Las vejeces y sus mundos

Debido a mi formación previa a la Antropología, como trabajador social, recientemente me he visto implicado de lleno en una realidad que desconocía, una realidad que nos resulta a todos tan cercana que si no la vemos es porque no ponemos el interés necesario en ello, y es que en cierta manera la consideramos ajena y lejana, extraña y temida, ya que en nuestro contexto suele configurarse como una especie de tabú en el que no conviene pensar hasta que resulta inevitable hacerlo. He pasado unos meses trabajando en centro residencial para ancianos; me he enfrentado a mis propios prejuicios, he derribado esquemas mentales y he aprendido tanto que no puedo sino agradecer haber tenido la oportunidad de vivir esta experiencia, y es por ello que de alguna forma me siento obligado a traer a este blog algunas reflexiones personales sobre la construcción de la vejez (para lo que resulta imprescindible conocer la experiencia que ella supone) en nuestro contexto cultural.

¿Qué es la vejez? No creo que sea fácil poder establecer una definición de esto, es más no creo que exista una única forma de definirla pues la vejez es, como todas las cosas, una categoría abstracta y arbitraria donde enmarcamos una serie de atributos, más o menos consensuados, que son considerados definitorios de un grupo heterogéneo de personas que en realidad poseen diferentes inquietudes, pensamientos, ideas, experiencias, creencias, formas de vida, capacidades (físicas y cognitivas), posibilidades y, quizás lo más importante, distinta consideración de sí mismos. Según el planteamiento dominante, encontramos que en nuestro contexto tendemos a clasificar a la gente según planteamientos legales (en España a partir de los 65 años) o biológicos (a partir de determinadas circunstancias fisiológicas que así lo determinan, o que han sido construidas socialmente de tal manera), aunque resulta del todo absurdo limitar de esa manera la cuestión.

En mi opinión, como no puede ser de otra manera ante la apabullante diversidad humana y cultural existente, existen distintas vejeces, o distintas formas de vivir la vejez y reconocerse en ella. Como en la mayoría de atributos que aplicamos a personas o grupos, la imagen que se proyecta depende tanto de la consideración que cada individuo posea de sí mismo y lo que quiera transmitir a los demás, como de la propia interpretación que hagan los demás sobre dicha imagen (fuertemente condicionados por los esquemas mentales dominantes). En este sentido, encontramos contextos culturales (quizás uno de los más conocidos sea el caso de Japón) donde la ancianidad implica una serie de reconocimientos sociales que se asocian con el hecho de haber tenido más tiempo para enfrentarse a distintas y numerosas experiencias vitales que pueden servir de referencia para aquellos que aún no las han vivido, por lo que la imagen mental que rige sobre esta etapa tiende a ser positiva, por ello el trato a este colectivo tiende a ser más inclusivo, y en consecuencia en la propia consideración que tienen las personas categorizadas como ancianas no domina la idea de la vejez como tabú.

Sin embargo, no hace falta acudir a contextos geográficos y culturales distantes para apreciar que la vejez, por vivirse de distintas formas, no es sólo una. ¿Es lo mismo, independientemente de su estado de salud, una persona con 70 años que vive en una residencia olvidada del resto del mundo que una persona con 70 años que vive en su casa rodeada de familia y amigos? ¿Es lo mismo una persona de 70 años con ganas y capacidad de viajar, experimentar y vivir nuevas situaciones que una persona de 70 años pobre que viva sola en su casa? ¿Es lo mismo una persona de 70 años que considere que cuando muera irá a un lugar “más elevado” y se regocije en ello que una persona de 70 años que piense que ya ha hecho todo lo que podía hacer y no que no queda nada? Desde luego que no, ya que estas personas sólo tienen en común la edad y la certeza (que todos compartimos) de que en algún momento desconocido su organismo dejará de funcionar. Por supuesto, la construcción cultural de la muerte influye categóricamente en la construcción cultural de la vejez, aunque por suerte o por desgracia el hecho de la muerte biológica no es patrimonio exclusivo de las personas que cuentan con más dígitos en su casillero vital.  Por ello, no parece que de por sí la edad y la muerte (constructos artificiales ambos) sean características que definan la totalidad de los casos, y es que generalizar es siempre reducir y enturbiar la realidad, por lo que al contrario considero que la idea de la vejez debe basar su definición en la pluralidad de situaciones y circunstancias, y estas considerarse en función de la imagen que estas personas construyan de su vida pasada, su vida actual, lo que esperan de la vida y lo que esperan de la muerte, así como de la idea de los que les rodean sobre lo que son o lo que pueden, o creen que pueden, esperar de ellos.

Para finalizar, hace poco que tuve la oportunidad de leer este poema de Alberto Cortez que lleva por título “La vejez”. Lo he escogido porque ofrece una de esas visiones negativas de esta etapa vital y refleja a la perfección la categorización dominante en nuestro contexto de la senectud como un proceso doloroso y triste, como la humillante sala de espera de la nada.

Me llegará lentamente
y me hallará distraído
probablemente dormido
sobre un colchón de laureles.
Se instalará en el espejo,
inevitable y serena
y empezará su faena
por los primeros bosquejos.

Con unas hebras de plata
me pintará los cabellos
y alguna línea en el cuello
que tapará la corbata.
Aumentará mi codicia,
mis mañas y mis antojos
y me dará un par de anteojos
para sufrir las noticias.

La vejez…
está a la vuelta de cualquier esquina,
allí, donde uno menos se imagina
se nos presenta por primera vez.

La vejez…
es la más dura de las dictaduras,
la grave ceremonia de clausura
de lo que fue, la juventud alguna vez.

Con admiable destreza,
como el mejor artesano
le irá quitando a mis manos
toda su antigua firmeza
y asesorando al Galeno,
me hará prohibir el cigarro
porque dirán que el catarro
viene ganando terreno.

Me inventará un par de excusas
para amenguar la impotencia,
´que vale más la experiencia
que pretensiones ilusas´,
me llegará la bufanda,
las zapatillas de paño
y el reuma que año tras año
aumentará su demanda.

La vejez…
es la antesala de lo inevitable,
el último camino transitable
ante la duda… ¿qué vendrá después;
La vejez
es todo el equipaje de una vida,
dispuesto ante la puerta de salida
por la que no se puede ya volver

A lo mejor, más que viejo
seré un anciano honorable,
tranquilo y lo más probable,
gran decidor de consejos
o a lo peor, por celosa
me apartará de la gente
y cortará lentamente
mis pobres, últimas rosas.

La vejez
está a la vuelta de cualquier esquina,
allí donde uno menos se imagina
se nos presenta por primera vez.
La vejez…
es la más dura de las dictaduras,
la grave ceremonia de clausura
de lo que fue la juventud alguna vez.