La naturaleza, una supuesta propiedad de Occidente y sus habitantes

Es fundamental antes de abordar cualquier cuestión conflictiva en el plano de lo social, comenzar recordando que el concepto de normalidad es una de las mayores trampas jamás edificadas, esto es, se usa con demasiada asiduidad para naturalizar situaciones construidas sobre la base de la desigualdad y para legitimar o justificar actuaciones que únicamente redundan en beneficio de una de las partes. Así pues, lo normal no existe como verdad revelada, existen convenciones dentro de una sociedad o un grupo que establecen qué es lo deseable o esperable sobre algo, pero incluso estas son arbitrarias y desde luego no universales. He aquí el error, tratar de interpretar y explicar el mundo a partir de lo que hemos asumido como lo normal, lo lógico, cuando esta categoría es una ilusión que principalmente permite estructurar “el nosotros” frente a “los otros”, pero que en ningún caso sirve como modelo holístico, por lo que es un gran error tratar de medirlo todo con dicho instrumento.

A partir de aquí hemos de cuestionar siempre lo que es definido y asumido como normal, como por ejemplo el hecho de considerar incuestionable el tipo de relación que hemos construido desde las sociedades occidentalizadas con la naturaleza, en la cual subyacen las ideas de dominación y posesión como vertebradoras de la lógica depredadora que sustenta el cuerpo de las actuaciones producidas desde occidente contra la naturaleza. Así, bajo la falacia del crecimiento económico ilimitado basada en la idea de la infinitud de los recursos naturales se esconde una de las ideas sagradas de la cosmovisión occidental, la de la propiedad privada, dogma legitimador de la mirada hegemónica en nuestro tiempo y nuestro espacio, la cual se ha naturalizado hasta tal punto que difícilmente podemos dejar de considerar que todas las cosas tengan un dueño. Según esta mirada, un árbol pertenece al dueño de la tierra donde crece, porque un terreno parece poder ser la posesión de alguien, lo que a su vez lo legitima para hacer lo que quiera con todo lo que crece sobre él y se esconde bajo él, generalmente obtener beneficio material o económico, sin considerar los problemas que dicha acción pueda ejercer sobre el resto de tierras que no son suyas o las poblaciones animales y humanas que tampoco le pertenecen; pero poco importa ya que “lo normal” es poder poseer lo que hay dentro de un espacio arbitrariamente delimitado y poseído.

Si se me permite la apreciación, considero, en base a la lógica de la reproducción y el sostenimiento en el tiempo de una sociedad, que no hay nada más “anormal”, y amoral, que fagocitar el medio natural en el que se vive en pos de una riqueza material efímera. Es más, el hecho de que los mayores costes de la relación parasitante de occidente con la naturaleza recaigan en zonas, territorios y generaciones que en ningún caso obtienen ni obtendrán más que perjuicios de ella nos obliga a responsabilizarnos y hace de la búsqueda de alternativas viables y sostenibles una prioridad total y absoluta. En este sentido, y para evitar caer en el mayor de los pesimismos, es cierto que no podemos eliminar el impacto que hemos generado a día de hoy en el medio natural pero del mismo modo no es menos cierto que existe una creciente preocupación por ello, aunque esta parta de ámbitos periféricos de la sociedad, y una serie de propuestas que ya funcionan con alto grado de aceptación y que ofrecen resultados esperanzadores, aunque sean minoritarias. Nos estamos refiriendo, por ejemplo, a las múltiples experiencias de actividades económicas productivas o extractivas a pequeña escala que tienen en la protección y conservación de la naturaleza una de sus mayores potencialidades, pues han sabido entender aquella frase del saber popular “pan para hoy y hambre para mañana”.

De este modo, deben servirnos de referentes actividades como la producción de alimentos en ecoaldeas, la fabricación de insumos a partir del reciclaje de objetos “sin valor” (sin valor de cambio pero con valor de uso, según la terminología marxista) o la puesta en valor de actividades de ocio en el medio natural que persigan el disfrute y mantenimiento de la biodiversidad y los ecosistemas; ya que suponen algunos de los ejemplos que deben servirnos para mantener el optimismo de cara a la defensa del medio natural como especio en el que se desarrolla la existencia vital dentro de un contexto social y cultural en el que no ha existido una preocupación clara de promocionar dicha necesidad. Sólo con tiempo podremos ver qué dirección hemos acabado tomando.

 

Para citar este artículo: Bozano, J. (2017). La naturaleza, una supuesta propiedad de occidente y sus habitantes. Iberoamérica Social: revista-red de estudios sociales VII, pp. 34 – 36. Recuperado en http://iberoamericasocial.com/la-naturaleza-una-supuesta-propiedad-occidente-habitantes/