La violencia bien entendida comienza dentro de casa

Días atrás se produjo un hecho aberrante en una pequeña ciudad del interior de Argentina. Un hombre golpeó y abusó sexualmente de su hija biológica. Lo peor de todo es que este hombre ya se encontraba acusado de un delito similar contra la misma niña por un hecho aparentemente cometido un par de meses atrás; y habiendo recuperado su libertad, por cuestiones netamente procesales, parece que volvió a reincidir.

Todo esto en un plano de la apariencia atento a que en un Estado de Derecho se es inocente hasta que se demuestre lo contrario. Así las cosas, y lamentablemente, este tipo de actos no se circunscribe a un sector de la sociedad ni a un pueblo o país en particular. Se destruyen de esta manera personas a lo largo del mundo.

Pero todo esto cómo se puede explicar, desde donde.

Algunos sociólogos plantean que estamos viviendo en el siglo de la perversidad humana dado que somos cada vez más perversos, más sádicos. Otros, sin embargo plantean algunas posturas que podríamos considerar como un tanto menos violentas en la que el siglo XXI despertó con los llamados “hijos de la libertad”. Muchos nacieron post caída del muro de Berlín.

Podemos arrancar este debate con el denominado “proceso de individuación” que describe una transformación estructural, sociológica, de las instituciones sociales y la relación del individuo con la sociedad.

La individualización libera a los individuos de los roles tradicionales a los que estaban prácticamente condenados, pero los condiciona de otras maneras. Junto con el fin de las trabas tradicionales el individuo se vuelve dependiente del mercado (laboral) que es institucional y estructural. El gran sociólogo U. Beck dice que el individuo al depender del mercado laboral se torna por ello también dependiente de, por ejemplo, la educación, el consumo, etc, en definitiva, la dependencia del mercado se extiende a todos los ámbitos de la vida.

Con ello se forma la paradoja de que por un lado se fomenta la fe en el control individual, en el deseo de la “propia vida” pero por el otro se le impone la existencia dentro del mercado laboral. La mayor individualización no necesariamente conlleva una mayor individuación (proceso por el que nos volvemos individuos autónomos).

Así las características de la moderna vida social occidental individualizada nos obligan a buscar soluciones biográficas a contradicciones sistémicas. Es decir, el hombre busca escribir su propia historia como la “cultura de la propia vida”. Mas lo que sucede es que es la “cultura de la propia vida plena de violencia social, institucional, sexual, etc”.

Esta cultura de la propia vida hoy se encuentra marcada por un creciente proceso de visualización de ciertas formas de violencia que poco menos que aterran al verlas por todos los medios posibles de comunicación que replican hasta el infinito el mismo sufrimiento vivenciado por una víctima.

Acá no me estoy refiriendo a una cuestión de meros conceptos. A saber: la violencia no es un objeto en sí, en todo caso es un modo de calificar conductas, sin importar si por ejemplo quien califica la conducta es un profesor, socializado en sectores medios, sobre los actos de un niño que fue socializado en sectores populares.

El artículo que mencioné de U. Beck, “Hijos de la libertad”¹, plantea si somos una sociedad “yoica”, apelando a afirmaciones tales como: falta de solidaridad, egoísmo, falta de valores, etc.

Los “hijos de la libertad” (como ideal o ejemplo de una forma de ser postmoderna) tienen una nueva forma de amar, de relacionarse, de entender las relaciones. Sin embargo los niveles de violencia, no solo de género, se han incrementado o tal vez más-visibilizado. Lo veremos.

Una primera conclusión que se podría arriesgar: ha aumentado el individualismo, cada cual tiene que intentar o inventar por sí solo su existencia.

Entonces esta “modernidad reflexiva”, “modernidad líquida” o como se la llame, arrastra a las relaciones humanas en una radicalización de la modernidad que destruye las premisas y contornos definidos (y seguros) de la sociedad industrial y que se abre a una nueva  modernidad.

El fenómeno se ve enlazado con el hecho de que la institución “familia” ya no es privada. Se ha transformado en un “lugar público” que es observado por distintos sistemas como el judicial, la psicología, el feminismo, la educación y por qué no, también desde el mercado. Entonces lo público y administrado por estos sistemas conducen a un ejercicio del control cuando en el S. XX se correspondía con un sistema de propiedad tradicional. Y al haber una revolución mundial sobre cómo nos concebimos a nosotros mismos, cómo no vamos a hacer “clic” en la forma en que nos relacionamos con los demás.

Además, hoy por hoy nos cuesta separar lo aparente de lo existente,  lo planteo así atento a que si en el siglo XX algunas o todas las cosas de la familia se ocultaban, hoy no existe lugar en el planeta en donde no se debatan estos temas. La familia tradicional estaba basada en una unidad económica, el matrimonio no se contraía en base del amor sexual. Los niños no eran reconocidos como individuos.

