Hablemos de la diferencia

A orillas de una vena permanece en pie un hombre hecho de barro, del material primordial del que venimos todos. Esta vena transporta vida en un complejo sistema circulatorio que hace estallar de verdor la tierra. En ella un guerrero wao quema la punta de su lanza hecha de chonta.

La madera de chonta es dura, como la mirada de los esquivos dioses. Es un material que crece en el salvaje corazón del mundo. La chonta se defiende y es agresiva, como el espíritu de un wao, no es fácil de encontrar y se esconde en lo profundo de la floresta, protegiendo a los espíritus que nacen de las cosas. Un guerrero wao debe cazar un árbol de Chonta, acosarlo insistentemente hasta hacerlo caer y luego domesticarlo, con piedra y fuego.

Las lanzas de chonta son fuertes, una extensión natural y mortífera del brazo. Con ellas los wao matan a sus enemigos y mantienen a raya lo inexplicable, como los hombres blancos que a veces cruzan los ríos. Los enemigos de los waos son muchos, pues los propios waoranis son enemigos de sí mismos. Son duros, bravos. Las familias waoranis son repúblicas donde de vez en cuando, se canta y baila con otras familias hasta saciar el espíritu, en la fiesta de la chicha o de la chonta, donde se comen los gordos y sabrosos gusanos que habitan en el corazón de este sagrado árbol. Más allá de eso, todo es guerra.

A los waos los indios “civilizados” los llaman “aucas” que significa eso… salvajes. Es un nombre que encierra lo aportado por los europeos al llegar a América, lo que legaron a los pobladores “originarios”, la invisibilidad. A través de la catalogación de lo indio como “auca”, el colonizador europeo se sintió tranquilo, ya lo sometía, pues el indio vivía fuera de la civilización y como tal, era un enemigo al que derrotar, un criminal al que enderezar, un concepto que legitimaba su dominación.

A su vez Cristóbal Colón del empeñamiento en haber encontrado por fin el paso a la India pasó a la duda de haber encontrado el Paraíso. Hablando de los “naturales” como si fueran esos habitantes perdidos que nunca fueron corrompidos por el Pecado Original. “Son como niños” decían, desponjándolos así de toda posibilidad de ser responsables de su destino. Esa otra estrategia de invisibilización orquestada en el seno del encubrimiento. Lo que los exploradores y filósofos franceses como Rousseau llamarían después “bon sauvage”.

Usando la escritura académica, la personal y una buena dosis de escritura creativa y literaria para expresarme, voy a verter en este blog historias, anécdotas, opiniones y hechos de este continente desencontrado poblado por los “Otros”. Desde los terroristas mapuches que son condenados por encender hogueras, pasando por las técnicas shuaras de reducción de cabezas hasta la interesante estrategia de visibilidad por parte de los zapatistas tapándose el rostro.

Mi visión subjetiva y parcial, como no puede ser de otra forma, viene desde el mismo corazón de la diferencia, para que sea reconocida como tal, como diferencia más allá de la oleada civilizatoria de la homogeneización de la Modernidad. Nuestra sociedad está en crisis, pero no solo económica, es una crisis existencial. Puede ser hora de que esos pueblos que tanto nos hemos empeñado en objetivizar como un sujeto de estudio antropológico, se convierta en revitalizador de conceptos que hemos perdido, tales como el sujeto, la autonomía y la solidaridad comunitaria.

El mundo está preñado de munditos. Eduardo Galeano