Lecturas desde la calle

El siguiente escrito nace de las lecturas de la obra poética de aquel gran autor como lo es Charles Pierre Baudelaire. Un personaje que dentro su prosa nos ha dejado profundas reflexiones que hasta el día de hoy nos resultan apetecibles para los que pretendemos divisar las cosas de distinta manera. Para aquellas personas que quieren ver lo que está detrás de lo hermoso, lo mundano, lo feo, lo que se oculta tras ese velo que muchas veces nosotros ni siquiera de pasada lo vemos. Ver de distinta manera, esa es justamente la tarea de cualquier sujeto o individuo que pretenda no estar dentro de los cánones establecidos por las leyes jurídicas o legales e incluso las sociales. Sí es verdad, es cierto, es casi imposible estar fuera de estos límites impuestos por nosotros mismos y por las sociedades. Pero, también es cierto que de tiempo en tiempo el hombre entra en profundas depresiones y vacíos existenciales que hacen que en él nazca una sola premisa, la de preguntarse el porqué de la existencia y los sucesos de las cosas que le rodean. Así nacen los cuestionamientos producto de las dudas, fruto de la inconformidad en el que se encuentran los sujetos. No importan los tiempos ni sus cambios, el hombre siempre será el hombre y como tal siempre buscará desprenderse de aquellas alforjas que en algún momento solo se han tornado en meros objetos de anclaje para su avance hacia el terreno de lo sublime, halla donde él puede mirar el ocaso de su horizonte, donde vislumbra el suelo mientras el astro solar desaparece, y en ese pequeño segundo cuando la arena se está enfriando luego de haber soportado todo el calor del sol de la vida, es cuando este hombre puede ver una sombra que trastoca toda su existencia… Allí él ve una silueta oscura y casi indeleble, de formas enjutas y casi alargadas por demás, esa imagen es el mismo hombre pero ahora visto en su realidad.

Los caminos

Dícese de todo lugar y territorio de la existencia de caminos con principios y finales y que no llevan a ninguna parte y de otros que solo llevan a la desgracia de cualquiera que se animara a trajinar por sus suelos. Es el hombre curioso el que debiera preguntarse no por las formas ni los tamaños pero sí por los dóndes y los porqués  ¿Qué son las idas y que son las vueltas? ¿A dónde llevan esos caminos en realidad?

Estos caminos de por si son el vivo reflejo del hombre, de aquella obstinación por tenerlo todo controlado, de la insistencia por estar por sobre todas las cosas y mirarse como el creador y poseedor de las ilusiones que hacen a los ciegos felices por ver tamaña oscuridad. Tal excusa se presenta como un problema sin solución en la existencia del hombre que transita por esos caminos viéndose él mismo sin un principio y mucho menos hallándose en algún final. Los caminos de este ser llamado hombre no tienen puntos específicos sobre los cuales pueda sustentar su existencia como un ser hecho a la medida de sus pretensiones y en contrapartida este sujeto se manifiesta simplemente en el caminante, que deambula por los caminos de la vida creyendo saber hacia donde  va.

En los caminos se encuentran los hombres y estos son de todos los tipos y de muchas formas. Cada uno persigue un objetivo que cree parte de su realidad y sueña con que debe de llegar a algún lugar, ese espacio donde todas las cosas que realiza cobran de alguna manera aquel sentido de reconforte dentro de aquella situación ilusoria a la que llama vida en sociedad. Pero es justamente en cualquier camino mientras este ser volátil cree avanzar, que se detiene por distintas razones para saltar de un lado al otro, para ubicarse y dar dirección a su andar, siempre mirando a ambos lados del lugar, para no ser embestido por las circunstancias azarosas de la cruda realidad. En esos pocos segundos de divagación descubre lo efímero de la vida de los hombres y frustra sus aspiraciones al saber que en su andar no debe detenerse, porque es la lógica del mundo avanzar ininterrumpidamente sin importar el que dirán.

