La trampa

Un amanecer de más  

Aquella mañana amaneció diferente. Todo el cielo estaba como oscuro, muestra clara de la lluvia torrencial que se había manifestado la noche anterior. Un murmullo atormentador me recordaba que debía alzarme sobre mis piernas y comenzar la marcha como todos los días en esta ciudad que es como cualquier otra en cualquier lugar.

Un café bien caliente, con su queso a medio quemar y casi derretido, sujetado por una marraqueta partida en dos, sería la mejor propuesta para mejorar esta mañana de porquería. –Me dije a tono alto–, como si mi propia voz me fuera a responder. Alucinación perfecta. Nadie me contestó.

De pronto me quede inmóvil, tratando de hacer memoria. Algo tenía que hacer aquel día medio lluvioso y sombrío. Así, en semejante trajinar, una sorpresiva alarma golpeo mi cautiverio. Recordé que debía ir al encuentro de un amigo, al que de vez en cuando solía ver, y con el que teníamos algunas charlas un poco raras, pero interesantes por demás. El café tendrá que esperar, –murmure en voz baja–, mientras, presuroso me alistaba para la salida.

Una llegada, una plaza

Caminando varios minutos, me vi llegando a una de las tantas plazas que tiene esta ciudad. Hubiese podido arribar más antes, pero en mi tormento existencial, no acostumbro a subir a micro o bus cualquiera. Menos cuando este tiene demasiados pasajeros en su interior. Uno siente el aroma a prisión cuando sube a esos vehículos, las personas te someten con su empujar y el aire genera una extraña combustión que haría que cualquiera explote sin más.

Ingresé por una de las esquinas de aquel lugar y mi espíritu se tranquilizó al saber que la reunión no fue suspendida por mi atraso desmesurado. Allí, a unos metros nada más, pude distinguir una silueta delgada, más que enjuta en realidad. Era el amigo de la ensoñación, aquel que en muchos momentos me había dado de que hablar y en otros me había logrado decepcionar con sus frases célebres, que solo invitaban a la envidia por los lirios que lanzaba, o a la decepción cuando solo un eco se oía en ellos.

Siempre tenemos buenas charlas –comenté con voz muy baja–, y en mi interior esperaba que esta no fuera la excepción. Así pensaba mientras le saludaba y casi sin darnos cuenta comenzamos la marcha hacia cualquier lugar. Que más quedaba, solo había que caminar.

En el camino  

Así comenzamos la marcha y por unos minutos nadie le dijo nada al otro. Mientras, nos internábamos por las calles repletas de personas. Era tan difícil el solo hecho de caminar. Bastaba con que uno de pasos un poco más rápidos, para que de pronto y así nomás, reciba sorpresivamente un golpe o un empujón, y de por sí, detenga o por lo menos disminuya su andar por miedo a que  los siguientes topes sean mortales. Escena típica de las grandes ciudades o de las que quieren ser, aquellas con enormes conglomerados de personas, donde los edificios pareciera que con cada día crecen más, mientras las luces del sol se pelean por lograr incrustarse entre las calles y las aceras. Allí los ruidos son tremendos, pero el vacío que se siente es peor.

Mi amigo caminaba a paso normal, aunque debo admitir que de tiempo en tiempo aceleraba sus zancadas por unos segundos, como queriendo mantener una cierta distancia entre nosotros. Yo trataba de alcanzarle, pero con tanta gente atiborrada se me hacía un poco dificultosa lograr la empresa. Interesante actitud la de mi amigo, –me dije– mientras apuraba un poco mi andar. Seguramente ese su apuro es motivado, –decía para mí mismo–, como justificando aquella atroz actitud. No hay cosa más rara en este mundo, que andar junto a otra persona y darse cuenta que al final uno camina solo.

De pronto y sin decir nada, mi amigo se detuvo, dio vuelta y me miró fijamente. Debo admitir que en aquella mirada no encontré rastro alguno de hostilidad, mas si note un cierto abandono en los ojos de aquel, como cuando a uno ya sea por el polvo, la suciedad o el brillo más incandescente, se le da por no querer ver lo que está a su alrededor, como cuando el solo mirar te causa una molestia especial, mientras miras algo que no quieres mirar.

