La vergüenza de “ser pobre”: hacia una pedagogía sensible a la clase social

La pobreza es un fenómeno complejo y multifacético, cuya descripción en profundidad solo la pueden ofrecer quienes la hemos vivido en carne propia, ya que una aproximación teórica no es apropiada cuando se trata de una experiencia humana intensa y profunda, por tanto, el lenguaje no es capaz de capturar su esencia.

Vamos por parte. Señalar que una persona es “pobre” (por su actual condición socioeconómica) es esencializar y validar una categoría conceptual que ha sido definida para etiquetar a aquellas personas que por condicionantes estructurales (políticos, económicos, sociales, entre otros) vive en este espacio-tiempo en una situación de precariedad y vulnerabilidad de diversos tipos. Lo anterior implica comprender que la pobreza es un estado el cual puede variar, ya que no es eterno, como tampoco obedece a  las leyes naturales. La pobreza es construida, creada, producida y reproducida por un sistema económico y social al cual le conviene que amplios sectores de la población se mantenga en esta situación.

Por tanto, una persona no se puede definir a sí misma, solo por ser catalogada como “pobre” y como es bien sabido, desde esa categoría desplegar una serie de atributos asociados a este rótulo: vulnerabilidad, precariedad, enfermedad, alcoholismo, drogadicción, delincuencia, cesantía, entre otros. Lamentablemente este tipo de asociación está tan internalizada en el discurso del día a día que es muy difícil realizar un cambio en la forma de razonar a la pobreza. Por tanto, en este ámbito la escuela tiene mucho que decir y hacer.

Por mucho tiempo la escuela (educación formal) ha sido depositaria de anhelos y esperanzas de los padres quienes ven y esperan de ella la única posibilidad de que sus hijos puedan ascender socialmente y que por tanto puedan a través de la educación y el trabajo “salir de la pobreza” e instalarse una posición social y geográfica “más decente”, “más honorable”. Aspecto que es loable, la superación integral de las personas no es lo que se cuestiona en este escrito.

Lo planteado anteriormente es parte del discurso más potente promovido desde la escuela moderna hasta la escuela neoliberal de nuestros días: el concebir a la educación como vehículo de movilidad social. De hecho, está tan naturalizado este discurso que es una verdad que se (re) produce, circula y que se ha cristalizado en las conciencias de las masas.

Sin embargo, está más que probado desde disciplinas como la sociología crítica, que tal discurso solo es cierto en un porcentaje muy bajo de los casos, ya que bajo el régimen de educación de mercado, solo son exitosos aquellos estudiantes que con una gran desventaja logran compensar con mucho esfuerzo y trabajo, la escasez de capital familiar, cultural, social y simbólico, los cuales no pudieron ser ofrecidos por el hogar.

Fuente de la imagen: educacioncontracorriente.org

El discurso meritocrático se cae a pedazos ante la evidencia aplastante y brutal, la que señala que en la mayoría de los casos, los sistemas educativos están operando cada vez más como guetos y las escuelas de sectores azotados por la condición de pobreza solo están cumpliendo actualmente, con la misión de entregar a los niños y jóvenes las herramientas básicas de socialización y del cuidado del sí mismo, pero fundamentalmente siguen siendo maquinarias de reproducción social, tal como ya lo había vislumbrado Bourdieu.

Ya en el ámbito más micro, a nivel de escuela, son los mismos docentes, muchos de los cuales experienciaron en carne propia distintos y múltiples estados de pobreza, quienes en el aula reproducen el discurso de la meritocracia y de la movilidad social, el cual no es más que otra de las promesas incumplidas desde la modernidad. Lo más llamativo es que cuando estos docentes, al consultar a sus estudiantes respecto a qué oficio o profesión quieren seguir en el futuro, generalmente, menosprecian y recriminan a sus alumnos cuando éstos quieren seguir el camino de sus padres, siendo obreros, secretarias, agricultores, pequeños comerciantes, etc. Siempre la respuesta de un educador comprometido de manera inconsciente con el discurso meritocrático y de la movilidad social ascendente, es: “Tú puedes mucho más que eso” (Jones & Vagle, 2013).

