Fuerza creadora frente al hambre y la sed

1Desde siempre he sentido mucha sensibilidad  y un profundo amor hacia la vida. Vida en la que jugamos día a día no sólo nosotras las personas, sino también otros seres vivos como las plantas y los animales. Reconozco la suerte que he tenido siempre de estar rodeada de personas, muchas de ellas mujeres, que me han enseñado a cuidar la vida que vivimos. Y cuando digo vida que vivimos no sólo me refiero a la que está únicamente vinculada a mi existencia más cercana, si no a aquella que está vinculada y amarrada a la HISTORIA de la que formamos parte en el aquí y ahora pero también la que tiene en cuenta lo pasado.

La tierra, el mundo o como queramos llamarlo es el lugar en el que habitamos y con el que mantenemos una relación lo queramos o no en la que nos complementamos y compartimos las consecuencias de nuestros actos. Si yo la cuido, me cuido, te cuido y nos cuidamos. Esto que parece tan sencillo, resulta incomprensible para muchas personas que se dejan llevar por esa idea de progreso y desarrollo que desde el sistema capitalista se nos ha vendido.

Y es que han pasado infinidad de situaciones en las que el cuidado a la vida se ha visto teñido de rojo. Rojo por la sangre vertida en muchos territorios de demasiadas personas, plantas y animales que injustamente han sido aniquiladas.

Y me refiero a la justicia, como contexto y marco que nos da libertad y que a la vez nos limita. Nos limita en nuestros actos, ya que vivimos en relación y en compañía, lo queramos o no.

2Hace unos días me encontré, gracias a una buena amiga,  con una noticia sobre la nación indígena Wayúu, la mayor de Colombia. Esta noticia ponía de manifiesto como la mayor nación indígena de Colombia se muere de hambre y sed porque el río madre de la región donde radican fue represado y su agua privatizada para el servicio de la industria agrícola y la explotación de la mina de carbón -a cielo abierto- más grande del mundo.

Al ver el tráiler “El río que se robaron”, no puedo ni quiero evitar sentir vergüenza. Vergüenza hacia esas personas que buscan su riqueza material y egoísta, pasándose por encima muchas de las leyes que ellas mismas han creado y que hipócritamente se vanaglorian de respetar y seguir a pies puntillas.

Personas que se esconden tras el muro de importantes Estados y de irresponsables multinacionales que intentan apropiarse, y en muchas ocasiones lo han conseguido, de territorios llenos de riquezas. Y es que las palabras esconden variados significados en muchas ocasiones minusvalorados.

3Otro de los sentimientos que me surgen ante esta presentación es la de gratitud. Gratitud hacia miles y miles de personas que siguen manteniendo su sonrisa. Esa sonrisa cómplice y bella hacia la vida que compartimos, que surge espontánea y cálida a pesar de en ocasiones y aparentemente no tener sentido. Y es que para mí, esta es una de las grandes riquezas que nos aporta la vida de forma casi gratuita y que quizá por ello en ocasiones no es valorada.

Obvia es para mí la relación entre la guerra y la destrucción de la tierra. Tierra que nos da el espacio y el tiempo de la vida. Y vida que en ocasiones es arrebatada de forma no natural ni a su momento, si no al impuesto por intereses individuales difuminados quizá de colectivos a través de la creación y participación en conflictos bélicos o guerras.

Como mujer de aquí y ahora, con esa responsabilidad que me da cierto conocimiento, sobredimensiono la fuerza creadora de nosotras las mujeres y la equiparo a la fuerza creadora de la tierra, capaces ambas, la mujer y la tierra de dar vida o de no darla.

Esto tiene que ver más conmigo misma
con mis ganas de explotar
con mi idea de la vida
del amor
del viento.
Esto tiene que ver más con el Cosmos
que es de donde vengo.

Rosamaría Roffiel