El bullicio es una desgracia, –me dijo mi amigo–, mientras apoyaba su existencia en una pared. Ves como las personas comienzan su marcha y nadie sabe cuál es su destino, –comentó en voz alta–. Así miraba a cuanta persona pasaba por el lugar. Es cierto, los ruidos son insoportables, pero que le vamos a hacer, al final aquí vivimos y quizás aquí también moriremos, –le respondí sin más–, mientras me acurrucaba junto a él. Además, creo que a las personas aunque todo el tiempo les importa saber su destino, en realidad ninguna de ellas hace algo por cambiarlo o mejorarlo, –acoté–. Creo que en verdad todos están conformes con sus vidas, aunque esta se note a leguas ser toda una frustración, pero afirmo que, al final así viven y quizás así morirán. Termine mi intervención, casi mostrándome como alguien que sabía de lo que hablaba. Por lo menos así lo creí en ese momento.

Mi amigo se cruzó de brazos, como queriendo acomodarse mejor en ese espacio y con voz tranquila dijo: pero al parecer todos ellos tienen clara la idea de hacia dónde quieren ir. Sus rostros están tiesos y parecen invadidos por la preocupación. Eso por lo menos muestra que se toman la cosa enserio. Mira la hora que es, –afirmó–, son más de las diez de la mañana y el día está más claro que nunca. La ventisca te pone fresco y uno quisiera solo un poco de paz. –dijo así–, mientras un pequeño suspiro salía de su boca. Sin embargo continuó su prédica; si uno los ve detenidamente, pensaría que son seres perseguidos por algún ánima o ente fantasmal, que con cada segundo se acerca más a ellos, para someterles y para castigarles. ¿Y sabes tú a que le tienen miedo todos estos?, –me dijo aquel personaje–, y al tiempo me echaba una mirada picaresca, casi endiablada.

Supongo que son esas ansias de fortuna en sus vidas y el goce de la riqueza en sus manos, –le contesté con una cierta seguridad–. Todos ellos creen que luchan por algo que les hará sentir mejor en sus vidas y es por ello que con cada día buscan aquello que llaman felicidad. Se empeñan en lograr ciertas metas y cumplir con sus sueños ideales, todo para decirse en algún momento, que no vivieron en vano y que por fin hicieron algo.  –Así le respondí a mi amigo–, como queriendo justificar mi propia existencia.

Este, poniéndome la mano en el hombro habló: no mi querido profanador, en realidad lo que sucede es que ellos están sometidos por el tiempo, ese que nunca se detiene y que al final solo te demuestra que a pesar de correr lo más rápido posible, ¡Pues nunca lo podrás alcanzar! El tiempo mí amigo –me habló con cierta ofuscación–, es aquella maquinaria que hace que los sujetos estén en una especie de marcha interminable hacia la nada, aquello a donde se quiere ir, sin saber para que se quiere llegar. Así, miro al cielo y sin decir nada más, hecho un suspiro, más o menos como cuando uno siente el desahogo después de expulsar algo que le asfixia.

Le eche un vistazo disimulado, aunque estoy seguro que sin verme igual entró en cuenta que lo miraba con cierta estupefacción. Tenía que decir algo después de oír aquellas palabras de sentencia.  Así que argumente: cada persona decide salir de su lecho con cada día, no por alguna necesidad excepcional, sino por el simple hecho de estar con los demás. Cada individuo que vemos en estas calles, representa sin duda alguna la opresión que se maneja en estos lugares, con sus formas y sus linealidades. Ahora bien, para cada uno de ellos, el simple hecho de estar en este afuera que es la sociedad, sin duda alguna es someterse a una cierta forma de opresión. Si a esa forma le llamamos tiempo, pues casi hablamos el mismo idioma amigo mío, –le dije–, en tanto este giraba la cabeza como intentando prestar atención a mi diálogo, entonces continué; si un individuo va a cualquier lugar donde es tratado como un punto o donde es maniatado como una cifra cualquiera, pues este sin lugar a dudas, se convierte en una simple estadística y así solo se lo deshumaniza a punto tal, que este llegara a desear en algún momento dejar de ser aquello en lo que se ha convertido, o lo que es peor, en lo que lo han convertido. Ese es el pretexto en realidad, –dije con tono impositivo–, y así agaché la cabeza como evitando tamaña trifulca.

