Los bigotes de mi papá

Cambiando de lugar unas prendas en el placard de mi antiguo dormitorio me encontré con unos álbumes de fotos bastante viejos de mi familia. Por su antigüedad es obvio que no aparezco en ellas; son del noviazgo de mis padres, allá por principios de los años ’70.

No me llamaron la atención las anchas botamangas de los pantalones de mis padres, después de todo, esas modas regresan y se reinventan. Un amigo dice que todo ya está inventado en la moda, que lo único que cambia es el material con el que se hace la ropa.

La cuestión es que lo que me llamó poderosamente la atención son los gruesos bigotes de mi papá. No su larga cabellera negra, sino sus bigotes, a lo capitán de alguna revolución de 1900 en México.

Deben ser unas cincuenta fotos de los ’70 que tengo a mano. Allí mis padres tienen unos años menos que los que porto ahora, y eso me llama la atención, los bigotes, las patillas, esas poses serias, desacartonadas pero serias. No es la seriedad de las fotos de los años 30 o 40, es otra seriedad, como una seriedad marcada por las ideologías, por el uso de la violencia como arte de persuasión. Prueba de ello es que en muchas fotos él, mi padre, y algunos amigos aparecen portando armas de fuego como ahora nosotros portamos celulares.

Sin dudas los ´70 fueron una época violenta, no sólo desde lo político, sino también desde lo postural, desde la presencia del YO interrogando a quien mire a través de la fotografía, como queriendo ser grande antes de tiempo, aunque por esa época se era grande a los 20 años. Hoy la adolescencia se extiende hasta los cuarenta años, edad en que los hijos abandonan su hogar paterno.

Hay una que me llama la atención, él está blandiendo un revolver con su mano derecha, de costado, como los pistoleros de las películas de ahora. Apunta a quien sin dudas disparó la máquina fotográfica, por ende, está observando a quien mira la foto. Apuntaba a quien la tomó y apunta a quien la observa.

Tal vez el discurso sobre la juventud de aquella época era una distinta a la de hoy. Debo investigarlo, lo voy a anotar por ahí antes de olvidarlo. Tal vez era un esfuerzo  poco fingido por no parecer jóvenes, inmaduros o que se yo. Que raro, nunca lo hablé con mi papá. Siempre supe de su afición a las armas de fuego, cuchillos y todo eso.

De hecho crecí rodeado de pistolas, granadas, cuchillos, municiones y artilugios balísticos aunque de niño sentía terror de matar un pájaro con mi escopeta de aire comprimido. Demás está decir que cuando apuntaba hacia un pájaro nunca les atinaba, en parte porque era mal tirador, en parte porque supongo que por una pulsión inconsciente de no dañar a otro ser vivo. Más grandecito sentí el miedo de pensar que tal vez mi papá pensara que era un tanto afeminado o flojo por no gustarme las armas.

Quizás los equivocados seamos los de mi generación. Quizás esta eterna juventud que vivimos nos impide aprehender la pesadez de la vida, de sus grandes intríngulis, como los nudos gordianos que quisieron desatar mi papá y esos chicos y muchachos hace cuarenta años.

Es posible que si en los ´70 hubiera existido Facebook caería por la pesadez de sus opiniones, mostrando los rasgos de adultez anticipada a partir de los 19 años. Creo.