El problema se da porque el hombre que se detiene solo por frustración, en realidad lo hace por una mera pantomima, porque si pasa de una camino a otro sin reflexionar o sin percatarse es casi de seguro que atropellado terminara, y si en ese momento evalúa su existencia en este mundo el sujeto recuperaría sus aspiraciones de construcción de vida, es decir, entendería que si desaparece del mundo no vería sus metas realizar y muchos menos sus sueños. Pero quizás habría que preguntarse si esas metas y sueños son realmente creaciones de él o son nociones incrustadas en su ser. No será que está caminando como un autómata que cree estar en un lugar en el que nunca estuvo.

Cruzar el camino

¿Por qué cruzar de un camino a otro?

La respuesta más lógica es, porque tiene un objetivo a donde llegar y quizás esa respuesta es la que más nos hace sentir satisfechos. Pero vamos un poco más allá, acaso la vida del hombre “moderno” no está enmarcada en la línea sin límite de dar saltos de etapa en etapa, situación en situación y de paso intempestiva y abruptamente, al punto que pasar de un camino a otro se convierte en un reto efímero y así en una práctica común, que casi seguidamente se convertirá nuevamente en una rutina. Y no es la rutina esa puesta en escena que en un principio goza de importancia en su realización y su práctica, pero que a medida que  va pasando el tiempo, es justamente esta práctica la que se convierte en banal y con ello va perdiendo importancia esencial y simplemente asume una importancia sustancial, como un simple acto que se debe realizar.

¿El porqué del sujeto sujetado?

Si la rutina se ha convertido en la práctica más común en estos tiempos y es aceptada y asimilada como normal, porque los sujetos cuando se encuentran con caminos extraños se ahogan en disyuntivas tales que el simple hecho de detenerse y “perder tiempo” genera en ellos momentos de frustración cuando al parecer miran con incierta impaciencia hacia todos los lados como buscando alguna aprobación para continuar con su marcha. Casi como dándonos a entender que la pérdida de un par de minutos, que al final son una espera necesaria, en suma se torna en un fastidio tal que perturba el transitar de aquellos. Esta lucha por transitar no será una idea incrustada también, bajo la premisa de que nuestras existencias siempre deben de ir hacia algún lugar: hogar, familia, trabajo, escuela, el parque etc. Lugares a los que el hombre va porque en el fondo están ya predeterminados como actos que deben realizarse. Sí, “pero eso es vivir en sociedad”, diría algún incauto como percatándose de la seguridad de aquella afirmación. Pero entonces tendríamos que responder: la vida en sociedad entonces es simplemente la consagración de la rutina en los hombres, en aquellos sujetos sujetados, con lo que se podría afirmar que este ser incauto no es tan solo hombre de costumbres, sino también y en mayor medida un sujeto de rutina.

La rutina versus la necesidad

Si entendemos que la rutina son todas aquellas prácticas y actividades que los sujetos realizan de manera diaria como parte del cotidiano vivir al interior de un grupo o de la sociedad, pues entonces las prácticas que realizadas son aceptadas por cada uno de los sujetos como parte de una admisión de normas y reglas de juego tras un  afán de pertenecer a la sociedad, sin mayores obstáculos presentados por los demás integrantes. Todas las prácticas que el hombre realiza desde el inicio del día hasta cuando cae la noche, son hechos que en una primera instancia existen de manera voluntaria, aceptada por ellos como el medio para lograr una vida buena o tan siquiera para que su transitar en sociedad sea llevadera. Pero luego de algún tiempo estas actividades se tornan frustrantes y a la hora de la hora no logran la resolución de esas existencias, por ende, la única opción es lograr una rutina, flotar en ella y posteriormente saltar hacia otra un tanto más compleja pero que a la postre se convertirá en otra que no logrará mayor resolución en la existencia del sujeto. La rutina son todas esas prácticas comunes y foráneas que solo brindan una cierta satisfacción temporal plasmando oportunidades bizarras de logro individual. A los ojos del sujeto la rutina es aceptada no por convención sino por pura sutileza incrustada por el entorno.