Pocos segundos después una voz ronca y taciturna me interpelo nuevamente; ¡sabes!, ese pretexto del que hablas y al que yo llamo burlonamente tiempo, no es otra cosa más que una estrategia para no romper la convivencia de las mujeres y los hombres, en este juego, la aceptación de ciertas reglas o parámetros buscan meterte en el fango de la sociedad, bajo la excusa de una vida pacífica, cuando en los hechos solo te aprisionan y te someten a los designios de los más fuertes, de los poderosos, o lo que es peor, de sus instancias de poder, desde donde solo te saben mandar, incluso hablándote cual galán que enamora a la más hermosa doncella. Esa es la gran paradoja que encontramos por estos lares, aquellos que intentamos tan solo un poco ver, tras la maraña que se presenta con hilos de oro.

¡Un momento! –dije poniéndome erguido frente a este capellán–, yo camino por las calles de esta ciudad, y lo hago como si fuera cualquier ciudad en cualquier lugar. No me importan las trascendencias, pero a veces, solo a veces, me pregunto ¿Cuál es mi lugar en este mundo?, y debo admitir que estoy más cerca de la muerte que de la vida, y aún no he encontrado respuesta a mi interrogación. Eso me genera grandes desilusiones y vacíos en mi alma, porque no me resigno a la idea de que la vida que tengo es la vida que se me ha otorgado por buenaventura de aquello que llamamos sociedad. ¡Estoy seguro que debe de haber algo más allá!… Porque de otra manera, no explico  el que todas las mañanas me despierte sintiéndome ajeno a este mundo.

Miro a las personas en las paradas de los autobuses por ejemplo, y veo a unos animales desesperados por lanzarse al abordaje. ¡Me callo y la bruma me invade! Qué sentido tiene moverse todos los días como un mero autómata. Pienso en los miedos que irradian esas personas, y temo por ser contagiado, o lo que es peor, intento auto-convencerme  de que en realidad no soy ya un infectado por el virus del miedo. Intento pensar lo que piensan las personas y mientras lo hago, miro hacia los cielos, como esperando alguna respuesta de este. La respuesta nunca llega.

Mi amigo en un tono de nostalgia y casi invadido por un cierto romanticismo continuó hablándome: mira los anuncios de las calles –dijo mientras cargaba más aire para seguir–, estos son de todos los colores, todos los tamaños, anuncian televisores y automóviles, con sus precios y sus descuentos, propagandas de refrescos, gaseosas y bebidas alcohólicas, ofrecidas por hermosas mujeres con rostros y figuras espectaculares, dulces, chicles, galletas, cigarrillos. Las cosas van desde ropa de todos los estilos para estar a la moda, hasta materiales de construcción para lograr el anhelado hogar de tus sueños. ¡Ayer nomás! me detuve frente a una vidriera, mire detenidamente un anuncio y con absoluta sorpresa pude leer: “teléfonos celulares de última generación”. Por lo general me complico con las cosas, pero a veces creo que, son las cosas en realidad las que hacen complicado mis días de existir. En aquel momento no logre entender el significado de aquella frase…  ¿Qué significaba aquello de “última generación”?. Significaba que ya no habría más celulares invadiendo este mundo, o era simplemente un falso presagio y en realidad solo se estaban abriendo las puertas para que las personas se sientan actuales hasta ese momento. Al final no entendí el mensaje y juro por los grandes designios que le puse empeño a ese absurdo intento de comprensión. Así, mientras pasaban los minutos, entre caminando hacia la conciencia, y vaya sorpresa cuando hice un esculque a mis bolsillos, y di cuenta del vacío en ese interior. Unas cuantas monedas logre sentir en las manos. Eso hizo que nuevamente aterrizara en mi realidad. Los celulares de última generación no son para mí, y seguramente a causa de aquello mi generación ya no existe, porque las propagandas dicen que…  ¡O consumes o no consumes, estas dentro o estas fuera!, es decir, existes o simplemente no. Seguramente las generaciones de ahora se vanaglorian de esa vida. ¡Aquella en la que mi existencia no tiene sentido!

