La despedida El dinero no era suficiente, porque el dinero nunca alcanza cuando de veras es necesario.

La despedida

Cada mañana al despertar sentía en mí ser una corrosión que por instantes me consumía más. Mi garganta parecía cerrarse y con algunas dificultades lograba salivar mientras me esforzaba por darle cuerpo a mi respiración. A menudo el amanecer ya no era grato, las deudas, el trabajo, y para mal de males mi conciencia que a cada minuto me preguntaba ¿qué estaba haciendo? Eran el pan de cada día en mi buen talante. Pero no tenía de otra, debía de seguir remando.

Recordaba que desde niño me habían inculcado ciertas consignas y una de ellas, tallada en piel, decía: “A los problemas hay que enfrentarlos, porque por más cobarde que uno sea debe siempre hacerse cargo de ellos”.

Acostado en la cama, miraba aquel rostro que se tornaba angelical. Los ojos cerrados bañados en una cierta paz, labios de un color rojo espacial, cabello negro y hermosamente ondulado, mirarle así, me llenaba de una alegría que solo podía pagar de una forma… siendo fuerte y trabajando cada día un poco más.

Tres meses transcurridos porque hay cosas que no se deben detener, y en ese tiempo, todas las mañanas eran particulares, me levantaba de lo más temprano que podía y hacía el desayuno para que ella al despertarse comiera, aunque sea un poco, mientras, me iba a trabajar hasta llegada la noche y en cuanto regresaba, preparaba algo de cenar, que no era la gran cosa, porque el tiempo es corto y a veces la merienda más sencilla es una delicia mientras la compañía sea especial.

El dinero no era suficiente, porque el dinero nunca alcanza cuando de veras es necesario. Hay un embrujo absurdo en esa situación, cuando se tiene dinero se dice que se tiene todo, pero a veces el dinero de nada sirve, a veces el dinero sencillamente no es.

Cuando le hacía despertar en las mañanas, sabía que al abrir los ojos me rezongaría un par de minutos. Nunca se cansaba de dormir, pero yo quería disfrutar de su ser, aunque sea unos pocos instantes de todos los días. Hablábamos de muchas cosas en ese poco tiempo, y casi siempre las charlas terminaban en lo mismo ¿cuándo tendríamos un bebe?, me parecía interesante la forma en la que me lo proponía, puesto que aquel sueño no iba a ser el símbolo de nuestro amor, en realidad desde la perspectiva de ella el nacimiento de este ser solo sería para tener algo más de mí. Me gustaba como lo planteaba pues en esa jugada yo pasaba a ser un mero espectador o un simple aportante de esperma. Pero lo lindo era que aquella posibilidad de alguna manera le llenaba de felicidad.

Siempre le miraba a los ojos y por lo general se sonrojaba cuando lo hacía, mientras me sonreía con una picardía propia del bribón, yo la emboscaba con mis abrazos y la sujetaba con todas mis fuerzas. Luego me quedaba callado y no decía nada más. Después de unos segundos me miraba sin decir nada, y yo entendía el mensaje, así que solo contestaba: es cierto, ya es tarde… debo ir a trabajar. Y luego soltaba una sonrisa muy mal actuada. En fin, esa era la rutina en los últimos tres meses.

Hablábamos de tantos sueños y nos decíamos como los íbamos a hacer. Sentados en el suelo sobre una pequeña manta, en aquel cuarto el silencio siempre era fiel. No necesitábamos de más cosas porque era suficiente la compañía del otro.

Aquella mañana debíamos ir al hospital, ya lo habíamos hecho por tanto tiempo. En el taxi nadie dijo nada. Yo miraba por la ventana, todo pasaba tan rápido. Como siempre no podía salivar, mucho menos respirar a cabalidad, otra vez faltaban dos cuadras para arribar. Otra vez los arboles estarían viendo mi solitario llegar.