La educación de los niños y jóvenes “anormales”: Cuestionando la normalidad.

Fuente de la Ilustración: http://www.todocoleccion.net/libros-antiguos-medicina/la-educacion-ninos-anormales~x36561853

Últimamente hemos sido testigos de los esfuerzos que han llevado a cabo los gobiernos que componen nuestra región Iberoamericana por desarrollar acciones tendientes a la “inclusión educativa” de todos aquellos estudiantes que históricamente habían sido excluidos de los espacios de educación regular por razones que han de ser cuestionadas.

Si bien estas acciones a simple vista parecen “bien intencionadas” y sin restarle el crédito que se merecen las naciones que las implementan, estas medidas han significado un avance en materia de “integración” (respecto a lo que antes existía). No obstante estas prácticas se implementan no solo tomando en consideración el Derecho Humano fundamental de todo niño y joven como lo es la educación, sino que los Estados han adoptado estas acciones siguiendo las directrices que en este ámbito han impulsado todas aquellas agencias intergubernamentales implicadas con la formación de “Capital Humano” como lo son la UNESCO, la OCDE, la UNICEF, entre otras, instituciones patrocinadas, financiadas y controladas económica e ideológicamente por el Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI).

La impronta de estas instituciones es la de “humanizar” y construir un “Neoliberalismo con rostro humano”, sin embargo si miramos más de cerca, las intenciones distan bastante de lo que se podría considerar como búsqueda de mayores niveles de justicia social y de igualdad con los niños considerados como “especiales”.

Es preciso mencionar en primer lugar, que la idea de que solo los niños “normales” deben estudiar junto a sus otros pares similares, no es una verdad que pueda ser considerada como una ley natural; más bien obedece a un sistema para razonar la “normalidad” en  donde los niños deben cumplir con una serie de parámetros a nivel de desarrollo biológico, psicológico, social, étnico, entre otros, que permitan determinar si un infante puede ser catalogado como “normal” y por ende educable en un sistema de educación regular, lógicas fomentadas actualmente por las pruebas estandarizadas (PISA, TIMMS, PIRLS, entre otras), las que son promovidas y relevadas por organismos antes mencionados.

Si nos posicionamos al otro lado del escenario educacional actual, todos aquellos niños y jóvenes que por no cumplir con la “norma” construida científicamente (desde las ciencias psi, como la psiquiatría y psicología) quedan confinados a ser educados en instituciones paralelas al sistema educativo regular, ya que se cuestiona la educabilidad de estos sujetos y por ende se les asigna un espacio y una educación diferenciada, cuya finalidad es lograr mayores grados de autonomía, pero fundamentalmente persigue  rehabilitar y superar el supuesto “déficit” o enfermedad que porta este estudiante considerado arbitrariamente “anormal”.

Desde esta forma de razonar al estudiante “anormal”, se hace necesario y válido recluir a este alumno en un centro médico – pedagógico especializado (Escuelas Especiales), en donde, al igual que hacía siglos atrás, se aislaba y excluía a los enfermos de lepra, de forma tal de proteger a los ciudadanos sanos (Castro, 2009). En este caso se excluye a todos aquellos niños y jóvenes que por sus marcadores de subjetividad quedan fuera de la norma construida por las disciplinas de la salud (psiquiatría, psicología y hasta cierto punto neurología) que con su poder pastoral definen quien puede o no, incluirse en esta sociedad como un ser humano útil y productivo y para el caso de quien no puede convertirse en un potencial ser humano “productivo” dentro de la lógica de mercado, éste es sometido a la exclusión y a la normalización.

Para el caso del actual movimiento “pro-inclusión”, aquellas escuelas denominadas “Especiales” y que atendían de manera Bio – médica a todos los estudiantes “anormales” han sido objeto de cuestionamiento y en algunos casos hasta se han clausurado, para desplazar a los alumnos que asistían a ellas, a la escuela regular, no obstante, dicha acción trae aparejadas nuevas formas de exclusión dentro de la escuela regular o la supuesta escuela inclusiva.