Yo sabía que este iba a decir mucho más, y decidí prestarle mi atención. Mi amigo se quedó callado unas milésimas, y luego prosiguió: en esa situación, agache la cabeza en señal de misericordia y también me lamente por la pobreza de los hombres. Una nostalgia difícil de explicar, nuevamente me invadió, y me di cuenta que esta solo me empujaba a ser un mero observador y un pacífico testigo de los quehaceres de los hombres y su banalidad. Postrado frente a la grandeza de aquel vitral  ¡tarde!, entendí el anuncio de la ilusión de la felicidad. Esa, a la que los hombres se aferran en su angustiosa mezquindad. Y me dije para mis adentros ¿Algo de esto algún día cambiará? La pregunta estaba hecha… y nadie respondía a ella.

La ciudad continuaba en bullicio. Así el vacío nos invadía a ambos y creo que por varios segundos intentamos pensar tan solo un poco sobre lo que se había manifestado hasta ese momento. Nadie dijo nada más, y yo me sentí un poco abandonado al darme cuenta que no sabía que más decir, supongo que mi amigo esperaba más de mí, pero en ese momento las palabras se me fueron de la cabeza.

Mi amigo, de usos anticuados, se puso erguido y sin más vacilaciones comenzó nuevamente con la marcha, así entendí que los minutos de reflexión habían terminado, o quizás fue tan solo que ya habíamos dicho muchas cosas para unos pocos minutos, y en el peor de los casos eso casi ya no importaba, porque me estaba dando cuenta que con cada paso que dábamos, pues al parecer no íbamos a ninguna parte. Seguramente así se sienten las personas que luchan toda su vida por algo que al final dejaran en este mundo, a sabiendas de que seguramente no existe otro mundo más allá del que conocemos hasta la fecha.

Ya estando en camino hacia ninguna parte, noté que con cada esquina al llegar, nos encontrábamos con mayores aglomeraciones de personas que estando en plena marcha rauda y vertiginosa, detenían abruptamente su andar frente a la imponente postura de un semáforo, este al parecer, controlaba la rítmica caminata de aquellos. Comprendí que ahora me tocaba tomar la posta en los alegatos, y sin pensarlo dos veces me detuve y en voz alta interpele a mi amigo, así este notaría que mis dardos iban dirigidos precisamente a él, y entraría en cuenta que sus palabras vertidas minutos antes no habían caído en saco roto. Sin más, me dispuse a gastar saliva. Existe una falsa ilusión en todo esto, eleve la voz mientras me afirmaba diciendo: “no puede ser que un artefacto como este, por más luminosos colores que tenga, pueda controlar el andar de las personas”. Me resisto a creer en esta realidad que están viendo mis ojos en estos instantes. Pero quizás así sucede en el mundo. Me respondía, mientras detectaba el descrédito de la mirada de mi amigo.