Ahora bien, si la rutina se torna en algo asimilado por los sujetos y la puesta en práctica de estas dan una cierta satisfacción que hacen pensar el logro de la vida buena, podríamos afirmar que este ser termina sus días creyéndose haber logrado sus objetivos y metas trazadas. Pero en realidad la rutina no será una simple necesidad de los sujetos por su búsqueda en consagrarse como un ser completo, con una salvedad, y es que esta búsqueda la realiza en un mundo totalmente fragmentado. No es la rutina la necesidad por ser parte de algo, de un grupo, una familia, un empleo, etc. Quizá sea la necesidad la parte más importante del sujeto que lo empuja a la aceptación de las cosas casi sin preguntarse el porqué de ese aceptar y sin preguntarse siquiera porque los demás sujetos también la aceptan. No es la rutina una necesidad en si misma donde el sujeto va persiguiendo frutos abrillantados que en realidad no tienen ningún sabor para la vida. Entonces diremos que el hombre vive dependiendo de la rutina y al final solo se cuelga de la necesidad por esta y por ser reconocido como igual frente a los demás, pero en contrapartida todos los demás no gozan de la necesidad y el reconocimiento del primer sujeto por estar este en situación de frustración. Si la relación no es de ida y vuelta, pues entonces la relación rutina-necesidad no tiene profundidad y por lo tanto su existencia está en todas partes pero al mismo tiempo no existe en realidad, por lo tanto, la existencia del sujeto rutinario y cubierto de necesidad pues no tiene sentido. Si el hombre se detiene en cada camino no es porque su voluntad lo haya decidido así, en realidad este sujeto se detiene porque está filtrando su existencia entre lo rutinario y la necesidad de no ser visto como extraño frente a los otros.

Todo camino

Todo rastro de andar conlleva un principio y un final al interior de toda sociedad, como el mejor ejemplo de por dónde y cómo debe transitar todo sujeto. Los hombres deambulan por los caminos creyéndose libres en su andar y pensar, pero llegando al quiebre en una dirección se encuentran con la complejidad de su existencia, ya que no se trata solo de caminar por esos caminos que a veces solo llevan a metas ilusorias y fáciles de creer. La dificultad radica en que todo camino es solo la muestra de lo que se quiere pero ni por si acaso es el rastro de lo que en algún momento los hombres habrían soñado, es decir, aquel mundo ideal es solo una pantalla en donde los hombres se ven reflejados, pero es justamente aquel reflejo el que esta deformado haciendo creer a todos que es la imagen completa que siempre se habría presentado desde el inicio de los tiempos. Es por tal que los hombres estando ahogados en la rutina y la necesidad de sentirse perteneciente a algún lugar y casi nunca se preguntan porque a veces se detienen en su andar y porque no encuentran razones para simplemente darse la vuelta y seguir otro rumbo, seguir otro camino sin titubear. No hay que olvidar que la programación de los sujetos ya ha sido dada de antemano, con años de antelación, incluso desde su nacimiento o antes, por eso es tan difícil que este sujeto logre comprender los vaivenes de su accionar.

Los caminos de la existencia y todos los demás recovecos son como las normas y las leyes impuestas desde la sociedad y para trajinar en esta se deben respetar y aceptar como códigos sancionados por los estamentos que vigilan el statu quo. De allí las frustraciones de aquel sujeto creyéndose libre en su andar por cualquier camino en cualquier sociedad soñándose soberano y libre en su transitar, cuando irónicamente en ciertos momentos es interrumpido por la conmoción que se encuentra en cada intersección de la vida, en donde pasmado se queda quieto sin comprender su detención, creyendo estar en lo correcto bajo esa lógica que se encuentra en tremenda pugna entre las leyes y el derecho, donde el sujeto es solo un utensilio más.