Lesbofobia: El aniquilamiento de la homosociabilidad En nuestras sociedades contemporáneas la inacción de los Estados, del sistema de justicia y los prejuicios de una población heterosocializada continúan día a día fabricando víctimas.

La antropóloga cultural Gayle Rubin ha afirmado en su libro Reflexionando sobre el sexo: notas para una teoría radical de la sexualidad que “la conducta homosexual ha estado siempre presente entre los humanos, pero en las diferentes sociedades y épocas ha sido recompensada o castigada, buscada o prohibida”. No obstante, la sanción y persecución a la sexo-afectividad no heterosexual se profundizó con el tránsito de la sociedad desde el paganismo hacia el cristianismo, periodo en el cual se impuso la monogamia, la reproducción y la heteronormatividad como única expresión válida de relacionamiento y constitución familiar.

De acuerdo a ello, durante distintas etapas del proceso histórico social las mujeres lesbianas -o aquellas mujeres sobre las que se tuviese tal sospecha-, se enfrentaron como lo ha afirmado Ruthann Robson en su ensayo Lesbicidio legal a diferentes sanciones y condenas, entre ellas: la pérdida de las propiedades, el repudio familiar, la atribución de adulterio, la desnudez pública, la tortura, así como, la condena a muerte por golpes, cremación, ahogamiento, ahorcamiento, e inanición; sanciones que además contaron con aceptación, permisividad y promoción social y jurídica.

En la actualidad, son cada vez menos los países que explícitamente criminalizan y penalizan las relaciones entre parejas del mismo sexo, sin embargo, el aniquilamiento simbólico y físico de toda disidencia sexual y afectiva continúa prevaleciendo en el pensamiento heteronormado. Una de las formas más comunes en las que se realiza el aniquilamiento de las mujeres lesbianas y bisexuales, es a través de lo simbólico, es decir, mediante la invisibilización, la negación de  derechos, la burla, la sanción, el cuestionamiento, el rumor, la descalificación, el insulto, la sospecha, el cuestionamiento, la duda, el rechazo, entre otras formas explícitas e implícitas que naturalizan y perpetúan formas de discriminación.

Empero, el aniquilamiento físico no ha desaparecido como practica sancionadora, realizándose principalmente mediante las violaciones correctivas, es decir, a través del aniquilamiento del deseo homosexual en la mujer transgresora mediante la imposición forzada, violenta y misógina del sexo heteronormativo, fálico y reproductor; pero también mediante el lesbocidio, el bisexcidio o el feminicidio homófobo -cuando las lesbianas son asesinadas por hombres heterosexuales- como le ha denominado Jill Radford.

Un ejemplo de ello ha sido el mediático caso de Eva Analía de Jesús, conocida como “Higui”, una lesbiana de 43 años quien en el 2016 tras visitar a su familia en su antiguo vecindario en la ciudad de Buenos Aires (del cual tuvo que irse por las reiteradas agresiones de las cuales fue víctima durante años por su orientación sexual), fue atacada sexualmente por una patota de 10 hombres. La rodearon, le pegaron patadas en el cuerpo y en la cara, uno de sus agresores -Cristian Rubén Espósito- la tumbó en el piso, le rompió los pantalones, el bóxer e intento penetrarla, mientras le decían: “Vas a conocer lo que es bueno”, “Sos una tortillera, sos una puta. Te voy a hacer sentir mujer. Te vamos a empalar, tortillera”.

Higui intentó defenderse de la violación grupal, sacó la navaja que siempre llevaba entre su pecho y le asestó una puñalada mortal en el torax a Espósito, por su parte, los demás agresores siguieron golpeándola hasta que un vecino que se acercó a disipar el ataque. Eva aunque era la víctima fue tratada como una victimaria, detenida en estado inconsciente y revictimizada por las instituciones de justicia; no la atendió ningún médico por las heridas de la paliza y tampoco recibió atención psicológica. Nadie creyó su versión, cuando narró los hechos los agentes policiales se rieron de ella y espetaron: “Qué te van a violar si sos tan fea”; posterior y rápidamente fue procesada por homicidio simple.

No hubo interés por investigar lo sucedido, por otorgar justicia a Higui, por el contrario, todos los esfuerzos de los órganos de justicia estuvieron orientados a castigarla una vez más por su preferencia sexual. La abogada del caso asegura que el mismo estuvo lleno de irregularidades, entre estas aquellas asociadas a la cadena de custodia de la ropa que la mujer tenía puesta el día del hecho, las fotos que le realizaron y en las que se evidenciaban los golpes que recibió no figuraron en la causa, le tomaron declaración testimonial a Eva y a otros testigos sin la presencia de una defensora oficial, una médica certificó la paliza pero no ordenó más estudios, la pericia psicológica  tardó cinco meses, los testigos (en base a cuyo testimonio se sustentó la acusación) son todos miembros de la pandilla que la atacó y ninguno de los atacantes fue investigado por el intento de abuso sexual o los golpes que le propinaron.

Desde su detención los movimientos de mujeres denunciaron el caso, la violencia por razones de género, la lesbofobia y la violencia institucional de la que fue víctima una mujer que actuó en defensa propia. Se crearon y popularizaron campañas en las redes sociales como “Justicia por Eva” y #LiberenAHigui, pero no fue sino recientemente -tras 8 meses de detención- y en respuesta a las presiones, denuncias y exigencias de los movimientos feministas que un tribunal de apelaciones ha concedido la excarcelación extraordinaria de Higui; sin embargo, el juicio está previsto para 2018, fecha en la cual se espera su absolución.

Este hecho ha puesto en evidencia que aunque en muchos de nuestros países la homosexualidad no se encuentra legalmente penalizada, la realidad es que en la vida cotidiana ser lesbiana o bisexual continúa siendo considerado un delito, una transgresión, una ofensa, un desafío. En nuestras sociedades contemporáneas la inacción de los Estados, del sistema de justicia y los prejuicios de una población heterosocializada continúan día a día fabricando víctimas, de una violencia que se profundiza cuando se transversaliza con variables como el género, la clase social y la pertenencia étnica o racial pues, como afirmara Higui en una carta tras su liberación: “¿Por qué todo esto? ¿Por qué tantos meses en cana? Sí, por supuesto, ¡por pobre y por lesbiana!”