Julia Pastrana, la mujer más fea del mundo.

monstruaHace ya algunos meses vi en el periódico español “El país” un artículo titulado: “Treinta mil flores para «la mujer más fea del mundo»”. Teniendo en cuenta que mi línea de investigación es la teratología no pude más que echar un vistazo al llamativo artículo. Tras ese “mujer más fea del mundo” se escondía nada más ni nada menos que Julia Pastrana, una “monstrua” que yo ya conocía por mi investigación, quien se convertía en noticia al volver a su tierra -México- después de haber pasado más de siglo y medio en la Universidad de Oslo.

Para conocer la historia de Julia debemos remontarnos a 1830, fecha en la que aproximadamente nació la protagonista de nuestra historia, en el seno de una tribu de indios buscadores de raíces que habitaban en las laderas occidentales de la Sierra Madre de México, frente al Golfo de California. Durante un tiempo, Julia vivió en casa de Pedro Sánchez, gobernador de Sinaloa, el cual quería estudiarla como una “curiosidad”. Ésta padecía hipertricosis lanuginosa e hiperplasia gingival, algo que le hacía tener vello abundante en todo el cuerpo y una mandíbula muy pronunciada, lo que la convertía en un ser a caballo entre humano y mono, en definitiva, una “curiosidad”, un “monstruo”.

En 1854, harta de los maltratos que padecía en casa del gobernador, escapó y fue encontrada por un norteamericano que le ofreció exhibirla por dinero. Así comenzó su periplo por Nueva York, Nueva Orleáns, Cleveland, Baltimore, Boston, Londres, Berlín, Leipzig, Viena y la lejana Moscú. Según el folleto que la promocionaba, medía 1.37 metros y pesaba 48 kilos, era sociable y de buen corazón, hablaba inglés y español y su lengua nativa. En el folleto, además, se hacía hincapié en la “pilosidad” excesiva propia de su condición y el hiperdesarrollo de las mandíbulas.

Durante su estancia en Moscú, nuestra “monstrua” descubrió que estaba embarazada de Theodore Lent, su empresario y marido. El parto de Julia no fue fácil, pues el niño había heredado las condiciones de la madre. El bebé falleció poco después de nacer, Julia lo haría cinco días después. La muerte no significó el fin de su deambular, pues su viudo vendió los dos cadáveres al profesor de Sukolov de la Universidad de Moscú. Éste los embalsamó y los puso en el museo anatómico de su universidad. Posteriormente Lent, quizás movido por la mala conciencia, recuperó las momias y las llevó a exhibir a Inglaterra y Suecia donde permanecieron guardadas en un sarcófago en el Museo de Historia Médica de Oslo.

monstrua2La historia de la pobre Julia Pastrana no es muy diferente a la de otros monstruos de épocas anteriores o posteriores. Como muchos autores se han esforzado por señalar, la exhibición llegó a ser casi la única alternativa del ser monstruoso de tener una vida más o menos normal frente al infanticidio o la mendicidad. Es cierto que con la exhibición pública el humano deforme se convertía en objeto de entretenimiento y favorecía el enriquecimiento de sus explotadores, pero también sirvió para ver al monstruo más como una bendición -pues en familias pobres significó la salida de la pobreza, o en el caso de Julia una alternativa a los maltratos- que como una maldición. La historia de Julia no es sino uno de los muchos ejemplos de exhibición de “monstruos” que llegan hasta el siglo XX -y si nos ponemos XXI-.

Tras un siglo y medio en tierras extranjeras, Julia volvió a casa, al lugar que la vio nacer aunque también el lugar que la rechazó y la maltrató. Quizás en compensación a ello se le decidió hacer los mayores honores posibles: un mausoleo y treinta mil flores. No puede haber mejor conclusión a una historia como la de Julia que la de volver a casa y ser reconocida.

 Información: La historia de Julia Pastrana la he extraído de un magnífico trabajo cuya referencia indico aquí: Zárate, Verónica; Flores, Eduardo: “Lo monstruoso en Nueva España, o la percepción de una naturaleza excepcional” en Stols, Eddy; Thomas, Werner y Verbeckmoes, Johan: Naturalia, mirabilia et monstrosa en los Imperios Ibéricos siglos XV-XIX, Universidad de Lovaina, 2007. Pp. 255-274.