojo y la forma infame y soez en que se encarcela a los luchadores y activistas sociales, y peor aún, cuando a la maquinaria represora le es si no imposible, sí difícil, encontrar algún pretexto para fabricarles un delito, los asesinan y ya muertos bailan la danza siniestra del vituperio y desprestigio de sus memorias.

Pareciera que el pueblo, las personas comunes, están atadas de manos y pies ante esta embestida, sin embargo, lo evidente resalta, que mucho de lo que acontece es bajo conformidad. Existen numerosos entes en la política nacional con un historial negro y de agresión a los derechos más fundamentales, basta con mirar a una de las instituciones que debiera tener uno de los caracteres más humanos, la Secretaría de Educación Pública, que hoy se encuentra bajo la dirección de un personaje nefasto y que nada tiene que ver con el rubro que dicha secretaría atiende; Emilio Chuayffet, el chacal de Acteal, quien fuera destituido por la matanza efectuada en esta población, fue reciclado, como muchos otros políticos, para cubrir una función que dista mucho de lo que a su cargo atañe, su misión reprimir, ser la mano inflexible y los oídos sordos ante un gremio que demanda sus derechos.

Dicha conformidad ante la situación del país por parte de los mexicanos, se alimenta del hecho de aceptar que personajes como el mencionado, continúen su paso por la política. Cada votación que ha abalado procesos electorales en los que han participado personajes con estas características, ha sentado las bases para que el Estado totalitario se sustente y para que los sucesos de sangre se sigan perpetrando, cada votante de los individuos que tienen las manos manchadas de sangre son corresponsables, y es que basta con echar un vistazo a la memoria para recordar que incluso quien dice ser el presidente de este país ha erigido su carrera sobre los cadáveres de su gestión anterior, léase Atenco “fue una acción determinada que asumo totalmente”, claro está, sin consecuencias.

México es hoy una kakistocracia erigida sobre sangre y huesos de sus hijos, alimentada por el narcotráfico y atizada por la participación de organismos ajenos, y los que quedamos, tenemos la obligación de cambiar el rumbo o cuando menos de abrir un poco más los ojos y valorar al siguiente que sostendrá en su diestra la cadena que guiará el yugo.

Y por muy a la ligera que se tomen las amenazas de un personaje que sentado en el púlpito de la ignominia, deben ser contempladas como líneas de investigación y ya sea un Duarte, un Moreno Valle o un Velasco o quien sea, deben ver sus carreras políticas terminadas por el pueblo, ya que la justicia en México nunca será impartida por sus leyes ni sus instituciones.