Homenajes

Nuestro primer contacto con el mundo de la investigación suele ser a través de los congresos a los que asistimos, como estudiantes universitarios, para obtener créditos de libre configuración, por indicación de algún profesor para mejorar en la asignatura, como sugerencia para subir nota, etc. El interés en la temática en estos años suele ser el menor de los alicientes para presenciarlos, porque nuestro tiempo y su distribución tiene un modo de presentarse distinto al que tendremos cuando nos dejemos embaucar por la investigación propiamente.

En ellos se hablan sobre temas muy específicos, principalmente sobre investigaciones en curso en las que los ponentes y comunicantes continuarán trabajando. Esto implica que en muchos casos pensemos que no nos sirven para aprobar tal o cual asignatura, pero bueno, allí estamos y, entre discurso y discurso, se producen los homenajes. Estos suelen estar dirigidos a reconocidas personalidades que nosotros, como recién llegados, no conocemos, por lo que asistimos a estos momentos con gran indiferencia durante años.

En ocasiones, trasteando por la biblioteca también vemos libros repletos de estudios ligados a una temática, dirigidos a homenajear a un profesor o profesora y suponemos que esa persona se dedicaba a esa materia. Por tanto, tras su ausencia, ese trabajo colectivo dedicado al estudio de esta, donde sus trabajos iniciales quizá dejaron huella –quizá porque no lo vamos a buscar-, son el mejor modo de recordarles.

Durante años he visto este tipo de homenajes sin valorarlos de un modo personal. Asistía a los congresos, seminarios, etc., y veía a figuras emocionadas recordando a nombres que con el tiempo se me hacían más próximos pero nada más, hasta que llegó el invierno pasado. En el programa de un congreso en el que participé se dedicó una mesa redonda a hablar de una figura, recientemente fallecida, a la que yo había conocido a través de la lectura de sus obras y del intercambio de emails. Por la temática que trabajo, mis investigaciones giran en torno al Exilio Español de 1939, conocer a un niño del exilio, a alguien que había vivido en México casi vecino a las grandes figuras literarias allí afincadas, era todo un lujo.

Durante unos meses intercambié con él una serie de correos en los que me ayudó en cuestiones concretas sobre mi tesina, aunque a decir verdad más que ayudarme, me tuvo entretenida con la lectura de sus palabras. Apenas recordaba lo que hizo unos cincuenta años atrás y, atónito, cuando encontré una carta de su puño y letra, me acabó diciendo que según todo indicaba era él quien había intermediado en la cesión de unos poemas que eran de mi interés. La carta lo indicaba, pero no recordaba haberla escrito ni que los hechos se le vinieran a la memoria tras su lectura. Entretanto, me contaba otras historias recordadas después de leer mis preguntas, entre las que me llamó la atención un detalle sobre unos discos de 33 revoluciones donde aparecía su solapa y que eran mencionados en un manuscrito que le enseñé…

En este homenaje yo no participé, pocos sabrán que me envió varias misivas, a las que con el paso del tiempo dejó de contestar por su estado de salud, y yo dejé de enviar suponiéndolo. Tampoco se lo dije a ninguno de los presentes, pero comprendí el  valor de este tipo de momentos que había presenciado durante años con bastante pasividad. Me alegró que le recordaran como persona, estudioso y profesor, y que en el homenaje participaran figuras a las que mucho había leído. Entonces pensé en otra figura fallecida recientemente, quizá no tan recientemente, mi sentido del tiempo también ha variado… Él asistió a otro congreso en el que le vi por primera y única vez, y que por prudencia apenas le hablé. Leyó uno de sus últimos inéditos de un modo encantador y se convirtió en uno de mis autores pendientes para la lectura. Muchos de los presentes en el homenaje habían compartido aquellas salas con él años atrás, pero nadie le recordó en aquel momento, ni en los que yo estuve ni oficialmente en el programa, donde había más homenajes. Entonces no solo comprendí el sentido que tiene este tipo de actos, sino que deseé formar parte de uno que aún no había sido previsto.

Este verano retomé estas sensaciones tras la llamada de un amigo. Me comentó, a raíz de nuestros intereses de investigación común, que otro estudioso nos había dejado. Lo hizo porque sabía que había sido mi profesor. En cierto modo fue mucho más, fue quien influyó en que me iniciara en la investigación de la literatura del exilio. Me ayudó a escoger el tema de mi tesina, me ofreció diversos consejos durante su elaboración y cuando la defendí le comenté el resultado de mis notas. Desde entonces apenas contacté con él, por prudencia no por falta de ganas, e incluso lo vi en un congreso y al no parecer recordarme lo dejé pasar. Aún guardo muchos de sus correos aunque haya pasado casi una década. Esta vez, como en el caso anterior, espero que alguien le haga un homenaje en otro congreso, al que espero poder asistir. En estos futuros homenajes ojalá también sean recordadas otras tantas figuras que giran alrededor de nosotros, anónimas, diligentes, casi amigas, como bibliotecarios y conserjes entre otras muchas, también hay ya a algunos que echo y echaré de menos.