La proyección infinita del colonialismo: la colonialidad – Conociendo nuestra Iberoamérica nº2

El alzamiento y caída de imperios a lo largo de la historia de la humanidad ha sido frecuente y generalizada en cualquier parte del mundo como parte de las intenciones de dominación que tristemente se esconden en la psique humana.

Con la expansión europea nacida a partir de las exploraciones y conquistas ibéricas de finales del siglo XV, y sobre todo en el siglo XVI, se conformó una nueva forma de entender la imperialidad[i] que cambió el mundo para siempre.

El principal peligro que siempre asedió a los diferentes imperios fueron sus crisis internas, que les hacía débiles ante los innumerables enemigos (étnicamente diferentes) que esperaban el mejor momento para hacerles caer, pero esta debilidad tradicional desapareció cuando Europa se descubrió a si misma a partir de su contacto con América. En el proceso que siguió, se gestionó una forma de percibir el mundo basada en una línea divisoria racial (o del ser), donde los europeos se pusieron en un lado catalogando al resto de habitantes de la tierra en el otro. Así, los diferentes estados europeos competían entre sí como iguales, creando una ecología de estados-nación que jugaban un juego de imperialidad que no permitía la entrada de jugadores externos o racialmente inferiores, o sea el sistema-mundo europeo era perfecto en su ideal de dominación pues cuando un estado decaía otro tomaba su lugar permitiendo al anterior permanecer en el mismo sin ser destruido y generando una región (más o menos homogénea) que forjaba una imperialidad conjunta sobre el orbe.

El racismo y el etnicismo fueron inicialmente producidos en América y reproducidos después en el resto del mundo colonizado, como fundamentos de la especificidad de las relaciones de poder entre Europa y las poblaciones del resto del mundo. Desde hace 500 años, no han dejado de ser los componentes básicos de las relaciones de poder en todo el mundo (Quijano, 1992).

Se generó, entonces, un objetivo (la imperialidad), basado en el juego de unos pocos (el capitalismo al que solo podían acceder los estados europeos) con un tablero que se expandían por todo el mundo (el colonialismo), donde la raza “constituye la línea divisoria transversal que atraviesa las relaciones de opresión de clase, sexualidad y género a escala global” (Grosfoguel, 2011).

Esa línea racial es muy evidente (cuanto más blanco, más bonito)  hoy en día y los adjetivos que van unido a ambas partes. El blanco (europeo/occidental o las personas que aparentemente se identifiquen como tal) tienen como marca “identitaria” la bondad (nunca se va a sospechar de un blanco), la civilización (gente que se comporta) o la racionalidad (entienden y piensan), mientras a esa inmensidad de otros se les marca con la maldad (sospechosos habituales de robo, terrorismo, violadores, asesinos), la barbarie (no se puede razonar con ellos, solo entienden el lenguaje de la violencia) o la incontinencia (no pueden controlar sus bestiales instintos raciales). Ambas partes se excluyen y no pueden relacionarse en términos de igualdad para el entendimiento (cultura), sino que solo puede ser mediante una política (mecanismos jurídicos y disciplinarios) unidireccional que cambie las marcas “identitarias” de los no blancos en una imitación de las de los blancos, en un proceso de civilización u occidentalización (Castro-Gómez, 2000).

Esta forma de concebir el mundo fue tomando cuerpo con la consolidación de la dominación europea a nivel mundial, generando un discurso de poder que legitimase el racismo, y por tanto la superioridad, europea alimentada por el capitalismo y apoyada en el colonialismo. A través de la dominación colonial, se proyectó este discurso hegemónico que poco a poco fue calando en el espíritu y en las culturas dominadas hasta formar parte de su lógica más profunda: todo lo que imite o se parezca a lo europeo/occidental es bueno, todo lo que se aleje de esta imagen es malo.

A esta proyección mental, los pensadores actuales latinoamericanos le llaman colonialidad[ii] que está íntimamente ligado al colonialismo sin serlo. El colonialismo como hemos comentado más arriba, ha existido siempre y es la dominación de un pueblo sobre otro, constituyéndose (en la mayoría de casos) en un imperio. La colonialidad es un “patrón de poder” que surge del colonialismo moderno, refiriéndose a “la forma como el trabajo, el conocimiento, la autoridad y las relaciones intersubjetivas se articulan entre sí, a través del mercado capitalista mundial y de la idea de raza” (Maldonado-Torres, 2007). El colonialismo es lo que genera la colonialidad, pero ésta sobrevive al colonialismo. Aún perdura hoy en día ese patrón de poder europeo en la forma que se concibe la realidad (el sexo, el éxito, el conocimiento, el hogar, la religión, la familia, la economía, la relación con la naturaleza, etc.), “respiramos colonialidad en la modernidad cotidianamente”.

Para intentar comprender mejor está dimensión de dominación cultural y mental del poder hegemónico occidental los pensadores latinoamericanos han divido la colonialidad en tres campos interrelacionados pero identificables. Por un lado está la colonialidad del poder que articula las formas modernas de explotación y dominación basadas en la división racial y en la superioridad inherente de los conquistadores sobre la inferioridad de los conquistados.

