El exilio chileno, una herida invisible

El reciente premio Oscar al mejor cortometraje de animación, otorgado a realizadores chilenos por “Historia de un Oso” ha reactivado la reflexión en torno al tema del Exilio y el desarraigo vivido por miles de chilenos durante la Dictadura Militar de Pinochet (1973-1990). El cortometraje está inspirado en una historia real de exilio y relata la historia de un oso que ha sido forzado a dejar su tierra y su familia.

En las siguientes líneas, me referiré al exilio chileno, describiendo como una de sus características el haber pasado a ser la herida invisible entre todas las injusticias cometidas en Dictadura, con una menor presencia en el espacio público, y formando parte de un trauma social aún por superar.

Contexto

Una vez producido en Chile el Golpe de Estado de 1973, comenzaron a desplegarse numerosas estrategias de represión, como la persecución, secuestro, tortura y asesinato de los adherentes y simpatizantes del Gobierno de Salvador Allende y de quienes fueran opositores a la dictadura de Pinochet.

Se ha llegado a reconocer que 3.216 personas encontraron la muerte producto de ejecuciones sumarias después de consejos de guerra y torturas. (1) Y entre estos casos, existe información que indica que unas 1.200 personas quedaron en la situación de “detenidos desaparecidos”, esto es, personas que fueron secuestradas, torturadas y, finalmente asesinadas, cuyos cuerpos nunca han sido encontrados.

Exilio Chile

Se efectuaban allanamientos masivos en poblaciones, hubo enfrentamientos armados, y se dictaminó el exilio de miles de chilenos al extranjero. Un importante número de condenados a presidio permutó esta pena por la de extrañamiento, teniendo prohibición de regresar al país una vez finalizado el tiempo de condena. También dejaron el país numerosas personas exoneradas de distintas actividades laborales.

Los exiliados eran personas con o sin militancia política, de variados oficios y profesiones, provenientes tanto de altos cargos políticos, como del mundo sindical. Se ha llegado a estimar que el exilio chileno involucró alrededor de 260.000 personas, muchas de las cuales pudieron salir del país con sus familias (2).

El exilio fue aplicado y sentido como un castigo. El proyecto de vida personal fue destruido en forma drástica, y así también fue derribado el proyecto social y político. En este período histórico las posibilidades de volver a tener un contacto o una noticia sobre la familia se encontraban limitadas, ya sea por la tecnología de la época, o por el riesgo que implicaba el intercambio o filtración de información sobre lazos de parentesco y datos de ubicación geográfica, que seguían poniendo en peligro la vida tanto de exiliados como de quienes permanecieron en el país. Así, el exilio chileno fue una experiencia traumática que implicó la pérdida masiva de referentes y la separación forzada –y muchas veces definitiva- de la familia y de otras relaciones afectivas.

En los países de acogida coexistían el dolor por la pérdida de los compañeros de lucha política y la familia, el sentimiento de orfandad, y la angustia de no encontrar “su lugar” en estas nuevas sociedades, las que eran sentidas como moradas provisorias, dado que se pensaba en función de la idea de retornar al país, lo que impedía aún más la adaptación a la nueva cultura.

En un contexto de inhumanidad y atropello a los derechos humanos, la herida del exilio aparece como una injusticia de menor gravedad entre todas las que llevó a cabo la dictadura. Quienes fueron expulsados o se asilaron en embajadas y huyeron del país para salvar sus vidas, fueron vistos como los que menos sufrieron la dictadura militar, pues se asumía que habían accedido a una mejor calidad de vida en relación a quienes continuaron viviendo en Chile. Los países de acogida de chilenos exiliados se mostraban respetuosos de los derechos ciudadanos, de las libertades de reunión y asociación, del acceso a la cultura y a la expresión sin censura. Estos datos contrastaban con la situación de quienes permanecieron en Chile, que continuaron experimentando el miedo, la represión y las consecuencias de la crisis económica de este período (el desempleo había llegado a 30, 4% en 1983) (3).

La ideología de la dictadura categorizó al opositor, al exiliado como un traidor, un terrorista que merecía ser castigado. En esta visión estereotipada, el régimen dictatorial lograba justificar la represión y la violencia, para proteger a “los buenos”, los partidarios del régimen que deseaban “restablecer el orden y la normalización del país.”

Hoy en día aún es posible encontrar estas visiones polarizadas cada vez que algún hecho noticioso vuelve a tocar las heridas del pasado, pareciendo imposible dialogar sin volver a caer en el prejuicio, la generalización, la evasión del tema o la descalificación agresiva.

Tareas pendientes.

Si bien es cierto, la política pública ha implementado medidas reparatorias como el acceso a programas de salud, de educación o compensación en el sistema previsional; las personas exiliadas (y las que han retornado) no han tenido una validación de su experiencia como traumática y dolorosa. Su experiencia es aún una herida invisible en lo público, y ha sido tratada solamente en el nivel de los espacios íntimos, reflexionada y repasada en los minutos que van dejando los relatos de esas otras heridas más evidentes y sobrecogedoras, como son las torturas físicas y sexuales, o los asesinatos en masa. A nivel público quienes padecieron estas otras grandes heridas han tenido un reconocimiento, mediante la búsqueda y documentación de la verdad, la exposición de los lugares que son la prueba física que declara que “esto ocurrió” y que no debería ocurrir “nunca más.”

El exilio no ha tenido una reparación social propia: el exilio en tanto despojo de la identidad y desgarro de una vida no puede ser sólo tratado en su dimensión individual y en el ámbito de lo privado, porque es un trauma originado en lo social, en la imposición de la fuerza y amparado por el poderío de un Estado.

Como tarea aún inconclusa está el acabar con el estereotipo ideológico y la misión de recuperar las memorias de exilio, de releer testimonios e investigaciones históricas. Compartir con las generaciones más jóvenes el arte, la literatura y el cine existente permitirá continuar con la elaboración y superación del trauma social. Finalmente, darle cabida y expresión a esta herida en los espacios públicos contribuirá a que el testimonio de exilio circule, proporcionándole un sentido de verdad.

Referencias

(1) Universidad Diego Portales (2013). Cifras de víctimas y sobrevivientes de violaciones masivas a los DDHH oficialmente reconocidas por el Estado chileno. Santiago, Chile: Autor, Instituto de Investigación en Ciencias Sociales, Observatorio Derechos Humanos. Extraído de http://www.icso.cl/wp-content/uploads/2013/09/Cifras_agosto_2013_ESP.pdf

(2) Loreto Rebolledo: Exilios y Retornos chilenos. Revista Anales Séptima Serie, Nº 3, julio 2012. Extraído de http://www.anales.uchile.cl/index.php/ANUC/article/viewFile/21735/23045

(3) Patrick Conway (1997) Macroeconomic Stability and Income Inequality in Chile Department of Economics at the University of North Carolina at Chapel Hill