LPI, TRIPS e Internet

@carescano

La nueva Ley de Propiedad Intelectual (LPI) española ha echado a andar. Y bien saben de lo que hablo aquellas personas que eran usuarias de Series.ly o Google News. Una ley polémica en manos del gobierno actual (algo que ya es costumbre). Muchos son los aspectos de su polémica (canon AEDE, ilegalidad de librerías de contenidos con copyright, tasas universitarias, etc.), pero no nos vamos a centrar en hacer una radiografía de la Ley para ver sus consecuencias, sino que vamos a procurar hacer esa radiografía para reflexionar sobre las causas. Dicho de otra manera: vamos a mirar qué hay más allá del fondo del sombrero del que salen las ocurrentes ideas de una ley empeñada en acordonar con mimbres anacrónicos de pasta analógica nuestro contexto contemporáneo de naturaleza digital.

La palabra mágica no es ni abracadabra, ni SGAE, ni canon digital…, sino TRIPS. Los acuerdos internacionales TRIPS se traducen por Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual Relacionados con el Comercio (Trade-Related Aspects of Intelectual Property Rights). El objetivo de los TRIPS es fortalecer la protección de los derechos de propiedad intelectual. Joost Smiers y Marieke van Schijndel (2008) aclaran sobre tales aspectos que su punto de partida es que los países concreten el nivel de protección que quieren ofrecer a los “poseedores” de los derechos de propiedad intelectual. De esta manera, el conjunto de países que participan del acuerdo a nivel global (desde los años 90 ya sumaban más de 130 países, incluyendo obviamente al conjunto de países noroccidentales) se comprometían a incorporar en su marco legislativo los niveles de protección pactados.

Imagen: "Europe infinite copyright" (2011), de  Jose Mesa
Imagen: “Europe infinite copyright” (2011), de  Jose Mesa

Dentro de las estrategias actuales de globalización comercial, los acuerdos internacionales TRIPS mantienen un papel fundamental para el asentamiento de las industrias culturales. Es a través de la implantación del modelo de copyright cuando la industria genera su valor comercial y los TRIPS actúan como un poderoso lobby -incluyendo serias penalizaciones para los países que no cumplan, atacando puntos débiles de su economía-. Son pocos los países que se han resistido a la firma de tales acuerdos, los cuales garantizan la implementación de leyes específicas para la defensa de los derechos de autor en los distintos países, pero el aspecto de obligado cumplimiento que parece preocupar de manera superlativa son los derechos de copia (copyright), por encima de los (más amplios) derechos de autor. La argumentación para aclarar tal aseveración se muestra en la desmedida preocupación existente por el carácter monetario que se desprende del uso y disfrute de las obras culturales. Con el Estatuto de la Reina Ana (1710), la promoción de los autores y la estimulación de la realización creativa era el objeto inicial del sistema de copyright. Pero con la activación de los acuerdos TRIPS, el autor queda relegado, puesto que, como exponen Smiers y Van Schijndel (2008), el conocimiento y la creatividad se erigieron en valores listos para el comercio -de la mano de las industrias- y con todo un mundo como mercado potencial, con empresas -que curiosamente residen en Occidente- cuya competitividad ya no está en el trabajo manual, puesto que otros países lo ofrecen a unos precios mucho más bajos. Ahora la competitividad se centra en ese desarrollo creativo y cognitivo que hay que proteger por todos los medios, según sus criterios. Es muy significativo que en el I Congreso Internacional La propiedad intelectual como eje estratégico de la nueva economía global: un diálogo multilateral, celebrado en Madrid el 25 de junio de 2013 (co-organizado por el Observatorio Internacional de Propiedad Intelectual) mantenga no sólo como tópico, sino como idea definitoria e identitaria del congreso, la concepción de que la propiedad intelectual supone un eje estratégico de la economía neoliberal. Toda una declaración de intenciones que sin tapujos manifiesta la verdadera naturaleza de esa supuesta protección de los derechos de autor.

Pues sí, estos son los tuétanos de una ley que aparentemente se vende como protectora de la cultura y sus autores, contra la piratería y el mal uso y consumo de la producción de las industrias culturales, pero en realidad la protección es de un modelo de explotación económica (neoliberal) cultural que impone sus normas ante algo tan radicalmente sensible y esencial como la cultura, con el temor de que palabras como compartir, intercreatividad, colaborar o procomún se oficialicen en un contexto como el digital en el que ya operan de facto. Punto, no hay más. Si realmente hubiera intención de protección de la cultura y sus autores se habría abierto un (necesario) diálogo amplio, libre y profundo para (re)pensar cómo hacer compatible el acceso universal a la cultura (de nosotros y nosotras: los usuarios, lectores, audiencia y espectadores) con la legítimas intenciones de ganarse la vida de nosotros y nosotras: los autores y creadores. Cuestión que no es incompatible, por supuesto, sólo es necesario empezar ese diálogo libre, amplio, profundo y, claro está, dentro de un contexto democrático, no impuesto.

Referencias:

Smiers, J. y Van Schijndel, M. (2008). Imagine… No Copyright. Barcelona: Gedisa.