El trabajador errante

A estas alturas del partido, lo único constante es el cambio. Las reformas gubernamentales en diferentes países hacen cada vez más complicado establecer una base laboral que permita a los trabajadores descansar de la preocupación del futuro. Actualmente, tanto en las empresas privadas como en el gobierno establecen la premisa de “la nula necesidad”, es decir, nadie es indispensable para desarrollar una actividad.

En un mundo donde se enseña y prepara para competir, queda claro que la estabilidad es una categoría que pierde sentido dentro de la dinámica globalizada del mundo laboral. La palabra “plaza” ahora se combina con el adjetivo “temporal/definido/indefinido”, lo cual establece la efímera relación entre la empresa y el empleado. Esto tiene como resultado que el trabajador no genere antigüedad, una palabra que era acompañada de una seguridad económica que se definía a partir del duro trabajo que se generaba.

Hoy, para las nuevas generaciones no hay posibilidad (y si las hay son muy pocas) de forjar un futuro a partir de esfuerzo de su trabajo actual. Ya no conocerán los “años mozos” de la estabilidad laboral; somos hijos de la crisis…

Si hace poco tiempo, la formación académica no aseguraba la posibilidad de encontrar un trabajo, hoy queda claro que,  si encuentras uno, este sólo estará en relación a tu alineamiento con la empresa. Los sindicatos han dejado de funcionar como el contrapeso contra las empresas y el gobierno. Somos espectadores de un modelo que premia eficiencia en tiempo y costos.

Los contratos en la iniciativa privada y en el sector público han pasado a reducir el tiempo, con el fin de renovar la relación con el trabajador o en su caso, terminarla. De un contrato donde se te otorgaba una base, ahora se pasa a contratos de un año, seis meses, tres meses y más recientemente un mes. Todo con el fin de hacer que el trabajador se enfoque en el presente y no en el futuro.

Así el término “freelance” (una nueva relación social entre el trabajador y la empresa) se ha convertido en una tendencia fuerte entre las nuevas generaciones, quienes no están dispuestas en perder su vida en una oficina, con un horario de jornada completa y que tenga una relación directa con sus superiores, sino que prefieren un trabajo eventual, en la comodidad de su hogar, bajo sus propias metodologías de trabajo y la única imposición es el tiempo de entrega de aquello que se les pide. Ni más ni menos.

El problema de este nuevo tipo de relación es la disolución de las “obligaciones” que tiene una empresa con sus empleados (pago de nómina, impuestos, otorgamiento de seguro social, gestión de una pensión para la jubilación, etc) para traspasar esas responsabilidades al propio sujeto que labora, y en algunos casos a estado, de manera indirecta. Estamos ante la presencia del individualismo laboral…

Con esto queda claro que hoy ya no se piensa en el futuro, en la estabilidad económica a largo plazo, ni en la conformación de un patrimonio que se genere como consecuencia de una vida de trabajo. Se ha pasado de trabajar para vivir, a vivir para trabajar.

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