Desde el rojo hasta el verde, una sola lógica se emplea, y esta es la de cuidar la vida de las personas, es decir, la seguridad de estas. Porque existe la frase que a la letra dice: “la vida no tiene precio”, pero al parecer, esta vida que conocemos, si la tiene, –comenté mientras me envalentonaba en mí argumentación–. Todos los días andamos pagando por cada cosa que adquirimos o que consumimos y este acto lo realizamos de una forma tan rápida, que simplemente sin darnos cuenta ya hemos hecho el gasto y el pago en la misma jugada. Aquel semáforo que se muestra aparentemente inocente y cuidador está hecho justamente para que se lo vea con ojos de normalidad, una estrategia interesante –me dije–, para un utensilio que aparentemente nos brinda una falsa seguridad, una seguridad que los hombres y las mujeres se la creen casi sin preguntarse si es necesaria en realidad. Estos son colocados a cada esquina y por todos los flancos, desde la ciudad más avanzada hasta el pueblo más miserable. Así me preparaba para continuar mi parafraseo, cuando fui interrumpido por mi amigo, quien ya para ese momento había estado tomándome la atención necesaria y ahora se preparaba para contrarrestar la aparente sabiduría de mis palabras.

Entonces me dijo: si hace unos momentos hablamos del tiempo y su aprovechamiento o su despilfarro, pues ahora mi amigo, déjame decirte que la lógica dominante del tiempo tiene muchos brazos con los que sabe bien aprisionar a todos los seres que desde hace unos miles de años se hacen llamar humanos, una de estas es la existencia, por ella estamos en este mundo, ¡y por esta maldita! que nos preguntamos a cada minuto y con cada día ¿Por qué venimos a este mundo? Así tratamos de darle un sentido aunque sea mediocre a nuestras existencias, y créeme en realidad, pues existir o no, nada tiene de importante, es solo un simple hecho que se da con los seres como nosotros. La existencia de cada uno es solo un fruto azaroso. Existen millones de variables que pudieron ser en vez de cada uno de nosotros… y no fueron.  Por eso la existencia es solo eso, un rayo de luz fulgurante que así de rápido como aparece al mismo tiempo ya está en el desvanecer. Aunque siempre hay un pero en estas cosas, –me dijo este echándome una rápida mirada–. Así como el ejemplo del semáforo del que hablabas rato atrás, así este artefacto vale al menos por su utilidad. Pues bien, la existencia también vale por su utilidad, pero no estamos hablando de esa utilidad que dice que una cosa o alguien deben de servir siempre para algo, aunque a veces divisar ese algo sea casi imposible. En realidad, la utilidad de la que se está hablando aquí, es aquella que produce un despertar en la conciencia de los hombres. La mujer y el hombre que se sienten útiles con cosas como la tenencia de trabajo o la adquisición de bienes materiales, son solo seres mundanos que para tristeza propia, no solo no saben el sentido de la utilidad, sino que confunden la utilidad con ser utilizados. Los hombres de mentalidad aldeana, todavía creen que existir en este mundo, es servirse de algo o servir para algo. Por eso es que al final de sus vidas solo encuentran una vulgar frustración. Mas no hablo de esa cierta utilidad, hablo más bien de aquella que por principio, construye en mí, una conciencia de mí ser. Ese al que llamo ser, no es otra cosa que aquello sublime que me permite reflexionar desde mis pensamientos hasta mis acciones. Se dice que son los actos los que nos definen, yo digo  que son esos mismos actos los que no dicen nada de nosotros ni de nuestra existencia, porque estos no nacen producto de una reflexión, puesto que son solo frutos inmaduros, que se muestran rojos o rosados, coloridos y atractivos, pero solo son sobras de actos pasados de otras personas, que a su vez solo recolectaron actos pasados de otras. Te imaginas si todos nos viéramos como inútiles, –me preguntó con un tono de burlesque–. Seguramente seríamos seres mucho más avanzados de lo que hasta hoy nos han hecho creer. Seguramente tampoco entraríamos en el rodillo de la maquinaria del progreso. Pero me temo que eso nunca va a pasar, porque los hombres son tan pocos y las utilidades son tantas, que se vuelve más cómodo el soñar con ser útil en esta sociedad, que preguntarse por la verdadera utilidad nacida primero de uno en consonancia con los demás.