Y si a ello le sumamos que los aparatos tecnológicos de la nueva era reconstruyen las relaciones interpersonales cara a cara y que nos encontramos frente a un consumo cultural sin reflexión crítica podremos palpar el estado de situación. No se comunica experiencia, lo que se comparte es el espectáculo en el que somos espectadores y actores a la vez en un proceso de transparencia de las personas atroz.

Porqué lo pongo de manifiesto: porque propone por un lado la integración mundial como parte de una totalidad (muy linda) y, a su vez, acentúa la división entre ricos y pobres.

En definitiva en los tiempos que corren una de las principales características de los tiempos actuales es el choque de intereses entre AMOR – FAMILIA – LIBERTAD PERSONAL.

¿Qué pasa por casa? A la par que para algunos el nivel de perversidad en la humanidad en general ha aumentado considerablemente (y son en definitiva estos “hijos de la libertad”), las familias posmodernas son las que conforman esta nueva forma de amar y por qué no también de hacer el mal.

Interesante es destacar en este momento el aporte de la CEPAL con respecto a este tema: El machismo, violencia intrafamiliar, división sexual del trabajo, obediencia, son todos conceptos que obedecen a estereotipos culturales que dotan a hombres y mujeres de atributos y conductas, que son eficaces en la construcción de las indentidades genéricas, permeando y definiendo formas de ser y modos de relación entre los sexos, asimétricas en la valoración.

Sin embargo frente a la valoración positiva de la familia (sobre todo de los jóvenes) tenemos la contracara de la violencia intrafamiliar, los femicidios, los abusos sexuales, etc., que tradicionalmente se consideraron privados, ajeno al debate público, y por lo que ha permanecido oculto y escasamente estudiado.

Es decir que nos encontramos frente a una imagen en la que se presenta a la familia como espacio de conversación y de diálogo, lo que en principio supone el respeto por el otro.

A su vez, esta imagen es consistente con la noción de que la autoridad familiar se constituye como un espacio de negociación, producto del desdibujamiento de la imagen paterna como figura orientadora y autoridad prefigurada. El lugar de la autoridad está ocupado ahora por el padre y la madre, y que los jóvenes solo entran en la negociación en torno de temas que afectan al control de sus cuerpos y de sus espacios.

Sin embargo no se deber perder de vista que las personas ven violados sus derechos humanos en el ámbito de la “familia”, como la historia que relaté al comenzar el texto.

Parada aterradora ésta: es la institución que se presenta como el primer núcleo de protección natural de los seres humanos la que produce más violencia.

Normalmente la persona violenta esgrime la idea del derecho de corrección  (muy escuchado en los estrados de los juzgados de familia) legalmente vigente en otras épocas, para poder “corregir” (agredir) a su mujer y a sus hijos, y de la concepción de que el uso de la fuerza es una muestra del mito de la virilidad.

Por suerte este concepto está siendo suprimido en la sociedad para pasar lentamente a una condena y estigmatización social de dicha conducta, aunque a este concepto se le oponen los crecientes índices de violencia de todo tipo intrafamiliar.

La familia presenta transformaciones e irregularidades de estructura y estabilidad, que están presentes en los hogares de la mayoría de los jóvenes pobres, con consecuencias asociadas a violencia, carencias afectivas y materiales.

La pregunta es: ¿Cuánta gente añora regresar a esos viejos papeles tradicionales (binarios): macho (proveedor) – hembra (reproductora)? La división del trabajo sexual ha muerto hace tiempo. Sin embargo la subordinación de la mujer en ciertos ámbitos domésticos, sobre todo de los estratos bajos, indica la subordinación de la mujer a los mandatos de asimetría de poder al interior de la pareja que hace naturalizar el hecho de que los bienes adquiridos durante la convivencia son propiedad del hombre.

¿No será la actual violencia de género (enmarcada en el ambiente violento en general en que se vive) un movimiento espasmódico, de reacción, por parte de seres humanos que añoran la solidez de las sociedades tradicionales del S. XX las que resisten con la violencia como manifestación patológica? También ahora se vive violencia durante los noviazgos, situación que merecería sera analizada en otro trabajo.

Al respecto es interesante destacar que el nivel de tolerancia sobre esos tipos de actos ha cambiado, ha disminuido, y por ende la violencia de género se hace intolerable cuando años atrás la homosexualidad estaba penada, los niños carecían de derechos (sin la mínima consagración legal o constitucional) y el matrimonio era un compromiso para toda, absolutamente, toda la vida.

Entonces, ¿será que los feminicidios, violencia de género y familiar son las consecuencias no deseadas de esta posmodernidad en que la mujer ha logrado una independencia formal del hombre?

¹ BECK, Ulrich. “Kinder der Freiheit”. Fondo de Cultura Económica de Argentina S.A., . 1999. Bs. As.