Por citar un caso concreto, en Chile se permite el ingreso de estudiantes que anteriormente habitaban las “Escuelas Especiales” a la escuela regular, sin embargo, éstos alumnos tienen que ingresar además a un Proyecto de Integración Escolar (PIE), por ende, logran formar parte de la escuela regular construida  para niños “normales”, pero aun así siguen siendo parte de un sistema que los incluye, pero a la vez los excluye. En estos Proyectos de Integración aún se considera a los niños como “pacientes” que poseen una enfermedad y que por tanto las acciones educativas tienen que centrarse en la rehabilitación y a la superación del déficit, es decir, acercar al niño fuera de la norma al estudiante estándar. Es decir, ahora se les aplica la misma lógica que afectaba a los pacientes con “peste” o “apestados”, es decir, se les mantiene dentro de la misma ciudad (escuela), pero en cuarentena, encerrados, con un tratamiento especial, a diferencia de los pacientes con lepra, a los que se les confinaba y se les enviaba directamente a un lugar fuera de la ciudad aislados completamente, que si lo extrapolamos al ámbito educativo corresponderían a las Escuelas Especiales (Castro, 2009).

Sinceramente no hay que restar méritos a los esfuerzos hacia la inclusión educativa que se están llevando a cabo en nuestra región del mundo, pero hay lógicas y supuestos detrás de estas prácticas que se asocian a una mirada Bio – medica, vinculada a enfoques positivistas respecto a la educación, regímenes de verdad en donde existen estudiantes normales y anormales. Así también, hay implicancias sociales y económicas en donde los alumnos que son “normales” son productivos para una economía de mercado, mientras que los “anormales” serían una carga para el Estado, por ende el retorno económico que podrían eventualmente ofrecer éstos últimos, sería inferior al de un alumno “normal”.

Sin duda alguna, estas construcciones de verdad, sobre el alumno “normal” y anormal” son del todo cuestionables y susceptibles de ser rebatidas y deconstruidas. Lo normal es una categoría conceptual, una suerte de consenso social, una verdad construida por la psiquiatría, por la psicología educacional, por la medicina, las que designan ciertos parámetros para definir lo que es o no “normal”, lo que no implica que esta construcción tenga validez universal.

De esta reflexión, podemos desprender que nuestra tarea actual, es tratar de desmontar estos sistemas de razonamiento con pretensión  de verdad que construyen y legitiman categorías tales como: normal/anormal, capacitado/discapacitado, educable/no educable, bueno/malo, entre otras categorías convenientemente instaladas para mantener en una posición de privilegio a ciertos colectivos que históricamente han decidido y construido lo que es deseable, lo bueno y lo normal para sus propios fines.

Como educadores nuestra misión es desarticular estos esquemas de pensamiento y en su lugar, instalar nuevas formas de razonar a nuestros estudiantes guiados por los Derechos Humanos de todos los niños a ser educados independiente de la “etiqueta” que se les haya asignado, o de la forma en que sean razonados. La anormalidad no es una categoría natural, la anormalidad no es el problema, las “Dificultades del Aprendizaje” (como eufemísticamente se refiere a la “anormalidad” en educación) no es lo problemático, el verdadero problema es la construcción de la normalidad, su legitimación y validación como una “Verdad” que tiene el poder de clasificar y distribuir en distintas posiciones “jerárquicas” a estudiantes que deberían poseer igualdad de oportunidades para educarse en un mismo espacio (Skliar, 2005).

El solo hecho de considerar que un estudiante es “anormal”, “discapacitado”, “con Dificultades de Aprendizaje” es en este momento histórico, un contrasentido, una inmoralidad, ya que en base a la construcción de estas categorías se siguen validando clasificaciones de estudiantes de primera categoría, de segunda categoría y los “intocables”, como si la escuela fuese una especie de sociedad de castas. Eso no es lo que queremos seguir reproduciendo en nuestras escuelas y en nuestras sociedades en el comienzo del siglo XXI.

Referencias Bibliográficas

Castro, R. (2009). La ciudad apestada. Neoliberalismo y Postpanóptico. Revista de Ciencia Política, 29 (1), 165 – 183. Disponible en: http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=32414666009

Skliar, C. (2005). Poner en tela de juicio la normalidad, no la anormalidad. Políticas y falta de políticas en relación con las diferencias en educación. Revista Educación y Pedagogía, 15 (41), 11 – 22. Disponible en: http://aprendeenlinea.udea.edu.co/revistas/index.php/revistaeyp/article/viewFile/6024/5431