Una tristeza rara invadió mi corazón, ¡pues eran ciertas las palabras de mi amigo! Me vino la envidia por no tener aquella lucidez, pero también me sentí aliviado por saber que de los pocos, este era uno de los que pensaba algo diferente. Replanteé mis prioridades y dije: si la lógica de la utilidad ya está incrustada como toda un estrategia de existencia, entonces, se podría decir que esta lógica de utilidad es impuesta y por ende el beneficio que ofrece es implantado por las bases de la obediencia y la sumisión en las personas que creen en la idea abstracta de lo útil. –dije y me quedé callado al no oír respuesta alguna–. Pensé así, en la idea del semáforo y me entro un temor difícil de explicar. –dije en voz baja–. Un semáforo, unas luces, gente que va de aquí para allá, y que se detiene y camina con una u otra luz. ¿Será que en el acto de cruzar de una vereda a otra se manifiesta la sumisión de las personas?, esto a primera vista, me pareció algo casi insignificante, pero luego me pregunté ¿Qué pasaría si un día de un solo plumazo los semáforos se esfumaran? Mi propia respuesta fue categórica, y pensé: seguramente en ese instante las personas se bañarían con una sorpresa inaudita y se generaría una cierta frustración al ver que las cosas no están funcionando como ellos quisieran o como desde su punto de vista debían de funcionar.

Mi amigo hablo nuevamente: existe una lógica tan conocida en este mundo que por serlo a veces pasa desapercibida, y sin embargo, esta incrustada en la mentalidad de las personas y en casi todas sus acciones. Esta lógica subterránea pero amalgamada en todos los recovecos de la sociedad es la conocida eficiencia, esta que no es otra que la hija bastarda de los nuevos tiempos en que vivimos, se revuelca en el fango de lo cotidiano y ataca a los temores de los hombres y construye en ellos un temor que con cada día crece más, en tanto no satisfagan sus designios.

Este miedo y temor al que son sometidos las mujeres y hombres que viven en sociedad, es el peor de todos, la convivencia les ofrece seguridad, y les dicen que ésta, solo se puede dar si está apoyada en la eficiencia, así creen que en adelante nada va a fallar, y si pasara, sería fruto del azar y tendría una solución, porque la respuesta es sencilla… nada es perfecto. Pero ese bosquejo, mi amigo, es solo una parte del cuerpo universal, el meollo es entender que en sociedad todo tarde o temprano falla, la convivencia en sociedad, no es la convivencia perfecta. Todos quieren vivir en paz, pero también, todos quieren gozar, y hasta en eso las jerarquías y las instituciones te dicen cómo es que se debe de hacer. Lo cierto es que las personas viven con el temor latente, con ese constante miedo a perderlo todo, tristes de no lograr lo que habían soñado y viven soñando con todo lo que la vida desde siempre les puede negar.  Así él, termino sus palabras haciendo un pequeño gimoteo.

De los tiempos buenos y de los malos tiempos

Al cabo de unas horas y algo más, mi amigo y yo, no habíamos avanzado mucho y para el colmo, creo que seguíamos sin ir a ninguna parte. Entonces, temí que de un de repente mi alma se hastiara y abandonara la conversación, al no poder más o simplemente por tener mejores cosas que hacer.

Entonces casi divisé el tratamiento, así que sin pensarlo dos veces salté delante aquel al que yo conocía como amigo, y  sin darle lugar a segundas opciones, le dije: el tiempo es efectivamente el que nos define a todos y nos dice de dónde venimos y hacia dónde queremos ir, claro que, en muchas oportunidades ese dónde, está determinado por la sociedad y las decisiones que creemos tomar independientemente, en realidad, son decisiones totalmente maquinadas y maquilladas. En ese juego tramposo que se ha venido a llamar la vida y la convivencia con los demás, en apariencia se vive el presente, pero en realidad solo se recuerda cada vez más el pasado y se anhela apasionadamente el futuro. De esa manera se pierde lo más importante, el vivir cada día, el vivir en el cuasi verdadero presente. Pero de alguna manera esto nos gusta, dije con una cierta pasión, a sabiendas de que mi amigo también estaba implicado en este absurdo deseo de ser dominado por el tiempo.

