Estamos con Dilma

Los medios internacionales  serviles a la hegemonía capitalista han colocado en sus portadas fotografías de la manifestación que organizó la derecha recalcitrante en Brasil, lo anuncian como el fin de la era de  Dilma, y de la gloria  del Partido de los Trabajadores.

Esos camisas blancas oligarcas, esa clase media que sueña con ser burguesa de sangre azul y piel caucásica; esa derecha brasileña y latinoamericana que es la representación del Ku klux klan  en  la frontera sur de Estados Unidos:  esa misma peste que odia a los pobres, a los negros, que odia el progreso, la plusvalía de ese Brasil marginado de favelas que emergen desde la mancilla de la clase dominante. De ese Brasil que se niega a perder la memoria, la identidad, que se niega a perder los sueños y que lucha a cada instante contra los ataques del poderío conspirador de quienes quieren venderlo todo a la barbarie del Imperio. Esos mismos, los de siempre no se cansan de atacar cualquier intento que  prometa un futuro de plusvalía a los pueblos en desarrollo.

Esa derecha mundial que se difunde en los medios de desinformación masiva, hoy ataca a Dilma y va con todo, va con el odio y la vergüenza de su propia gente, va con la sed de destruirlo todo, de arrancar las raíces y quemar la floresta, de demoler puentes y hacer explotar las favelas para que no quede nada, para que no quede rastro alguno de identidad, integridad y conciencia. Para que ahí mismo se vuelvan ceniza las quimeras. Y aplauda triunfante la infamia de los que tienen horchata en las venas.  De los que lamen el culo  de sus amos.

Es innegable el cambio que ha tenido Brasil desde que el Partido de los Trabajadores, con Lula da Silva y Dilma Rouseff comandan el proyecto de un sueño progresista. ¿Quién salvó a Brasil de los Buitres? No fue la derecha, fue Dilma, fue el socialismo, fue el Partido de los Trabajadores.  Esa derecha mundial que descalifica por identidad, arrestos, ideología y consecuencia política no informa acerca del genocidio Palestino, de las cientos de muertes de afro estadounidenses en manos de policías, de los miles de migrantes que mueren en la frontera entre Estados Unidos y México en manos de la Patrulla Fronteriza, que no informa de las violaciones sexuales que sufren, niñas, niños,  adolescentes y mujeres en centros de detención en Estados Unidos, Italia, Francia y España. Que se escudan en Monsanto y en las empresas de minerías  para destruir ecosistemas. Que no informan de los feminicidios, del genocidio que vive México.

Esa derecha descolorida, que solo busca su propia conveniencia, que aplaude “el beso” que le puso fin a la II Guerra Mundial  pero que no cuestiona el actuar estadounidense con la bomba atómica, que descalifica a los miles de muertos a consecuencia en el instante y por irradiación en los años siguientes. Hiroshima y Nagasaki debemos ser todos, como todos debemos ser también los pueblos que se defienden de la crueldad capitalista. Entonces debemos ser Dilma en este instante. Con ella, ahí vamos.

Esa derecha que no es capaz de informar de los desfalcos millonarios que hace la oligarquía, que no denuncia la explotación laboral, ni la trata de personas, que jamás dirá los nombres de los perpetradores de Derechos Humanos en sus países. Que jamás denunciará a los que mancillaron sus patrias.

Esa derecha mundial que celebra los teléfonos y los relojes  inteligentes, pero que escupe el rostro de los que viven en la miseria económica y sueñan con llevarse un trozo de pan a la boca. Son ellos los que atacan a Correa, Cristina, son ellos los que en este mismo instante quieren la cabeza de Dilma y Lula. Esos mismos que ahora piensan en ir de turistas a Cuba de ojetes a fisgonear la integridad de un pueblo que no se rindió nunca a pesar del bloqueo impuesto por este Imperio de zoquetes. Esos mismos que son incapaces de reproducir la carta que escribió Fidel el día de su cumpleaños donde exige a Estados Unidos la indemnización por las décadas de bloqueo. Lo justo jamás lo apoyará la derecha que utiliza las mentes vacías de esas masas moldeables para hacer bulto en las calles, como siempre vergüenza de todos la clase media.

Esa clase media ignorante y cómoda, desconoce (o pretende desconocer) los cambios sociales, culturales y políticos que se  están llevando a cabo para bien de nuestra patria, por nuestros  compañeros. No, la revolución de la Patria Grande no va a retroceder, así se nos vaya la vida en ello.

Nosotros defendemos la democracia, defendemos el populismo, defendemos a nuestra Dilma, a nuestros presidentes socialistas de la Patria Grande. A nuestros compañeros que dirigen el timonel del cambio del que todos somos parte.

No, esa derecha mundial, embustera y traidora, orquestada por millonarios, burgueses y clase media barata, jamás podrá contra la identidad y el amor. Jamás podrá contra la justicia.

Estamos con Dilma, hoy  y siempre. Con el Partido de los Trabajadores. Con nuestro Lula. Estamos con nuestra Patria Grande socialista. Jamás la infamia de la inequidad y la avaricia podrá contra la sangre roja que hierve fresca y con la lucha de los pueblos en progreso. ¡Vivan los campesinos, obreros y proletarios! ¡Viva nuestra Patria Grande Bolivariana!