Más carreta de lo mismo

El campo colombiano están pasando a ser un simple relato contado por los más viejos, pero a qué se debe esta apreciación, tuve el placer de recorrer las tierras arroceras del Tolima, lugares con grandes extensiones para producir alimentos, cultivar diversos frutos y gestar ideas que logren servir a la crisis que se avecina sobre la soberanía alimentaria de la nación. En ese viaje logre tener la experiencia de entrevista a un grupo de jóvenes de la región.

Un fenómeno ya enunciado por teóricos que nos remiten a la famosa crisis civilizatoria que vive la humanidad, una crisis marcada por la decadencia de los pueblos que han sufrido históricamente la imposición de un capitalismo basado en el uso a gran escala de los recursos naturales, en especial la lógica de un paradigma fundamentado en una economía a gran escala, marcada por la acumulación por desposesión de los bienes naturales que se tienen en estas territorios con grandes riquezas naturales.

El discurso de la sociedad moderna caracterizado por una serie de procesos de tipo económico, en donde las relaciones mercantiles, la idea de la competitividad y la noción de rentabilidad cueste lo que cueste ha sido el panorama que por largo tiempo se ha introducido en el diario vivir del sujeto. Acá ya no importa lo que se tiene o se aprende sino lo que se logre obtener para imponer un pensamiento excluyente, colonial pero sobre todo segregista en sí mismo al reflejarse con el otro, lo que conlleva a un segundo plano de dominación, bien se puede re-visitar el pensamiento de un gran teórico latinoamericano como lo fue Hugo Zemelman:

En así que pensar vivir dignamente es una meta que puede conllevar al suicidio colectivo, ya que sentimientos banales como la envidia, el temor, la incertidumbre y la desconfianza abundan en el mundo de afuera, si un mundo que contiene muchas preocupaciones entre ellas trabajar para vivir y no vivir para trabajar, buscar placer, dinero y poder para generar exclusión y llegar al punto de pasar por encima de la dignidad y el respeto por la condición humana.

Parte de esta reflexión nace de la siguiente historia que he podido vivir, los días pasados entrevisté a un grupo de jóvenes citadinos y otros de provincia como ya lo mencionaba. El tema central se basaba en la siguiente pregunta ¿Cuál cree que es la importancia del campo para el diario vivir en la sociedad tolimense? Muchos de ellos ignoraban la pregunta y consideraban que el campo ya no tiene importancia ya que su “vocación” gusto y deseo eran trabajar en lo que fuera necesario, buscar dinero y poseer poder – si algo curioso era esa idea de poder que en su particularidad tiene que ver con un tipo de imagen de alguien que puede con cualquier cosa que se avecine en su camino.

Uno de los jóvenes manifestaba que era “carreta y más carreta de lo mismo” que acá en este país ser campesino era reflejo de una persona ignorante y pobre, que sólo tiene el campo para sobrevivir y que no tiene sueños y ni siquiera inspiraciones. Pero a qué viene parte de esta versión, su punto consiste en reflexionar sobre el imaginario social que se está construyendo en la juventud pero sobre todo ese grupo social que viene de condiciones de pobreza, exclusión y violencia de cualquier tipo – jóvenes que no valoran y tiene respeto por la vocación agrícola, la cual ha constituido parte del desarrollo de la sociedad colombiana.

Por supuesto, en la actualidad el sector agrícola está pasando por su peor tiempo, los fenómenos naturales no son de gran ayuda, y las políticas neoliberales de estos últimos gobiernos han empeorado la vocación agrícola y una de las principales actividades económicas de este territorio. Ahora sólo importa el sobrevivir y el resistir a la alza de los impuestos, la lógica de los fertilizantes y la imposición de un modelo extractivista a gran escala que asumen que es preferible la lógica crematísticas y utilitarista del ambiente que la construcción comunitaria alterna en la naturaleza.