El hombre desde siempre ha buscado destruirse, –le dije–, lo hizo en el pasado y ahora lo hace en el presente, hizo guerras para masacrar a los suyos, e inventó las peores aberraciones para acallar la voz de sus semejantes, mata sin piedad a quien se le oponga y es capaz de destruir todo lo que está a su alrededor. Por eso el hombre y la mujer de hoy, caminan como perdidos en cualquier ciudad y en cualquier lugar. Tienen miedo de vivir y tienen miedo de morir. Se conforman con pensar cosas ya pensadas por otros y de paso ni se preguntan porque se ha pensado de esa manera en ese momento. Creen que luchan todos los días para ser alguien y no se dan cuenta que desde que han nacido ya eran, y no necesitaban de nadie que les dijera que podían ser. En realidad este hombre del siglo XXI es más débil de lo que podemos imaginarnos tu y yo juntos,   –le dije al amigo, mientras sentía una cierta pena por estar vivo en este tiempo–. Si hoy los hombres son fuertes es porque han heredado la robustez de sus antecesores, pero en realidad, solo han crecido con la vitalidad de los otros. Entonces, terminé diciendo: ahora creo que es mejor que ya me calle ¡Y un par de lágrimas brotaron de mis ojos! Este encuentro estuvo de lo mejor, sabía que ibas a darme algo de qué hablar, y me diste lo más valioso en unos pocos minutos, la sabiduría que solo pocos pueden dar.

Mi amigo se quedó perplejo frente a lo que dije, cruzó los brazos como sintiendo un orgullo disimulado, y entonces habló: creo que yo no hice nada para darte esa sabiduría de la que hablas querido compañero, en realidad, al comenzar nuestra charla, yo estaba tan confundido como tú, y quizás al igual que tú, solo quería escuchar las palabras de alguien que no fuera del común de las personas. Yo también estoy cansado de ver todos los días a tantas y tantos que solo andan por andar, y creen que vivir es el no vivir en realidad. Me he despojado de muchas cosas, pero no puedo librarme de la armadura más difícil, la de ser… un ser humano, o un hombre, o como me quieran llamar. Espero que mi existencia termine lo más pronto posible, porque si algunos se aferran al tiempo, pues la verdad es que yo lo detesto, odio que este me controle, y me diga de qué lado voy. Agradezco estos minutos de charla contigo, en realidad creo que esta fue la única charla que tuvimos a bien, las anteriores no cuentan, todavía estabas como las frutas sin madurar. Hoy me diste la gran sorpresa. ¡Aprender de alguien de quien nada se tenía que esperar!

Un silencio de caverna invadió el ambiente, dos personas casi como caminando en las calles de cualquier ciudad. Se detienen. Se dan un abrazo fraternal. Las sombras de la tarde van oscureciendo. Dos siluetas como las demás, diferentes para quien sabe diferenciar. Se pierden en el tumulto de las personas. Espero que el tiempo no borre, las huellas de esa conversación.

Un par de meses no vi más a mi amigo. Extraña situación en la que nos coloca la vida. La noticia del periódico decía: “Degollaron a chofer por robarle su taxi”.

 

Nota del autor: En el escrito que se presenta para su criterio, se hacen algunas reflexiones del cotidiano vivir. Un titubeante acercamiento a la realidad de algunas y algunos. Parte de lograr la construcción de nuevas visiones (si ustedes me lo permiten), es mostrar la decadencia de las personas, subsumidas en una opulencia que solo les genera temores. Al mismo tiempo nos alejamos de los esquemas academicistas, porque muchas veces (y ya está demostrado), este no logra explicar la realidad en su complejidad, más bien, la corta a pedazos y solo por partes la quiere explicar, como diciendo que esta realidad que conocemos está determinada por factores “digamos” independientes, que también de forma independiente afectan a sujetos supuestamente independientes. Quizás desde la prédica de la economía esto pueda ser aceptado, pero desde lo cotidiano es muy difícil de aceptar, porque el uno está relacionado con el todo y el todo afecta a los demás.