La violencia y la desigualdad social: caras de la misma moneda

La violencia y sus rostros también constituyen el motor de la historia de la humanidad. La violencia que se presencia hoy en las culturas ibero-americanas encuentra su génesis en la desigualdad social y en el modo de producción capitalista imperante. El estado de violencia es producido por desigualdades sociales que marcan la historia de la humanidad desde su inicio. No obstante, el propio mundo natural también se manifiesta de manera violenta en la medida en que todo se encuentra en ‘lucha’ en el universo y la vida es un perenne combate contra la muerte. Globalmente vivimos en la edad del conocimiento, de la información y de la violencia cada vez más extraña e incontrolable por los medios políticos-económicos normales (dominantes). Creo que la extrañeza y el malestar causados por la violencia pueden ser investigados más allá de las metrificaciones estadísticas y de las prescripciones burocráticas relacionadas con la violencia. Considero importante emprender una investigación radical del ‘estado de violencia’ actual de la humanidad, buscando comprender e interpretar la violencia en sus diversas facetas, y por eso, se impone la pose de un método más intuitivo que analítico, lo que también requiere de una actitud de sospecha y de indagación radical.

La violencia se convirtió en una emergencia triética en la era global contemporánea: violencia ambiental, violencia social y violencia mental. Las causas y razones de violencia además de económicas y políticas son también estéticas y éticas envolviendo el campo afectivo de las relaciones interpersonales y transpersonales de forma inmediata. Y como la violencia está en toda parte, sobre todo, en los países más desiguales social y económicamente, puedo también hablar un poco de la violencia creciente en la ciudad de Salvador (Bahía- Brasil), donde me encuentro.  Tal vez cada ciudad latino-americana y los demás espacios del planeta presentan una cara distinta de las múltiples facetas de la violencia pensada en su presencia fáctica. Pero, tal vez, se encuentren más semejanzas que diferencias entre las varias manifestaciones violentas del mundo. Hoy, a través de las redes sociales y de los demás medios de comunicación, la violencia se propaga como ‘rastrillo de pólvora’.  En los noticieros el énfasis en la violencia compite con los reality shows y funciona simbólicamente como advertencia para que todos tengan miedo de la violencia y vivan amedrentados con ella. El asesinato del Otro ya volvió natural el modo cruel de cómo se mata y cómo se quita la vida, ya sea de los ‘marginales’ y sus pandillas y huestes y de todas las víctimas, así como también la banalidad de cómo la policía pasó a ser cazada por la caza y se hace la caza predilecta de los ‘marginales’ amañados por dinero que producen armas. En la ciudad de Salvador, la violencia ambiental está disfrazada de grandes emprendimientos inmobiliarios que se ofrecen como islas de seguridad para los consumidores ingenuos e ignorantes de su condición de capturados por las redes del sistema productor de los sueños de consumo más fanáticos. Todo se volvió mercamcía y todo es consumido en la plusvalía del capital expuesto en su esencia violenta, competitiva y subordinante (adepto al modo post-moderno). Una forma de esclavizar mucho más sofisticada impera actualmente y la democracia se concretiza como régimen de desigualdad.  La violencia social ya se encuentra presente en la violencia ambiental y la violencia mental es lo que produce la mayor violencia social y ambiental. La ciudad de Salvador es la expresión de la desigualdad y del desequilibrio social.  A pesar de ser una ciudad llena de encantos y magia, se convirtió en una ciudad peligrosa y sus ciudadanos en neuróticos como lo que sucede en cualquier ciudad marcada por la desigualdad en su propio tejido urbano. La violencia mental se ha mostrado cada vez más materializada en las películas y series de acción: se volvió una violencia estetizada y erótica que induce a un modelo comportamental homogeneizarte y que excluye lo distinto en su diferencia radical. Pues esto no es apenas una característica más de una ciudad específica por ser un fenómeno humano hoy en día generalizado y globalizado. Vivimos bajo las redes de captura de la sociedad del control que dispone de todos los datos que circulan en la web y en las comunicaciones telefónicas y trata de potencializar y disponer de la violencia como estado natural. Es en este mundo tan desigual en el que viven las personas tan estúpidas y prepotentes, parece que el ser humano se debilitó en el sentido de su plenitud viviente y libre y se acomodó en las relaciones económicas y políticas desiguales e insustentables.  Se perdió el sentido de una tercera vía que no es ni de derecha ni de izquierda, sino la vía del acontecimiento creador vital. Si no hay una revolución de valores, una transvaloración de todos los valores que producen la desigualdad y la exclusión de los ‘diferentes’, ¿qué tipo de Dios podrá salvar a la humanidad de su ímpetu bélico y ultra violento? Pues, ésta es una buena oportunidad para que investiguemos el génesis ambiental, social y mental de la violencia, tal vez para darnos cuenta de que los orígenes de la violencia humana se encuentran en la incapacidad de sobrepasar las fronteras del mundo familiar y ganar el mundo de la vida en su totalidad, siempre inconclusa, siempre en devenir. La violencia se encuentra en el ser humano y solo él puede decidir transformarla en antiviolencia vital.