Por otro, la colonialidad del saber que nos enseña cual es el conocimiento válido (el creado desde los centros de poder) frente a aquellos catalogados como inferiores, errados, tradicionales, mágicos, anticuados, en definitiva… no científicos. Esta forma de catalogar el rol de las diferentes epistemologías y su gestión busca la reproducción de un régimen de pensamiento colonizado o colonial.

Por último está la colonialidad del ser que analiza la “experiencia vivida de la colonización y su impacto en el lenguaje”, es el mecanismo que controla a las poblaciones dominadas a través de desear sin conseguir totalmente, las supuestas “mieles” producidas por el capitalismo y la modernidad reservadas para los europeos/blancos.

“[…] podría plantearse la colonialidad como discurso y práctica que simultáneamente predica la inferioridad natural de sujetos y la colonización de la naturaleza, lo que marca a ciertos sujetos como dispensables y a la naturaleza como pura materia prima para la producción de bienes en el mercado internacional (Maldonado-Torres, 2007).

La lógicas de la colonialidad aún están muy presentes en la forma en que concebimos el mundo e interpretamos la realidad: los líderes políticos son blancos y hombres, el éxito es el “American Way of Life”, el saber estar y las comparaciones a la hora de comportarse o actuar como ciudadano son siempre con Europa y su civilizada forma de vida, las religiones locales son tradiciones atrasadas y las otras grandes religiones sinónimo de violencia y represión, la democracia es el único sistema válido y la libertad es la marcada y regulada por el mercado.

El colonialismo se acabó, pero la colonialidad le sobrevive.

[…] la lógica de la colonialidad que se esconde bajo la retórica de la modernidad, genera necesariamente la energía irreductible de seres humanos humillados, vilipendiados, olvidados, marginados (Mignolo, 2005).

En futuras entradas me centraré en profundizar en las diferentes dimensiones de la colonialidad.

 

Obras citadas:

CAIRO, Heriberto Carou. La colonialidad y la imperialidad en el sistema-mundo. Viento sur: por una izquierda alternativa, España, nº 100, pp. 65-74, 2009.

CASTRO-GÓMEZ, Santiago. Ciencias sociales, violencia epistémica y el problema de la “invención del Otro”. In: LANDER, Edgardo (comp.) La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas Latinoamericana, Buenos Aires: CLACSO, pp. 191-213, 2000.

GROSFOGUEL, Ramón. La descolonización del conocimiento: diálogo crítico entre la visión decolonial de Frantz Fanon y la sociología descolonial de Boaventura de Sousa Santos. Formas-Otras: Saber, nombrar, narrar, hacer, Barcelona, pp. 97-108, 2011.

MALDONADO-TORRES, Nelson. Sobre la colonialidad del ser: contribuciones al desarrollo de un concepto. In: CASTRO-GÓMEZ, S., GROSFOGUEL, R. El giro decolonial. Reflexiones para una diversidad epistémica más allá del capitalismo global, Colombia: Siglo del Hombre Editores, pp. 127-167, 2007. Visto en: http://scholar.google.es/scholar?hl=es&q=SOBRE+LA+COLONIALIDAD+DEL+SER%3A+CONTRIBUCIONES+AL++DESARROLLO+DE+UN+CONCEPTO&btnG=&lr= (05-11-2014)

MIGNOLO, Walter. El pensamiento des-colonial, desprendimiento y apertura: un manifiesto. Tristes Trópicos, 2005. Consultado em http://disciplinas.stoa.usp.br/pluginfile.php/146654/mod_resource/content/1/Walter%20Mignolo%20-%20El%20pensamiento%20descolonial%20-%20desprendimiento%20y%20apertura.pdf (29/07/2014)

QUIJANO, Aníbal. Raza, ‘etnia’, y ‘nación’: cuestiones abiertas. En: FORGUES, Roland (ed.). José Carlos Mariátegui y Europa: la otra cara del descubrimiento. Lima: Amauta, 1992.


 

[i] “La imperialidad actual se ha manifestado expresamente en el deseo de intervenir sobre países que se juzgan no democráticos, para imponer el conjunto de valores y prácticas de los estados de Europa occidental y Norteamérica que juzgan sus sistemas como democráticos y superiores a los de Otros. De este modo “democratizar” es el eslabón final (por ahora) de una larga cadena de misiones del hombre (más que mujer) blanco (y sus asimilados) europeo (y sus descendientes), a saber: “cristianizar” en la primera modernidad, “civilizar” en la segunda o “desarrollar” tras la Segunda Guerra Mundial (Cairo, 2009).

[ii] Este grupo de pensadores se organizaron para crear una corriente de análisis y pensamiento llamado modernidad/colonialidad que estuvo en activo por más de una década y defienden: “la apertura y la libertad del pensamiento y de formas de vida (economías-otras, teorías políticas-otras), la limpieza de la colonialidad del ser y del saber; el desprendimiento del encantamiento de la retórica de la modernidad, de su imaginario imperial articulado en la retórica de la democracia” (Mignolo, 2005).