En contrapartida, en las aulas siempre se están promoviendo las profesiones de mayor prestigio económico y social. Ocupaciones como la medicina, ingeniería, economía, derecho, las cuales son muy valoradas en el marco de una sociedad materialista y hedonista, son evidentemente relevadas por sobre otras, debido a que actualmente el valor de la persona no reside en su “ser” sino que más bien se nos valora en virtud de cuánto tenemos.

Son estas actitudes las que de manera inconsciente marcan a los estudiantes, los cuales tienden a performar conductas que promueven el desprecio a aquellos oficios subestimados y a quienes los ejercen, catalogándolos de “despreciables”, “sin valor”, “sucios”, “para gente pobre”. Lo que conlleva lamentablemente a que los niños y jóvenes extrapolen estos comportamientos y sentimientos a sus propias familias y/o progenitores, quienes pasan a transformarse en figuras en las cuales no quieren convertirse. Por ende, existe cierta vergüenza internalizada de ser una persona “pobre”, lo que conlleva al menosprecio del sí mismo y las correspondientes consecuencias en la autoestima y en las identidades de los estudiantes, las que están en permanente construcción.

Por lo tanto, una propuesta que permita revertir esta situación es generando una pedagogía sensible a la clase social, lo que equivale a plantear, una educación en la cual se cuestionen discursos tan nefastos como “la gente pobre es floja (vaga)”, “los pobres eligen ser pobres”, “la pobreza es algo despreciable”, “hay que sentir vergüenza de esta condición”. Es ante esta articulación de enunciados es en donde la pedagogía debería interrumpir la circulación de estas creencias y problematizar las causas y consecuencias de la pobreza. Debería además problematizar la producción y reproducción de estados de pobreza dentro de una sociedad neoliberal, se debería realizar un cuestionamiento de la forma en la cual este sistema se nutre de la pobreza, la permite y hasta la promueve (no explícitamente) de forma tal que la necesita para seguir nutriéndose de recursos y de capital humano (vidas humanas).

La escuela debería abiertamente abordar dentro de los contenidos curriculares las contradicciones sociales, cuestiones relativas a la justicia social y a los derechos humanos. En este sentido se puede partir cuestionando el  porqué una hora de trabajo de un médico es mucho más valiosa que la de un obrero; discutir los estereotipos y prejuicios vinculados a la pobreza, y por último problematizar el hecho de que el estado y las situaciones de pobreza no son parte del orden natural del mundo, que más bien, la pobreza es consecuencia de un régimen, de un sistema, el cual no favorece el desarrollo integral del ser humano y que por ello debe ser criticado y atacado por medio de la educación.

Lo anterior no implica plantear una educación “ideologizada” o la “manipulación” intencionada de las “almas” jóvenes. Más bien corresponde al desarrollo de conciencias críticas, las que darán cuenta de las tremendas desigualdades sociales, las contradicciones del diario vivir y de la desmantelación de los mitos instalados desde la época moderna, respecto del “sueño americano”, la “meritocracia” y “la igualdad de oportunidades,” dentro de un sistema que nos aliena y nos obliga a competir por ser el más fuertes dentro de una economía que nos considera solo como mercancías.

A modo de cierre, ser pobre no es motivo para sentir vergüenza, lo que es vergonzoso es permitir que la educación continúe naturalizando posiciones “clasistas” de raigambre conservadora y neoliberal. Y en la misma línea es inmoral seguir favoreciendo la circulación de discursos que plantean que los estados o situaciones de pobreza son parte del orden natural y que nada se puede hacer para contrarrestar las leyes de la oferta y la demanda. Ante estas posturas es indispensable plantear como un punto de partida, una pedagogía sensible y crítica respecto a la clase social.

Referencias Bibliográficas:

Jones, S. & Vagle. M. (2013). Living contradictions and working for change: toward a theory of social class-sensitivy pedagogy. Educational Reseracher, 42 (3), 129- 141. DOI: 10.3102/0013189X13481381